jueves, 29 de agosto de 2013

Ratpack Side Story


Amanece demasiado pronto. No es una metáfora. Os hablo de ese amanecer que viene velándolo todo, en mitad de la noche, en verano, en Berlin. Las calles se llenan entonces de luz como si realmente bajo los adoquines hubiese una playa. La luz reivindica su playa.

Caminamos hablando a voces, armando un montón de ruido a través de una ciudad que duerme todavía.  El mundo parece haber abdicado a la luz y a los árboles y matojos que, después de meses de nieve y lluvias, se salen exhuberantes, todo contentos, del pequeño orden establecido de sus alcorques. Entre breves visitas a bares y spätis, el mate y el vodka – una enorme dosis de cafeína y una borrachera bastante alegre – se mezclan en el alma bajo la piel. Caminamos brillantes como la de esos pequeños reptiles que cruzan el asfalto y la hierba, camino de donde quiera que vayan los reptiles a estas horas de la madrugada; que al parecer hoy es detrás de un feo supermercado, más allá de la verja que separa los aparcamientos del ríos sauces arrancan de la orilla del río con ese gesto salvaje de sauce que se levanta de pronto y se desperezan en el aire…   para luego dejar caer de nuevo, rendidas, sus lianas sobre el agua del río. Los sauces cierran así un rincón tras esta cortina. Nosotros nos sentamos como quienes encuentran su asiento en un teatro o en una pequeña capilla. 

 La luz del sol serpentea en la superficie del agua y se filtra entre las ramas de los sauces. Al caer sobre la piel es como un estampado dorado. Al caer sobre los ojos, somnolientos y dilatados, son como pequeños fogonazos que esquivamos al hablar.

Meterse desnudo en el agua del rio que cruza la ciudad es una temeridad, pero también te pone en tu sitio. El frescor denso, casi sólido que te envuelve y recoge tu cuerpo; bajo los pies, la tierra blanda, las rocas, quizá algún objeto hundido desde dios sabe cuándo. Con una dulzura mañanera, a través de la borrachera, se revela una suerte de verdad: que la verdad es el cuerpo, el agua y la luz. En contraste, la ciudad, relegada al borde de la otra orilla, parece un gran timo: un amasijo de cultura, lenguaje y más lenguaje, mensajes desesperados y esperanzados, promesas de ser que se hacen insignificantes cuando recuperas tu cuerpo y lo bañas en el río en una mañana de verano.

Te ayudo a entrar en el agua. Al darme la mano – firmemente, pero sin apretar, con el brazo tenso, preparado, como mi madre me enseñó –  tus dedos entre mis dedos destacan entre todos los dedos que me han buscado, con un amor sencillo que de pronto destaca entre todos los amores que me han buscado sin encontrarme. Nuestros dedos se encuentran y nos ayudamos a entrar en el rio. No es nada nuevo. Pero disfruto mucho de esta sensación. Me pasa que a veces que cuando toco las cosas, ignoro el resto de mis sentidos y me dejo llevar solo por el tacto: apago la luz y a través de mi piel me conciencio de lo oscuro que es el mundo, de todos los significados que se ocultan en esa oscuridad.

Mi conciencia de tu piel y de tus huesos. Hay una bellísima nitidez en todo esto, un poco alegre y un poco triste también. Tengo tan clara la conciencia de tu mano como la conciencia de que nunca te escribiré una sola línea.

¿Por qué? ¿Por qué nunca escribo inspirándome en ti?, no, qué cojones: ¿por qué nunca he permitido que me inspires nada?  Porque entonces me pasaría de la raya. Rebasaría la línea que nosotros mismos definimos aquella primera mañana que pasamos juntos, refugiados en mi cuarto de esta luz que asuela Berlín en las madrugadas de verano. Un sol que viene intenso y escorado, atravesando el aire de la noche, el polvo suspendido sobre bosques y lagos, campos y autopistas que empiezan en Polonia y llegan hasta Berlín, pasando entre las enormes estatuas y los embarcaderos de Treptow, reflejándose en el agua del río, donde ahora nos bañamos, y en el agua quieta de los canales, donde los cisnes duermen aún con el cuello tronchado…  Una luz que aquella mañana recalentaba los tejados del barrio, chorreaba por las fachadas y finalmente se nos colaba en el cuarto, iluminándolo por más que echáramos las cortinas: Mis manos por debajo de la camiseta que te presté, tu boca que me bebía el aliento a distancia prudencial, llena de aliento a alcohol, a miedo y a deseo, a la promesa de respetarnos – arrebujada entre las sábanas como la ropa del día de ayer – ; mientras tus piernas desnudas, todas blanquitas y frías, al rozar con las mías, me traían el frescor de todas las mañanas del mundo en que te despiertas con una desconocida y la besas a sabiendas de que a partir de aquí vais a pasaros media vida persiguiéndoos por las fronteras.

Inspirarme en ti sería romper la línea que define esas fronteras, burlar sus guardias, ignorar sus advertencias y acuerdos – vouz sortez du secteur… –. Escribirte a ti sería pasarme por el forro las leyes no escritas de esas mafias que hay en todas las fronteras del mundo y también en la nuestra. Esas mafias que por un módico precio nos pasan al otro lado, más allá del territorio en el que todo parecía controlado (aquel exceso de mí que tanto te asusta, aquel exceso de ti que me llena también de preguntas cada vez que te arrullas contra mi en mitad de la noche, cada vez que me buscas la mano bajo la mesa – otra vez la conciencia de tus dedos entre todos los dedos del mundo, la conciencia de que nunca te escribiré una línea –, cada vez que me abrazas cuando bailamos juntos en el salón como si no hubiese nada que hacer en el mundo que bailar toda la noche, bebernos todo el mueble bar y trabajarnos juntos la misma resaca que ya nos desarmó el primer día)…
          …pero siempre con la promesa de volver al día siguiente, como una moneda debajo de la lengua.

Porque si, porque el nuestro es un juego de límites y fronteras. Un juego de acuerdos previos, de promesas y advertencias e incluso de súplicas – educadas, comedidas, desdeñosas y mal disimuladas, pero súplicas al fin y al cabo –…   de no rebasar ciertas líneas.

Quizá la base de todo esto sea el habitar constantemente estas fronteras, siempre entre dos mundos, en esta libertad un poco huérfana, hecha de miedos comunes, de cruzar siempre a hurtadillas, para poder burlar todo este tinglado.

Y por eso yo no te escribo una puta línea. Porque escribir es precisamente un acto fronterizo. Escribir es la no aceptación de los límites. Escribir siempre te puede llevar a alguna parte. Escribir es excesivo, como una de esas noches en las que saltamos los muros y acabamos, así como quien no quiere la cosa, en el cálido territorio de esta cama mía que te abro como un parque, de esa cama tuya donde siempre parece que es mayo, haciendo otra vez el amor a pesar de todos megáfonos y las sirenas – Sie verlassen den… – ignorando el silbido de las balas en el aire como quien ignora el vuelo de una abeja: sacarnos las monedas de la boca y dejarlas en la mesita de noche para comprar el desayuno a la mañana siguiente, quizá una botella de Apfelschröle, bollos de pipa de calabaza para untar con aguacate, aceite, tomate, y el delicioso jamón serrano que ya no te reservo.

Porque si, mi amor, porque escribir es efectivamente peligroso, temerario, imprudente, pueril…  y no debe volver a ocurrir, como bañarnos en el rio, olvidarnos la cafetera encendida o viajar los dos en patín a las tres de la madrugada.







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