sábado, 31 de diciembre de 2005

Lo que me inspira no eres tu, sino la inquietante posibilidad de ti.

lunes, 19 de diciembre de 2005

        No es solo el horror al papel en blanco… quizá porque el papel en blanco es lo de menos. En verdad, el papel en blanco no es muy diferente de una habitación vacía con una guitarra en medio… siempre se pude entrar y trastear, calentarla, darle un par de vueltas a un par de temas, hacer fuiiii y hacer fuaaaaa, tirori brap brap, chrch chrch braaam… y si encima hay un piano y entras con un pianista, una batería y entras con un baterista, siempre puedes montarte una buena jam session. No, el papel en blanco siempre da por lo menos para tocar por tocar. ¿Verdad Jesús? A la mayoría las musas nos pillan trabajando.
        Pero al ruedo salta uno solo.
        No, no es solo el papel en blanco… a veces las palabras se le hacen a uno grandes como un océano lleno de olas en medio de un rudo día de invierno. Desconfío, lo respeto, miro desde la orilla. “No tengo mérito: espero”… A veces temo de verdad que no sea más que un hombre confuso con demasiadas palabras en la cabeza. Entonces ese barro del que podría sacar otro posts como un objeto conciso, y casi brillante a la luz, se me hace de pronto como un caldo oscuro.
        Llevando un poco más lejos la metáfora de esta sucia sopa de letras interior, siento que en alguna parte de ese caldo estoy yo mismo dando vueltas, y temo encontrarme al meter la mano, toparme con mi piel viscosa como la de un pulpo inesperado… puedo estar demasiado cerca de la superficie. Demasiado opaco al menos como para no sospechar.
        Una vez escribí, por escribir, y porque me picaba el gusanillo, una especie de minúsculo ensayo sobre el miedo y las cosas vacías. La idea era que un objeto vacío te provoca cierta inquietud, sobre todo cuando tiene suficiente volumen de albergar al menos a uno mismo en su interior. Hablaba del miedo que algunos de niños, le teníamos a las bombonas de butano y de mi perrillo que le ladra a los contenedores vacíos, a los grandes maceteros, y jarrones abandonados en la calle. Pero solo cuando están vacíos y sin necesidad de mirar encima para comprobarlos… el bicho lo sabe, y ya está. Como yo cuando pasaba cagando leches y con la espalda erizada frente al autoclave de mi abuelo.
        Al final acabo por compararme con un pequeño perro-patada, un perro pequeño y bastante idiota por cierto…
        Ya veis.
        No, no es el horror al papel en blanco…
pero le puede pasar a cualquiera.

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