lunes, 22 de febrero de 2016

Nico ha muerto pero ¿quién cojones es Nico?

A Nico
mi vecino del Albaicin
amigo en esas alturas
cuyo apellido me guardo
por la gloria de morir
sin dejar rastro en internet.




Ya os hablé del gato Costeño y de Nico, con quien el gato vivía. Si Costeño era el rey de aquella destartalada casa con patio que algunos incluso visitasteis, Nico era su ministro, representante y vocal de una autoridad gatuna no escrita, pero patente en el modo en que algunos personajes fabulosos parecen emerger por encima del ordinario.

Nico era a quien había que preguntar cuando había que resolver un problema. No es que lo fuera a solucionar, pero al menos te lo podía comentar como nadie.

Son unos chorizos y van a pagar porque la planta de arriba es ilegal. Urbanismo les va a meter un paquete de... –sobre los caseros.

Es el amante, viene una vez por semana, a las nueve se va, no se queda a dormir –decía mientras tomábamos un café y aguantábamos como podíamos la sesión de sexo a gritos d ella vecina d ella entreplanta–.

Ayer no veas tu también –me dijo una vez–.
–No era yo.
No seas modesto.
–Que no era yo, coño, era un amigo al que le dejé la casa porque el y la novia viven con los padres y...
Pues vaya ópera, “Conan”.
–Que no era yo, te digo

Y era verdad, pero era difícil contradecir ese oscuro saber de la vida que irradiaba. Por su parte, su vida era un misterio. “No tengo móvil, ni casa, ni coche”, solía decir orgulloso. Cuando mi madre oyó aquello, me dijo que posiblemente huía de algo. Al parecer, había sido muchos años abogado en Marbella y en un momento dado había cortado por lo sano con todo y se había mudado a aquel pequeño apartamento en el Albaicyn con el objetivo de hacer unas oposiciones a juez que nunca acabó. Ahora que entiendo un poco mejor la vida, pensándolo bien, quizá aquellas oposiciones fueran la excusa para llevar la vida que llevaba sin que nadie le incordiara con el dichoso ¿qué haces en la vida? –esa pregunta que suele ser la 3 o la 4 que todo el mundo te hace–. En la aparente cárcel del eterno opositor encontró Nico por fin la libertad para ejercer cada día de ministro en una casa albaicinera presidida por un gato de barrio. Pero ese romper con una carrera de éxito en una ciudad de lujos estridentes y placeres mediterráneos para meterse en un cuchitril de habitación y media en lo alto del Albaicyn... daba que pensar. O era un esteta... o huía de algo, como decía mi madre recapitulando mientras charlábamos sobre nuestra vida en el Albaycin... Abogados, Marbella, cortar por lo sano, mmm... ¿la mafia rusa?.
Mamá, no creo que si la mafia rusa te estuviese buscando, fueras a despistarlos huyendo al Albaicyn.
Pero ¿y si no se llama como él dice? No sabemos nada de ese hombre –Insistía.

A mi madre, que había dejado de fumar, le gustaba respirar ese aire de misterio a través de mi descripción de Nico, invadida por esa sensación, que sin conocerle personalmente le envolvía, de “saber algo que otros no saben”.

Nico era también el diplomático que presentaba a los nuevos vecinos. Con su estilo abrupto y malafollá granadina, pero terriblemente amistoso, daba la bienvenida a los recién mudados y los invitaba a subir a la terraza, desde la que se veía mejor el atardecer. El organizaba las recepciones , con vinos y güisquis buenos... que a veces se alargaban hasta la madrugada. Mientras tanto, el gato Costeño, con su aire curtido en muchas batallas, saltaba de un regazo a otro, pasando revista y recibiendo honores en silencio.

Su apartamento, en lo alto del edificio, era el único con terraza propia, que daba sobre la terraza que teníamos que compartir los demás. Desde ese púlpito de ladrillo encalado y rodeado de cactus, Nico daba sus magníficos, breves e irreverentes sermones y desde él nos invitaba a su peculiar eucaristía ofreciendo pan con queso, vino, tabaco y dosis interminables de cariñosa malafollá.

Tanto leer ni tanto leer, estudia y sé un hombre de provecho –me soltaba con una voz que no se la creía ni él mismo y uno ojos que decían “lee, disfruta, no tengas prisa, melón”.
Para luego, más tarde, cuando me encontraba con mi libro de estructuras y mi calculadora científica...
No sé ni para qué estudias. Te van a follaaaaar... –seguido por su risa maliciosa.

¿Por qué tienes tantos cactus?... –le dije una vez.
No sé... Me gustan.
¿Va con el carácter?
Joputa.
Dialécticamente, fue la única que le metí.

Era él quien acallaba a los vecinos cuando su arte se hacía de verdad insoportable. No sé si habéis tenido la suerte de tener músicos como vecinos. Jazz, flamenco, folk italiano, incluso eletro... en el Albaycin había miles y al principio los escuchas con íntimo agradecimiento de vivir en un barrio de artistas. Quizá hasta algún día ellos mismos te descubren silbando sus canciones, como le pasó una vez a un amigo, y, como mi amigo, se sientan verdaderamente arrollados por su orgullo de compositor.
Pero al final, algún día, todo lo que querrás es poder quemar sus instrumentos en una gran pira (incluyendo la mesa de mezclas de un bacala profesional que vivía detrás del tabique mi cuarto de baño). Porque una cosa es un concierto y otra practicar días enteros la misma canción... el mismo fraseado, la interminable letanía de esa lucha casi sísifica de los músicos mantienen contra sus propias disonancias.
Entonces llegaba Nico y, en venganza, ponía música clásica literalmente a todo volumen.

Esto es música –me decía Nico a gritos entre los cactus de su terraza– no el jevimétal ese que tu escuchas.
Se llama industrial.
¿Cómo?
Que se llama métal industrial.
¿Industrial?... Mariconadas. Todo mariconadas... lo que pasa es que no tenéis cojones de escuchar algo fuerte de verdad. –y dicho esto se mentía en su refugio para subir todavía más el volumen. Bethoven tomaba de pronto las terrazas del barrio, se derramaba sobre sus calles, ahogaba el susurro de las parejas en los miradores e interrumpía las conversaciones de los turistas que recorrían sudando las infinitas escaleras e intrincadas calles del Albaicyn.
A veces, cuando volvía casa, ya lo oía de lejos, caminando entre gente que alzaba la vista, buscando el origen del estruendo, agradecidos en el fondo de oír algo más que el odioso y cutre tamtam de todos los imbéciles que tocan los timbales en las plazas de Granada.

Mientras tanto, Costeño iba y venía. Como rey, lo llevaba un poco a estilo medieval: una vida de gato grande que se ausenta unos días y vuelve lleno de arañazos y felices heridas de guerra. Para un gato al que le gusten los paisajes llenos de recovecos, donde haya tejados, patios donde alguien les de de comer, perros a los que fastidiar y ratas frescas de vez en cuando... no hay lugar más feliz que el Albaicyn.

Una noche llegué a casa y me lo encontré arrebujado en mi sofá. Me acerqué a saludarlo muy contento. Había una gran mancha bajo a cabeza. Cuando levantó la cabeza descubrí le faltaba media mejilla. A través del agujero se le veía la dentadura flotando como un puente en miniatura,tras el puente el interior de la boca, iluminado por la luz de la bombilla y más atrás la otra dentadura. Aparté la mano en seguida. El bicho me miraba serio, como si no le doliera. Parecía Terminator. Presa de un pánico bastante peculiar –terminator herido entre tus brazos– subí a buscar a Nico, que lo llevó al veterinario.
No había mucho que hacer. No es que se fuera a morir, pero la herida tenía que curar sola. Con cierta incredulidad fuimos viendo cómo en unos días el agujero en la mejilla se le iba cerrando y el gato era de nuevo un gato completo, con su boca completa, sus completas ganas de líos y lúcidas heridas de guerra con las que parecía decirnos: “No veas, colega. Vaya quilombo.”

Un día el gato empezó a adelgazar alarmantemente. Cuando le tendías algo de comer, venía con el rabo en alto, abría la boca delante del pescado -nunca de lata, Costeño era un gourmet-, pero entonces fufaba de dolor, la volvía a cerrar y se quedaba mirando la comida con enorme frustración. Luego se marchaba, cojeando, escuálido como un animal miserable de una novela del siglo XVI. Leucemia. Por lo visto, según Nico me explicó, la leucemia en un gato es viral, la pillan con facilidad... de hecho, ahora que escribo sobre esto, he mirado un momento en la Wikipedia y el gato llevaba en el cuerpo una Leucemia de manual: Perdía apetito, peso, fuerzas, ganas, pelo, magnificencia. Así fue como Costeño dejó de salir, de colarse por las ventanas y de perseguir a la gata de la vecina, que de pronto acampaba a sus anchas por el portal.

Cuando Costeño murió la casa se quedó sin Rey pero siguió como república. Esto no cambió mucho, más que para Nico, que era monárquico. Los demás no dijeron gran cosa. Nada en realidad. Yo por mi parte siempre echaré de menos encontrármelo durmiendo en el sofá, que apareciera sentado en el alféizar de la ventana de la cocina, con esa pose que daban ganas de ponerle una caña con aceitunas. Incluso sentado en el water llegué a echar de menos aquel asomar la cabeza por la ventana, sin importarle un pito el sentido de la privacidad, como revisando que todo está en orden. “Todo en orden, majestad”, le decía yo. “El papel higiénico está a punto de acabarse pero en cuanto se acabe bajaré al Mercadona a por más”. Y el gato desaparecía, satisfecho.

Mucho después de dejar la casa patio para irme a trabajar a otra ciudad, todavía cuando visito Granada, me paso de vez en cuando a ver a Nico. En realidad, no solo vengo a ver a Nico, sino a respirar el aire de los años que allí pasé y en le que Nico es una figura capital como presidente de aquella pequeña república de 7 viviendas... u 8, contando con los dos apartamentuchos sin ventanas del fondo del patio, que no sé si se le podía llamar vivienda pero que al menos (supongo que no sin cierta vergüenza) se alquilaban como tales.

El ritual de mis visitas es siempre el mismo. Lo primero, sorprenderme a mi mismo al olvidarme, otra vez, de que el edificio no tiene timbre. En vez de aporrear la puerta y molestar a cualquier vecino, llamo directamente al teléfono de Nico.
Biiiip. Biiiip.
Se descuelga, suena un poco de nieve, fsssss, y en seguida la voz de Nico con tono de terrorista dando instrucciones para un peligroso rescate.

Hola. Este es el contestador automático del número XXXXXXX. Puede dejar un mensaje y su número de teléfono después de oír la señal. Recuerde que si no deja su número de teléfono, NO contestarle NUNCA a su llamada... Bip.”

Hola Nico, te recuerdo, como siempre, que es evidente que si no dejo mi número de teléfono no podrás contestar nunca mi llamada. Soy Golfo, estoy en la puerta, si estás ahí abre por favor. Un abr...

Antes de acabar la frase la voz de Nico descuelga, ahora sí, respirando como si hubiese corrido a cogerlo a través de toda la casa... que solo consta de una habitación.
Si no contesta, cuelgo y recurro al otro sistema: tecnología vernacular aalbaicinera:

Nicoooooo.
Aúllo a viva voz.
Segundos de espera.
Nicoooooo.
Segundos de espera.
Nicooooo.

La persiana que cuelga sobre la vieja barandilla de metal empieza a enrollarse y Nico se asoma como si hubiese estado haciendo algo muy importante. No olvidemos que es opositor e intenta estudiar, o convencerse de que estudia, cada día. Me disculpo por interrumpir. No pasa nada. Sin decir nada, me saluda con un movimiento de barbilla, desaparece un momento dentro y vuelve aparecer para tirarme la llave.

El patio, lleno de macetas es como una gruta a la que el sol entrara por una apertura muy alta. Huele a casa húmeda, a tierra húmeda y a plantas muy contentas de vivir en la humedad. Yo respiro profundamente antes de subir por las escaleras, no solo porque me gustan las casas viejas, sino porque además con esa atmósfera respiro el aire de unos años impresionantes que muchos incluso quizá recordéis.

Aquellos habían sido además los años en que Golfo se asentó, tomando forma y vida como personaje y permitiéndome compartir el asombro de vivir a través de Internet, con todos los que me leyeron –me leísteis– entre otoño de 2005 y la primavera de 2007. Puede que incluso los que me visitarais estéis ahora viendo aquel patio lleno de macetas, oliendo el olor a edificio húmedo.

Repartidas en tramos y direcciones desiguales, recordaréis también las escaleras que venían después. No, nos os esforcéis. No es que no consigáis recordarlas bien. Es que son así, siempre... tan deliciosamente tortuosas como el primer día.

Cuando salgo a la terraza, me recibe una luz cegadora y ese aire de viento libre y viejo reinado que tienen las terrazas del Albaicyn. La ciudad, murmura tras las barandillas, como el mar que murmura, tan próximo y tan ajeno a la vez, contra el caso de un barco. Tras respirar, otra vez, profundamente, el aire de la terraza, subo por fin los cinco escalones que llevan definitivamente a la puerta de Nico.

Nico abría la puerta con una gran sonrisa y me daba un abrazo. Aquello era algo que solo hacía desde que habíamos dejado de ser vecinos. De hecho, la primera vez que me dio un abrazo fue después de cargar el coche juntos, antes de subirme, arrancar y marcharme de allí para siempre. Fue un abrazo muy sentido por los dos: por él, porque al parecer apreciaba enormemente 4 años de honesta vecindad; por mí, no sólo porque lo descubría. sino también porque jamás había visto a Nico abrazar a nadie.

Nico, que me había dado la bienvenida cuando llegué a lo que iba a ser mi casa, me despedía ahora de lo que era toda una época.

Desde entonces me abrazaba siempre al recibirme y después de aquel abrazote pasábamos a instalarnos en la terraza con un buen vino y un pitillo. Nico me contaba entonces las últimas noticias de la casa patio, normalmente pleitos que amenazaban a los propietarios, que él tenía en la agenda como “judíos” –lo que puede parecer feo, pero que estando en el Albaicyn tenia para mí cierto sabor a Historia Viva por Irresuelta–. Al parecer habían construido el edificio, sin planos, sin arquitecto, sin respetar las ordenanzas del barrio y varias normas de construcción. Con el tiempo, las denuncias de la gerencia de urbanismo y sociedades de amigos del Albaicyn, se sumaron al hecho de las quejas de los vecinos por el frio que hacía en los apartamentos, de la humedad, de las grietas. Ya no era sostenible. De lo de la construcción doy fe porque yo mismo utilicé aquel edificio como caso práctico en el curso de patologías en la construcción durante mis estudios de arquitectura; de lo del frío también, porque he cenado varias veces con la bufanda puesta. 
 
Nico me contaba todo esto con una sonrisa sabionda y divertida –aunque fuera su propia casa–, de abogado que sabe de esto, pero también de pura y alegre malafollá, ese “sentimiento trágico de la existencia” que da a la gente en Granada su humor negro y su apacible indolencia. Allí sentados al sol, compartíamos nuestra pretendida indignación y disimulada sensación de que en el fondo nos encantaba el modo improvisado en que la casa había ido creciendo, con todos esos recovecos y absurdas esquinas, sombrías como una cueva en la que cae la luz como al fondo de un pozo, con sus tejados y terrazas y finalmente la casa de Nico como la torre de un viejo castillo. Lo que daba a aquella arquitectura una calidad impagable era el hecho de que en ella habíamos sido felices.

Entonces me preguntaba como me iba a mí. La vida ha dado muchos tumbos y siempre podía contarle cosas distintas: que trabajaba en una gran empresa que iba muy bien y todos trabajábamos felices; que la empresa menguaba por la crisis, pero que tenía más capas que una cebolla y yo estaba en una capa profunda, pero que era duro ver cómo tantos compañeros, todos falsos autónomos –contrato standard de la cultura del ladrillo– se quedaban de pronto en la calle, sin indemnización, sin subsidio, abandonados a su condición de trabajadores fantasma que en el fondo siempre habían sido...
Que era una putada, que nos apretaban las tuercas pero que ahí estábamos. Hasta que llegó el día en que le conté que por fin me había tocado.

Sí tío, pero en verdad estaba hasta los cojones y gracias a eso he hecho lo que siempre quise hacer.
(....)
Ahora vivo en Berlín...

Él me miraba admirado y soltaba el típico rollo de la de trabajo y arquitectura que hay en Berlín, sobre todo desde la reunificación, la reconstrucción del Este y que blablabla....
Yo se lo desmontaba.

Berlín es jodido, Nico, hay mucho paro, miseria moderna, tío, un modelo para Europa, claro pero la Europa precaria –él me miraba un poco triste, pero creo era más por no conocer Berlín que por la miseria. El de eso estaba ya curado.
...pero es hermoso a la vez, colega, cutre y brillante. No sé como decirlo, o sí, qué coño: Berlín es como Granada, como esta casa. Y esa es la verdad, Nico, –le confesé por fin– parte de mi exilio a Berlín se debe a que Berlín me hace sentir como en Granada.
Esto es una mierda –decía Nico resumiendo la crisis– ¿Tu crees que remontará?.
Ni de coña. El problema es sistémico. ¿Y tu?

Él me contaba lo que había visto en sus años de abogado, su conocimiento de la administración. Lo contaba todo en tono Roy Batty el replicante de Blade Runner... “He visto cosas que no creeríais”... y se reía muy maliciosa y un poco amargamente de cómo todo a nuestro alrededor se venía abajo. El palacio de la corrupción y la especulación se caía por su propio peso y él parecía verlo desde su terraza como un marino ve las naves arder desde la cubierta del barco. Solo le faltara decir “Nos veremos en el infierno, Muahahahá”. Luego me decía que yo era joven y que no me preocupara, que tenía mucho por delante –casi 30 años menos que él– y me felicitaba otra vez por los cojones de emigrar. Si, Nico, te lo agradezco, pero yo echo de menos esto le decía señalando el paisaje... y luego con un golpecito en la barandilla repitiendo–, Esto: la piel de las cosas y la atmósfera que las rodea. La terraza desierta, la cubierta del barco a las horas de la calma chica.

A veces me acompañaba alguna chica. Normalmente alguna amiga de otro país que quería ver Granada.

¿Do you want more? –le preguntaba él cada vez que veía su copa vacía. Ella rechazaba un poco aturrullada.
¿No?.
Volvía a rechazar moviendo la cabeza.
¿Seguro?... Pos bueno –concluía él sirviéndose él mismo.

Yo le enseñaba la casa muy orgulloso. Era un lugar que fascinaba a cualquiera, que ya me había ayudado muchas veces de alguna manera a seducir a una chica, fascinada por encontrarse en aquel lugar en el que yo mismo vivía fascinado del mundo. Lo curioso es que si la casa era tan maravillosa no era en absoluto por representar un lujo económico. Era cutre, fría, tenía grietas, azulejos dispares, escaleras con cabezada. No era sino por su calidad intelectual lo que la hacía fascinante: ese aire de lo que esta sin terminar, por ocurrir o sencillamente terminado pero de otro modo más abierto, renunciando a a fria perfección de un plan cerrado o peor resignándose a que las cosas sean como pretende el mundo que deben ser, esa atmósfera que envuelve la torpeza de una vida llena de desarraigo, poesía e incertidumbre. La casa hablaba a las chicas de lo que mi aspecto físico y mi torpeza escénica, no sabían hablarles, contándoles lo mucho que merecía la pena pasar conmigo el tiempo que les reservaba.

Nico había conocido ya a todas las chicas que subieron a mi casa del Albaicyn. Nos saludaba con unas discretas buenas noches cuando subíamos a la terraza para disfrutar de las vistas nocturnas de la ciudad y luego nos daba los buenos días –un poco leve, como sin prestarnos atención–, cuando subíamos a desayunar sobre una ciudad que aparecía de pronto tan violentamente perfilada en el espacio como si nunca hubiese habido noche y todo el universo fuera luz y tostadas de tomate. Hoy todavía, el paisaje del cuerpo de aquellas chicas, la topografía de complicidad a media voz, está ligado en mi recuerdo al paisaje de los tejados del Albaicyn... cálido, sencillo... e infinito.

Por parte de Nico, aparte de la misteriosa postal en la que decía que apareció un día en el correo de los vecinos –“Me acuerdo de tí aunque no te lo mereces”– solo le conocí una mujer. Fue una historia breve con una vecina. No llegaba a los treinta. Era atlética, morena y tenía una voz tan terriblemente dulce como absolutamente imposible de callar. Lo curioso es que creo que fue a eso a lo que se enganchó. Por unos meses, se podía oír a todas horas, mezclado con la brisa en a terraza o con la luz que bajaba por el patio, aquel melodioso y constante blablablablablablablablablablablabla interminable pero muy dulce, dulce de verdad, mezclado con el tintineo de los hielos en el whisky de Nico. Se oía hasta altas horas de la noche y luego de nuevo de nuevo en la mañana, como un programa de radio Nico que hubiese puesto para acompañarse. En realidad, aquella continuidad era la única prueba de que tenían una historia.

Hasta donde aguantaras escuchándola, la chica era bastante interesante. Trabajaba escribiendo guías turísticas y su misión en Granada era probar todos los restaurantes, ofertas, masajes, termas, atracciones y monumentos, y alojarse de vez en cuando en un hotel que quería ser reseñado en su guía. Era una vida dura, decía. Nosotros la mirábamos divertidos. Nosotros: dos estudiantes con pocas esperanzas de pasar el próximo examen -yo estructuras metálicas, por cuarta vez y él la oposición a juez, la tercera-: nosotros que no sabíamos cuando coño iba a empezar a formarse un futuro profesional, tener unas pelas y acceder a esos lujos... Pero era verdad, siempre de ciudad en ciudad y viviendo una vida de consumo impagable, sin raíces ni acompañantes precisos, la suya era también una vida solitaria. Creo que Nico, que a su manera era bastante solitario, lo comprendió mejor que nadie y durante los meses que ella pasó en nuestra casa decidieron darse un respiro en sus peculiares modos de vida; ella viajando por el mundo, el riéndose de él en su atalaya.

Hasta que un día la chica se marchó a otra ciudad, a probar otros lujos y dormir de vez en cuando en otros hoteles... o no. Creo que aquello siguió. Él la siguió una temporada. Nunca había oído que Nico viajara y nunca lo volví a oír después de aquello. Pero sé que la siguió hasta América. Creo que se gastó una verdadera pasta en estar cerca de ella.

Cuando volvía no ocultaba que había ido al otro lado del mundo a visitarla pero lo decía de ese modo en que le queda a uno muy claro que no vas a alargar un solo minuto la conversación. Yo llegué a preocuparme de esa parquedad, seca y dura como siempre, pero mucho menos divertida.

Hasta el día que me pilló subiendo por tejado del vecino. Yo caminaba un poco raro, buscando el lomo de las tejas para no moverlas, y agarrándome a las viejas tomas de media tensión (desmanteladas). Nico me chistaba desde su terraza, ssssschhh sssshh y luego bajito me susurraba exagerando el movimiento de los labios para asegurarse de que a pesar de los 15 metros de distancia y silencio le entendiera...

Te van a meter un paquete. Mira cómo tienes las tejas. Como te vea el vecino te vuela los huevos, que es secreta, y tiene pistola. Pum... Pum... Luego no digas que no te lo advertí, pum pum.

Esto último lo decía haciendo como si tuviese un gran rifle en las manos, apuntándome con él y disparándome. Tras el retroceso del rifle lanzaba una gran risotada. Y me remataba... ¡pum!

No sé si era verdad, en cualquier caso, siendo Nico, con ese aire de brujo burlón, se podía convertir en verdad. Sin embargo yo no dejé de subir. Nunca dejé de subir. ¿qué me tenía tan enganchado? No se veía el atardecer mucho mejor que desde la casa de Nico y ni siquiera había escalera para subir.
Era esa condición de lugar inaccesible, sin escaleras para llegar, ni barandillas que te protejan... esa falta de todo elemento que invitara a quedarse allí y que convertía aquella burda plataforma de loza en un lugar sagrado y sacrílego a la vez, inmaculado y salvaje, al que solo se podía subir con esa misma voluntad incívica con la que probablemente disfrutaba Costeño al vagar a sus anchas por todas las habitaciones de cada casa. Una vez arriba uno tenía la ciudad a los pies, desnudo en el viento libre y abrigado a la vez en la sensación que espera más allá del propio, pequeño pero épico esfuerzo de escalar por los tejados de los vecinos. Desde allí se veían otras terrazas, otras azoteas, otros escaladores de tejados como yo, que me saludaban amistosamente desde lejos.

Todo aquello, el tejado, las terrazas, repartidas entre aleros y medianeras, depósitos y antenas de televisión, formaba parte de lo que yo llamo la sociedad de las azoteas. Una capa desconocida de la sociedad que vive, borbotea y se desarrolla sobre ella sin que los demás, a ras del suelo, se den cuenta: una sociedad formada por puntos inaccesibles pero precisamente por eso muy unida, perfectamente cohesionada por el placer secreto de estar ahí arriba y la complicidad que da sentirse reyes de un mundo que la calle ignora.

A veces incluso me quedaba a dormir. Nico me veía subiendo con el colchón del sofá a cuestas por las tejas del alero de la casa vecina. Me chistaba otra vez. Me amenazaba con su rifle de aire. Luego me decía que tuviera cuidado y se iba a dormir a su guarida, sonriendo con orgullo de tener un vecino tan raruno como él.

Una vez, en mitad de la noche, abrí los ojos y me encontré rodeado de sombras vivas. Gatos, ahí, simplemente, haciendo cada uno a su aire, ese algo indescifrable que hacen los gatos cuando parece que no hacen nada. No me levanté. Me limité a disfrutar sin moverme del privilegio de asistir a semejante conciábulo en medio de la noche, en el mismo mundo que la humanidad habita, pero al margen de ella, sintiéndome definitivamente, miembro de la sociedad de las azoteas, aceptado incluso en su instante más primitivo e irracional... más incluso que Nico, que dormía a pierna suelta en su casa rodeado de sus libros de derecho.

Aparte de las anécdotas escritas en este blog, el contacto que me queda con el mundo es Nico.

Hoy he ido a visitar la casa patio del callejón de los Negros. Otra vez no me acordaba que el edificio no tiene timbre. He llamado al teléfono. Nuevamente la voz de Nico, de periodista negociando un rescate innegociable. Nuevamente la mía, recordándole que si no dejo mi nombre y mi numero este negocio no va a ninguna parte. No lo coge. Así que pruebo llamando Nico directamente a voces:

Nicooooo
Nicooooo

Como no quiero alzar más la voz, llamo simplemente a la puerta del edificio, primero suave, luego más fuerte. El eco de mis golpes se oye amplificado por el hueco del patio interior. Y miro arriba por si Nico se asoma. Su persiana esta echada como siempre por encima de la barandilla. Insisto, si no Nico, digo yo que entre 8 apartamentos alguien habrá que venga a abrirme. Y así ocurre, se asoma alguien precisamente por la ventana de la casa del apartamento en el que yo vivía.

Hola, soy el vecino, bueno, lo era, pero vivía precisamente donde tu vives ahora... con lo que ya no soy e vecino. –le digo a una mujer joven que me mira sin malicia, ni sospecha, ni esas cosas que asaltan a la gente cuando un desconocido cuenta historias así–. Estoy de visita y me gustaría subir un momento a ver la terraza otra vez. ¿sería tan amable de dejarme pasar?

La mujer desaparece en mi antiguo apartamento. Tarda un montón. No la he convencido. Pero no, al rato cruje el cerrojo y la puerta se abre ante mí. Le doy las gracias y me presento otra vez. Ella se aparta para dejarme pasar muy amablemente y hace amago de indicarme por donde se va a la terraza... pero desiste al ver que yo ya estoy subiendo. Al final de la tortuosa concatenación de escaleras el mundo de la terraza se abre ante mí como el primer día, un baño de luz y de ese aire náutico, como la cubierta de un barco contra cuyo casco la ciudad de batiera formando sordas olitas, chopcoplop ploch clop..

Subo los últimos cinco escalones y otra vez en la sombra, al fondo del pasillo a la izquierda, llamo a la puerta de Nico.

No está.

Bajo entonces a mi antiguo apartamento, donde ahora vive la mujer que me abrió. La puerta está abierta. Me asomo con una precaución y un respeto casi metafísico, como si entrara a una cueva misteriosa abierta dentro de mí mismo. En la cocina, la misma que yo usaba, hay dos chicas que me miran sin extrañarse demasiado de que haya entrados sin llamar. Las saludo y les pregunto si por favor saben algo de Nico.

Así es como después de casi un año sin venir por aquí me he enterado de Nico murió hace dos meses. Un cáncer. Pienso en los eternos cigarrillos y en las copas interminables que ofrecía en su terraza y me duele lo poco que dura la eternidad. Me pregunto cómo habrá muerto. Ni sé quién le acompañó –morir acompañado al calor del amor ajeno es lo mínimo que podría pedir al morir–. No sé si tenía familia, si se ocuparon sus amigos de que se fuera bien acogido. Coño, mi madre tenía razón, no sabemos nada de este hombre. No se si habrá venido la chica de la voz dulce a acompañarlo con su cálido monólogo llenando las últimas horas de Nico. Es una pregunta que uno ya no se hace sobre el personaje que os he pintado, sino sobre la persona que había debajo, protegida por sus improperios, su rifle imaginario y sus risotadas, y que de vez en cuando salía a la luz en la forma de un amistoso abrazo, un segundo antes de marcharme y al darme la bienvenida cada vez que volví. Pienso en su voz grabada aún en el contestador, amenazante, como un terrorista de los 80'... y no se si me alegra o me entristece haberle dejado un mensaje al llamar.

Con Nico se apaga el último lazo vivo que más allá de mi mismo tengo con aquella época de albaicinero. Tengo el número de los dueños de la casa, pero ellos no pertenecen a aquella república, ni a la Sociedad de los Tejados. Ellos, como diría Nico, me volarían los huevos con mucho gusto por haber vivido como viví en su propiedad. No. Es con Nico con quien esta parte de mi historia muere, con su puerta cerrada, con el silencio que escucho después de subir a llamar otra vez a su puerta. Sí, otra vez he subido y he vuelto a llamar, solo para sentir su ausencia, plena, radiante y obtusa como él, para escuchar con todo mi amor ese silencio, última prueba física de que tuve un vecino llamado Nicolás B. Antes de irme pongo la mano en la puerta como en el vientre de la ballena que se lo hubiese tragado y susurro mi adiós. Cuando salgo fuera, el mundo de la terraza me saluda como siempre, lleno de luz, inconsciente como un niño de lo que acaba de pasar.






domingo, 21 de febrero de 2016

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