lunes, 30 de mayo de 2005

Tintineo (con permiso… )

                 Llueve por primera vez desde hace semanas, me gusta el brillo de la calle al subir, tortuosa pero directa como una serpiente perezosa... huele a húmedo y conforme subo hacia casa la ciudad empieza a verse cada vez más baja, un mundo lejano, casi ausente, los puntos de luz van desdibujando los volúmenes como una constelación que velara las sombras. Más arriba, la cal de las fachadas azulada por las farolas, desconchones, grafitis en general menos bonitos que el que vienes de descubrir, las piedras brillando bajo los pies, silencio en la placeta, sin vecinos, sin peregrinos, sin pasajeros, sin visitantes... el teatro del día a día cerrado. Yo noche a noche subo esta calle, saco las llaves antes de llegar la puerta del patio, tintineo en el que me reconozco a mi mismo: es el sonido de mi llegada a solas al final del día. En general me cuesta acostarme directamente, así que echo un pito en la terraza, -las Torres Bermejas de lejos, apagadas, o la catedral, que a oscuras es como un hipopótamo dormido-… o me da por pasear en la World Wide, y esta noche voy y me encuentro todo esto reflejado, por casualidad, como en un charco.

domingo, 29 de mayo de 2005

miércoles, 18 de mayo de 2005

El mejor perder



Time takes a cigarette, puts it in your mouth
You pull on your finger, then another finger, then your cigarette
The wall-to-wall is calling, it lingers, then you forget
Ohhh no no no, you’re a rock ’n’ roll suicide.
-David Bowie
        Pepito me confesó que una noche había intentado suicidarse. Me contó que se lo había tomado como una gran fiesta, “me voy a suicidar”, se decía tomando una ducha, “y ya que por fin le echo cojones a esto, habrá que hacerlo con gusto”. Me contó cómo había esperado a pasar una noche solo, cómo había cenado bien, cómo escuchaba sus mejores discos, bailando y cantando hasta reírse a carcajadas de su sombra y de su voz, con una copa en la mano y en la otra pastillas para dormir que iba a tragando a puñados entre estrofa y estrofa. Oh, no love, you are not alone.
        Me contó cómo despertó a la tarde del día siguiente, fresco como una lechuga con todas las pastillas vomitadas por las sábanas. Y mientras me lo contaba, se atisbaba en su media sonrisa que bajo aquella sensación de fracaso ridículo, compartíamos la misma certeza difusa pero imponente, de que aquella fue una de las noches más vitales y felices de su vida.
        Pepito tuvo que pensar en la muerte para soltar un lastre que le haría emerger directamente a la vida. Tuvo que despreciar esa vida (o valorarla tanto como para no sentirse merecedor de ella), para verse de nuevo envuelto, arropado, mecido por ella como por una brisa suave y tranquilizadora en medio de la desesperación.
        En “el paraíso en la otra esquina”, Vargas-Llosa cuenta que a Gaughin le ocurrió algo parecido. Quiso acabar consigo mismo, no a la manera de Maiakovskii o de Pavesse, no, no llamó a ninguna mujer para invitarla a cenar en el intento desesperado de que alguien se lo impidiese, no tuvo ningún miedo: tomó la decisión con la alegría con que se deben tomar las decisiones una vez que se han tomado, retó a la vida como a un dragón bien gordo y ganó ella. Pero a cambio de aquel acto de libertad y violenta autoafirmación, le dejó volver de la montaña como un potro recién nacido.
        La vida es irónica… y generosa.

lunes, 16 de mayo de 2005

Mi palabra favorita

Yeah, I love that... -she said- the way you... the way, you know,… just the way you linger like you do.


But it's written on your body. It's on the lips of your tongue, the look in your eye, in the glare of the sun, the touch of your cold fingers, when you say goodbye, the way that you linger, the way that you lie.

But it's written on our bodies...
the touch of your fingers and the look in your eye.

The way that we accuse, the way that we deny.

-Jonathan Brooke.

martes, 10 de mayo de 2005

Pásalo.

       Amanecer en el salón de una casa desconocida, mirar por la ventana por la que la noche anterior no veía más que siluetas de altos edificios. Y ver azoteas y cortinas, anuncios y aceras y reconocer abajo el final de la calle, la esquina en que nos detuvimos la noche anterior. Reconocer también la casa a la luz del día. Y entender un poco más el rompecabezas de calles y ventanas y tabiques de las horas que llevo en ese lugar. Desayunar a solas mientras todo el mundo duerme porque el alcohol me excita y no me deja dormir. Ver Digimon por primera vez. Y desayunar de nuevo en el mismo salón cuando los demás se levantan, preguntándome por dentro si suelen desayunar en el salón o solo soy yo el que lo ha provocado. Y entonces acordarme de G cuando estaba en casa hace menos de 24 horas, antes de decidir que nos haríamos unos cientos de kilómetros para acompañarlo a su tierra y terminar el fin de semana del otro lado de los kilómetros de hilos telefónicos por los que no viajan nuestras voces cuando repasamos brevemente la vida por teléfono móvil. Pero, oye, G, no me parecen nada horribles esos postes atravesando los sembrados.
       Recordar difusamente la noche anterior, casi no llegar a comprender cómo llegaron embaucarme y cómo acabé sentado como un buda 40 minutos en lo alto de la nevera mientras abajo, a dos centímetros bajo mis piernas cruzadas, en el mundo de la cocina, I continuaba su teatro incontrolable, perseguido por la pobre J entre inquieta y divertida, en ese estado de asombro sonriente en el que no sabes si cabrearte y pararlo todo o ver hasta donde pueden llegar las consecuencias de traer desconocidos a casa. El insolente e inconsciente circo de I cuando se burla del mundo empezando por si mismo, mil veces mejor y más sórdido que las cursiladas nostálgicas que ves hacer por la calle. El Desquiciado Teatro de I que G adora y que yo no he comprendido nunca demasiado bien hasta anoche mismo. Aunque tampoco había que llegar tan lejos… porque ya desde que que R me recitara sin avisar que Vendrá la muerte y tendrá tus ojos yo venía vibrando como si me hubiesen arrancado por dentro... porque si, porque eso no es moco de pavo.
       Ese modo de improvisar pasando de un lado a otro, uniendo puntos y caras y pedazos insignificantes de vida que se prestan para convertirse en partes de una historia tangencial y central a un tiempo, y que llamamos viaje. Un café, una calle, una rotonda en la que quizá de otro modo nunca te hubieses parado del mismo modo en que pocas posibilidades hay en la vida de acabar sentado encima de la nevera.
       Y eso es Todo.
       Quizá por continuar con todo eso mismo, cuando en el viaje de vuelta paro a merendarme una chocolatina, me voy detrás de la estación de servicio, a ese lugar que está a pocos metros pero al que nadie va, desde donde se extiende un campo verde con canteras al fondo. Y me siento al borde del primer huerto con el viento en soplándome los oídos y el asfalto caliente bajo mi culo. Mi pequeño culo cubriendo unos centímetros cuadrados del inmenso tejido granular que forma la seda de las autovías.
       Si, seguro que por no detener todavía esa misma inercia, cuando queda ya poco para llegar me da por no aguantarme la sed, y me desvío sin saber muy bien lo que busco, hasta dar con un olivar en el que beber agua de la botella que se me ha calentado con el sol en el maletero, estirar las piernas y mear silbando valle abajo. A 5 minutos de la meta. Toma castaña.
       Los regresos a solas me ponen alegre de tanta libertad y melancólico de esa misma tanta libertad. Saboreo el viaje sin poder evitarlo como si me hubiese quedado sin pasta de dientes. Se adhiere a todos mis pensamientos, mi mundo arrugado por unos días que debo extender de nuevo sobre la mesa.
       Y es que es bonito marcharse cuando sientes que es el momento, a pesar de que hayamos derrochado, quedándonos en casa, una luminosa mañana de domingo en una ciudad desconocida… y tan duro, cuando al contrario, tienes que marcharte porque la vida sigue aunque estés muy a gusto, y el trabajo y la rutina no esperan a nadie, y menos para ti que te has colado en el día como por una rendija… Y te levantas sin comprender muy bien por qué te pesan los pies. Y todo eso de decir adios te pone nervioso. Y cuando todo lo poco que se puede cuajar en una hora comienza a alejarse levantas la mano para decir adios sin soltar la cámara que por casualidad tienes en la mano… o sea, que levantas la cámara apagada para despedirte mientras te miran sin comprender muy bien si estas haciendo una foto o es que quieres decir algo, si deben para o no, así que no paran… y tu que solo querías despedirte tan torpe, tan ridículamente, que claramente no tiene remedio y buscas la llave sin pensar en lo que haces y dices en voz innecesariamente alta ¿Dónde coño está la llave? y ves que la tienes entre las piernas y te preguntas si te han oído… arrancas por fin odiando las despedidas…Y apenas unos metros más allá te das cuenta de que olvidaste preguntarle qué leches es eso del fuguismo… aunque ya es tarde, habría sido una gran excusa. En fin, quizá a su manera pueda sentirme orgulloso de que por muy fugaz que haya sido la visita aún sea capaz de dejarme algo por hacer.

martes, 3 de mayo de 2005

There’s a place I go, where no one knows

        ¿Qué importa maltraducir una canción, si su tu mala traducción dice lo que te gusta que te diga y que nadie te había dicho antes?¿qué importa maltraducir una canción si es suficiente para escucharla bien alta mientras viajas por el país que se despliega ante ti como si al otro lado del horizonte toda una liga de tramoyistas fuese colgando uno a uno los paisajes?

        Hay un lugar donde voy a hacer fuegos.
Hay un lugar al que voy, un lugar que nadie conoce.
Si alguna vez me vieses al otro lado de una tapia,
no te detengas a hablarme y no se lo digas a nadie.
Hay un lugar al que voy a hacer fuegos.
Un lugar al que voy cuando nadie lo sabe.
Si algun dia reconocieses mi cara, al otro lado de una tapia,
no te detengas a hablarme
y no se lo digas a nadie.
Ooooooooh. Oho oho ooooooooh… oho oho oooooh ooooooooooh.


        ¿Qué importa maltraducir una canción si puedes vivir tu libertad como cuando tenías nueve años y tenías escondido un tesoro, un gato pequeño, o le habías robado el mechero a tu padre?
        ¿Qué importa maltraducir una canción cuando es suficiente para ser feliz y malcantarla a solas? ¿Qué te importa siquiera no entender cuando te basta con esos acordes que intentas sacar con la guitarrita antes de cenar o de acostarte?

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