Salgo de tu casa a un mundo lleno de luz y pequeños quehaceres, ya en marcha desde hace rato. Al abandonar la penumbra fresca y retozona de tu pequeño apartamento, no sin una pequeña y divertida sensación de desamparo, me recibe de golpe un mundo brillante y caluroso. Las chicharras cantan invisibles en todos los rincones. El mediodía ahueca miles de siestas de media persiana y sobremesas anónimas, cálidas voces de madres en voz baja, ruido de fichas de dominó y sigilo de cartas a las sombra con sombras en la mesa o solos o mitades o leches manchadas,eso que llaman nube y que nunca he sabido lo que es, además de algún cubata inevitable.
Salgo de tu casa y me doy cuenta de que el largo túnel de esta noche me devuelve a este mundo como, en verdad, podía haberlo hecho a cualquier otro. Un mundo lleno, pongamos, de automóviles a vapor o de langostas en patinete saludándose con las antenitas, bajo un calor ecuatorial. A plena luz del día me asalta la terrible consciencia de que en durante estas horas que hemos pasado juntos, aquí fuera podría haber ocurrido cualquier cosa, del fin de esta crisis a la guerra nuclear… de que podría haberse desatado, hoy mismo, el caos por venir; de que, en definitiva, si reconozco este pueblo y sus gentes, es porque en la noche no ha pasado nada fuera de los muros de carne y flujos corporales, del mimo y la tierna complicidad con que los hemos levantado. Nada. Al menos nada reseñable aparte de que es sábado nosecuantos de Julio.
Es hora de volver. De partir a hacer el día. Tengo la impresión de que para alcanzarlo voy a tener que correr un poco por el andén. Tu piel y tus sábanas adquieren la fuerza de cubertería y facturas viejas. La funda del edredón volverá a tomar una forma respetuosa, a asumir de nuevo la decorosa responsabilidad de vestir tu cama. Mientras, yo aquí fuera doy mi primer paso sobre la acera.
Salgo del cobijo de una sima de la inmensa profundidad que adquieren dos habitaciones contigo, del pequeño palacio real de realidad y lujos incomparables… del portal de Belén… qué se yo… Este cansancio arremolina dulcemente mil imágenes en mi cabeza: Bajo del cielo más elevado o quizá subo de la más acogedora alcantarilla…
…y, sacudiéndome las escamas, busco mi coche bajo esta luz de la que -me digo con un asombro somnoliento- casi me había olvidado.
Arranco y la máquina contesta con su ronroneo a otros tantos motores anónimos que se oyen lejanos entre las huertas. Y parto, como un enorme caracol rojo sobre el asfalto, a través de los campos que resisten al borde de la ciudad, llenos de flores y matas secas, y de este olor inmenso a manzanilla que ya me recibió nada más salir de tu casa.
La casa que tanto has tardado en abrirme.
Subo el volumen, bajo la ventanilla y dejo que me acaricie la cara el viento de esta nueva condición.
Salgo de tu casa y me doy cuenta de que el largo túnel de esta noche me devuelve a este mundo como, en verdad, podía haberlo hecho a cualquier otro. Un mundo lleno, pongamos, de automóviles a vapor o de langostas en patinete saludándose con las antenitas, bajo un calor ecuatorial. A plena luz del día me asalta la terrible consciencia de que en durante estas horas que hemos pasado juntos, aquí fuera podría haber ocurrido cualquier cosa, del fin de esta crisis a la guerra nuclear… de que podría haberse desatado, hoy mismo, el caos por venir; de que, en definitiva, si reconozco este pueblo y sus gentes, es porque en la noche no ha pasado nada fuera de los muros de carne y flujos corporales, del mimo y la tierna complicidad con que los hemos levantado. Nada. Al menos nada reseñable aparte de que es sábado nosecuantos de Julio.
Es hora de volver. De partir a hacer el día. Tengo la impresión de que para alcanzarlo voy a tener que correr un poco por el andén. Tu piel y tus sábanas adquieren la fuerza de cubertería y facturas viejas. La funda del edredón volverá a tomar una forma respetuosa, a asumir de nuevo la decorosa responsabilidad de vestir tu cama. Mientras, yo aquí fuera doy mi primer paso sobre la acera.
Salgo del cobijo de una sima de la inmensa profundidad que adquieren dos habitaciones contigo, del pequeño palacio real de realidad y lujos incomparables… del portal de Belén… qué se yo… Este cansancio arremolina dulcemente mil imágenes en mi cabeza: Bajo del cielo más elevado o quizá subo de la más acogedora alcantarilla…
…y, sacudiéndome las escamas, busco mi coche bajo esta luz de la que -me digo con un asombro somnoliento- casi me había olvidado.
Arranco y la máquina contesta con su ronroneo a otros tantos motores anónimos que se oyen lejanos entre las huertas. Y parto, como un enorme caracol rojo sobre el asfalto, a través de los campos que resisten al borde de la ciudad, llenos de flores y matas secas, y de este olor inmenso a manzanilla que ya me recibió nada más salir de tu casa.
La casa que tanto has tardado en abrirme.
Subo el volumen, bajo la ventanilla y dejo que me acaricie la cara el viento de esta nueva condición.