sábado, 31 de diciembre de 2005

Lo que me inspira no eres tu, sino la inquietante posibilidad de ti.

lunes, 19 de diciembre de 2005

        No es solo el horror al papel en blanco… quizá porque el papel en blanco es lo de menos. En verdad, el papel en blanco no es muy diferente de una habitación vacía con una guitarra en medio… siempre se pude entrar y trastear, calentarla, darle un par de vueltas a un par de temas, hacer fuiiii y hacer fuaaaaa, tirori brap brap, chrch chrch braaam… y si encima hay un piano y entras con un pianista, una batería y entras con un baterista, siempre puedes montarte una buena jam session. No, el papel en blanco siempre da por lo menos para tocar por tocar. ¿Verdad Jesús? A la mayoría las musas nos pillan trabajando.
        Pero al ruedo salta uno solo.
        No, no es solo el papel en blanco… a veces las palabras se le hacen a uno grandes como un océano lleno de olas en medio de un rudo día de invierno. Desconfío, lo respeto, miro desde la orilla. “No tengo mérito: espero”… A veces temo de verdad que no sea más que un hombre confuso con demasiadas palabras en la cabeza. Entonces ese barro del que podría sacar otro posts como un objeto conciso, y casi brillante a la luz, se me hace de pronto como un caldo oscuro.
        Llevando un poco más lejos la metáfora de esta sucia sopa de letras interior, siento que en alguna parte de ese caldo estoy yo mismo dando vueltas, y temo encontrarme al meter la mano, toparme con mi piel viscosa como la de un pulpo inesperado… puedo estar demasiado cerca de la superficie. Demasiado opaco al menos como para no sospechar.
        Una vez escribí, por escribir, y porque me picaba el gusanillo, una especie de minúsculo ensayo sobre el miedo y las cosas vacías. La idea era que un objeto vacío te provoca cierta inquietud, sobre todo cuando tiene suficiente volumen de albergar al menos a uno mismo en su interior. Hablaba del miedo que algunos de niños, le teníamos a las bombonas de butano y de mi perrillo que le ladra a los contenedores vacíos, a los grandes maceteros, y jarrones abandonados en la calle. Pero solo cuando están vacíos y sin necesidad de mirar encima para comprobarlos… el bicho lo sabe, y ya está. Como yo cuando pasaba cagando leches y con la espalda erizada frente al autoclave de mi abuelo.
        Al final acabo por compararme con un pequeño perro-patada, un perro pequeño y bastante idiota por cierto…
        Ya veis.
        No, no es el horror al papel en blanco…
pero le puede pasar a cualquiera.

lunes, 28 de noviembre de 2005

El fin de la infancia, culos, tetas y pistolas

        Últimamente trabajo con la memoria. No es que la ejercite, sino que dado que el tiempo desgasta, uno siempre puede coger sus pedazos y reutilizarlos como material, expolio para nuevas construcciones o recortes para un collage.
        Todos tenemos memoria. Sin embargo, a ratos tengo la impresión de que es ahora cuando comienzo a tenerla: me voy dando cuenta de que no es lo mismo recordar la infancia como algo ajeno, algo que pertenece a un capítulo anterior… que cuando podía mirar atrás todavía dentro del mismo capítulo, hacia un mundo que si bien era ya pasado, no dejaba de formar parte de las primeras pisadas sobre el mismo territorio. Cuando, a pesar que te da mucha vergüenza, sabes que si tocas tus juguetes revelarán el niño que todavía eres. Y eso te hace mirarlos con una mezcla de deseo y recelo.
        El mismo recelo que luego sientes hacia ti mismo cuando, jugando en la calle a las pistolas, pasa una chica preciosa y escondes el arma, o pones la mano bien, si no tenías arma, y disimulas todo lo que puedes… mientras, parapetado detrás de una esquina, un colega te grita…
        ¡Ta! ¡ta! ¡ta! Eh. Estas muerto tio. Joder, estas muerto, ¡ta ¡ta ¡ta!.
        Tu miras a tu colega por el rabillo del ojo y a la chica sabiendo que no la tendrás.
        ¡Ta! ¡ta! ¡ta!
        Y comprendes que razón no le falta: un poco muerto si que estás.

        Puestos a elegir un momento, creo que empecé a abandonar la infancia el día en que Javi el petardero dijo que la Carmen estaba buenísima. Yo me quedé un poco atónito y tuve que preguntar quien era Carmen.
        Pues Carmen E. tio.
        Hasta entonces mi imaginario erótico, bastante nutrido, la verdad, había estado poblado por mujeres adultas de pechos grandes y coños peludos, misteriosos triángulos peludos tras los que yo aún no tenía ni idea de que había –lo descubriría pronto en las películas porno-, mujeres que podían ser mi madre, -…la primera mujer de cada hombre es siempre su madre: la primera desnudez, la primera mirada curiosa y disimulada mientras se cambia delante de nuestra supuesta indiferencia…-,
        o la Sabrina,
        o la Loli que trabajaba en casa de mi tia y le enseñaba las tetas a mi primo Pedro,
        o las miles de tias que hacían top less en una playa de Marbella a la que me llevaron y por la que paseé cuantro días alucinando con mi camioncito de plástico y la pilila tiesa,
        o la Anabel, que me cuidaba cuando mis padres salían de marcha y que aún hoy, cuando por casualidad nos encontramos, me sigue pareciendo una de las mujeres más guapas de este mundo. Tampoco he olvidado su olor. Cuando no hace mucho mis padres me contaban que si, que Anabel tenía un olor extraño y ella que misma lo sabía, yo no podía por menos que sonreirme por dentro, sin atreverme a confesar que había estado loco por ese olor. Un olor que si bien para ella podía ser un problema, para mi no dejará de ser el olor que le subía por el canalillo cuando me ponía de puntillas para abrazarla.
        o una profesora pelirroja de la guardería cuya imagen me llevé como robada bajo el abrigo hasta la EGB…
        o la tia del anuncio de Fa
        o todas las actrices que de vez en cuando se desnudaban antes de que me mandaran a la cama…
        ¿Ya?
        Ya.
        Me decía mi padre sin dejar de mirar la pantalla… Quizá era más temprano de lo habitual, pero lo cierto es que eso nunca impidió que yo me llevara alguna de esas imágenes a la cama como un juguete oculto bajo las sábanas.
        Buenas noches, mamá.
        Buenas noches.
        Ja.

        Y en medio de este tosco imaginario erótico de mi niñez, va Javi el Petardero y, con aquellas palabras mágicas que solo se decían de las mayores, coloca de pronto a una niña de mi edad, a una compañera. Si, una puñetera cría de mierda como yo, de las que corren y juegan y piensan Emmanuel es una marranada, de las que si bien nos gustaban cada vez más, siempre habíamos ignorado al repasar en la oscuridad el desfile de nuestras fantasías. Una niña, por dios, qué aburrimiento, qué guarrada.
        Entonces, va el tio, y la mete, así… como quien la empuja a una piscina… Una piscina en la que el agua no era otro fluido que el panteón de mis primeras pajas, donde cae haciendo mucha espuma y con los ojos tan atónitos como los mios. En aquel momento Carmen pasó frente a nosotros, y vimos que Javi el Petardero tenía razón. Era inevitable: Carmen estaba buenísima, y yo sentía por dentro cómo el sexo opuesto atravesaba de pronto la barrera del sonido:
        A partir de ahí, la vida iba a consistir en perseguirlas.

        El último reducto de mi de mi infancia fue una casa que tenía mi abuela en el campo, una casita humilde y ahora que lo pienso, ahora que conozco bien las casas, muy vieja. Y más vieja aún era la técnica que la había hecho posible (muros de 40 centímetros, con piso de tablazón sobre troncos de madera de verdad, no de dar el pego los turistas, que corrían paralelos de un muro a otro, y hasta se inclinaban en el techo del baño para sostener al otro lado los peldaños de la escalera). Era una casa pequeña, pero no lo suficiente como para que no me aguardara algo en su interior capaz de convertirme en un niño cada vez que íbamos a visitarla… Aunque llevásemos amigos, aunque nos pusiésemos cubatas y liáramos porros, aunque soñáramos con tener novias de una puta vez y traerlas a hincharnos de follar en todas las camas… Niños, desorden, trastadas, curiosidad, inconsciencia, ...niños. Como si la casa no tuviese dentro sino un pedazo de edad varado en mi paisaje temporal.
        Cuando vendieron esa casa estaba ya en la universidad. Mi padre me llamó una mañana y me lo dijo. Yo me sentí como si me hubiesen robado algo. Me cagué en mi abuela y en todo lo que se menea. Aquel día lo pasé haciendo mi vida con la cara larga, que de pronto de me había hecho incómoda como un zapato recién estrenado.
        Lo que más lamento es no haber llevado nunca a una mujer a hacer la fiesta en aquellas enormes camas de madera.
        Mi infancia acabó ahí, y lo que hoy queda, lo de hoy, mi amor, ya sabes: esos juegos, esos gestos, esas voces ridículas que me salen por la boca, ese arrastrarme a la cama con la barbilla y el vientre contra las sábanas como un cocodrilo, o ese acercarme en el agua haciendo burbujas como un remolcador, mientras bajo el agua te agarro los tobillos y te arrastro hacia mi para sentir tu sexo contra el mio, ploploploploploplop… quizá no sean más que carreras con sirenas de fondo y balas silbando, incursiones inesperadas a través del centeno.


domingo, 20 de noviembre de 2005

Desahogo en tiempo real

        En mi calle …diría mi barrio, pero es que mi calle es tan tortuosa como un barrio, tanto que tengo la impresión de que vivimos al margen del barrio… así que, para no generalizar más allá de sus confines, os diré que en mi calle suele escucharse la música de otros vecinos. Pocas veces nos hemos quejado... porque suele ser buena música: flamenco, jazz, los Italianos que se reunen a tocar su folk alegre, Nico que en su atalaya anuncia su alegría con música clásica a todo volumen (breves subidones en sus ratos de opositor en los que se descarga como un niñato con el heavy metal y sale al balcón dirigiendo la ciudad)… El año pasado había un holandés que parecía que lo habían sacado de "Acordes y desacuerdos". Una noche hablé con él… recuerdo que pensé hablando de música era tan humilde que no parecía que tocara como dios. Le hacía sentir a uno bastante cómodo... insistió en pasarme la guitarra, teníamos pasados musicales parecidos y me llegó a pedir que le enseñara no se qué canción de Smashing Pumpkins, que yo toqué tragándome mis complejos como un kamikace. Incluso hay una vecina en el patio que pone música española de los ochenta, a veces un poco pasada, otras veces incombustible… pero no se le puede decir nada, porque por mucho que hurgue en lo más profundo de aquella época en que éramos un poco más hortera, no se puede negar que con la música saca un montón de recuerdos. De verdad, es difícil cortar algo así. Parece que no, pero es difícil decir “quita ya eso” con una sonrisa nostálgica.
        Ahora tras el muro del baño tengo un bakala recién alquilado. Lo recuerdo a mediodía y a la hora de la siesta. Así que me he puesto a escribiroslo.
        En la casa de al lado, el hijo del vecino toca al final de las tardes su guitarra eléctrica, como un karaoke, y lo hace tan mal y con unos efectos tan mal elegidos -flanguer mucho chorus, un poco de compresión y un reverb exagerado- que dan ganas de echarles dinamita por el ojo del patio. Si Alejandro Sanz y Manolo García supieran lo que se está haciendo con sus canciones darían vueltas gateando por el techo de la rabia. Pero tampoco hacemos nada excepto mirarnos todos de una terraza a otra, con nuestro cigarro y nuestro atardecer y reírnos de lo ridícula que llega a ser la gente a veces cuando nadie le dice que no ha nacido para tocar la guitarra con las ventanas abiertas… no, no hacemos nada, yo al menos… porque ya es suficiente que cuando suba al tejado le destroce las tejas al pasar. Tanto que un día vino la policía porque pensaban que eran ladrones los que pasaban por las noches. Fue después de comer, yo leía con los pies en la barandilla y trataba de disimular mi sonrisa entre las páginas del libro. Nico me tiene dicho que el día menos pensado me llenarán el culo de perdigones… “es de la secreta”… dice señalando con la barbilla a la casa de al lado “luego no me digas que no te avisé”… y hace como que tiene un rifle en las manos y me dispara riendo bajito, por si el secreta me escuchara desde el patio. Nico no lo sabe, pero cuando me dice eso, por detrás de su cabeza, de sus cactus, por encima de las casas de enfrente, se ve una ciudad entera. Por eso seguiré subiendo al tejado, como si lo mal que toca la guitarra el hijo del vecino fuese un peaje que me estuviesen cobrando y que quiero amortizar. Así es en parte mi calle.
        Pero ahora tengo un bakala al otro lado de la pared del baño, que abre las ventanas de par en par y sale al balcón a estirarse todo orgulloso. El perro del vecino está llorando.
        Yo tengo ganas de matar
        a mi vecino el bakala.
        …¿Sabes Neng?.

miércoles, 16 de noviembre de 2005

Disintegration

        Recuerdo que salíamos de un concierto cuando me dijeron ¿Dónde coño vas?, mientras yo desaparecía en entre la gente y volvía instantes con un cartel de Bacardi tamaño poster de esos que tienen un hueco blanco para poner el precio de las copas (450pelas de las de antes). Mis amigos no comprendían por qué un selecto expoliador de afiches callejeros como yo querría un cartel de Bacardi que encima no era más que una marco alrededor de un recuadro blanco, no muy distinto de los que pinchan en la carne de los supermercados… Yo les dije que el cartel me importaba una mierda pero que por el otro lado estaba en blanco.
        Era la época en que aún no sabía que iba a pasar la vida rodeado de papeles inmensos que envuelven hoy mi mesa, mi cama a veces, e incluso algún armario feo… pero que un extraño morbo por las grandes hojas de papel ya me estaba avisando de algún modo.
        Era también, la época en que todo se estaba yendo a la mierda… la misma en la que hube de largarme en un viaje que si bien no iba a librarme de mis problemas si pudo al menos, proporcionarme una tregua, un descanso, un modo de posponer el próximo round contra mi mismo.
        Lo cierto es que si no hubiese sido por ese viaje, no me habría visto sacando discos en silencio de una discoteca ajena para grabar al día siguiente unas cintas que cambiarían definitivamente el rumbo de mi cultura musical. Y aunque bien es cierto que tardé más de un año en escucharlas todas… no es menos cierto que otras eran ya mi música: aquella con la que sin saberlo me estaba armando para sobrevivir a la última estación del peor año de mi vida.
        Si, recuerdo la cantidad de música que aprendí mientras mis fantasmas existenciales no me dejaban dormir y me aguantaba las ganas de explotar como una bomba atómica y despertar a todo el mundo… Por suerte a veces la vergüenza puede más que la locura.
        Era la época en que me estaba hundiendo con tanto dolor como ilusión… había aprendido mucho, demasiado: todo se iba a la mierda racional, brutalmente, y con todo, Irse a la Mierda me parecía el único modo de ser real, lógico… una isla de coherencia, y por ende, si no de felicidad, si al menos de alguna forma perversa de paz interior… o eso creía. Y aunque hoy tenga mis propios modos de realizarme bastante más placenteros, constructivos y personales que los que mis fantasmas adolescentes me ofrecían, no puedo decir que entonces no fuese verdad –al decir esto me sale aún aquella misma sonrisa melancólica de payaso a punto de dejarse atropellar por un coche de bomberos.
        Sé que puede sonar extraño, pero pocas cosas me han ocurrido en la vida tan buenas como las peores cosas que me han ocurrido en la vida… bajar a mis infiernos y solo haber tenido fuerzas para habitarlos sino también para no haberme quedado allí estancado para siempre.
        Era el peor año de mi vida, y recuerdo una de esas tardes en que no tenía ganas de nada, cuando nada me parecía suficiente razón para existir o dejar de hacerlo, cuando bien y mal eran dos palabras escurriéndose entre mis manos y hasta el aire que respiraba me daba náuseas…. En medio de todo ese vacío que me arrinconaba en una esquina de mi mismo como al borde de un precipicio, sí tuve fuerzas para agarrar el puto cartel de Bacardi, darle la vuelta y echarme a escribir con Edding las palabras en inglés como si aquellas letras me hubiesen estado esperando ocultas en el blanco del papel… luego colgar aquello en la puerta e irme a dormir un poco más tranquilo, con un rollo menos en la papelera y un instante de desahogo.
        Como veis no os cuento mi vida, solo os la escamoteo, os muestro retazos y vuelvo a sumergirlos, uno, otro, asomo el morro por los agujeritos como un ratón bajo la alfombra vieja de las palabras. Os suelto este rollo… todo para deciros lo mucho que hacía que no escuchaba Plainsong

lunes, 7 de noviembre de 2005

JACK KEROUAC, CREDO Y TÉCNICA DE LA PROSA MODERNA
(lista de las condiciones esenciales)

1.- Libretas secretas garrapateadas y páginas frenéticas mecanografiadas para tu exclusivo placer.
2.- Acoge todo signo, ábrete, escucha.
3.- Evita embriagarte cuando no estas en tu casa.
4.- Sé amante de tu vida.
5.- La sensación que experimentas encontrará la forma que necesita
6.- Sé poseído de una ingenua santidad de espíritu.
7.- Respira, respira tan fuerte como puedas.
8.- Escribe lo que quieres infinitamente, brota del infinito de tu alma.
9.- Las indecibles visiones del ser.
10.- No más tiempo para la poesía, a su lugar lo que es.
11.- Sobresaltos visionarios que conmueven el pecho.
12.- Permanece en trance, inmóvil, sueña en el objeto que está ante ti.
13.- Equilibra tus complejos literarios, gramaticales y sintácticos.
14.- Al igual que Proust, sé fanático del tiempo.
15.- Relata la historia verdadera del mundo en monólogo interior.
16.- La joya, en centro de lo real, es el ojo en el interior del ojo.
17.- Vive tu memoria y tu asombro.
18.- Sal del fondo de tu ser, y con los ojos muy abiertos lánzate al mar del lenguaje.
19.- Acepta perderlo todo.
20.- Cree en la santidad de las formas de la vida.
21.- Esfuérzate por precisar la oleada que existe ya en tu espíritu.
22.- No pienses en las palabras si te detienes, si no es para ver mejor la imagen.
23.- Conserva la huella de cada uno de tus pensamientos, graba su fecha al despertar.
24.- Suprime el miedo y la vergüenza ante la integridad de tu experiencia, de tu lengua y de tu saber.
25.- Escribe para que el mundo lea y vea la imagen que tienes de él.
26.- Un libro-film, un film en palabras, he ahí la forma norteamericana de la visión.
27.- A la gloria de la Fuerza perdida en la Soledad Helada
28.- Creación salvaje, sin límite, pura, surgida de las profundidades, a ser posible alucinada.
29.- Tu eres un Genio –siempre.
30.- Autor-realizador de películas terrestres financiadas por los Ángeles del Paraíso.

(Belief and Technic for modern prose, 1959)

jueves, 3 de noviembre de 2005

El toro, el beso y el arroyo


         Justicia poética, oh, si, también lo corroboro...
         Y el Toro también... Él había leído a Faulkner. Yo no, pero lo admiro mucho. "Es mi cuenta pendiente", le dije y el Toro en seguida se lanzó a animarme, así, en plena carrera. Sabía demasiado el Cabrón. Mucho ruido. Mucha furia. Luz de Noviembre. Su padre era Cretense. Estuvo encerrado largo tiempo. Luego se dieron cuenta de que un círculo era más sencillo que aquel follón de recovecos. Más tarde, su tio, muerto en un dibujo a un solo trazo de a quien le importa qué pintor, había predicho que todas las niñas medianamente sofisticadas de Europa iban a tener el Beso de Klimt colgado en su habitación de estudiante (no pongas esa cara que te he pillao). Pero el toro y yo preferíamos a Schiele, probablemente-y tal y como nos confesamos más tarde- por cierto parecido en nuestras anatomías, nuestro gesto, a lo sumo… Y o no soy un toro, o si lo soy, pero solo con, sobre y bajo una mujer (la preposición es lo de menos) y en tanto que ella quiera ser vaca -con esas pestañas largas y esa mirada de sabiduría-, si no, no soy más que un perrillo, callejero, vitalista, ignorante. ¿Para qué quiero yo una calabaza si tengo esto?
         ¿Para que quieres el vacío de tus sueños –decía el toro- si tienes el vertiginoso misterio de lo real? Yo lo miraba con la camiseta empapada, jadeando, diciéndome, ay, los Dockers, mi madre me mata. Coño, Toro, no me sea usted pueril. El toro se quejó. Si, ya se que es verdad, pero esas cosas ya no se dicen en alto. Su modo de aceptar fue callar y arrancar de nuevo. Tan elegante, el bicho. Pasando por un huerto había estado a punto de robar una calabaza -para comérmela o para darla- pero pesaba demasiado y como no quise reconocerlo (ya era suficiente ser el que huye), me dije que iba a ser una cabronada. Y así seguí corriendo por el arroyo, entre pisadas sordas de toro, zarzas muertas, y un lejano olor a eucaliptos bajo la peste de ancas de rana.


miércoles, 2 de noviembre de 2005

Todos los santos el santo

Putas celebraciones anglosajonas,
a mi me persiguió, silenciosamente, un toro por un arroyo
y los árboles me ofrecían espadas,
-que no, que yo solo esgrimo palabras-
inutil, ni así,
y mi camisa de los NIN no servía de capote...
y los hombros me dolían como si fuese viernes santo...
mientras todos hacíais el idiota en vuestros Pubs.

miércoles, 19 de octubre de 2005



        La vida me hace a veces deambular uniendo rincones por los que no voy sino recogiendo pedazos de mí mismo. Me pone a jugar un rato con el puzzle mientras recorro caminos sinuosos. Los esqueletos de todas mis vidas como un gusano buscando entre mis propios huesos.
        Si se marcaran las calles que han formado parte de mi cotidiano, cada año dejaría un dibujo distinto en el mapa de la ciudad. Uno encima del anterior, pongamos de color rojo, y otro, pongamos azul, y otro dibujo, amarillo, a veces coincidentes en muchas calles, otras tan distintos, tan ajenos entre si…
        Hay tantos pequeños recuerdos desperdigados por la ciudad y en busca de ellos me envían mis pies en noches como esta, haciéndome creer que damos un paseo, que echaremos una copa escuchando un buen rock industrial. Plaza de los Lobos, Antigua estación… un juego de memoria sentimental, un suplicio a veces, una carencia de fantasía quizá: mi cabeza cava y cava y juega con sus propios escombros y la consciencia del presente… Puede parecer complejo, pero no es más que yo hablándome en alto de mi pasado sin quererlo mientras se escapa un sábado más.
        Un juego, un pasatiempo, una larguísima ristra de palabras que no podré escribir nunca... acaso me sirva de práctica, lo cierto es que me divierte, me hace sentir vivo a pesar de caminar ausente y más solo que la una. Puedo parecer patético dando vueltas, pero vosotros no veis este paisaje, no sentís mi historia sentada en las aceras, mis recuerdos y sombras varadas, más o menos dulces, amargos siempre, sí… Es lo que tienen los recuerdos de una época distinta. Es lo que tiene la cosa cuando te ves a solas con ellos. Es difícil quererse siempre.
        Es un palo comprender, por ejemplo, la mierda de relato que acabo de publicar por partes, asumir la inmensa ingenuidad de no haber visto a tiempo que mi mundo interior no es espectacular más que para mi mismo.
        Y a partir de aquí podría tirar de un hilo tan largo como alcanza mi memoria.
        Me veo en tantos lugares, en la mayoría tan insignificante, tan idiota, entrañable quizá, pero tan torpe en el camino hacia lo que soy que me pregunto si fue necesario ser el que fui, y me doy cuenta de que me da igual si con ello puedo ser el tipo que escribió “piel de perra ya no tan joven”… y sonrío: Qué me importa a mi si los sábados por la noche no son escenarios donde se me haya dado bien brillar.
        Vuelvo a casa, dispuesto a acostarme… no sin un cigarro en la terraza mirando el puzzle abajo, mis recorridos grabados en esa masa negra de la ciudad y las calles doradas por la luz que sube desde las profundidades como grietas en el magma, farolas sobre mis yos que solo yo veo, sobreimpresos, dibujados… clavados me guste o no.
        Cuando voy a lavarme los dientes la pasta no está en su sitio y el solo hecho de saber que estaría en el poyo de la cocina sin dudarlo, me hace darme cuenta de algo: esta casa es ya mi casa, y no tiene ya nada que envidiar a la del piso de abajo. Es mi casa, nos hemos entendido, se acabó la mudanza. Acabo de llegar.
        Mientras me lavo los dientes no suelo estar quieto… deambulo por las habitaciones, doy vueltas en círculos. Salgo al pequeño balcón. Frío, luz de calle. Un vecino ordena unos trapos en otra ventana. Mi imagen debe ser extraña, un tipo descamisado lavándose los dientes en un balcón. El aire es ya frío, la ciudad abajo comienza a apagarse. Mañana comenzaré a escribir. La suma total de esta extraña noche me da de pronto su resultado, Soy feliz, la conclusión viene a mis labios como un eructo, bajita, inevitable, y la recibo con la vista perdida en la fachada de enfrente, no sé si mirando más allá o concentrándome en sus manchas, la expresión resignada de quien está a punto de recibir la aguja de una inyección.

***

sábado, 15 de octubre de 2005



        Atravesé el centro, como siempre que intento deambular y sin quererlo paso primero por el centro… quizá porque tal y como rigen implícitamente los manuales de la bohemia clásica, el centro es el lugar donde uno va a perderse… Cosa que, a poco que se piense, es mentira, y gorda: el centro es precisamente la parte de la ciudad donde siempre sabes donde estás. Donde uno se pierde que da gusto es en las periferias.
        Pretendía deambular pero íntimamente sabía a donde iba, por donde iba a pasar. Y no porque anduviese deprisa, siempre ando deprisa: simplemente lo sabía.
        Iba entrar en algunos locales hasta encontrar mi sitio en la noche.

        Al final, de todos lo locales a los que entré, en ninguno estuve más de cinco minutos. No, lo confieso, por más que me lo proponga no se sentarme en una barra a escuchar simplemente la música con un bourbon o un gin cola… puedo sentarme con gran placer a solas en una cafetería, en una terraza, en un banco de la calle, puedo hasta viajar solo. Pero en un pub soy sencillamente incapaz. Y de hacerlo, sé que me aburriría en poco tiempo de ser el tipo de la barra, sé que no tengo esa paciencia, que acabaría bebiéndome la cerveza rápido y mal con tal de no seguir esperando nada ni a nadie. Y esa misma imagen de mi impaciencia me vuelve tímido como un quinceañero. Si alguien me hablara, contestaría sonriente… sin embargo no sabría dar pie a una conversación y la cosa quedaría ahí, en esa lección que nunca he aprobado… de hecho, me pasa cada día con mis vecinos. A veces rompo esa timidez y me gusta mucho. Pero esta vez no fue así y lo máximo que alcancé a permanecer en un local no fueron más de cinco minutos… estuve paseando la mirada por la decoración y escuchando la canción, compré una cajetilla de camel, seguí observando carteles cada vez más cerca de la puerta, así como quien no quiere la cosa, la abrí y me fui.
        Ya al salir del cuarto bar sin haberme parado acepté que en realidad lo que me hacía entrar no era más que la esperanza de encontrar a algún colega de los que no habíamos logrado localizar aquella noche. Había salido de casa con el convencimiento de que me echaría una copa escuchando una buena canción… pero desde el principio sabía que iba a buscar un poco entre la gente, a confirmar de una vez por todas que esa noche me quedaría solo con mis pensamientos, que desde que salí de casa corrían por mi cabeza con una fluidez inusual, pero conocida:
        Si, mi cabeza volaba y la culpa era de Paul Auster y la Fidgerald, de la jarapa y del tintineo del hielo con un libro en la mano… mi cabeza se encontrada en ese estado en que el pensamiento no es solo pensamiento en una masa informe, sino que los conceptos, como si hubiesen tomado carrerilla durante la lectura, siguen ordenándose uno detrás de otro, encadenándose como solo puede hacerlo la palabra escrita. Pensaba linealmente, en un hilo fino y consistente como el de la tela de una araña. Era asombroso, mi cabeza esperaba a que una idea pasara para colocar la siguiente… pacientemente, sin olvidar nada. Si surgía una idea nueva la dejaba al lado el tiempo suficiente… Yo mismo sentía esa ideas haciendo cola. Era como si me hubiesen implantado un embudo en el cerebro. Daba gusto echar papilla en él y verla pasar.
        El material era una mezcla entre mi voz, que se había arrancado a hablarme en alto cuando tomé la decisión después de colgar el teléfono en casa –cosas de vivir solo-, y lo que por la calle mi soledad señalaba, con ese melancólico poder de inspiración que mi soledad tiene cuando caminamos juntos, recordando la última vez que estuve allí, a veces la primera, otras una vez que fue distinta a todas, otro año, otro yo… no podía huir, no podía callarlos, estaban todos aunque no se diesen cuenta.
        Iba a torcer una esquina, cuando al fondo vi la silueta de las inmensas costillas de hormigón de la vieja estación de autobuses. Aquel esqueleto que conocía tan bien. Entonces, la historia se intercaló en mi cabeza como si siempre hubiese tenido su sitio reservado en el discurso, …aquellas costillas habían sostenido una bóveda de 30 metros de luz y 50 de largo bajo la que podían correr montones de autobuses. Hija bastarda de un polideportivo, sacada de otro proyecto para resolver rápidamente la necesidad de una estación en la ciudad hacía muchos años, aquella nave abovedada con tres altísimos ventanales al fondo me había parecido cuando estaba en pie tan imponente y majestuosa como una catedral o unas termas romanas. Y así había intentado demostrarlo varias veces con fotos y dibujos varios años atrás. No se si sirvió de algo, lo cierto es que ahí estaban cinco de sus costillas en pie en medio las obras de un nuevo edificio. De lo demás solo quedan mis diapositivas.
        Puede parecer una gilipollez… pero al ver las costillas al fondo de la calle, esas figura curvas cruzando entre las líneas horizontales y verticales que son la ciudad en general, sentí que la historia del mundo se dividía dramáticamente en dos: la noche en que Golfo pasaba por el solar de la vieja estación de autobuses, alcanzando el borde mismo de la ciudad en su absurdo periplo, y la noche en que no lo hacía y se quedaba a 20 metros de un lugar que aún hoy no deja de cargarse de significado.
        En el peor de los casos al menos me podía llevar eso.
        Solo era una manzana de distancia. Pero para mi era el abismo entre dos mundos paralelos… Y por tanto una gran responsabilidad... Quizá me embotaban mis pensamientos, quizá la noche estaba demasiado vacía como para encontrar un juego mejor. Quizá tenía ganas y no se me ocurrió otra excusa... Quizás entre quizases.
        Mientras pretendía que me lo estaba pensando, así como quien no quiere la cosa, llegaba ya a las vallas del solar. Me reí de mi mismo. Me conozco como si me hubiese parido.
Estuve allí cinco minutos, mirando las obras por encima de la valla, observando lo que había cambiado y lo que no. En cierto modo, aquello era una medida de mi mismo, los cambios marcan el tiempo:
        11 años antes un niñato se había bajado en esa misma estación y había seguido confusa, tórpemente, entre inmensos autobuses que entraban y salían, la indicaciones de los chóferes y encargados en medio del humo y el trasiego de gente que caminaba sin vacilar… era la primera vez que viajaba a otra ciudad para ver un concierto. Años más tarde estaría investigando el origen y el destino de aquella estación reducida a un simple hangar, menos caótico, donde a espaldas de la ciudad se daba una anónima y perfecta danza de autobuses de color rojo… Había estudiado ante los ojos desconfiados de los mecánicos, el modo en que la luz entraba, el modo en que la gente ingresaba en ese mundo del viaje y la escala brutal de enormes ruedas y kilómetros por recorrer, para buscar no se qué huellas en la nueva estación, relaciones que al final encontré entre el nuevo edificio que hay en el borde de la ciudad y la antigua nave que ahora seguía ahí delante de mi, reducida a 5 inmensas costillas de hormigón que cruzaban la oscuridad en medio de grandes bloques de pisos. Si, me media sin querer y me sorprendía de mis propias medidas, de ver que seguía allí, pasando de vez en cuando, incluso de tener que confesarme de que había también, en alguna parte se aquel lugar, unas gotas de algo parecido al futuro.
        No era más que un poco de introspección, pero ahora ya no volvería sin nada a casa.
        Emprendí el regreso no sin pasar por unos bares más, pero ya con un gesto mecánico, como quien cumple las estaciones de una yincana. Sin embargo, bajo mi complejo de pringao que pierde dos horas de su vida buscando sin encontrar a nadie ni saber siquiera pararse a disfrutar entre la gente y vuelve con sus manos vacías… ya sabía lo que había venido a encontrar, y que me hacía sentir más afortunado que cualquiera que estuviese pasándoselo pipa entre carcajadas, copas, bailes, besos, y todas esas cosas, y que me veía asomar la cabeza tímidamente, entrar unos metros y volver sobre mis pasos.
        Lo que me había deparado (esa fue la palabra en mi cabeza) la noche no era más que el haber deambulado recogiendo por la calle un puzzle compuesto por piezas de mi mismo. Y jugar con ellas por unas horas. Componerlas mentalmente, compararlas, alinearlas y volverlas a revolver para empezar a alinearlas de nuevo con palabras, igual que cuando era pequeño pasaba las tardes alineando mis cochecitos en la alfombra. “Boboces”, como yo llamaba a los Dos Caballos desde el día que mi viejo había gritado: mira niño un rolls royce. Y yo, que era pequeño, no me iba a fijar sino en la figura más llamativa y fascinante que circulaba por la carretera: esas curvas, ese misterio de unas ruedas embutidas en una especie de zapato de chapa. Creí que los dos caballos eran rolls roice hasta los 9 años. Ahí es nada.

viernes, 14 de octubre de 2005


        Lean a Paul Auster.
        Lo digo de corazón: léanlo.
        Es muy bueno.
        Estuve 2 horas leyendo… hasta que apareció la palabra Bicicleta y una imagen me pasó por la cabeza arrancándome de la calma: mi bicicleta amarrada en alguna parte de la ciudad. La gente pasando vestida para la noche de viernes a la que no asistiría, y la bicicleta ahí atada desde medio día.
        Luché contra mi mismo un buen rato: una página más un párrafo más próximo capítulo…
        Pero la bicicleta podía más que Paul Auster, que Ella Fidgerald, que la jarapa y los cojines, la ventana abierta a la noche infinita, que en verdad dada la estrechez de la calle, no es más que una fachada sin ventanas amarilleando a pocos metros por la luz de la farola… lo cual, así dicho, no parece muy bonito… y probablemente no lo sea, pero a mi me gusta,
        qué coño,
        me encanta…
        ¿Quién iba a tener esa piel de cal vieja ocupando todo el marco de la ventana como la pantalla de una inmensa lámpara?
        Finalmente tuve que dejar el libro y bajar a buscar la bicicleta.

        Abajo la ciudad hervía de gente... había olvidado esa imagen de las ciudades de interior el último fin de semana entre los exámenes de septiembre y el curso. La mezcla de varios torrentes, los que vuelven de las vacaciones, los que han terminado su encierro y salen a la luz del sol con autentico moreno de obrero, y los que se ven arrastrados por la corriente.
        Electrizante.
        Volví a casa con la misma inquietud con que había llamado a J a las 9 de la noche, pero sin saber donde ponerla. Quería salir. Quería salir como no había salido en todo el verano, quería un puto gin cola con rock and roll. Hice algunas llamadas… el único que tenía el móvil encendido era, milagrosamente, el Capitan Ocio… pero estaba en un tren a Barcelona…
        Le expliqué mi situación, y a pesar de hacerme el remolón por razones que conozco de sobra,
        a pesar de asegurarle no sería la primera vez que el romanticismo se ve sepultado por el aplastante peso de la realidad,
a pesar de que no,
de que ya hacía tiempo del oscuro chaval que salía por en centro de la ciudad sin contar con nadie…
        al final me convenció de que saliera,
de que no iba a estar tan mal,
de que ya vería.
        Por algo lo llaman El Capitán Ocio.
        Así que busqué un poco de abrigo, unas monedas y salí al mismo mundo que hacía rato me había visto perderme por un callejón empujando una bicicleta.




martes, 11 de octubre de 2005

I

        El viernes a las nueve llamé a J por teléfono, los del grupo Adobe me habían propuesto ir a un concierto de Mujeres del Mediterráneo o algo así, pero la noche del viernes yo me sentía demasiado oscuro como para citas tan hermosas. Honestamente, yo quería algo feo, feo como el aire viciado de tabaco y voces, la música dura, y la atmósfera del neón. Cuando J cogió el auricular, le dije con voz grave que quería ver las llamas por encima de los tejados, él, me contestó que efectivamente, esa noche, la ciudad ardería… con es misma voz, la misma ridícula pose de emperador romano deliberadamente novelesca. En seguida nos decidimos a localizar al resto de los colegas para preparar una buena noche de viernes.
        Una hora más tarde, entre móviles apagados o sin coberturas, novias, y perreras caseras, J, con ese ánimo vitalista que lo caracteriza y que en cierto sentido siempre hemos sabido que nos une, me dijo que no importaba, que quedaríamos él y yo… Mmmm… me dije, esta es una de esas en las que se abre la cajita de las noches inusuales… no se, J, pero yo estoy pensando que con una perspectiva así, y el frío entrando y eso… va encartando una visitilla a las Termas.
        Le entusiasmó como si hubiese contestado a la gran pregunta de un concurso. Y quedamos que vendría a casa a echarse un Ricard en la terraza mientras hacíamos tiempo a que apareciera alguien más. Por ejemplo, alguien que saliera del cine y dejara a su novia, “hasta mañana mi amor” (…) “Si, Seré bueno.”
        Nadie apareció.
        Me cago en el amor.
        A la media hora, via Messenger, J me decía que a lo mejor se quedaba en casa, que estaba teniendo la conversación más caliente de su vida con su chica en el Messenger y que iban a poner la cámara web… a lo cual le dije que qué a lo mejor ni qué niño muerto, que como no se quedara en casa, como lo viese aparecer bajo mi balcón, lo estaría esperando con cera hirviendo y flechas. Que se quedara en casa o le cortaba las orejas… que no se preocupara por mi, que me las arreglaría.
        Menos mál que tu me comprendes, me dijo.
        Porque soy igual de guarro, enga tio, una brazo y a disfrutar… marranos.
        Un abrazo tio.
        En cierto modo y ahora que tendría que quedarme solo la noche que supuestamente iba a ser la gran juerga, tenía prisa por colgar el teléfono y abrir la puerta a la soledad que parecía esperar detrás de la puerta con una botella de vino. Mi soledad es educada, generosa, disfrutona… a veces incluso exquisita.
         Y llevaba tiempo esperándola.
         Me asomé al balcón, miré la ciudad calle abajo, me pareció más lejana… me puse un Ricard con hielo y agua, bajé las luces y me eché allí mismo, a leer a Paul Auster, tirado en la jarapa, con la cabeza hundida entre los cojines que me traje de Turquía, Ella Fidgerald de fondo y el rumor de la gente que de cuando en cuando pasaba bajo el balcón (conversaciones jadeantes cuando suben, el paso acelerado cuando bajan la cuesta… y todo amplificado por la geometría de una calle estrecha)
         Me sentí más rico que un rajá.
        Aquel era el momento que había estado esperando desde que me mudé: un momento, por fin, en el que el tiempo simplemente pasara, gratuito e inevitable, generoso y solitario, un momento en que la obligación de vivir me pillara dentro de la casa. Sentí que por primera vez habitaba completamente la casa a pesar de no haber colgado los posters, carteles y papelotes varios que normalmente llenan mis paredes… Que aunque que mi desorden solo existía por ahora en un mundo horizontal de mesas, suelo y baldas de estantería entre paredes desnudas, la casa ya me había aceptado.

viernes, 7 de octubre de 2005

Omayra

          No se si algunos la recordais. Probablemente si.
        Yo a veces me acuerdo, y me quedo un rato así, callado, sin decírselo a nadie. Me viene a la cabeza sin avisar y siento que nos miramos como entonces.
        Hoy en el desayuno, me has preguntado si recordaba a la niña que cuando éramos pequéños se hundió atrapada en el fango delante de todo el planeta. Creo que ha sido la primera vez en mi vida que alguien me habla de ella y la segunda en esta semana que algo me transporta directamente a mi infancia:
        La primera fue era el trituraverduras, según dijiste que se llamaba el trasto mientras yo me lanzaba a las estanterías bajas del carrefour diciendo “oh, dios, mi madre tenía uno de esos”… hacía casi 20 años que no lo veía, pero lo reconocí en seguida, “mi madre tenía uno de estos pero era naranja”… te repetía, más tranquilo, sonriendo y dándole vueltas entre mis manos, fascinado de recuperar un objeto que había olvidado en el planeta años ochenta como si nunca hubiese existido… hasta la tarde de martes. Era como tener entre las manos una prueba física de que yo había sido pequeño.
        La segunda ha sido la niña, Omayra Sanchez, he leido que se llamaba después de un par de vueltas por el google… fue en 1985. Pero para mi podía ser 86 u 83 u 82, eso no tiene importancia: yo era sencillamente pequeño, tenía esa edad en la que el tiempo no pasa, el verano, el invierno, eran un estado de las cosas, “¿mama cuando no hay colegio?” (…) “¿y al otro?” (…) “¿y al otro?” (…) “¿y al otro?” (…) “¿y al otro?” (…) “¡¿dos días?!” (…)… el fin de semana era un milagro inusual que venía de vez en cuando. Había juguetes que ahora no se si existieron, objetos como el triturador de verduras… y a pesar de que en los chistes de Mafalda Susanita dijera que el mundo quedaba muy lejos, aquella fue la primera bofetada que la televisión me dio para que fuera consciente de la gran, la inmensa mierda que es este mundo.
        Y vaya si lo fui.
        Recuerdo estar comiendo con en casa, con el telediario puesto, el telediario de la noche, el de medio día, el de la noche otra vez. 72 horas, hagan cuentas… así, hundiéndose, la gente alrededor. Sus ojos, sus ojos sobre todo mirando a la cámara. Aún me cuesta, como entonces, creer que no se podía hacer nada. No, me cuesta más que entonces. Me cuesta horrores. Me cuesta tanto que me duele la cabeza y recuerdo el nudo en el estómago mientras empujaba montones de arena para hacerle una carretera a mis cochecitos.

martes, 27 de septiembre de 2005

24 horas ha

Con el agua por los tobillos, recalculo la posibilidad de adentrarme más... tanteo los espacios más pequeños entre las rocas cada vez más grandes y más resbaladizas. Miro atrás y me digo que ya es suficiente: me basta con darme cuenta de que es la primea vez en la vida que veo el balneario desde el mar.
Vuelvo a recostarme contra mi roca para leer un poco más, mientras de vez en cuando unas voces pasan, se acercan, unos pasos, se alejan... me divierte pensar que quizá no sean tan anónimos como creo.
Al rato empieza a costarme leer. Lamento que las puestas de sol con las montañas sean tan veloces... pero la ciudad se recorta como en un juego de tiras de papel en tonos planos de gris azulado sobre fondo de nubes naranja. Me da la impresión de mirar del día desde la noche.
He estado toda la tarde terriblemente inspirado pero no he vuelto a casa porque también he sabido que tan pronto como llegara, toda esa carrera de palabras que no son las precisas ni las justas, que no cuentan nada más preciso más que lo que cuenta un grifo abierto, la tarde, el cafe, los rincones... lo que se le vaya poniendo delante... todo, se me olvidaría tan pronto como me sentara delante del teclado.
No es más que inspiración, se pasará en seguida.
Así que espero a no poder más de frío y me marcho a cenar hablando solo entre los eucaliptos.

miércoles, 14 de septiembre de 2005

Escena IV

      Entre acto y acto no ha callado el rumor de la escena anterior.
     Se levanta el telón y el foco ilumina la misma ducha “cuadrada, alta, con cortinas de plástico que (des)dibujan la misma silueta de mujer”.  Se oye el agua que suena como palabras o a decir verdad podrían ser palabras que suenan como agua, cayendo sin parar, diciendo tantas cosas a la vez como si se hilaran infinidad de caminos en el aire, “estrellándose en el suelo con esa diferente intensidad que impone la orografía del cuerpo, el recorrido por sus abismos.  Agua que cae y suena como una tromba de pensamientos en la impunidad del vacío.”
        A través de la cortina se intuye a una mujer.
     Un hombre entra a escena por la derecha, con aire distraído y un papel en la mano. Rodea muros inexistentes. Entra por una puerta sin pared, deja el papel en una mesa que hay en el escenario, uno de esos objetos que a quien los percibe antes de que sirvan a la escena le inspiran una enorme curiosidad, ahí perfilados en la penumbra de los escenarios… -por que en un escenario vacío, cualquier cosa es una Cosa, es decir: lo es más que nunca.- He aquí pues, una Puerta por la que entra el hombre y una Mesita en la que deja el papel y se vacía los bolsillos. Suspira, mira de nuevo el papel como si fuese a decirle algo, a reprochárselo casi, como si hubiera algo importante escrito en él, o peor aún, algo por escribir, y que no se deja, mira el papel, en fin, como si hubiese en él algo muy difícil de descifrar, algo importante, algo que lo trae de cabeza…
        Entonces ve la ducha, o la escucha más bien, lo cual cambia su actitud distraída de quien entra trayendo historias de fuera, a la actitud, por otro lado característica, decidida y templada, automática y dulce, de quien ya está en casa, y se dirige a tomar una ducha. El actor en este punto podría silbar si quisiera y no quedaría menos natural. Se quita la ropa lentamente, sin preocuparse demasiado de doblarla… y abre la cortina.
        Por un instante el rumor de voces se hace más audible, se hace menos agua y más voces… Saluda con una sonrisa a la mujer y pide permiso con una leve reverencia de la cabeza, ella le hace sitio, y entra… Al cerrar la cortina el murmullo se hace de nuevo tan confuso como el agua de una ducha al caer.
        La luz cambia volviendo las cortinas transparentes por un sencillo juego de luces que describiremos más tarde. El público puede ver cómo ha comenzado a lavarla… empezando por los brazos que levanta él mismo mientras ella se deja hacer mirándolo en silencio como una niña pequeña, hasta las manos y al final de ellas los dedos que estruja entre los suyos… luego las axilas, los hombros, el cuello, y los pechos en los que se demora, o al menos eso le parece al público, fascinado también, por los miles de modos que hay de apretar unos pechos enjabonados, de hacerlos dar vueltas sobre si, de apretarlos, juntarlos y volverlos a separar…
      Vientre, cintura, caderas, y sexo, donde vuelve a demorarse, pero esta vez sin disimulo: llevando las manos a todo lo largo de la línea profunda y suave que pasa entre las piernas, uniendo en el delta de Venus con en el inicio de la espalda… ese itinerario recóndito pero cercano a la vez, lleno de suavidades varias, extraños olores que nos encienden a todos, gradientes de humedad… así agachado frente a su sexo, pasa tres veces, en una suerte de movimiento pendular, un ir y venir suave pero decidido, espumoso, y seguido comienza a bajar pierna abajo, contorneándola con las manos… los pies que levanta hacia sí y apoya en su rodilla, los tobillos que limpia como un cubierto entre sus dedos. Ella pone esa cara de risa y angustia que mucha gente pone cuando se la toca entre los dedos de los pies, y se agarra con inseguridad a la cabeza de él para no perder el equilibrio. Otra vez parece una niña y una mujer a la vez. Muchos hombres entre público mirarán a sus mujeres sonriendo sin que estas de den cuenta, otros también mirarán a otras mujeres, pero no serán suyas aún, y quizá nunca lo lleguen a ser por más que fantaseen o las intenten impresionar con invitaciones al teatro…
        Un rodeo bajo plantas de los pies como quien pasa buceando bajo una barca, ella rie, casi se oye su voz entre las voces que parecen agua al caer… talón, tobillos que repasa como cercionándose de que no ha olvidado nada, y vuelta piernas arriba del mismo modo lento de alfarero que no se sabe si da forma al jarrón o solo deja que le conduzca las manos…
         Poco a poco vuelve a ponerse en pie…
         Por primera vez desde que entró en la ducha deja de tocarla.
       Ella lo deja hacer, observa un poco interrogante y un poco indiferente como si fuese alguien del público que han subido al escenario para la escena, y con esa misma calma curiosa y algo resignada de voluntario en un truco de magia que no cree demasiado pero que disfruta en realidad, se deja acercar a él para comenzar otra vez en los hombros, pero ahora bajando por la espalda… los homóplatos, la cintura – “dans mes main comme un jar d’eau tiéde” recordará un joven entre el público-, la parte baja de la espalda, esos dos hoyitos que escoltan el coxis… ella casi tiene la barbilla sobre el hombro de él. En suma, es un gesto que podría ser un abrazo, pero no es un abrazo aunque bien podría serlo pero no estamos seguros: y de ahí el encanto de este gesto que termina hundiendo las manos entre sus nalgas. Ella se siente de nuevo como cuando era una niña muy pequeña, si no fuera por un leve saludo al sexo -recuerdo de esta suavidad que solo se encuentra en este lugar del mundo- y vuelta a las nalgas rodeándolas tres veces, haciéndolas temblar ligeramente… cuando ya remonta espalda arriba. Y aquí acaba el abrazo que no es abrazo pero mira que si lo es y no nos hemos dado cuenta.
       Ahora ella mira al suelo, al estrecho hueco que queda entre los dos… mientras él le lava la nuca, el cuello, las orejas…
        Le acaba de enjuagar la poca espuma que le quedaba en la cabeza, pues se estaba lavando la cabeza cuando él llegó. Se vuelve a poner más jabón y su voz rompe por un momento sobre el murmullo de voces que no se sabe si son voces diciendo miles de cosas de nombres de adjetivos de ciudades… o solo es agua al caer…
        Cierra los ojos.
        Le dice… Y le lava la cara.
       Finalmente la enjuaga… y mientras lo hace, el rumor de voces se va apagando como si se fuese por el desagüe.
        Algunas personas entre el público se han dado cuenta de este silencio inminente, otras no. Alguna de las primeras se inquietará en su butaca, pero no dirán nada.
       Cuando sale de la ducha, ella hace un gesto como de seguirle, pero él la detiene con un ademán de la mano que quiere decir más o menos:
         Espera.
      Coge una toalla, ahora si la hace salir, la envuelve, y la seca, brazo a brazo, pierna a pierna, tronco… cuando termina de secarle la cabeza suelta la toalla y es ella la que emerge entre los pliegues como por Primera Vez en el Mundo y lo mira sonriendo mientras él ha comenzado a vestirse.
       Antes de partir saluda con esa reverencia pequeña de quien es demasiado tímido como para no dejar cierta distancia, por temor a que la despedida se convierta en un gesto torpe.
       Al salir pasa junto a la mesilla, recoge el papel, pero no bien abre la puerta parece que ha recordado algo: se detiene un momento, saca un lápiz y escribe algo con esa prisa alegre que hace que nos apoyemos contra el marco de una puerta olvidando que tenemos una mesita justo detrás.
       Ella se queda mirándolo, se ha hecho la luz sobre el escenario, las cortinas son blancas y opacas, el rumor de voces ha cesado con el agua, todas esas historias narradas al mismo tiempo, esos nombres de personas y ciudades, esas metáforas y adjetivos, parecen haberse disuelto con el jabón… Sin embargo la expresión de la mujer aún envuelta en la toalla no es esa feliz indiferencia del mundo exterior, fresca y sonriente que tenemos después de una buena ducha –esa indiferencia que suena a planta del pie contra el suelo y el eco siseante de tela de toalla reverberando contra los azulejos-, no, sino el interrogante, angustiado quizá, impreciso, de una historia que, terminada o no, deja de contarse y sin embargo no deja de sonar en el silencio.
        El mismo silencio en que ella mira la puerta por la que el hombre ha desaparecido… mientras al otro lado de unas paredes inexistentes él ya hace mutis por la izquierda.
         Telón.

lunes, 5 de septiembre de 2005

La posibilidad de existir

        Yo no creo en nada, excepto en ciertas situaciones, entonces, ahí, si creo, o simplemente no me arriesgo: porque, siendo franco, el mundo no se divide entre lo que uno crea o no. El mundo está por encima… Por eso, en ciertas ocasiones, me digo: Igual no, pero igual si, tio, igual Está Ahí Arriba mirándote, y si ahora me doy la vuelta y me marcho, podría enviarme un rayo y partirme en dos, por cobarde, por desagradecido, por gilipollas... entonces, yo, que no creo en nada pero soy Hombre Temeroso del Señor Espectador ante su Acuarium, me lanzo hacia el centro de mi pequeño gran miedo...
        Más tarde, quizá salgo del agujero silbando una canción, -el mismo agujero que había pensado en rodear haciéndole un feo remendón a la vida-… o con un billete de tren –¿de verdad me lo había pensado?- o simplemente contigo cogida de mi brazo –si, contigo, la misma que minutos antes me hacía temblar sobre mis piernas de deseo y de riesgo, la misma con la que hablaba y reía por fuera como un hombre, mientras lloraba por dentro como un niño que no quiere perder tan pronto-.
        O mira, mi amor, que no lo consigo, entonces, tendido en cualquier rincón apartado, contemplo mis magulladuras recién estrenadas, lo feas, lo patéticas, lo ridículas que me parecen, al lado de las viejas, las oxidadas y misteriosas cicatrices, esas que solo ven los que se fijan, los que han aprendido por su lado a reconocer estas cosas, -y algunos que hasta se atreven a preguntar-… o mis magníficas calabazas brillando a la luz del sol, renovando la vieja huerta desde segundo de EGB…
        Entonces me rio, me rio de mi, de dios y de la vida, pero de mi primero, para así reducirlo, anularlo todo de nuevo: ese es mi pequeño e inútil rayo de venganza.
        Luego dejo de creer.
        Porque yo no creo en nada.
        …Excepto en la posibilidad de existir con los contratiempos cotidianos.


miércoles, 31 de agosto de 2005

La danse limasse sur le tôit en gres.

        Es difícil decidirse por una foto en concreta, cada una es como la pieza de un puzzle… se pueden coger todas y hacerlas pasar muy rápido por el ACDsee, a 0.5s por ejemplo, y componer entonces la vista de una persona en un movimiento anárquico sin igual: cerca lejos de pie tumbado perfil escorzo un avión... para eso hacen falta todas las fotos de la persona, incluso aquellas en las que no está: después de todo son sus fotos y todas aportan su parte a la danza inesperada.
        Hagan la prueba.
     Después quedan los tejados, si se dejan, porque no todos los tejados se dejan subir… allí efectivamente se puede fumar, aunque hace algo más de viento, pero el atardecer es más largo que abajo: el sol se pone por detrás de otros tejados, o por el horizonte mismo, si se tiene la suerte de vivir un poco más alto, en un edificio alto o en una colina, eso si se tiene, además, la suerte de vivir en una ciudad con colinas desde las que se mira a si misma como hacen las ciudades con colinas y lugares altos, desde donde a uno siempre le puede dar por imaginar qué estarán haciendo los demás ahí abajo, en el Resto de la Superficie del Mundo, o la cantidad sitios que nunca ha visto, lugares tan cotidianos como enigmáticos, como las torres de los aeropuertos, y pensar por la noche que seguro que los de la torre del aeropuerto no tienen más luces a sus pies. Consuelos tontos donde los haya pero no menos divertidos a la hora de echarse un pito en la soledad de los tejados.

martes, 23 de agosto de 2005

Collage au décalage (Técnica Mixta)

Alicia dice:
        Golfo

(…)

Alicia dice:
        ¡la luna!

(…)

Alicia dice:
        Qué luna, golfo… no la había visto… y ahora desde la torre, sobre el mar, entre girones de nubes, en la bahía.

(…)


        Golfo comenzaba a aparecer… primero cada una de las líneas verticales de su sonrisa, después sus ojos… pero para cuando pudo asomarse por estos era tarde y lo único que de Alicia alcanzó a ver fueron las últimas rayas de sus medias a rayas que una a una acababan por desaparecer.

Mmmmmmmmmm.

se dijo. Efectivamente, había una increíble luna redonda y brillante, como un pez abisal o un insecto orondo colgado de un hilo muy fino… pero sobre todo como una luna enorme, redonda y brillante.
Luego sacó un pitillo, lo encendió, y ahí se quedó fumando lentamente mientras pensaba qué hacer con las palabras que Alicia había dejado flotando en el silencio.

miércoles, 17 de agosto de 2005

Nihil

        Viajar es útil, hace trabajar la imaginación.
        El resto no es más que decepción y fatiga. Nuestro viaje es enteramente imaginario. De ahí su fuerza.
        Va de la vida a la muerte. Hombres, animales, ciudades y cosas, todo es imaginación. Se trata de una novela, nada más que una historia ficticia. Littré, que nunca se engaña, lo dice.
        Y además todos pueden hacer lo mismo. Basta con cerrar los ojos.
        Ocurre al otro lado de la vida.

Louis Ferdinand-Céline, Viaje al Fin de la Noche


        Tendría yo 14 años cuando mi padre me dijo que esos no debía leerlos, señalando una fila en la biblioteca… porque esos, me explicó, son los libros de la angustia y el vacío. ¿Existencialistas?, pregunté cortándole. Si, existencialistas… me contestó disimulando vergüenza que da haber ocultado algo a un niño que sabe más de lo que crees... esos mejor no los toques.
        Aquello bastó para que esos libros cobraran para mi un aura de misterio de la que que aún hoy, que los conozco bien, no se han liberado… especialmente Viaje al Fin de la Noche. El único que aún me espera.
        A partir de aquel día cada vez que pasaba junto a la biblioteca los miraba con curiosidad, casi admiración, pues ahí estaban, como si algo en ellos, algo para lo que yo debía ser valiente, me estuviese esperando en su interior. De tanto mirarlos secretamente me aprendí sus nombres y su posición al otro lado del cristal de la vitrina… hasta el día que giré la llave y elegí La Peste para empezar a Leer.
        Pensé que cuando mi padre se enterara me regañaría. Pero solo para mi había sido crucial esa conversación, para él no había sido más que un comentario a un tipo más joven, un consejo de amigo dado en el momento preciso en que un consejo puede servir tanto para detenerte como lanzarte definitivamente al otro lado… el lado de los que saben, el lado desde el que te hablan y te prohíben en al mismo tiempo. El lado de los que han mordido la manzana.
        El Viaje, he de confesar que nunca he conseguido leerlo entero, en verdad nunca llegué más allá de las primeras cincuenta páginas… lo único que he leído, eso si, cientos de veces, a escondidas primero, -de rodillas delante de la vitrina abierta para poder devolverlo rápidamente a su sitio como si fueran las revistas porno que mi padre escondía en su mesita de noche-, y aún hoy a veces cuando paso cerca del libro, son estos pocos párrafos escritos al borde de la primera hoja, antes del prólogo, antes de todo, como escritos a un lado de la última curva antes de llegar, los que para mi han acabado por ser todo Viaje al Fin de la Noche: las páginas que siguen, las que componen el libro, confieso nunca me han importado demasiado, y aún tengo la impresión de que no me harían falta para entenderlo…
        Y a pesar de todo, de toda esa vitrina que en verdad no me abrió las puertas a ningún lugar, infierno o paraíso, que no llevara dentro de mi mismo, esas palabras fueron las que mejor se me quedaron marcadas, y las que todavía me hacen temblar como la primera vez que Camus me abofeteo para que despertara de una vez por todas a la cálida luz del vértigo como a un día de verano, la poesía del vacío, la belleza, de ese misterio cristalino, magnífico y pequeño a la vez, imponente pero cotidiano: la sencilla y violenta vitalidad de existir y amar el mundo en la consciencia de la Nada…
        Y con todo, esa bestia que tanto me costó domesticar que es el dulce sabor de la autodestrucción que te espera como una araña cuando llegas demasiado pronto al centro de la verdad, tiembla también sonriéndome… cada vez que saco esas palabras del cajón que aun les reservo dentro de mi mismo como a un tesoro que durante varios años llevé conmigo a todas partes.
        Me basta con cerrar los ojos.

jueves, 4 de agosto de 2005

Étérnation (parte II)

        
(¿Tendría que ver con eso el que retrasara cada día la Gran Hora de la Limpieza, y con el hecho de que hacía un mes no terminaba de organizar mi desorden, mientras el calor hacía su parte descolgando uno a uno posters, postales y papelotes varios sobre los restos del último trabajo, las Cartas de Amor de Telefónica, algún dibujo y los montones de recortes garabateados que componen la agenda que nunca tuve?) …

        No creo en nada, pero eso no impide que me sorprenda ante la unutosidad de ciertas casualidades…

        Efectivamente, me he mudado: escribo esto 3 metros por encima del lugar desde donde normalmente escribo. Estoy en otro cuarto, en un desorden de mudanza que es como el murmullo de todas mis cosas buscandose aún su nuevo lugar. A pesar del caos sé que no me he movido mucho, me siento cerca, tan solo en el piso de arriba, y a solo dos días pasados, el patio que veo desde la ventana es el mismo… pero me siento lejos al mismo tiempo: en otro comienzo, en otro capítulo de todas las casas que he habitado, que tal vez empiezan a no ser pocas… No lo tenía planeado, simplemente surgió, y me subí al tren, así después de un par de años me introduje yo también en el puzzle que mueve a los inquilinos de un apartamento a otro hasta el día en que se van, dejando en general algún rastro como el 17 pulgadas de Paul que apareció en el patio, o su antena de televisión que he vuelto a instalar en el tejado y que al menos me deja ver Doraeomn en color, o la Motoreta de Pedro, aquel yonki hijo del post comunismo sin prospectos, y la tragedia que llevaba pegada al culo como una mancha de nacimiento que me prometió volver a buscarla algún día. Recuerdo que una vez rescaté de la basura el cabecero de la cama de un vecino de arriba… hasta entonces nunca había tenido un cabecero de caña.
        Siempre queda algo. Me pregunto qué dejaré yo.

        En fin, efectivamente, me he mudado tal y como escribía la otra tarde que parecían querer decir mis posters cayendo uno a uno, mis paredes deshojándose de puro calor… Y efectivamente también, el verano nos ha explotado en toda la cara, y no es como la explosión colectiva de la primavera, esa bulliciosa riada de vitalidad, no… en este lugar el verano es un calor de sálvese quien pueda, que baja del cielo y vuelve a subir recalentado en el asfalto y las aceras… pero con esa jactancia suya de chicharra, relamiéndote impertinentemente la barbilla. ¿tu no te as ido, chaval?

        Vuelvo de Londres y me digo joder qué calor.

        Vuelvo de Londres y me digo ¿Dónde está todo el mundo?

        …¿Esta Materia es el Verano del 2005?

        Dentro los muebles a medio poner, fuera la ciudad flota en su masa turística que veo subir y bajar como una marea cuando voy y vuelvo del trabajo metiendo la cabeza en cada fuente… Me refugio con las persianas echadas, penumbra y voces de la calle que salen de ventanas de otros refugiados…

        ¿Dónde estará todo el mundo?... me pregunto al despertar un poco sudado de la siesta… me gusta la luz que se filtra por las persianas.
        Me giro, y te observo reposar a mi lado, tu mano a penas me responde, murmuras con ese quejido feliz de la siesta, y tengo la impresión de que la certeza de que el móvil no sonará es un regalo del cielo. Asimismo, bendigo el ventilador mientras repaso con la lengua la humedad de tu espalda… cuando llego a tu nuca, te giras, pero no has conseguido ocultar tu sonrisa contra las sábanas y tus reproches se dejan apagar sin esfuerzo en mi boca…

        ¿Para que quiero el verano si puedo enfriarme y calentarme a mi antojo?

        ¿para qué quiero Todos los Veranos de Este Mundo si puedo resfriarme a tu lado?

miércoles, 27 de julio de 2005

Todos los miedos el miedo

Somos personas, no conejos, no podéis ir entrando en los países esperando a que todo el mundo se aparte o nos lo comemos, como no podéis entrar en la red de un metro pegando tiros (aunque en las pelis americanas si lo hagan) como quien entra en una conejera persiguiendo al bicho que se resista, si, ese que corre confundido, que se ha acojonado de ver que algo pasa, algo pasa, algo está pasando… qué tios más raros, visten como cada día, pero me miran y llevan cosas en las manos, cosas que dan miedo, cosas que he visto a veces en otra parte…
pero a un ser humano hoy día, esas cosas no les suenan, sino que sabe bien qué son y por qué dan miedo, y puede que corra, porque no es manso, puede que el pobre infeliz decida correr porque un silogismo interior le diga: Coño, pistolas, Corre. Corre, que esos no sabes de qué lado están. Salta al siguiente tren, quítate de en medio. Sal de aquí.
Porque somos personas y no conejos.
Aunque a veces el miedo nos domine y el otro día en Edgware Road yo mismo saltara de mi vagón antes de que se cerraran las puertas, acojonado porque había visto una solitaria bolsa de plástico.

Debe ser espantoso que te tumben al suelo, y mientras dos o tres te agarran de manos y piernas, otro te apunte y te reviente la cabeza a tiros, 5 tiros…
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
…como a un pobre animal.

Un pobre animal que ni reducido dejó de daros miedo, porque hay que tenerle mucho miedo a un hombre para dispararle en la cabeza una vez y dudar de que ya esta muerto, y disparar otra vez
Y otra
Y otra
Y otra más
En la cabeza de un hombre muerto.

Y los otros lo pueden soltar ya, porque ya no se mueve, ya no hace falta mantenerlo quieto como a un animal cuando lo van a vacunar.


Ya está saneada la red del metro, pueden alegrarse de que al menos esta amenaza ya está curada.

A este chaval ya no le tendrán más miedo...

Una cosa está clara: A ver quien corre ahora por el metro de Londres. Una sociedad a la que siempre hemos envidiado por su fama de puntualidad ya no osará darse prisa si por un casual, pongamos, un chicle pegado en el zapato, una mancha inesperada de café, un amigo en la calle o un último revolcón tras una noche que quizá no se repita (que podría ser el último se sus vidas porque les pille un autobús o toda la miseria del mundo les explote en la jeta), hace que se retrasen en sus citas.
Preferirán la mirada insidiosa del jefe, el cliente mosqueado, que sus amigos se hayan ido sin ellos, o entrar en la película ya empezada.

Iremos despacito y con buena letra, eso es seguro: Hemos aprendido la lección. No corran por los pasillos, nos decían desde pequeños, sean civilizados.
Por que somos personas, no conejos
…vamos, creo yo…
...aunque a veces lo dudo.

viernes, 22 de julio de 2005

Étérnation (Parte I: Hace unas semanas)


         Hay algo feliz y dantesco en estos días, el calor está ya casi a ese nivel crítico en que la gente huye de la ciudad, las vacaciones a la vuelta de la esquina, la vacaciones que todos esperan, todos menos yo, que no adoro el verano, de hecho no me gusta nada, que sin dinero, solo me sirve para quitarme de encima todo lo que he pospuesto en otoño y primavera, mientras esquivo tantos tópicos universales de tirantes, crema solar, viajes que no puedo hacer y teóricos amoríos de verano que nunca he tenido a pesar de mi reclusión en una feliz ciudad de verano. Ver a la familia, comer como un cerdo e intentar reconstruir un año más mi vida en una ciudad que se adelanta o se retrasa sin mi, cuyo tiempo ya no coincide con el mio desde hace mucho, con lo que el verano ha quedado para ambos en un ejercicio de adaptación absurda, un puro juego de supervivencia entre ritmos inconclusos... pero con cierto encanto de bahía y novela con café helado en las horas de calor… no se puede negar.
         Pero esto será más tarde.
         Mientras tanto hay algo feliz y dantesco en estos días, finales y previos a la vez, en que sube la temperatura como si alguien la empujara de abajo. La ropa es cada vez más ligera, el estrés llega al climax desde el que solo podrá caer de golpe cuando todo haya pasado, y la ciudad muera con el éxodo vacacional. Domesticada, como otras tantas, la ciudad más hermosa del mundo reducida a un parque temático... pero solo hasta donde ellos creen.
         Intento combinar la intensidad del fin de curso (el round final es siempre septiembre), con el calor, las últimas esperanzas de hacer algo con mi gente en la ciudad antes de que advenimiento de otro agosto abrasador disuelva el universo de este año, lo colapse y explote centrifugando veraneantes. Pero yo hago como si nada, vivo sin darle muchas vueltas, empujo y retengo, intento combinar las cañas con el café, la siesta y con las bibliotecas, los conciertillos con los temarios, las terrazas con los codos, el tiempo con el tiempo, las fechas y los horarios con el sexo y el chillido de las golondrinas (estos dos últimos que en esta época para mi son el rumor de una misma cosa) y el alargar los desayunos todo lo que puedo…. mientras el calor ablanda las paredes, y los posters caen uno a uno como si hasta la casa hubiese decidido mudarse sin consultármelo.

viernes, 8 de julio de 2005

With Thea(eth)



Hey Fuckings...
your misery won't be enough
to burn or break
the world, the time,
our hearts and dates.


viernes, 1 de julio de 2005

Escena II quizá.

        El decorado es simple, simple como llegar a casa y encontrarse ese desorden de haber salido la noche anterior pensando que volvería, los mantelillos de cañas puestos aún en la contraventana, la cocina medio a poner medio a quitar, -según se mire-, y alguna ropa arrugada por las esquinas como se arruga la ropa desechada frente a un espejo… y ese otro desorden, mucho menos ocasional, de un lugar en el que si bien no se trabaja todo el tiempo, no por ellos las ideas dejan de bougir, de esos que empiezan sobre una mesa, se extienden por la pared y tímidamente por otros muebles y a veces hasta el suelo, según las épocas, como una marea contenida por el resto de la casa, un volcado de cosas siempre a punto de empezar o de acabarse, y los restos como de un cometa que dejan los pequeños proyectos que ya partieron… algunos todavía candentes, otros fríos que cuando los tocas te dejan la mano negra como el carbón… otros simplemente ceniza que si soplara se desharía (y quizá sea por eso que no sople aún).

        Jadeante, cierra la puerta apoyándose en ella –desde dentro no hay otro modo- atraviesa la cocina. Baja tres escalones de una vez, y abriéndose paso entre la lámpara y el ventilador… abre la ventana de par en par: se siente entrar el frío mañanero, el chillido de algunas golondrinas y alguna taladradora lejana cuyo gorgoteo a estas horas de la mañana se hace amable como el de una cafetera. Luego, vuelve a la cocina, y por el camino, sin detenerse, se agacha y hunde el botón del ordenador, (un brillo semicircular que más que pulsarlo hay que hundirlo) y así sin detenerse, en un solo gesto, como una coreografía de quien conoce demasiado bien la casa, y quien la mañana le da una inexplicable energía… salta los tres escalones, se saca la camisa, y dándo una vuelta sobre si mismo la tira al sillón, rodea la mesa, saca media botella de hielo del congelador, la llena de agua, la agita…


Y bebe.


        Bebe feliz el frío, que baja por dentro, acariciando y quemando a la vez, punzante placer que reduce por un instante la vida a ese choque térmico interior, el frío mañanero saludando la espalda desnuda, y las golondrinas chillando en la calle.
        Un día por delante.
        Más tranquilo, pero aún jadeante, se sienta en los tres escalones mientras el ordenador termina de arrancar. Bebe un poco más, pasea los ojos por la habitación, sonríe…
        Toma la silla frente al pantalla… -pequeño despegue cotidiado de clics clics-

        Normalmente prefiero imprimir para leer sobre papel. Pero la impaciencia me puede cuando las palabras fluyen de este modo, cuando la estructura me arrastra y el contenido tiene un tacto de animal desconocido que se me acerca en la calle. No, no puedo levantarme cuando siento fascinado como si pudiese ver un hilo coser y al mismo tiempo deshilvanarse la costura.

        No hace ni una hora que comenzó el día y solo se le ocurre escribir con letras enormes:

         You made my day.

        (sin embargo, te pongo un escenario para tenerte aquí delante uno minutos, con lo que no se si me cobro o te pago por los servicios prestados…)

        « Bonn jour, moi, je doivais bien étudier, mais, après tout, je prend cinq minutes pour profiter cet calme -Du calme, la Calme- et boire un café sur le toit. »

sábado, 25 de junio de 2005

No se quien eres ni donde estás, igual hasta nos conocemos, igual no. Pero seas quien seas quiero que sepas que se que estas leyendo mi blog entero, post a post.
Y que te agradezco enormemente ese interés, esa paciencia quizá, ese detallazo, en fin.
Cuando he mirado las entradas del día, me he llevado una gran sorpresa: batiendo record de visitas, casi todas eran del mismo IP y encadenaban un post a otro.
Es gratificante saber que todo lo escrito no se ha quedado ahí flotando para siempre bajo la superficie del presente… En verdad, si te has leído ya el manifiesto, no solo sabes a que me refiero, sino que probablemente no pueda decirte ya nada que no intuyas a tu manera.
Si quieres ponerte en contacto conmigo, creo que podría ser interesante dado que después de mi mismo, probablemente conozcas este lugar mejor que muchos de los lectores más habituales -y en general más apreciados por lo que se dejan en este lugar-… y seguro que una visión global distinta a la de cualquiera, de modo que no te cortes si te apetece aportar algo aquí mismo o por email. Esta a tu disposición… no se si el comentario que he encontrado por ahí perdido era tuyo.
Por mi parte he de reconocer, aunque creo que el hecho de este post mismo lo deja bien visible, que tengo bastante curiosidad.
Si prefieres permanecer detrás de tu IP, igualmente, buen viaje por estos territorios y gracias, mil gracias por dar un poco más de sentido a Golfo.

jueves, 16 de junio de 2005

        Paso como paso todos los días por rincones tan queridos que secretamente se elevan a la calidad de las costumbres solitarias cotidianas. Habitudes rituales en las que creerías que vienes a ver si algo ha cambiado, como si checkearas que siguen intactos o te fuesen a sorprender, pero que en el fondo no esperan el cambio sino el solo placer de volver y volver, el placer tender los mismos ojos por el mismo paisaje, que vasta y sobra para sorprenderse cada vez. Y por eso vuelvo, gato, por eso vuelvo, irremisiblemente.
        He pasado de nuevo y mirando ahí en medio me he preguntado a qué tanto jaleo: Yo fumo también, me estremezco, me acobardo o me envalentono, me quedo parado, me lanzo, o huyo, o no, pero desaparezco sin demasiadas explicaciones… pero no podemos darnos todo el pensamiento, todas nuestras razones, así que soy uno más, uno más que vuelve con su, nuestra, historia secreta o sencillamente incomunicable, como un pájaro robado (si, otra vez) en el zurrón. Solo nos queda intentar comprendernos, sin adelantarse a traducir rápido, o tontamente, lo intraducible. Eso son los individuos, eso son las vidas que andan cosiendo las aceras. Y yo lo se y se que tu también lo sabes. O lo intuyo, al menos.
        ¿Y a qué tanto jaleo?
        Toco, adelantando la mano entre el murmullo sordo de los comentarios, y activo una vez más, en este día, el mecanismo…
        Apenas me da tiempo a reaccionar: por ahí no me lo esperaba. Corro a cerrar las ventanas, apresuradamente, me agacho, me tiendo en el suelo para escuchar mejor, mando a callar al mundo, me cago en tantos pequeños motores eléctricos… inconscientemente leo cosas que llevo años sin leer porque nunca estuve aquí tendido con ellas, mis cosas, cosas que son mías: A-Z, de 19… a 19…, alwa, 2 way bass reflex speaker system, video/aux… una cinta de Sonic Youth olvidada en la vieja pletina… Contengo la respiración, alargo el brazo y arranco de nuevo el mecanismo. Ahora, ya preparado, soy todo oídos relamiéndose los labios.
        Había lamentado tanto que no llegaran hasta aquí esas hondas hertzianas, pero me había callado… no obstante, si tarde o temprano, no he vuelto hasta tu voz, tarde o temprano tu voz ha llegado hasta mi. Y en ese susurro final he notado que las palabras no eran más que la excusa para ponerlo en ellas, el papel sobre el que dibujar su textura familiar, su velocidad, su cadencia azulada del humo que se oye arremolinándose y expandiéndose hasta perderse, vencido, en el aire, su dinámica de fluidos y su química de papilas, su humedad y su sabor a física contaminada de las palabras y pupilas tomando inserviblemente el relevo, de aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio, de decir una sola saliva y solo sabor a fruta madura.

lunes, 6 de junio de 2005

Música

Testigo recibido de Cascabel.

¿Mi contacto con la música?... -pregunta larga, se la vi a Mar... pueden dejarla para el final-

Mmmmmm... aparte de escuchar bastante música desde que me volvía loco con Mecano de chiquitillo, y hoy día también la verdad, de haber pasado esa época en que un gusto sin formar se balancea entre los Beach Boys, Ana Belén, y las cosas que escucha tu hermana mayor, hasta gracias a dios toparse con Elton John, y Queen (wellcome to rock and roll), y de ahí empezar tímidamente a subir hasta el jevi metal, en aquella época antibacalao con camisetas negras de calaveras y ranas, primera guitarra, moragas y sótanos, acné y calabazas como para ahorrarse un huerto en marte, todo tan brillante y tan sucio, jereis enormes y desilachados, hasta que se le bajan a uno los humos antieletrónicos, sobre todo cuando descubre a Nine Inch Nails y a Björk, la Mozart de los bits , lo cual hace que uno comience a replantearse las cosas... pero sin cambiar de jerseis... y así poco a poco te abres paso entre tu propia cabezonería en corriente contínua (DC) y alterna (AC)... Cultura Probase y Digital 21... la gente llamando a la radio como loca ¿quienes son esos tipos? Hasta que un dia, ya con más de una rave en el cuerpo, ves lo bien que entra la bosanova, descubres que Boris Vian no era solo un novelista... que quizá ya estas curtido, tio -piensas- y los Iron Maiden pudriéndose lamentablemente en un cassete de una estatería de tu cuarto en casa tus padres (gracias a dios que algunos de tus bares los mantienen vivos, quizá por eso acabas por volver), por lo menos hasta ligas algo, por fin se te ha pasado aquel aparatoso romanticismo adolescente que hacía que las niñas saliesen despavoridas en la moto del otro y te dejaran ahí solo con tus camisetas negras y tus poemas amoricoexistencialistas, que no estaban mal, la verdad, ahora que los releo... después de todo hincharse de leer debió servirme para algo... quizá simplemente les faltaba la ironía necesaria, la levedad de la que Kundera y Calvino tuvieron que hablarte explicitamente, porque no te enterabas, chaval, tenías la picha echa un lío... y luego Miller, Vian y Prevert acabar la faena, o casi, de ahí la magia: hoy ya no estas solo, y si aún no sabes qué contestar, puedes prescindir de ello. No, ya no eres el mismo,perdiste la inocencia pero ganaste la libertad, bastante más alegre y decididamente menos capullo, piensas cambiando el disco de Paris Combo como si te vieses a ti mismo resultando de haber escalado largas noches de trabajo y Jazz, de trabajo y de Flamenco que ha tardado pero por fin de hace sentir corriéndote por las venas junto a los Doors y David Bowie, noches de trabajo y del Fado, del que te enamoraste cuando le cogiste a tu padre aquel recopilatorio de Misia que había comprado años antes en una oferta del periódico, prodigyosas noches de trabajo y mosquitos de final de curso. Sin contar el largo tiempo que pasé junto a aquella músico que tenía pases gratis para la orquesta de la ciudad, que decía que los Pink Floyd era una mariconada, pero daba saltitos escuchando a Marylin Manson a la salida de Matrix, ¿esto que es?, ¡qué armonioso!, decía moviendo el dedito... -toma castaña- pero sobre todo que me descubrió a Jessie Norman. Como quien no quiere la cosa miras atrás y te quedas alucinado con la trayectoria... que hoy la música gotea por el cable del telefono y los cds se amontonan en archivadores garabateados con rotulador indeleble, cada uno cientos de canciones en mp3 (ese milagro con el que conseguiste encontrar por fin My life with the trhill kill cult, el nombre misterioso que brillaba desde hacía años en mitad de la banda sonora de El Cuervo), que luego te vuelves loco para volver a buscarlas... aunque en el fondo hay unas cuantas que no te hace falta buscar porque en verdad nunca han salido de la guantera del coche de mamá y un día, de pronto, el propio...
...en fin, aparte de todo eso que escribo improvisandamente, abusando de las comas al son de un ventilador, más de una vez he estado tentado a poner un cartel que versara más o menos así:

"Mal guitarrista busca no demasiado buen grupo para divertirse intentando hacer algo de música y armando bastante ruido"

...pero me ha dado mucha vergüenza.

Tamaño total de archivos de música que tengo en el ordenador:
18’6 gigas

Último disco que me compré:
mmmm, hace mucho que no compro discos… mi última adquisición ha sido el With Teeth de Nine Inch Nails… pero eso ha sido por San Emule, así que el último disco que me compré fue el People Are Like Seasons de Sophia.

Canción que estoy escuchando…
En este momento hace calor, tengo la ventana abierta y entra la música del vecino de arriba que desde dos plantas por encima inunda toda la calle... escucha(mos) la Flauta Mágica.

5 Canciones que escucho un montón y que tienen algún significado para mi…
…últimamente:


-Pig, de Nine Inch Nails

-El dia de la creación, de Vinicius de Moraes

-Anymore, de Digital 21

-The Train Song de The God Machine

-This is just a modern rock song de Belle and Sebatian

5 personas a las que les paso la bola…
A Olivia, a Jio, a Lobo no, que también se lo ha pasado ya Cascabel, a Mar tampoco que parece que ya ha hecho los deberes.... a Evam y a Lau.

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