lunes, 9 de mayo de 2011

Ver Sacrum



Al doblar la primera esquina aparece el abrazo de Egon Schiele. Emerge tras la pared como un viejo amigo que me esperara acechando.
Entonces me invade una repentina conciencia del cielo y de la tierra me sube por los costados y esa especie de peso en la cara que me trae la emoción cuando me visita, como si me fuera a echar a llorar o se me fuera a caer una gran máscara -quizá de oleo también, ahora endurecido, y un poco polvoriento- haciéndose pedazos en el suelo, mientras contemplo el cuadro en silencio y la cabeza se me llena de recuerdos.
          Tu cuerpo desnudo entre aquellas viejas sábanas de flores, y tu pelo extendido alrededor, tan largo que a veces temí que una mañana fuera a amanecer ahorcado.
De cerca los trazos del contorno son azules, de un azul noche. Entre ellos, la piel es una corriente turbulenta de color, estática y bulliciosa como las ciudades vistas de lejos y la arena de la playa cuando la miras fijamente durante unos segundos... Sin duda, la textura cuenta algo: ese algo callado pero cercano e insondable, esa misma historia muda y loca de la que me habla la piel de las personas cuando la miro de cerca.
De lejos veo la verdad por una ventana.
Escaleras arriba, espera Klimt, con esa capacidad suya de deshacer la luz en teselas imposibles para volver a tejerla contaminando los colores con ese halo dorado de recogimiento y sensualidad que hasta hoy solo me ha envuelto dos veces en la vida -la primera en la catedral de San Marcos, la segunda aquella tarde en tu habitación-.
El beso, asediado por la confusa devoción de los turistas.
Judith que me desarma con la misma mirada chamánica con que en unos días me desarmará la Medicina cuando nos encontremos frente a frente, a los pies del mural, amenazante y sabia, desdeñosa y maternal:  la primavera como un sacramento sin límites ni condiciones.
La novia, incompleto, con esa fascinante generosidad de lo incompleto.
Pero la emoción de este cuadro me acompañará durante toda la tarde. Bajaré varias veces a verlo, asombrado, lleno de quietud y aceptación, como si me mirara por primera vez en un espejo después de mucho tiempo.



8 comentarios:

Golfo dijo...

Borré este post por equivocación la semana pasada. Por suerte tenía una copia guardada y he logrado recomponerlo.
Sobre todo aquellos que lo hayan comentado, disculpen las molestias.

Sophia dijo...

Adoro el beso de Klimt, huno una época que no paraba de verlo por todos lados, pensé que una señal.

besarse así como si se acabara el mundo , como si uno quisiera fundir el cuerpo con el alma.

besos

Vir dijo...

¡Madre mía, qué paranoia! Por un momento pensé que lo había soñado, ;)

Spaski dijo...

Que buenos cuadros todos ellos si señor. Buen gusto y buen blog, te sigo ;-)

Lady Faisca dijo...

A mi se me regala un casi beso de un casi Klimt cada mañana. Casi beso porque es de papel, y casi Klimt porque le falta el olor a óleo que tanto echo de menos...

Gracias por pasar :)

Vloj dijo...

literatura, arte... sentimiento... menos mal que no perdiste este post!
un abrazo
VLOJ

La paciente nº 24 dijo...

El “espejo de la verdad”, alguna vez estuve ahí, con otro cuadro y otro nombre, quise escribirlo –no describirlo-, quise pero no pude, al final siempre es el cuadro quien nos escribe y quien nos mira como las mariposas que nos quitan los asientos en el autobús, que tienen sed –nos roban el agua- y camisas con mangas, que miran a veces hacia delante, sin mirar nunca a ninguna parte, pero llegando siempre a algún lugar.

Ina dijo...

Qué curiosa visita guiada!

Desde 2003 en blogger?? vaya vaya!

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