sábado, 11 de agosto de 2007

Isabel



-¿Sabes qué?- Solía preguntarme todos los días en algún momento, bajando las escaleras, por ejemplo, o robándome el sobre de azucar del café (sería yo el que tuviese que levantarse a por otro).
-¿Qué?- Le contestaba yo, cada vez, saltando los últimos escalones o buscando los ojos de un camarero demasiado despistado por la modorra de la tarde.
-Mañana empieza una nueva vida.

viernes, 15 de junio de 2007

De pequeñillo piensa uno que la vida tiende a compactarse: tu trabajo, (qué serás de mayor)... el futuro de los otros que es como un aurilla invisible (yo bombero yo piloto yo cazador), tu casa, tu ciudad, una ciudad, una calle que ya es tu calle por fin, y no de los que te han criado, tus amigos, que por fin les ha aclarado el aura como un chaparrón y ahora son dentistas o diseñadores.... tu amor, que te acompaña a todas partes, que cuidas como un tesoro, salvas de mil peligros y compartes con el mundo como un superpoder que te hayan concedido... todo como ese amasijo duro y resistente de lo que un niño cree que es ser hombre.
Luego resulta que lejos de compactarse todo se dispersa. La gente viene y va desde siempre, eso se aprende pronto: que el mundo gira. Pero cuanto más grande te haces la fuerza centrífuga es mucho mayor y casi sin darte cuenta todo sale disparado: Todo se va por ahí y acabas echando de menos un porcentaje de amigos que puede resumirse como "casi todo el mundo". Y todos andamos por ahí, hechos y derechos, completos, complejos por fin... y dispersos, haciendo malabares con las relaciones como arañas espatarradas en la tela.

Esto era un comentario a otro blog, pero lo he traído hasta aquí porque es una cuestión que desde entonces no me he podido quitar de la cabeza.

viernes, 8 de junio de 2007

El mono de golfo

Yo trabajo como un mono que se quita las pulgas: sobre cosas pequeñas, con atención y cuidado, con mimo y tesón, casi sin importarme el tiempo que me lleve si puedo cumplir con mi aspiración. Así diseño y así escribo, como si me quitara malas pulgas (algunas las dejo, me caen bien, soy puntilloso, pero no pulcro, dios me salve), las malas líneas, los malos hábitos, los tiempos muertos sobre la piel de mi vida.
Terminé y ya parece lejos el tiempo en que todo esto de la Arquitectura era un juego sin más consecuencias que el aprobar o suspender, que el quedarse dentro de la universidad un año más o ser por fin un apto y que lo echen a uno a la calle a estamparse con la realidad de mundo brutal de la construcción. Tanta mediocridad y salvajismo territorial… pero bueno, si todos fuésemos Velazquez o Picasso, el mundo sería una plasta de oleo formas más o menos concisas más o menos geniales que nos aplastaría bastante antes que el horror que hoy impera. Al menos el horror es humano: Una materia que se puede calentar con braseros, cunas, poster cogidos de la calle, o una noche follando, algo de rock and roll y una botella de vino.
En medio de esto vengo a ocupar un lugar que podía haber ocupado cualquier otro y me dicen: Piensa, chaval, haz algo que nosotros ya veremos… pero no hagas lo que todos hacemos que para eso te mandamos a otra parte (aquí hay trabajo para aplastar 6 lanchas de green peace). Yo lo flipo y me siento, no saben a quién han sentado, al mono de golfo, ahí es nada, y me pongo a quitar pulgas, a buscar y buscar maneras de mejorar esto o lo otro. A replantearlo todo, temiéndome que me mandarán a la mierda y me dirán deja de quitar pulgas, niñato insolente, y produce. Mis compañeros se ríen por dentro (lo noto). Un cachorro, un cachorro sin decepciones, un imbécil que cree que algo puede cambiar. Alguno me llama artistilla. Pero yo odio a los artistillas. No visto de alguna manera, no me cuido, no hablo con nombres propios ni con palabras que no necesite, no puedo presumir de nada, no dejo de admirar a todo el que me rodea, a confiar en que ellos si saben donde meter las manos para arreglar el motor. Ni siquiera creo en la Arquitetura (esa que venden en el EPS y en la mayoría de las Escuelas), simplemente confío en que el espacio humano tiene una posibilidad de ser humano un poco antes de ser habitado, de esperar con los brazos abiertos, de guardar algo de luz y de orden, de aire y simpatía, de pequeños mensajes y acontecimientos más allá del simple “insert living”, “insert bathroom” del diseño automático inmobiliario.
No pedía mucho y resulta que me lo han dado, o eso parece… De vez en cuando miro el blog, pero de refilón. En verdad no levanto las manos de la piel de este elefante y sigo arrancando los bichillos que encuentro y comiéndomelos distraídamente. Unos crujen y saben dulce, otros los tengo que escupir. El tiempo pasa y solo me doy cuenta por el calendario. Pero ¿para qué quieres el calendario cuando andas suelto por la jungla?

sábado, 21 de abril de 2007

El arquitecto



mirador planta alta
-¿Y dices que el arquitecto tiene un blog?
-Ahá
-¿Y quién es?
-Ni idea...

martes, 17 de abril de 2007

Perrera neuronal, enésimo aplazamiento o, simplemente, debería darme vergüenza (pero no me da)

Hace ya 17 dias que entregué y 3 para saber la nota. ¿Entretanto? Pues entre tanto me he dedicado a descansar, disfrutar, y hacer el ocioso hasta hartarme (si, yo me harto pronto de no tener nada que hacer)… pero sobre todo a volver a tener una vida normal, en la que, por ejemplo, eres capaz de tener una charla con los demás y dejarte llevar por ella y ver donde llega… Increíble ¿eh? Si, eso mismo: escuchar sin mirar el reloj, ni repasar mentalmente mis ideas del espacio, detalles constructivos, cálculos de cualquier tipo o debatirte en secreto si merece la pena hacer una maqueta o vasta con unos dibujos a plumilla… Llegar a compartir mi tiempo con mis compañeros de especie sin tener ir cortando mis propios pensamientos como quien se abre paso a través de la selva, para seguir el curso de la realidad cotidiana.Luego han venido muchas más cosas aparte de simplemente dejar de ser un puto egoísta que incapaz de dejar de pensar en su proyecto. Cosas que más de una vez me han pegado el campanazo en la sesera, al reverberante sonido de POOOOOOOST. Pequeños encuentros, cálidos acontecimientos, curiosidades, exploraciones, accidentes, equivocaciones, miserias, penitencias, y también momentos luminosos, voces en segunda persona, las cosas que uno se calla porque, joder, no vas a interrumpirla ahora que ha encontrado las piezas rojas… situaciones que generarían bellísimos post.
Pero la verdad es que el gasto neuronal del proyecto parece haberme consumido todo el cupo de creatividad reservada para unos meses. Vaya, que no me queda ni puñetera gana de escribir. Tampoco puedo quejarme: a cambio, el viernes tendrán que asumir que he diseñado un edificio precioso o... prefiero no pensar en eso.
De cualquier manera, estos días son ya otros, escucho relajadamente y tomo nota de los campanazos mientras espero a que a mis neuronas de les pasen las agujetas. Y quien sabe, si quizá, podría volver a buscarlos donde los dejé.

martes, 20 de febrero de 2007

40 días más de trabajo y un mes de incertidumbre

Bueno, venga, os contaré qué es lo que ocurre. No posteo desde hace mucho, y más que tardaré en volver a postear, porque desde hace mese mi vida gira alrededor de un solo objeto.
Tengo en el sótano un cuarto con las paredes llenas de dibujos de ese objeto, tengo montañas de papeles enrollados o tendidos en los respaldos de las sillas, en los cabeceros de la cama; por todos los rincones dibujos y más dibujos, anotaciones, recordatorios, notas, esbozos de nuevas ideas, rescates de otras viejas que vuelven después de haberlas desechado. De todos los tamaños, del post-it al A0.
Todos los días me levanto temprano por este objeto y bajo al sótano a continuar dibujando y pensando en él. Terminándolo, detallándolo, repasándolo una y otra vez.
Tengo una maqueta que hice para ese objeto, que representa el lugar del mundo donde estaría… si fuese a existir alguna vez. La hice cuando ni siquiera sabía que forma tendría aquel objeto. Por eso le reservé un hueco donde hoy cuatro maquetas distintas encajan, y donde otra, de madera, encajará, dentro de unos días.
Tengo en el ordenador 10 gigas dedicados a ese objeto: Fotografías, collages, más dibujos, planos, volúmenes, perspectivas, descripciones constructivas cómo armarlo y desarmarlo, textos que intentan explicar porqué y cálculos que intentan explicar cómo.
Tengo estudios:
sobre sus proporciones,
su escala,
la estructura que lo mantendrá en pie
y la piel que hará de él un lugar feliz y le dará sentido entre las demás estructuras y pieles que lo rodearían.
Estudios sobre esas otras pieles, esas otras estructuras, esos otros lugares felices de los que no he aprendido poco.
Estudios sobre cómo será recibido en el terreno, en el barrio, en la ciudad, entre los vecinos.
Y de cómo él recibirá, más sencillamente, a quien se le acerque y llame la puerta.
Toc toc.
Estudios sobre cómo le dará la luz, sobre cómo la atrapará y la llevará por su interior. Estudios sobre cómo se verá, de lejos en el paisaje y cómo el paisaje se verá desde su interior…
Estudios sobre topografía: planos, levantamientos, secciones…
Imágenes de la ciudad cortada como un trozo de carne viva.
E imágenes, mucho mucho más cercanas, de las tripas bajo la piel (ahí donde estará oscuro porque no llega la luz), que repaso amarrando de un órgano a otro, solucionando la continuidad como un puzzle que algún día pueda ser levantado.
Estudios sobre sus funciones y sobre su inutilidad también… Confieso que hay partes que solo puedo justificar por lo que tiene de hermoso y divertido, pero que bien visto no se ni cómo llamarlas. Rincones sin nombre. Los promotores me matarían.
Hace ya tiempo que no me preocupa.
Y así paso los días.
Hasta que, no muy tarde, pensando en él, me voy a dormir…
A veces, incluso sueño con él.
Podría odiarlo, por haberse instalado en mi vida como una suerte de obsesión. Pero siendo francos, no es una obsesión, es simplemente mi proyecto de fin de carrera… la herramienta con la que no me queda más que intentar demostrar lo que sería capaz de hacer, si me diesen la licencia, de una vez por todas, para el curioso ejercicio de la Arquitectura.

jueves, 11 de enero de 2007

Pérdidas beta


        Las cosas que más quieres son las que al final perderás de manera más estúpida. Esta frase, tan fatal y categórica, no es una cita filosófica, ni sentencia del oráculo, ni un mal de ojo, ni siquiera es un lamento de una canción gótica adolescente save-me-from-the-dark-I-am-falling-I-am falling. No: Es una verdad como un templo. Las cosas que más quieres son las cosas a las que más prestas atención, así que si algún día las pierdes, no podrá ser sino de las formas más inesperadas.

        Yo tenía una mochila militar, una bolsa de mierda, un zurrón verde oscuro, de lona dura, de esos que hay ahora tan de moda. Pero el mio era de verdad. Lo había comprado en un rastrillo de Burdeos. Y supe que era auténtico cuando pasé por un museo del Dia D y vi que todos los maniquíes tenían la misma bolsa que yo… Me alegré mucho, me sentí muy especial… pero tuve que acortar mi visita y salir por patas rezando porque los guardas no empezaran a sospechar. Si, ya se que era inocente, pero a ver cómo los convencía.
        La bolsa iba conmigo a todas partes, tenía un montón de correas y pasadores de chapa metálica que tintineaban al caminar… cliclicli… allá donde fuera. Hasta que di a parar a un piso compartido con una pareja de rusos mafiosos y enamoradísimos (lo primero oculto tras lo segundo) que me robaron el odenador portátil, para lo cual necesitaron una bolsa con la que sacarlo de mi cuarto. Adivinen cual.
        Supongo que se nota que me dolió más que me robaran la bolsa y su tintineo que el ordenador mismo. No era un buen ordenador, a decir verdad era una chatarra, su valor estaba en las toneladas de cosas que había escrito y se habían llevado con él. Eso si me dolió, pero la verdad era que si todo había salido de mi cabeza siempre podía volverlo a sacar. La bolsa, sin embargo, venía de otra parte. Puede haber otra guerra mundial y pasar 40 años o, simplemente, puedo buscarme cualquier otra bolsa militar… pero no era la bolsa en si lo que yo apreciaba, sino el viaje que tuvo que hacer hasta que yo la comprara en un mercado de chatarra. Una historia desconocida pero que yo no podría sustituir y que hacía de esa bolsa una bolsa única en el mundo.

        Mi amigo Manolo es un gran cocinero. Creativo como él solo. De esos que habla de la cocina como un pintor de la pintura. Pero entiéndase: Un pintor que pinta, que tiene oficio, que se ha peleado unas cuantas veces con los colores, con la línea, con la mancha y con la luz. Un artista que sabe algo más de lo que dicen los manuales.
        Manolo tenía una libreta donde apuntaba sus recetas. Siempre la llevaba consigo. Yo esa libreta me la imagino como un tesoro: llena de fórmulas secretas y pensamientos de cocinero. Un día Manolo se sentó en un banco al sol en el Parq Güell, escribió algo en su libreta y se relajó un momento. Cuando una hora más tarde se bajaba del metro se dió cuenta de que se había dejado la libreta en el banco. Volvió al parque pero ya no estaba allí.

        María compraba todos los años el mismo número de lotería de navidad. Todos. Un día María tenía que hacer la compra para la gran cena. Pasó por la lotería pero vió que si compraba el número no podría hacer la compra que quería hacer, ni, en consecuencia, la cena que había pensado para su familia. Bueno, pues nada, pensó, ya lo compraré el año que viene.
        El número tocó aquellas navidades.
        A mi me lo contó mamá. Yo nunca me he atrevido a preguntarle a María sobre aquella historia. Supongo que María tuvo que seguir apartando un poco cada año para comprar el número… si es que lo volvió a comprar. Aunque no creo que lo hiciese.

        Mi primera novia era una chica curiosa. Dulce. Tímida. Salía poco, leía bastante, le gustaba el teatro, las ciencias y pasar las noches viendo películas antiguas… o al menos eso decía (no digo esto porque no la creyese sino porque en verdad nunca pasé una noche con ella). También le gustaba escribir. Como salía poco, empezamos a llevar una especie de amistad por carta. Hasta entonces, yo no escribía realmente ni dejaba de hacerlo, como tampoco toco bien la guitarra aunque nunca he dejado de hacerlo… Pero la paya ejercía tal magnetismo sobre mi que me eché a escribir y a leer locamente no solo por impresionarla sino porque me hacía sentir más cerca de su mundo. Escribimos mucho los pocos meses que salimos y casi más los dos años que había tardado en conquistarla (leyendo ávidamente y escribiendo para ella cada semana). Nos gustaban muchísimo los doble sentidos, los absurdos y la tragedia nihilista que implicaban. El amor no existe, decíamos todo enamorados. Las contradicciones transcendían las palabras y a nosotros nos parecía que con eso rompíamos reglas y nos hacían libres. Parecíamos gilipollas, aquello era un idilio de verdad.
        Y tanto nos gustaron esos dobles sentidos que cuando se marchó a Londres en un viaje de verano y le escribí una carta toda amorosa, ella no tuvo otra que entender justo lo contrario de lo que yo quería decirle. No pude reprochárselo. Bien pudo ella dejarme explicárselo… pero le había dado tan duro que cualquier acercamiento era como intentar escalar un muro de vidrio. Además, habría sido inútil: a esas alturas casi hablábamos dos idiomas al mismo tiempo… Sé que parece bastante estúpico pero habíamos perdido la habilidad de decir simplemente “te quiero y si me dejas ahora me romperás el corazón y pasaré un montón de años intentando olvidarte”.

        Los dos escritores se separaron así. Hicieron por no verse y lo consiguieron. Yo por mi parte no dejé de escribir. Para mi no solo era un placer necesario sino una verdadera terapia. Me ayudo a sacarme la mierda de las tripas y a comprender incluso que no me había ido con las manos vacías: ahora podía escribir.
        Diez años pasaron… hasta que una mañana, no hace mucho, recibí un email de ella contándome que me había encontrado por el blog y que no le parecía justo que ignorase que lo estaba leyendo. Le contesté en seguida, la llamé y en poco tiempo concertamos un desayuno juntos. Me alegré mucho de verla. Al principio hablábamos de tonterías. Luego ya vinieron las cosas importantes: el pasado, el futuro… Por el segundo me interesé especialmente porque sabiendo qué quería de la vida podía saber quien era ella hoy, en qué se había convertido. Por el pasado también me interesé… pero fui con cautela: No quería agobiarla con el típico interrogatorio del Lobo López tras diez años de no verse ni por casualidad.
        Cuando por fin le pregunté por el temazo de la escritura ella se encogió de hombros y me dijo que lo había dejado en la misma época en que cortó conmigo. Yo le pregunté por qué, con lo bien que lo hacía… que hasta yo me había puesto a escribir de puro admirarla… blablabla… un poco sorprendido, algo triste, la verdad (la chica escribía de miedo) y algo orgulloso también, ante la perspectiva de que no hubiese podido seguir porque le recordaba a mi (confirmando maliciosamente que no era yo el único que había sufrido con la cosa). Nada de eso: No había una razón. Simplemente entre el COU, la universidad, y los entresijos de la vida cotidiana, perdió la costumbre de hacerlo. De alguna manera, aunque en realidad no nos hubiésemos visto en todos esos años, aquello me hizo sentir un poco solo. La chica había perdido en pocas semanas el impulso de una fuerza que, diez años después, a mi todavía me mantiene en órbita.
Hablamos de algunas cosa más, de trabajo, de vivienda, de independencia, de viajes, de la pareja, que no del amor ni del desamor... en fin, de esas cosas que se hablan a los ventilargos.

        Igual alguien pensaba que iba a relatar un precioso reencuentro y resurgimiento triunfal del amor sobre el tiempo pero este post es un post sobre la pérdida.

        Ahora venía la parte en la que contaba cómo todos mis posts anteriores habían desaparecido al cambiar de dirección. Confieso que tenía unas ganas locas de decir que esos 4 años acumulando casi 200 posts entre textos, fotos y collagges, se perderían en los archivos de blogger como lágrimas en la lluvia... (que es en verdad para lo que había empezado este post). Pero pasé a la versión beta esta misma mañana y tras el cambio he descubierto que están ahí otra vez. Después de varios meses desaparecidos, se me ha hecho extraño volver a verlos, ahí, como si nada.

        Cuiden sus tesoros. No los vigilen, que eso está feo: cuídenlos, que no es lo mismo.


martes, 26 de diciembre de 2006

Hiperpost

        A veces miro atrás y me admiro a mi mismo. Creo que he perdido la inocencia con esto de los blogs. Ya no escribo como antes. Pero no es solo la inocencia, muchas cosas han cambiado. Una de ellas, sin ir más lejos, es que creo que mi padre lo lee (anda papa, échate un comment y sáca a tu pequeño Kalel de las dudas, que esto es como mirar a través del plomo). Yo he intentado, más que menos, mantener el blog en un territorio semisecreto. Más que nada por preservarme algunas libertades de una inevitable autocensura.
        A veces miro atrás y me admiro a mi mismo. Suena presuntuoso. Lo diré de otra forma: a veces miro atrás y no me gusto a mi mismo. Por lo que soy ahora, por haber perdido ciertas habilidades, por haberlas descuidado.
        Seré sincero. Creo que más de uno sabe que yo quería ser escritor. No de esos que comen de la literatura –dios me salve-. Simplemente un escritor de esos que la gente sabe que escribe por que se lee, de esos que llevan el amor por las palabras como parte de si. Yo adoro las palabras y me gusta expresarlo. Y el que a la gente le llegue no es tanto que lo sepan, como que no me quede sólo con una afirmación más de tantas. No creo en absoluto en que se escriba para uno mismo. Bueno, igual tu si… pero yo no puedo escribir para mi mismo.
        Dije que sería sincero y ya os estoy mareando. ¿Por qué escribir tan pocos posts y tan insulsos?¿Por qué el Sindicato de Tamagochas Cabreadas me lanza un ultimatúm? No creáis que no me lo esperaba. Lo tengo bien merecido.
        Desde hace no más de un año, he estado metido en talleres de escritura y concretamente en talleres de relatos. Allí me ha sido revelada una pequeña verdad… Yo no escribo relatos. Ni cuentos. Nunca he escrito más de 14 páginas, pero ahora descubro que lo que escribo tampoco son relatos cortos. ¿La poesía? Arrumbada… como el scalextric en el altillo de muchos de vuestros armarios (por cierto, estoy loco por uno ¿qué me pedís por él?). Pero cuentos cortos no.
        ¿Qué escribo yo entonces?.. ¿Aparte de Cuadernos personales, memorias para algún proyecto de arquitectura… y… mmmmm… ¿POSTS?.
        No veáis si me dolió aquello. Menudo complejazo. Por que yo quería hacer lo mismo que tanta gente que admiro y de vez en cuando publican algún relatillo… en papel, que perdura, se puede tocar y pasa de mano en mano. Porque es bonito ver su trabajo, recibir la historia y pensar: mira, este payo ha buscado en su cabeza y ha salido este trozo de tiempo. Para mi la literatura es sobre todo eso: tiempo. Y el tiempo a solas… bueno, pues No Tanto, que me empacha, gracias.
        Me he pasado desde entonces intentando aprender (si aprendí algo no me toca a mi decirlo) a pensar como se piensan la historias de hoy, a someter la narración a las reglas del cuento moderno: personajes, narradores, cámaras, tiempos… me he quitado como un niño malo de mis horribles vicios que según esas reglas no me llevarán a ningún sitio como cuentista: mi mariposeo, mi adjetivación e intimismo epatante y vitalista, mi anulación del tiempo, mi manía por deshilar todo que puedo sacar de una acción que en verdad no os voy a contar en dos páginas al estilo magistral de Carver o Monzó… sino que me voy por las ramas como una ardilla. He repasado. Me he autocriticado. He agachado la cabeza ante la evidencia. Y todo esto ha afectado a los posts. He bajado la guardia. Me he quitado las energías. He echado leña a otro fuego, lo cual está muy bien… siempre que no te quites de tu propia leña, que no te amedrentes, que no te amanses.
        Un día, en una entrevista para entrar en un taller que estoy haciendo ahora, el tipo me peguntó qué escribía yo. Yo le dije que ya no estaba seguro, que relatos no eran, que quizá escenas… quizá posts... Vaya, que por lo que la gente me decía, sinceramente, no sabía lo que escribía. Me pidió que se lo describiera, que le contara, en vez de decírselo, qué escribía. Ah, me dijo al fin, ud. escribe escenas y anécdotas. O algo así… Yo, me quedé tranquilo. Al menos ya se lo que escribo, me dije, aunque me da a mi que hay que ser bueno de cojones para que a un mortal le publiquen su colección de anecdotillas en un librillo.
        Pero esa última reflexión fue como salir a flote asegurándose de haber dejado el ancla bien sujeta en el fondo.
        Hoy he estado repasando el blog desde el principio… Y me he visto y me he dicho hostias, que blog que tengo. Qué posts que escribía. ¿Y Qué tienen?... No mucho: la honestidad de haberlos sin más voluntad que ser lo que son. La sinceridad consigo. La humildad de no perseguir más que su lugar en el universo desde el mismo momento en que los empecé a escribir en casa para ser Post en una cosa llamada Blog que nadie puede tocar pero que está ahí, entre Mi Ciudad, desde de donde yo escribo, y California, donde creo que esta blogger. Y a la vez en tantos otros barios en otras ciudades, desde donde vosotros leéis. Ciudades que están en países. Países que están en continentes. Continentes que vagan lentamente por la tierra,
        Por la tierra que es un astro.
        …Y yo queriendo escribir cuentos. Seré gilipollas.

        Queridas, amadas, Tamagochas cabreadas, compañeras del STG. Queridos lectores. Si, si, tu también. Queridos todos. No voy a prometer nada, que ya nos conocemos. Pero voy a volver a empuñar este teclado, que un día cambié de estrangis por un teclado moderno en la universidad porque me había enamorado de su tacto de máquina vieja, tecleo de películas de los años ochenta, este teclado a caballo entre la primera caja registradora y el último teclado inalámbrico de Microsoft, este teclado en el que tantos posts os he escrito y en el que tantos espero escribir.
        Gracias por tan precioso tirón de orejas en mi cuarto año de bloguero y mi más enorme crisis cyberliteraria. Solo necesitaba esta bofetada en el culo. Después de todo, ¿a quien no le gusta una de vez en cuando? Digo humildemente ¡Ay! y seguimos la cabalgada.

martes, 28 de noviembre de 2006

Buitres

Más de uno vendrá preguntándose cómo es que vengo yo mismo a abrirles la puerta… no, no es que Stéfano esté de vacaciones, ni que lo haya largado, es que la otra puerta la han tapiado. En un descuido, la han robado y han dejado en su lugar un “lo siento pero la dirección www.yesacaragolfillo.blogspot.com ya está asignada.”

Reconozco que el descuido fue mío. Por unas horas solté la dirección mientras seguía con la crisis bloguera que desde hace meses me atormenta… y que alguno habrá notado porque posteo bastante menos y de leer ya ni hablamos.
La cosa es simple, debe haber un grupo de pobres diablos, o probablemente una máquina, que rastrea y hace una lista de los blogs y las páginas de éxito en el google con palabras sencillas (yo era el primer Golfo de la lista). En cuanto un propietario suelta esa dirección, la máquina se da cuenta, se registra en blogger (o donde toque) con esa dirección, y de esta redirecciona al visitante donde a ella le interesa.

Aprovecho para estrenar mi nueva dirección www.golfo.blogspot.com (a la que en verdad no me cambié antes por la misma razón que la máquina me robó la anterior es decir, porque www.yesacaragolfillo.blogspot.com había tomado un buen puesto en los buscadores y sus posts que me había costado), saludando y cagándome en su puta madre, la de sus puto informáticos-esclavos o su putos robots cazadores, y en toda esa gentuza carroñera que acecha en la sombra del ciberespacio.

Por cierto… ya no sois los primeros en el google… A ver si os enteráis: que el hábito no hace al monje, pardillos. Jojojojo.

martes, 7 de noviembre de 2006

Memorias de un fracaso escolar. Dictado.



        A finales de los ochenta hubo unas inundaciones que nos dejaron muchos días sin colegio, aunque no tantos como hubiésemos querido, porque creo esas mismas sirvieron a Don Sebastián para inspirar una de las entradas triunfales a las que ya nos tenía acostumbrados… Nada más atravesando los marcos de la puerta ya había empezado a dictar, como si nosotros no estuviésemos armando la de Dios es Cristo. Sin dejar de hacerlo, entonando con calma pero sin pausa, se internó en medio del mar de niños vueltos sobre sus sillas, bolas de papel, pequeñas peleas y quizá algún juguete o chuchería mal escondida. Y en pocos segundos, antes de que se sentara en su asiento ya nos había derrotado de nuevo. Rendición total y sin condiciones.
        Primeros caídos, los empollones, pelotas o avispados, y alguna histéricas que sacaron los cuadernos echando grititos como si se les fuese la vida en ello… Como últimos resistentes, los despistados, algún entusiasta temerario, y, ¿cómo no?, los peores de la clase, encabezados a veces por mi, y a veces por Sergio Romera, que tardó unos segundos más que yo más en abrir el cuaderno y echarse a escribir… ganándose por unos segundos el liderazgo. En verdad, era de detalles como esos de los que dependía todo nuestro triste reinado…


         “Llueve sobre la tierra del monte y sobre el agua de los regatos y de las fuentes, llueve sobre los tojos y los carballos, las hortensias, los buños del molino y la madreselva del camposanto, llueve sobre los vivos, los muertos y los que van a morir, llueve sobre los hombres y los animales mansos y fieros, sobre las mujeres y las plantas silvestres y de jardín, llueve sobre el monte Sanguiño y la fonte das Bouzas do Gago, en la que bebe el lobo y a veces alguna cabra perdida y que no vuelve jamás, llueve como toda la vida y aun como toda la muerte, llueve como en la guerra y en la paz, da gusto ver llover sin que se sienta el fin, a lo mejor el fin de la lluvia es el fin de la vida, llueve a Dios dar como antes de que se inventara el sol, llueve con monotonía, pero también con misericordia, llueve sin que el cielo se harte de llover y llover.


        …es el parte meteorológico más bonito que he leído en mi vida.” dijo Don Sebastián para concluir.
        Yo asentí por dentro casi como si no estuviese en medio de la terrible tortura -juicio, humillación y ajusticiamiento público- que representaban para mi los dictados. Sergio y yo nos miramos, nos sonreímos, y supe que lo hacíamos por cosas completamente opuestas; no era la primera vez, pero nunca se lo decía. Él era el tipo de chico que hacía amigos con facilidad, los invitaba a lo que fuera, planeaba gamberradas, se hacía buen compinche, y luego un día se acercaba a uno y le daba un puñetazo en el vientre sin mediar palabra (a mi me lo hizo alguna vez, y no veas como jode, te tiras un rato doblado sobre ti mismo). Un hijoputa, pero con quien uno se divertía, hay que reconocerlo. Yo era más bien el que, aunque también se hacía amigos sin problemas, siempre tenía que buscarme a alguien con quien charlar en los recreos porque odiaba el futbol; el que todos (incluido Sergio) consideraban un tonto por tener profesores particulares en casa, aunque luego tenía el cuarto lleno artilugios mecánicos que me hacía con tripas de aparatos, motores de juguetes y latas soldadas, y restos de no pocos experimentos... y en fin, yo era, aquella mañana, el que asintió por dentro a las palabras de Don Sebastián y releyó el texto haciéndosele la boca agua, aunque no reparara ni esa segunda vez en las 14 faltas que había sacado (una más que Sergio, ganándole el reinado por esta vez). Un tipo sensible, sin duda. Y no lo digo para que mojéis las bragas, sino porque era verdad. No solo porque un par de años más tarde, ya a esa edad en que te llenas de espinillas y solo por decir “bonito” en público te llaman nenaza, lo encontrara por casualidad, lo pasara a máquina (ya sin faltas) y le hiciese sitio entre a los recortes de un corcho (entre ellos una foto de un barco hundiéndose, con un supuesto agujero en el cristal de la cámara, dibujado por mi, junto a un rotulito que decía: ¡Nos an dado!... supongo que de la misma época del dictado); si no porque, de hecho, más allá del corcho (que con toda su parafernalia, recortes, dictados y fotos, fue un día a la basura para que mi madre pudiese pintar el cuarto) nunca se me ha olvidado la mañana en que Don Sebastián nos pasó este parte meteorológico tan brutalmente hermoso, camuflado bajo el terror del dictado semanal, como quien pasa una lima escondida en la merienda, a través de los barrotes de la carcel que supone ser El Peor de la Clase… O el segundo, qué más da.

(Personalmente prefiero haber sido simplemente Eso, a que mis padres y psicólogos hubiesen tirado la llave por la alcantarilla, satisfechos de encerrarmee entre las desalentadoras, modernas, técnicas e insultantes palabras “fracaso escolar”...
...Por cierto, el dictado es de Cela, lo he sabido hoy. Pero leanlo bien, cojones, tomense su tiempo, que es lo que yo quería postear).

miércoles, 11 de octubre de 2006

Una pausa para la publicidad.

Biodiesel



Mientras conducía un montón de kilómetros, he pensado mi maneras de escribir este post, mentalmente lo he escrito y releído cada cinco minutos, y nada. La verdad es que este viaje me ha cambiado la opinión sobre los publicistas… es increíble la de formas que hay de decir algo, y la de gentes distintas a las que puede llegar, qué dilema, la virgen, qué infierno… me decía mientras pensaba cómo escribir este puto post y convencer a un montón de vosotros para que hagáis la idiotez (porque aquí el que se compromete, el que da algo gratis, media hora de su tiempo, es el tonto…, gracias señores mayores por la maravillosa Cultura del Pelotazo que nos habéis inculcado), de currároslo un poco más a la hora de buscarse la gasolina.

Y al final he decidido que lo más sencillo es contaros mismamente las razones que yo tengo para buscar y echarle biodiesel al pequeño golfomóbil.

Definición: grosso modo, se trata de diésel fabricado a partir de residuos de aceite doméstico usado, como el del mac donals y los huevos fritos y merluzas rebozadas y demás… así que marujas y marujos de casa, por dios, sepan que ahora somos nosotros la esperanza:

1.-Es ecológico, es bueno para el cielo, la tierra y el mar…. Al menos, además de renovable, no creo que contamine más que los residuos del petróleo que día a día va llenando el cielo del planeta como la cámara de gas en un enorme campo de concentración.


2.- Es mejor para el mundo, más allá de nuestro amor alocado por la naturaleza:
Dada la importancia del petroleo en la lamentable situación geopolítica del mundo, no es ninguna tontería proponer YA maneras de hacerlo menos necesario para las sociedades. Extirpando el cancer que alimenta los motores de la humanidad, nos libramos también de las miserias que la ambición sobre él produce.

...O sea, que no hablamos solo de ecología…

3.-Tus hijos te lo agradecerán. Y los mios también, te lo aseguro.

4.-En suma… si no consumes biodiesel, y puedes (si eres de los afortunados que tienen una gasolinera cerca, dadas las pocas que hay), me pareces sencillamente gilipollas (Y no creas que sois mayoría).

Aquí os dejo la información que he encontrado, la definición del biodiesel, y la lista de gasolineras donde podéis encontrarlo y de puntos de recogida donde poder llevar vuestro aceite usado. Igual esas gasolineras, que son pocas os pillan a media hora de camino, en el pueblo de al lado… pero siendo francos: media, incluso una hora de tu tiempo la pierdes en cosas más tontas cada día, y visto lo visto, ¿qué es media hora al lado de poder pisar el acelerador sin sentirte como un idiota?,

5.-Además es más barato…


*Imagen sin cortesía de Hugo Boss y convenientemente puteadilla para la ocasión, con la ayuda de otras imágenes, todas de internet y cuyo origen he olvidado entre tantos girasoles, tarros de aceite y soldados con pozo de petróleo ardiendo en algún país detruído.

martes, 3 de octubre de 2006

Estampa de verano

So they say you're a troubled boy
Just because you like to destroy
All the things that bring the idiots joy
Well, what's wrong with a little destruction?


Franz Ferdinand, "The Fallen"



         Es entrañable sin duda, encontrar entre la gente un niño chico haciendo castillos de arena. Quizá, hoy más que nunca, lo que lo hace entrañable es lo insólito de encontrarse a un niño haciendo castillos de arena. Será que hay menos niños, será que hay más gente y no se les ve, será que encima les da más vergüenza que antes, que no es bratz enough, que no muere nadie, ni hay que averiguar nada. O será que las playas están repletas de colillas y tapones de crema, y cualquiera tiene cojones de ponerse a jugar en una arena tan asquerosa.
         Pero a veces ocurre (si, todavía, no nos pongamos nostálgicos que eso es pecado), que entre la gente se ve un niño todo entregado al diseño y ejecución de un castillo de arena. Se lleva uno entonces de una luz refrescante y salada. Porque si, porque los niños son así, están aún a salvo de toda esta mierda de la que acabo de hablar, y en verdad pasan los días como cualquier niño… Tostados de puro ocio, con esa tranquilidad, esa inconsciencia de lo chunga que es la vida y que todo adulto cree ver en a niñez, sin recordar lo difícil que es ser niño, cuando, en medio de un saludable día de verano, cualquier cosa te hace llorar y te importa demasiado. Por que, siendo francos, es una cabronada que a esa escala pequeña de un niño, cualquier problema se vuelva un mundo. Tampoco el olvido es fácil cuando eres niño, la vida nos marca como si fuésemos de barro sin cocer… no es cómo una ola, que puede devorar el castillo en un lento lametazo por la orilla, hacerlo languidecer en frío, en un mundo sudoroso y coloreado, lleno de consejos farmacéuticos y suplementos dominicales, consumo dulce, apamplamiento azul, copas con chill-out, belleza a la plancha, 9 euros ración, 4 media… sin pena ni gloria. Ahí, en medio, el castillo de arena con puentes de palo de helado de deshace sin problema. Nada. No, cuando a un niño le pasa algo gordo, un buen revolcón, lo moldea un poco, y puede parecer una tontería, quizá incluso lo sea y en verdad lo olvide pronto… O quizá le quede para siempre un pequeño y receloso miedo del mar. Como a otros nos ha quedado una incomprensible tirria por las abejas… traída por la marea de un día, hace mucho, en que me picaron seis a la vez.
        La otra tarde, fue distinto. Cómo nacida de otra parte del verano vino una niña, también tostada y sonriente, con trenzas húmedas y ojos alargados de gitana. Nosotros charlábamos alrededor de un castillo sitiado por la marea ascendente. La niña se paró en medio. Nos apartamos un poco, como por instinto y no sin cierta expectación. Ella nos sonrió, a un lado y al otro. No dijo nada. Se subió al castillo y lo deshizo a patadas. Mientras lo arrasaba con sus pies de talla 34 no dejaba de mirarnos sonriendo orgullosas. Sus amiguitas, fuera del círculo, nos miraban también sin decir nada. Terminada la obra se bajó de los escombros y se internó en el agua sin volverse. Nosotros nos la quedamos mirando. Lo tenía claro en la vida, esta niña de esas de toda la vida, que van tranquilas por el mundo, siempre seguidas por sus compañeras -que ni siquiera se molestaron en rodearnos al pasar- tan bajitas, tímidas y obedientes.


martes, 26 de septiembre de 2006



        Hace calor, de ese modo húmedo en que el calor se agarra a los días de septiembre. La luz es clara y limpia. Apenas acabo de apagar el pitillo que me encendí al sentarme… Aún indeciso, leo los primeros párrafos del siguiente capítulo, pero es más fuerte que yo: Lo siento Paul, le digo al tipo de ojos saltones que hay en la lengüeta de la portada, sé que solo he leído cinco páginas… -cerrando ya el libro-… pero yo soy un genio.
        Sentado en la hamaca, antes de levantarme, quedo un instante así, mirando al suelo. sigo las líneas de cemento que unen las baldosas de barro hasta que se me pierden bajo una maceta, hasta que, arrepentido, sabiendo que solo lo he dicho para darme ánimos, me corrijo… No, no soy un genio, pero si que soy un tipo que nunca ha dejado de salir airoso de sus proyectos. Y este que tengo entre manos no puede ser menos. Busco mi camiseta arrugada y me pongo de camino al estudio con una sensación del espacio que solo alcanzo a tener con la lectura.
        Leer a Paul Auster me da unas ganas tremendas de contaros mi vida.

martes, 19 de septiembre de 2006

Breve comentario de una pequeña maldición portatil

La ilógica no es absurdo, por mucho que insistan. Lo que pasa es que tienen miedo a mirar. A mirar y ver.
Los espejos son la policía de todo esto, reflejan la forma y el color, vaciando el mundo de lo demás, del tacto, de los sabores y los olores, de la duda, de la ilusión, de la mentira, del amor y del odio, del miedo, de la impaciencia, del silencio de todas las electricidades que ordenan que se ponga la piel de gallina, de los impulsos envían las lágrimas a los ojos o la sangre a la polla para levantar una erección imponente... Es cierto que podrán llevarse la imagen, pero es solo la superficie, apenas el pequeño territorio de la luz visible, un mundo en el que los 5 sentidos quedan reducidos a la mirana...
Sin embrago, hay un modo de unir estos dos mundos, un modo de ver lo demás, o más terrrible aún, de sospecharlo: basta con acercarte mucho y mirarte a los ojos un rato. Probablemente no lo consigas mucho tiempo: al poco, de miedo, del vértigo a nuestra propia proximidad, todos acabamos apartando la cara.
"No ha sido nada", te dices, alguien entra al baño de la facultad y tu disimulas. Haces como que te estabas mirando un grano o una vieja cicatriz, pero al salir te das la vuelta y ahí estás, mirándote desde la puerta con el subidón aún fresco de este primer pulso.
A veces, cuando me intento mantener la mirada unos minutos, me da por pensar en Dorian Grey. Luego me imagino que veo algo de verdad, que me vuelvo loco y tienen que encerrarme para siempre.

sábado, 9 de septiembre de 2006

Nana

        Ayer estuve trabajando 24 horas seguidas. me levanté a las 8 con la seguridad de que no descansaría hasta enviar los resultados... y a las 8 de esta mañana encendí un cigarro para celebrar 70 horas de trabajo tallando y vistiendo la geometría de un edificio en ruinas para hacerlo aparecer como nuevo. Cuando miro estas recreaciones virtuales me parece ver a través de ella como una seda rígida y fría. En todo el día, solo comí chocolatinas y un bocadillo, pero cociné. Cociné para Quintín. El bicho está casi sin dientes, no puede masticar su pienso, así que cocinamos algo para él. En general lo mismo que para nosotros. Hoy Quintín y yo hemos comido espaguettis a la boloñesa. Luego me he sentado en el primer escalón... ”ven aquí, barbaroja" y me he reído de sus gruñidos y sus dientes amenazantes y sus intentos de esquivar la servilleta con la que lo limpiaba. Con los gruñidos de los perros me pasa igual que con los niños pequeños: pienso que es su voz, es lo más cercano, por el momento, que tengo a la voz que usarían el día que empezaran a hablar. Es como ver vacía la bolsa que un día contendrá sus intenciones. Quintín lleva 15 años sin mediar palabra. Pero su voz es cálida, se parece más a la de un niño de 13 años que a la del cachorro que llegó. Es todo lo que sé, y siento que lo quiero mucho cuando escucho esa voz, su modo de decirme que deje de tocarle los huevos con la puta servilleta. Anoche mientras me comía el bocata le hice unos fideos para mezclarlos con trocitos de jamón. Comida de estudiante Quintín, si la pasta está pasada no te quejes, es para que esté blanda y puedas masticar. Cocinar para él lo hace más humano, después de todo, no es echarle de comer... es más bien como cuando viene alguien a cenar, procuras que esté bueno, miras el reloj mientras el agua hierve, te preguntas si es la dureza adecuada, el momento preciso, mezclas para repartir las proporciones, con cuchara, con las manos si hace falta, qué más da, no te ven.
        Luego volví sobre las maquetas, mi compromiso de arqueología en 3d. Los días de trabajo hasta el amanecer me dejan tan exhausto que ni siquiera puedo dormir. Es más, ni siquiera tengo fuerzas para percibir mi cansancio y una extraña ligereza me invade de los pies a la lengua, puedo subir 10 pisos sin darme cuentas y apenas consigo callarme. Así paso el día, como un zombi nervioso, torpe y veloz, tropezando con todo, confundiendo palabras y botones, piso equivocado, Off, 450watts, colgar.. En verdad esos días son tan fastidiosos como un jet-lag sin haber viajado... me los paso esperando que llegue la noche para acostarme y subir al tren del horario habitual. Quizá es eso lo que me excita, la espera. Hoy sin embargo hemos decidido ir a ver La Joven del Agua. Cuando conducíamos de vuelta comentando la película todo felices ya sentía dentro de mi el sueño esperándome sin armas, el zombi se había perdido en algún lugar de la cámara oscura, los botones, los vasos volcados sin querer, el cigarro en una mañana en la que no te responden los párpados, "cerraos hostia”, la maqueta tan lejos como la servilleta cuando Quintín se pone panza arriba para que lo acaricie jadeando entre sus bigotes limpios.
        A veces todo lo que necesitas es una fábula.

viernes, 4 de agosto de 2006

Walking or Don't walking around.

 

      Se me hace increíble la soledad, cuando de vuelta a casa, muy de madrugada, en los cruces de las carreteras más grandes, se abren los semáforos, igual que durante el día, y no pasa ningún coche.
        Se vuelven a cerrar
         Y vuelven a abrirse
         Se vuelven a cerrar
         Y vuelven a abrirse
         Pero a mi me da igual: cruzo el asfalto vacío iluminado por las galletas verdes… cuando doblo la esquina los siento cerrarse de nuevo
         Y volverse a abrir
         A mis espaldas, como una respiración eléctrica
         Algún gallo canta y el sonido de la verja al cerrarse es como un chirrido que se ha colado aquí abajo, mezclado con la arena del día siguiente.

viernes, 21 de julio de 2006

I Jornadas de convivencia, encuentro cultural y reflexiones sobre los Baños del Carmen


No sabíamos cómo iba a salir esto , lo que si intuíamos es que al final no iba a dejar de sorprendernos. Y vaya si lo está haciendo. Siempre he tenido ciertos prejuicios con la palabra convivencias, debido a una pequeña fobia que tengo desde pequeño a las colectividades y sobre todo a los colegios de monjas. Pero creo que, después de esta experiencia, la palabra convivencias (si, en plural, como las caras de un poliedro, como las relaciones que se establecen entre muchas personas distintas en torno a un mismo tiempo y a un mismo lugar) debería mirarla con más humildad, incluso agradecimiento, y, por supuesto, ilusión. Dos últimos términos que para mi están ligados de alguna manera… pero eso es tiene que ver más con una actitud personal.
Si te dejas llevar, acabas en alguna parte. Irremediablemente: La deriva es una cosa solitaria. Te embarcas, como dicen, y de pronto te ves tripulando, formando equipo, visitando terrenos que apenas conocías por una referencia en una cartografía invisible, sintiendo en propias carnes cosas que contaban los demás, como eso que dicen que cuando te intentas poner del lado de los que enseñan, en verdad, acabas siendo tu el que más aprende. Vaya si se aprende: Se aprende un huevo.
No se si habéis leído Autopista del Sur, de Julio Cortázar. Es un relato que está en "La isla del medio día y otros relatos". Quien no lo haya leído ya tiene en qué entretenerse si le sobran un par de lánguidas horas de verano. Quien lo haya leído creo que puede comprenderme mejor si digo que lo difícil va a ser levantar este tinglado que ha pasado 5 días cuajando entre el mundo y el mar, al pairo de las ruinas y el abrigo de los eucaliptos.

jueves, 13 de julio de 2006

Hasta siempre Granada. Hasta siempre mi amor.

        El sol amaina. Salgo a la terraza con el litro que sobró anoche y que abrí esta mañana. Qué cojones, esperar ni esperar.
Las sillas metálicas me dejan el culo cuadrado, las de plástico están amontonadas, encajadas unas sobre otras. Me siento sin molestarme en sacarlas, un poco más alto de lo normal. Mi costumbre de arquitecto de dibujar en mesa de dibujo, aunque sea ratón en mano (me cuesta horrores desligarme de dibujar sobre un gran tablero blanco) se adapta perfectamente a esta situación. Pongo los pies en la barandilla.
        La cerveza está fría, de gas un poco más débil.
        No hay estrés, pocas obligaciones.
        Carlos se ha ido, Malesciana folk también.
        Colina abajo, al otro lado de la calle de tres metros de ancho, otro vecino toma el sol en una pequeña terraza que se ha montado entre dos depósitos.
        La puerta de Nico está abierta, como de costumbre.
        Unas abejas se han hecho una colmena en la esquina de la terraza, por eso no desayuné aquí esta mañana. En médio de un cálido, minúsculo e intenso tráfico aéreo. Bajé al café Lisboa, desayuné leyendo, y después de desayunar seguí leyendo un rato más frente a mi taza vacía. La cogía con la mano cuando pasaba la camarera para que no la retirase. Una taza en la mano, mi derecho a permanecer ahí leyendo, en mi pequeño despacho sin paredes, en plena calle. Amo este bullicio. Solo hay un lugar en el que lea mejor y son los autobuses de linea. De pie, por supuesto.
        Un pájaro canta, el sol tardará en ponerse, tardes prolongadas de verano. Costeño, debajo de una silla, reposa bajo su piel como si la llevara tendida sobre los huesos. Leucemia. La vejez no llega en un año y se lo lleva a uno tan de golpe. El bicho lo que tiene es leucemia. Nico tendrá que sacrificarlo. Le jode más a él que a mi, le creo. Y cuando me lo dijo decidí regalarle la foto que le hice al gato el año en que llegué, 4 años ha, y no pocas aventuras. El número es lo de menos, lo que importa es lo que ha pasado desde entonces.
        Tengo más canas, cara de hombre y más percha del niñato enclencle que llegó. Pero me gusta pensar que es solo la superficie del mar que llevo dentro y que tantas cosas se ha tragado.
        4 años de nada, cuatro años de todo. Las abejas se han hecho una colmena en la esquina de la terraza y Costeño se va a morir. Yo dejaré la ciudad dentro de pocos días. Por eso salgo a la terraza con mi litrona, dispuesto a no exigirme nada hasta que todo pase. Es mi modo de conquistar el tiempo: esquivarlo, colocarme a si lado y decir: Qu’est qu’il se passe dans l’espace?.

miércoles, 28 de junio de 2006

cuentosdelbalneario@hotmail.com

Disculpad que olvidemos poner que todo esto ocurrirá en Málaga.
prueba 3

domingo, 25 de junio de 2006

El Balneario

        Érase una vez, no muy lejos de aquí, en verdad en Málaga mismo, un gran balneario que arrasó el mar, dejándole solo el nombre "Los baños del Carmen", no pocas columnas dóricas, fuentes, embarcaderos, malecones, y algunas ruinas que hoy lo protegen como un dique de las olas. Mientras, la gente acude a sus playas, sus pequeñas calas urbanas, pasea entre sus eucapiltos, bucea entre sus restos barados buscando bichos, lleva su amor para echarle mejor sus redes, echa los cafés, lee o simplemente ve ponerse el sol tras el puerto al otro lado de la bahía -aunque esto último lo hacen un poco todos allí-... en suma uno de esos lugares que dejado a un lado por el planeamiento voraz, a merced del tiempo y del mar, adquieren su propia forma en el tejido de la ciudad y acaban por configurarse como un espacio libre, abierto y frondoso entre dos barrios. Un espacio verde sólido y clave en el paisaje de la ciudad y en el espíritu de sus habitantes.
        Érase pues un lugar marcado por esa fortuna, tan poco usual, que toca a algunas ruinas de ser rescatadas por la vida cotidiana y habitadas intensamente cada día, de espaldas a un fragmento de la ciudad dedicado casi exclusivamente al tráfico y en continuo diálogo con el mar.
        Una isla perdida en el planeamiento, pero nunca abandonada por los habitantes de la ciudad, circunstancias que sumadas hoy día no dejan de ser un acontecimiento: Un oasis en el espacio y en el tiempo que ha encontrado su propio valor y se ha alzado como un lugar de referencia en la vida urbana de la costa este de la bahía malagueña.

        Érase una vez El balneario Los baños del Carmen, en definitiva, uno de esos lugares en los que por su carácter único, puede darse una historia. Y de hecho, todos los días se da.


Jornadas Balneario

...y escritura.
Razón aquí (y allí mismo, por supuesto)

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