lunes, 18 de febrero de 2013

Amor y Revolución. Semántica lineal y geometría

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miércoles, 6 de febrero de 2013

Kundera Kenzaburo Swing




Es precioso estar leyendo a la vez dos libros tan dispares como un ensayo de Kundera y una novela de Kenzaburo Oé …  Y que de pronto Kundera vaya y mencione tu libro de Kenzaburo.
¿Cuántas veces se refiere la literatura europea a la novela japonesa contemporánea?  Desde luego, no muy a menudo. Últimamente un poco más, con Murakami, pero Murakami es muy occidental y aunque tiene un estilo precioso, como dice Kittywoo, mi experta personal en literatura japonesa, después de 4 libros tienes la impresión de haber leído mil veces el mismísimo párrafo en que el personaje describe cómo abre la nevera y come cualquier cosa, porque si, porque Murakami es un autor acogido por la cultura indie española y, como todo lo que esta agarra, tiene a quedar formateado como una etiqueta de consumible de calidad -la cultura indie es en su mayoría burguesía intelectual bien formada- pero reiterativa.
 Más allá de todo esto…   ¿Cuántas posibilidades hay además de que de que en libro mencione a otro libro de un continente a otro, de una cultura a otra, del extremo al otro de oriente? Por cierto, desde los países centro europa, sobre los que se deslizó la frontera del este tras la guerra mundial, hasta el extremo oriental, Japón, el lejano país que había perdido esa misma guerra.
Si, es preciosa la coincidencia, es precioso como me hace sonreírme íntimamente, a solas en el café donde vengo a trabajar, leer y escribir, y a encontrar de pronto algo cosido con mi presente. Es precioso sentir como si estuviésemos bajo un esquema mágico e invisible, un tejido invisible que trasciende, un mensaje, un plan…   o, simplemente, una especie de show de Truman metafísico. Es decir: El mundo, algo en el mundo, quiere vernos y nos pone un escenario.  Y por ello hay que entregarse a la magia y correr la aventura que nos toca.
El otro día me preguntaba mi amigo Quico por qué nos gusta tanto cuando nos sentimos parte de un relato.  Hablábamos de Roma. Él ama Roma y yo le pedí que me contara por qué.  Después de decirme un montón de cosas que ya sabemos, especifiqué…  ¿Qué le gustaba tanto a él de ella?.  Él lo pensó unos segundos, durante los que yo me imaginé en tonos de código fuente, las miles de referencias y entresijos de esa inteligencia a la que tanto cariño tengo y que tanto me divierte, concienzuda, iconoclasta, humilde y devastadora, podía esperar cualquier cosa… pero no mi amigo simplemente ordenó sus sentimientos y los sintetizó en una sola frase: Roma le hacía sentirse parte de un relato. Yo recordé cómo Berlín me hace sentir exactamente eso: parte de un relato –más bien una película-, que además sucede en el inquietante y excitante escenario de la historia reciente, la que he vivido, la que ha marcado el cine y el arte que plasma el mundo que conozco. Pero no dije nada. No podía hablar de Berlin:  Los dos amamos Berlín. Los dos lo compartimos cada día. Estábamos en un precioso Kneipe berlinés de Ohlauerstrasse, uno de esos barecitos sumidos en esa atmósfera inconfundible que dan las velitas y lámparas con densas pantallas amarillas, chorreando su cálida luz en paredes desgastadas y enormes flores radiantes de fresca melancolía…  de fondo sonaba un tecno suave y decadente; los muebles, todos recuperados de anticuarios de los años 50. Disfrutábamos de una buena cerveza juntos, una tarde cualquiera, en esta ciudad que ha sido el marco de la nueva amistad: el mundo que estamos creando juntos desde hace apenas un año.
No, no podía hablar de Berlín: Hablábamos de Roma y él.  No se trataba de hablar de lo que los dos amábamos sino de lo que cada uno amaba y por ello de la condición que lo hace único: una historia entre mil, la historia propia.
A mi me pasa con el jazz. Confieso que no sé mucho de jazz, le dije, pero me hace sentir parte de un relato.
Como Roma, aquello era muy estético, escenográfico. Los dos nos concentrábamos en la estética de esos relatos. Otros se meten en historias para sentirse parte del relato. Acción o paisaje. Situacionismo o novela psicológica. Lo curioso es que nuestras vidas se trazaban más como una novela psicológica.
Fue entonces cuando mi amigo me preguntó entonces por qué se siente uno tan bien cuando siente que forma parte de un relato.
Cuando uno se siente parte de un relato, se siente parte de algo memorable, algo transmisible, algo que tiene el suficiente valor como para ponerse en una narración y trasmitirlo a otro, al futuro, a territorios más allá de si mismo. Lo que nos hace felices al sentirnos parte de un relato, es la sensación de permanencia, a lo durable, a un oasis de pequeña trascendencia  en la nada cotidiana –la belleza, la memoria-, una parte de la poca herencia que nos toca de la eternidad.
Adoro el jazz. Cuando suena jazz, la música me ayuda a encarar mis acciones como parte de un relato. Me hace ver, de algún modo, el valor que deben tener si hubiese una permanencia, me hacen valorar la vida que dejaré flotando en la nada de lo ocurrido después de morir. Me hace sentir parte de un relato, de algo transmisible, algo que podría entregarse a otro y que es otro podría valorar.
Dicho en términos burocráticos: es un aval, la certificación de un tercero, ajeno a nosotros y a la nada contratante.
Es precioso estar leyendo libros tan dispares como un ensayo de Milan Kundera y una novela de Kenzaburo Oé –no puedo leer dos novelas a la vez, tiendo a ser fiel a una sola historia y mil pensamientos-. Y es precioso que de pronto Kundera mencione a Kenzaburo.  Da la sensación de ser parte de un relato, la topografía de una aventura secreta, las reglas de un juego escritas en algún sitio, una narración que te acoge, una sombra de permanencia en el anodino abrasador del día a día, para volcarla este pequeño momento en que abro el ordenador y empiezo escribir con un instinto sobre mi tiempo alegre y devorador.

miércoles, 30 de enero de 2013

Identidad en la periferia de un almuerzo de Diciembre



S. sentado en el sillón me habla de la habilidad para llevar un curriculum a ciertas situaciones que...  , apenas más allá, apoyado en el marco de la puerta que da a la terraza, F fuma con medio cuerpo en el exterior. El medio cuerpo que fuma. 
Fuera, cuatro pisos más abajo y hasta el horizonte, se ve un día lleno del alegre sol del invierno andaluz, que lo baña todo y todo lo define, como unste d modo de dibujar, un estilo, un algo reconocible, una autoría de la realidad. Podrían ser el trazo de los Simpson, Ghost in the Shell, Mickey Mouse...  pero es este día de Diciembre.  
                El paisaje no es lo más deseable del mundo:  Feos edificios de nuevas periferias residenciales, con esa voluntad de producir un habitat de calidad, con bellos jardines comunitarios con piscina…    en un barrio que no existe. Lo que vemos es el tiempo detenido al borde de una ciudad que a falta de financiación ya no puede crecer y que ha suspendido todos sus planes y el hormigueo absorto de sus primeros habitantes.
Las aceras, nuevas y radiantes, se extienden y cierran en el silencio del mediodía los enormes solares que se han quedado sin construir, hoy invadidos por el verde burlón de arbustos y malas hierbas, un verde muy verde, de ese verde que explota después de las inundaciones del mes anterior como evidenciando todas las lecciones de Naturaleza del colegio (si llueve todo se pone verde, si el tiempo se para, la naturaleza no esperará a tomar lo que es suyo).  Por las aceras, cuyas  farolas no iluminan a ningún vecino que vaya a su casa, pues no hay casa alguna y en cuyos sus bancos no se sentarán los hijos de los vecinos a meterles mano a las hijas de sus vecinos, pasa cada día, según me cuenta F, un cabrero con sus cabras. Unas doscientas. A veces pasa  un coche solitario, algún chalado perdido.
                Al fondo, la autovía, separando la ciudad de nueva periferia de la ciudad de periferias viejas, es decir:  de un laberinto polvoriento de polígonos industriales, naves, granjas abandonadas, fabricas sin chimenea  con su poca enjundia de fábricas sin chimenea –que antaño hablaban de una grandeza industrial-, gasolineras y enormes bidones con forma de teta mirando al cielo…    Y por encima de la autovía y de todos esos tristes tejados de chapa -bajo los que máquinas y hombres acaban a esta hora su jornada- muy al fondo, se ve por fin el mar. Hoy de un azul neto.   
Y este paisaje el que me reconforta por un momento, después de mucho tiempo, bañado de una luz de invierno, una luz que es intensa en nuestra tierra y que me calienta la cara mientras S. me habla de sus desventuradas búsquedas de trabajo y F. apaga su cigarro a toda prisa porque se están quemando las pizzas en la cocina.

domingo, 20 de enero de 2013

Los tigres en la nieve (Regreso)


Al salir del avión, desde el desembarco de la escalera, la pista se ve solitaria, solo un avión, justo en frente, mirandome con su mirada de avión. En los bordes de la pista,  se asoma apelotonada una multitud de arboles, silenciosa y expectante. Es una estampa bonita, una reflexión sobre los límites del vacío, lo tumultuoso y lo solitario. 
A pesar de ser de día, al pié de los árboles la nieve se ve perderse en la oscuridad del bosque. No hay montañas. No hay más horizonte que las copas de los árboles, los edificios y los puentes de la autovía cercana, que se elevan un momento y bajan otra vez con suavidad. 


Es increíble como contrasta la topografía inmaterial de Berlin: tanta cultura, tanta historia, tanto arte, tanto ruido, tanta poesía, tanta sociabilidad, tanta locura, la Sodoma y la Gomorra que habíamos soñado y que hacemos realidad un montón de personas cada día…   con la aburridísima topografía del territorio que la rodea: Plana.  Berlín es una isla al borde de su rio. Un acontecimiento en distintos planos del vacío. Me siento aislado por sus periférias, pero lo llevo bien, tan grande es este amor. 
Al salir de la terminal pasaba el mediodía.  El azul de la noche -ya próxima, pero aún ausente-, comienza a apoderarse de todo tímida, sutilmente. El día se deja hacer.  En esta luz hay el punto inquietante y amable de una coquetería: El twirlight, me digo en bajito mientras arrastro la maleta hasta la terminal de tren. Mi voz me sorprende. El twirlight. Repito.
Pero hay algo más en el aire, del mismo modo en que recién llegado a Andalucía los colores me parecían tan intensos, intensis hasta lo irreal –tanto llegué incluso a hacerle una foto a la calle donde en verdad he vivido desde hace muchos años-, encuentro  ahora –y reconozco como a un viejo amigo- el mundo de Berlín bañado en ese vaho eléctrico azul que da el reflejo de la nieve.  
Asimismo, del mismo modo que la claridad y la nitidez de las costas mediterráneas inspira un el sentimiento “trágico y solar” –el la verdad ineludible de existir-, la nieve trae consigo una calmachicha luminosa, una belleza realista e inquietante digna de los más lentos y terribles cuentos japoneses.  Pienso esto porque mientras volaba he estado leyendo, entre otras cosas (lujos del libro electrónico), un montón de cuentos de Yasunari Kawabata y algunas de sus notas sobre su novela País de Nieve…   con lo que ahora estos paisajes conectan dulcemente con mi estado de ánimo interior, mecido al swing intimista del cuento japonés que impregna mi espíritu viajero. …aunque sea un viajero que regresa.
No llamo aún a nadie. Acostumbrado a viajar solo, he desarrollado una curiosa complicidad con mi voz interior…  que me va soplando todas estas palabras: Decido prolongar esta sensación un poco más.
Y es que en verdad hay tanta gente a la que llamar y echaba tanto de menos todo esto, tanto, tanto que en vez de lanzarme al remolino de los reencuentros me dejo envolver sin prisa en esta tarde de invierno que volverá a ser mi cotidiano a partir de hoy, Camino del apartamento, me dejo llevar por las aceras a través de una noche fría y recién estrenada, arropado, como un niño rescatado de las aguas, por el rugido la urbe y sus engranajes, motores, pisadas, voces, sirenas, alguna música lejana y el cercano crujir de las ruedas de mi maleta…   amortiguados dulcemente por la nieve acumulada en el borde de los caminos.

miércoles, 9 de enero de 2013

Mañana en la galerna



El Mediterráneo tiene un sentido trágico solar, 
que no es el mismo que el de las brumas. 
Ciertos atardeceres -en el mar, al pie de las montañas-, 
cae la noche sobre la curva perfecta de una pequeña bahía 
y,desde las aguas silenciosas, sube entonces una plenitud angustiada. 

Albert   Camus. El exilio de Helena.


 Ella coge la taza y la tostada. La uñitas pintadas de un rojo oscuro. El conjunto de su mano se mueve sobre cada objeto con esa elegancia en los dedos y destreza que le han dado años de escritura diaria.  Lo observo con la admiración que me han dado años de quererla mucho, incluso de amarla (en este punto la destreza de sus dedos es otra y atisba por un momento aquel viejo y tórrido motivo de nuestra diferencia de edad, aquel erotismo de universitaria). Pero esto ya pasó: Con un amor fraternal, ya sin ambiciones y sin la estridencia de aquella carnalidad, le miro las manos mientras empezamos a engullir el desayuno.  Miro las mías también.  Por el rabillo del ojo, espío también las de la camarera que toma nota en la mesa de al lado.  Manos –me digo-: manos que tienen también los gorilas y los chimpancés. Manos que lo mismo pelan manzanas que ajustan las espoletas. Manos que se protegen en guantes o lucen anillos en forma de animalillo o de tecla de viejas máquina de escribir, vistiendo con sus pequeños dioses protectores los mismos dedos que a veces lo buscan a uno en el frío de la calle, bajo las mesas del Schlawinchen; dedos que luego desnudos se dejan llevar, tan habilidosos sobre el sexo ajeno como sobre las pantallas táctiles, los bolígrafos de propaganda y los palillos chinos que guardamos en los cajones de la cocina…   
Llevándome la taza a los labios, tomo nota mental:  vaya milagro, las manos.  Y al dejar la taza sobre el plato, rompe el silencio un sonido brillante.
Al fondo  el mar está de un azul desconcertante. Como el color de sus uñas, su escorzo de rubia andaluza (rubia sin serlo demasiado, rubia de trigo después de un día de lluvia), como mi reflejo en sus horribles gafas de sol y el rojo de tomate de mi tostada, como el murete de piedra que a unos metros nos separa de la playa y, tras él, el vestido verde de una niña que juega en la orilla con su padre –recién divorciado, pienso yo, y ni esta sospecha tiene donde esconderse bajo esta luz-…  todo tiene, a principios de Enero, una nitidez tan violenta como si acabaran de inventar el tecnicolor.
Me asalta una enorme añoranza de este clima: Esta sencillez que para mí era una cárcel en una época existencialista  –aquel aquí estamos tranquilos, aquí no pasa nada, tan trágico y solar-, contrasta con mis días en Berlín  –de lucha y libertad, aquí si pasa algo y aquí no esta tan claro-.  Noto cómo me da por dentro, nítida clara, avivando los colores y afilando las aristas,  la luz de mi primera identidad.   Por un momento, también me parece increíble cómo cae esta luz sobre el hecho que hayamos quedado esta mañana para desayunar después de tanto tiempo.
Levántate a las 6:00 para escribir. Sacrifica algo. Me dice de pronto. 
Repaso mentalmente mis últimos escritos como un niño que se rezaga jugando con las brasas con un palito largo y deleitándose en el debilucho y rojo refulgir.  El niño sopla un poco. Amago momentáneo de llama. Quema sin duda. Todo esto quema un poco.  Si te acercas un poco más de la cuenta, notas que hay calor de trabajo…  De ahí, de este punto, depende que siga siendo el niño del palito o el viento que viene a quemar los bosques del mundo.  
La brisa sopla.  Compruebo que mi abrigo sigue a mí lado. Y todo vuelve a parecer posible. 
Renuncia a algo, renuncia a tu puta vida bohemia, renuncia a salir, renuncia a tus amores, renuncia a algo…   por lo que amas.
                 La cabeza se me inunda de recuerdos que huelen a pan recién horneado:   mi propia vida, hilándose en el presente, en otra parte, tan lejos de esta luz.  Otros hornos, otras masas, otras especias, semillas de calabaza, la espuma del café, ese pequeño y reciente ritual de mimo con motor eléctrico  -tengo que hacerme con uno de esos aparatos antes de que el verano vuelva a refugiárseme entre las sábanas-…   
                ...Y aunque fuesen apenas las once y media de la mañana, también me viene a la boca, por un instante, el sabor fresco y denso  de ciertas cerveza con los amigos a la orilla de los canales que cruzan -que quizá mantienen cosido- ese mismo paisaje del presente…  justo antes de morder una tostada de tomate y  de aceite de oliva, que queda flotando aún un poco sobre todo esto.
Nos miramos, sonriendo.  No, No se trata de todo eso y lo sabemos bien.  Porque si: porque nosotros somos los maestros de la renuncia.  Porque nos ha costado tanto aprender a renunciar, que eso nos ha convertido en maestros. 

lunes, 31 de diciembre de 2012

Ha sido 2012


            Este año no ha sido un mal año. Es decir: ha sido un año terrible, lleno de dificultades y hoy día no puedo decir que mi vida sea en absoluto estable. Ha sido el segundo año de una nueva vida que no acaba de asentarse realmente y que por ahora no es más que un millar de frentes abiertos en la batalla por una vida estable, unos proyectos posibles, una manera de vivir -ahí es nada-... No ha sido un año de conformidad.  ¿Quién firmaría el recibo de lo que está ocurriendo?... No, Ha sido mucho más que eso. En mi memoria se agita una nueva generación de recuerdos como los hijos de cien primos de en un martes de cumpleaños. Ha sido un año de siembra en una tierra desconocida. Removida por escarabajos y lombrices desconocidas, entre las viejas raíces de plantas desconocidas, que agitan sus ramas al paso vientos a los que he tenido que acostumbrarme y se aplastan al paso de bichos de los que solo había oído hablar en los libros…  sin hablar de la polinización, los zorros cruzando las plazas en la noche, los conejos en bicicleta...   todo, todo nuevo en la jungla de siempre que es la vida. Y como en toda siembra, no ha dejado de haber momentos de distracción y escapada, de diversión, de baile y música en los sótanos del ruinoso caserío del mundo conocido (el mundo que nos prometieron, esa chatarra por contrato, en la que ahora muchos sembramos), o de sentarse en el tejado al atardecer y preguntarse cómo cojones...  Hemos bailado al borde de canales y hemos lanzado botellas contra las murallas de los museos.  Hemos cantado bajo la lluvia de todos los días de Julio como si el cielo se nos fuera a caer en nuestras cabezas.  Y por la mañana, después de un dulce remoloneo entre las sábanas -el reconfortante olor de las madrigueras abierto al aire fresco que cruza por el jardín y nos pilla abrazándonos-, no han estado mal los desayunos, ni hemos renunciado al placer de lavarnos como perros, para, en fin, a la hora, volver sobre la siembra se la nueva tierra y el asombro de los “buenos días” pronunciados por primera vez en viejas lenguas a las puertas de otras-panaderías-de-toda-la-vida. 
            Y si no he escrito mucho, podéis culparme, no es que yo esté tranquilo, pero se bien que el polvo de la jarana abonará en 2013 el vacío de la hojas en blanco. 

              Feliz 2013. Te deseo, a ti que lees, prosperidad, amor, salud, diversión y coraje. 
              Y en verdad a los que no leen también.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

viernes, 14 de diciembre de 2012

Entrevista con Oscar Niemeyer


Oye Oscar. Verás…  yo, eso de la arquitectura creo que ya lo he comprendido bastante bien. De eso creo que ya me he enterado.  Lo que yo quería preguntarte era más bien…   vamos a ver, 

Oscar, ¿Tu qué coño piensas de esta vida?

Oscar me habría  mirado con una expresión fría, de pura falta de sorpresa (porque oscar ha visto mucho y a mí se me ve a la legua), pero una expresión a la vez honestamente simpática (porque oscar ha visto mucho y a mi se me ve en seguida).
Me habría mirado desde un pequeño if only (pequeño como una colina limada por las eras geológicas), como se debe mirar cuando no puedes volver 70 años atrás y quedarte toda la noche conversando largamente y mirando a la gente pasar, mientras entre una copa y otra, tratamos se solucionar una infinita sarta de enigmas, cosidas con el hilo sencillo de tantas reflexiones y anécdotas más o menos recientes, enhebrando los vacíos con un vino reconfortante o una caipirinhia fría. Me habría mirado con un poco de nostalgia y un poco de cansancio, solo de pensar en pasar en la calle otra puta noche merodeando por ahí.
Si, me imagino que él me miraría un instante de lejos y tras un minuto que me tendría en ascuas, como quien le da la vuelta a unos binoculares cogidos a la inversa por casualidad,
Oscar me empezaría a hablar.
Sin embargo, la semana pasada, los Orishas, la Parca, San Pedro y Caronte, Yama y Erumao, certificados con buena caligrafía de los Shinigamis, Osiris, Yahmeh, Baron Samedi, Supai, Tumoi, Chebeli, el Mulo y la Nada, oh, si ella también, siempre elegante e intelectual, con ese ligero aire de hipster y buen polvo de pocas noches…  en fin, toda la panda y la madre que los parió, vinieron a llevárselo, con el gusto  que debe dar llevarse a Oscar Niemeyer de tu lado del rio.  
Y yo tuve que tachar de mi lista una de las cosas que siempre había querido hacer en Brasil.


viernes, 30 de noviembre de 2012

Hay que traducir lo intraducible

       Reflexiones de MariCruz Cristófol acerca de optimismo/pesimismo y traducción a propósito de una clase de Salvador Peña.

        Como el amor (la poesía, la literatura...), a mi entender LA TRADUCCIÓN Y SU PRÁCTICA se construyen sobre un MALENTENDIDO, la imposibilidad de comunicación, la vana ilusión de entrar en la mente, el corazón, el cuerpo del otro (con mayúsculas o no, poco importa, ¿o importa mucho? quizássí...), en su experiencia.
        Lo que hay del otro que nos enamora o que creemos entender e interpretar es sólo algo que ya está en nosotros mismos. Reconocemos en el espejo sólo aquello que ya conocemos, lo demás nos es incógnito, no lo vemos siquiera.
        Pero como hay ALGO de nosotros que compartimos con otros, pues nos enamoramos, leemos poesía y traducimos... Hay momentos en que la lucidez nos alcanza y lo vemos claro: "no nos hemos comprendido nunca, hablamos lenguas diferentes, usted y yo, ¿qué hacemos perdiendo nuestro tiempo en esta ficción?"        Sin embargo, esa ofuscación del reconocimiento en el otro, esa ilusión de amarlo y comprenderlo, de ser capaz de empatizar con él, de traducirlo, es tan hermosa, tan sublime a veces incluso, que una vez experimentada no puede abandonarse sin dolor. Crea dependencia.
        Mi pesimismo-optimismo acerca de la traducción tiene que ver con esto: mi pesimismo está en que las traducciones no son transparentes, ni inocentes, ni neutras, ni inocuas, ni... mi optimismo está en que es hermoso y vale la pena practicarlo, sea lo que sea a lo que llamemos TRADUCIR.

lunes, 15 de octubre de 2012

Bajo los adoquines está el Nautilus varado en una playa



       La primera vez que bajamos en aquel ascensor, cuando piso a piso dejaron de aparecer la puertas y en su lugar una pared de cemento continuaba subiendo y subiendo hasta que el ascensor se paró, miré a mi padre, balbuceé algo...   que la pared se tragó sin eco alguno. Mi padre me sonrió, burlón, y me dijo que me mirara detrás de mí. La oficina de mi padre tenía un ascensor de servicio con dos puertas, una a cada lado. En las plantas altas usaba una, en las bajas usaba otra que estaba justo detrás. A él le pareció divertido, yo había temido por un momento acabar en una playa donde siempre era de noche, tener que convivir con un gorila blanco en un submarino allí varado y no solo vérmelas a otro montón de personajes extraviados sino también con otra chica que jamás me miraría por ser demasiado pequeño.

       No sabía si la había visto de verdad o era una amalgama de recuerdos de infancia que había tomado forma propia en mi mente. Cuando la vi, o creo que la vi, era muy pequeño. Inconexa, dotada de un algo legendario y anónimo a vez de la honesta creatividad, me impresionó.  Luego, la he buscado varias veces. He preguntado  en videoclubs, he consultado a más de un cinéfilo, aficionados a la ciencia ficción y la fantasía. Se la he contado a mi madre, que me la alquiló de pequeño y que me ha mirado siempre, desconcertada. Se la he contado a amigos, a doctores expertos en un montón cosas bellas que a nadie importan, a maestros de viejos cineforums…  por probar, a cada amigo con quien he encontrado el momento, como una confesión. Anoche mismo te la contaba a ti, mientras echados en la cama, mirábamos al techo y escuchábamos el viento agitando los árboles en la oscuridad y el tráfico emergente de un día que se aproxima.  Tu me habías preguntado por qué tenía el blog tan abandonado y yo, pensando en decenas de textos que tengo que terminar, recordé la de veces que he pensado en redactar el argumento de aquella película, o a falta de argumento, pues es bastante surrealista, contarla simplemente entera en un post y esperar a que alguien diese con ella y me dijera su nombre.  Un se busca. Eso es lo que me habías dicho que hiciera justo antes de empezar el juego bajo las mantas…  y olvidarla de nuevo tras un breve y callado ya volveré a preguntar, ya seguiré buscando, o a las malas, a las malas de verdad, ya la filmaría yo mismo, fotograma a fotograma, tal y como la llevo incrustada, sin nombre ni propietario, como un submarino varado en las orillas de mi niñez.

      Hoy he encendido el Google y he leido Little Nemo in Google Land, por el aniversario de Winsor McCay… autor de un cómic llamado Nemo in Slumberland. El doodle está muy trabajado a pesar de que el comic dejó de publicarse en 1926. Hubo de varios intentos de revivir en los años 40 y 50, sin éxito, hasta que Arnau Sélignac y el productor John Boorman, hicieron una película fantástica inspirada en él, llamada Nemo o Dream One… y en verdad nunca supe que hubiese tenido más éxito que el de que mi madre la trajera una vez a casa alquilada durante 24 horas por doscientas pesetas.  

      Y así, este mediodía, el sencillo dibujo de un niño empujado fuera de su cama hacia un mundo de fantasía inexplicable y sin salida (que nada tiene que ver con la película dado que en ella el niño baja solo en ascensor), finalmente he podido reconocer con mis propios ojos los fotogramas que con el velcro de la infancia se adhirieron a mi imaginación…  junto a un ligero e inconfesable miedo a bajar en ascensor.


martes, 31 de julio de 2012



Dormíamos abrazados
con ese gesto 
de cálido refugio y sencilla desesperación
de los niños que abrazan 
dormidos 
a su oso de peluche
y los adultos que duermen 
abrazados 
bajo el cielo de la guerra nuclear.



viernes, 6 de julio de 2012

The Step


She walks me to the front door which has been open all this while. A million years, two minutes, a lifetime.  And now I can see. There was a shadow of myself hiding under the second step. It was waiting to take, to wear again, my shape on the wall.
There was a shadow of myself under one of this three steps to this night. A tiny shadow of me like all my courage concentrated in some tiny point, under this step, waiting to jump into my life like Kerouak jumped on a train, just to continue the Road.
My courage hiding under one of this steps like all the love in the world can hide under the head of a match, to set in some fire in the cold winter of this absurd Friday night.
The image of all this comes from the step to the portrait of you walking all nude to the bathroom.  I am lying on the bed, enjoying the laziness, and I turn my eyes to your shape in the door. I like your shoulders, your ass and your ankles, and the road along your skin from ones to the others.  I could lick it all, like cats lick each other to clean those invisible traces of strangers, with that tenderness, with no hurry, with the instinct of who has nothing else to do but being, in this morning that was hiding under the steps with my courage to suggest you to spend the night with me, to get in this mood, when my room becomes also your room, and yours is also mine, open wide sharing like two lions, in a broken cage, in a forgotten zoo, somewhere, after the war.


jueves, 7 de junio de 2012

Del error y la identidad


        Una vez pensé, concluí, que cometer un error en la vida no es tan fácil, que el único error verdadero y posible es el que sabes que has cometido cuando te miras al espejo y no te identificas con lo que estás viendo, cuando no reconoces tu vida en la vida del que está al otro lado.
         Puedes meterte mil cosas destrozar tu cuerpo. Puedes hacer daño a los demás, al mundo. Puedes tirar por la ventana tus potenciales o usarlos de un modo incomprensible y terrorífico. O puedes abandonarte simplemente, darte a la desidia y a la indolencia… o ser todo creatividad, vitalismo, activismo, consciencia o lucha por la hermosa guerra de la creación (contra nadie y contra nada). Puedes hacer lo que te parece bueno o lo que te parece malo, si: puedes elegir… y mientras te identifiques con lo que has hecho, con lo que estás haciendo, no hay error, por más que los demás hablen: Es tu vida y la reconoces. Has elegido tus pasos y si miras atrás, puedes reconocer como tuyos cada uno de ellos.
         Cuando no te identificas con lo que haces, entonces, es la gran cagada.  Esta despersonalización es el anuncio devastador de que te has equivocado, de que te has salido de tu trayectoria (no voy a decir camino… porque no, porque no hay camino, porque se trata de un viaje no preestablecido, apenas calculable por la física y solo por la vigente, que si uno piensa en lo rápido que puede cambiar, tampoco es para tanto).
         Estamos, muchos de vosotros y yo, en un momento de nuestras vidas en que hemos descubierto el miedo a habernos equivocado (y asombro que produce) o el miedo a equivocarnos (a veces casi paralizador). No, no es la edad, puede verse en las últimas películas de Woody Allen, todas de algún modo hablan sobre el problema elegir y la posibilidad de equivocarse (hacer qué el público diga oh, ah, uh, por ahí no, idiota… mientras el personaje sólo se da cuenta cuando es tarde).  Dios me salve de ser tan pijo e infantil como los personajes de las últimas películas Woody Allen, pero la verdad, es que sí: esto de crecer es rock and roll, todavía más confuso que los 18 mismos. Al menos a los 18, entre entre tantos puñetazos al aire y un poco llorar solo, ves la enorme belleza de tu confusión: al menos a los 18 puedes declamar, con inocente petulancia, el asombro de tu caos.
         No se muy bien qué he hecho con mi vida ni por qué (lo segundo ni siquiera quiero contestarlo, no quiero caer en la justificación… buscar otro estúpido culpable). No se muy bien qué podría haber hecho. Y no se muy bien qué puedo hacer, qué voy a hacer, ni qué quiero hacer.
         No puedo evitar pensar que parte del problema la tiene el contexto del mundo loco que vivimos, la inestabilidad del entorno del presente, las crisis en los países, en nuestras ciudades, en nuestras casas, la increíble movilidad que proporciona una estrategia que no habíamos contemplado: partir con una maleta a buscar una mejor vida, sin saber muy bien donde ni cuando la encontrarás. Todo esto no está afectando solo al entorno de los jóvenes, como una masa estadística y abstracta, no, sino también, a la vida personal de cada uno de esos tipos que tienen la edad en la que quieres comerte el mundo, está afectando a la escala pequeña en la que se da el proyecto de cada persona, profesional, social, artístico... el escenario en que se desarrollan las amistades, en el que cuaja el amor, las decisiones, a la pareja… todo está revuelto, pendiente sobre de una topografía que no acaba de determinarse. Al menos nos queda la aventura, pero París no: París ha sido arrasado. Decimos esto sonriendo, exhalando una reconfortante calada y sonriendo sobre un puente cualquiera de una ciudad desconocida.
         Demasiada consciencia del mundo, demasiado espectáculo de trenes pasando. Los trenes que perdimos y los que no hemos tomado. Y que quizá nunca vuelvan a pasar. El profesor de chavales de 7 a 13 años, de esos que empiezan a ser hombres pero aún se atreven a jugar y a imaginar, sin esa terrible vergüenza adolescente, de esos que necesitan el apoyo que muchos necesitamos de esos a los que nadie les ha preguntado si saben lo que es la poesía y la física-, el escritor que escribiría cada día, el músico, el artista que desentraña esa inquietud que nos hace lanzarnos sobre el lienzo, el arquitecto que construye los sueños de la gente (los pequeños, los que de cada día, al margen de aeropuertos, museos y tantas cosas periféricas y sobredimensionadas), el filólogo que investiga la fantástica matemática de la lengua, sus juegos, pasadizos y recovecos, el físico que se asombra del misterioso lenguaje de lo real, su gramática, su sintaxis, sus magnífica teoría y su desconcertante sensualidad, el traductor que aprende a tejer deshilvanando las costuras, el actor que aprende a desvestirse de si mismo, a vestir la desnudez de otros en el propio cuerpo, que sufre y se divierte enormemente, el filósofo que se combina con todos y un poco con nadie a veces, el viajero, el solitario, el compañero, el padre, el perro, el lobo que llevo dentro…
              Demasiados pasajeros que hoy no saben si viajan en talgo, en ave o en metro.
         Yo por lo pronto tengo una bicicleta y me siento feliz de cruzar la ciudad cada día para venir a sentarme aquí y escribir. Y aunque parezca poco, es tranquilizador, lo sé porque me lo ha dicho, cuando la camarera se ha echado a un lado para buscar un trapo limpio, mi reflejo en la carcasa metálica de una vieja máquina de café.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Rho -ρ-

       Con ella siempre era verano. Incluso en los días más terribles de invierno parecía llevar el verano debajo del abrigo.


viernes, 2 de marzo de 2012

Los tigres en la nieve (Astronauta)



       Ayer caminé por primera vez sobre la superficie de un lago helado. Arrastrando ese temor que todos tenemos la primera vez como se arrastra un traje que nos está demasiado grande. Por la noche, ya sin gente, volví a cruzarlo… No he dejé de llevar mi traje grande, pero no menos cierto es que ahora lo vestía con mayor soltura.
       Hoy he salido en busca de otro café en el que refugiarme a leer y a escribir. No hacía tanto frio, así que me he envalentodado y he agarrado la bicicleta. Esto me ha permitido ampliar mi radio de acción y de tiempo. Sin ir más lejos -pues está a la vuelta de la esquina-, me he tomado un rato para pasar por el aeropuerto de Templehoff, algo que llevaba posponiendo desde que llegué de Krakovia. Atravesando como una frontera, es decir, sin parar, la verja del aeropuerto, he pedaleado sobre la hierba cubierta de nieve, y me he internado por el inmenso y solitario territorio de las pistas de aterrizaje, también cubiertas por un estampado de nieve que resiste a derretirse. He respirado profundamente el vacío que aquí se abre en medio de la ciudad, una atmósfera libre que para mi el verdadero lujo que vengo aquí a buscar. Quizá sea que este vacío me recuerda al cielo abierto de las playas donde crecí, donde me acostumbré a vivir cotidianamente a orillas del infinito, o quizá sea que aunque ya no vuelen los aviones, ha quedado algo náutico atrapado en la atmósfera de este lugar… El caso es que me inspira una enorme sensación de libertad y esperanza, de levedad por la vida. Luego he partido a continuar mi camino, en busca de un café donde sentarme a escribir delante de un solo bien cargado, que me reconforte y me espabile un poco.
       Sin embargo, al alcanzar el canal de Kreuberg me he visto obligado a hacer otra parada.
       Siempre me he sentido atraído por las estructuras civiles que dan forma al contacto entre la ciudad y el agua, los pantalanes y escaleras que descienden a través de la superficie, y toda clase de estructuras bañadas por ese aliento decadente y enriquecido del agua libre, magnificados por sus huellas verdosas y oxidadas… el magnetismo terrible que sobre mi ejerce ese dialogo con el tiempo que escucho en la erosión de las cosas, acelerado hasta hacerse audible bajo el efecto del agua.
       He atado la bicicleta a un banco, he paseado por el muro de contención, con un placer indecible he bajado la primera escalera que descendía hacia el agua... en el último escalón que emergía sobre el agua y allá me he parado un segundo a saborear la sensación dulce de una transgresión permitida. Siempre quise bajar a estas aguas, siempre me pregunté cómo se ve el mundo desde el ángulo de los patos, esas aves gordas que habitan aquí abajo. Finalmente he respirado hondo, y con tiento de astronauta, he puesto un pié sobre el hielo… Ajá, me he dicho, está firme, duro: sencillamente sólido como el suelo de una cocina. Luego he puesto el otro pié y todavía un poco sin creérmelo me he puesto a caminar por el agua helada del canal.
       He pensado en mi hermana, a la que traje a pasear junto al canal (y que nunca comprendió ese placer mío por las estructuras decadentes abandonadas al tierno pero imbatible poder del agua). Me he acordado de no pocos amigos y de alguna chica a la que traje también a este lugar para impresionarla… Como si desde el borde se asomaran todas las personas con las que he paseado junto este canal que cruza la ciudad, llenándola de árboles, puentes y rincones por donde respirar escapando al cerco de los edificios que se detienen en el borde, frente los que de vez en cuando pasa alguna lancha afortunada -siempre afortunada, me he dicho al pasar bajo el envés de los puentes- un trazo vacío en la plenitud de mi barrio, que ahora recorro a lo largo de su mismísimo eje, pensando en las personas a las que quiero, caminando a mis anchas sobre el agua endurecida.

martes, 28 de febrero de 2012

Los tigres en la nieve (La amistad en calzones)

       Hoy he cruzado a pie el estanque frente al cual solíamos echarnos a beber cerveza y contemplar el atardecer. A través del agua helada cruzaban estelas blancas: cintas verticales blancas tendidas en la oscuridad del agua petrificada, como un material nebuloso y sutil que no era más que el tono que toman las grietas al resquebrajar el hielo de lado a lado. A la vista de las grietas, le he calculado a la placa unos 20 centímetros de espesor. Una medida elegante, sin duda, quizá porque está próxima a cosas fuertes y delicadas a la vez como una cabeza y una mano. Algún instinto me ha dicho que estas señales de rotura no hacían sino confirmar la resistencia del hielo sobre el que me encontraba. Lleno de curiosidad, me he agachado para estudiarlas mejor, entre los niños que jugaban y las madres que me observaban divertidas, como se mira efectivamente a alguien que jamás ha visto lo que tiene delante.
       He visto a través del hielo los nenúfares muertos que observábamos en verano conversando sobre cualquier cosa, desde la endodoncia de las ranas a las posibilidades que teníamos de acostarnos con alguna chica de la ciudad, arropados por dulce aburrimiento de las amistades que trae el azar en agosto. Luego he pensado que no están muertos, que están solo congelados.


lunes, 20 de febrero de 2012

Los tigres en la nieve (Wienerei)

       Esta mañana me he levantado con la firme decisión de ir al Weinerei a echar un buen rato leyendo y escribiendo. El lugar me inspira enormemente y quien lo conozca comprenderá que no es para menos. Es cálido y sencillo como tanta buena escritura.
       Mientras desayunaba, he abierto la jaula de los periquitos para que se den una vuelta. Han salido en seguida. Primero la hembra -la viuda azul-, y luego el macho que la sigue a todas partes a pesar del desdén con que ella lo trata y que no sabemos cuánto durará –el pájaro o el desdén, tengamos en cuenta su predecesor se ganó un amor sincero de varios años-. Los bichos, todo contentos, han salido en seguida, escalado al tejado de la jaula y ahí se han apostado. Con cada ruido de platos, tazas y cucharas contestaban con una breve melodía.
       No han querido volver a la jaula en un buen rato y yo, que aún no se cómo agarrarlos y hacerlos volver -echan a volar cada vez que lo intento- he tenido que quedarme en casa esperando a que lo hagan por su propia voluntad.
       Me han dado las 3 de la tarde. Cuando han vuelto al interior, he cerrado rapidamente, con una risa malévola de esas que empiezan con ache ¡Hah jajaja!, y por fin he podido salir a la calle. Putos bichos.
       Hacía frio, mucho frio, pero aún así he cogido la bicicleta. No ha sido mala idea. Cruzando la ciudad, he disfrutado del calor de mi cuerpo generaba dentro del abrigo y del aire helado acariciándome la cara. Había un olor a montaña, a leche, a ginebra, a rocas y a hierbas ocultas en alguna grieta inaccesible. Un olor que el viento ha traído de muy lejos y que ha engullido toda la ciudad, del mismo modo en que las tormentas de arena se apoderan de las ciudades del desierto.
       La ciudad estaba un poco triste… los cual es decir que jamás la había visto tan triste. La emoción que me inspiran los barrios al abrirme paso estaba como helada bajo la superficie de un estanque.
       He llegado al Weinirei, he pedido un café solo y largo, y me he sentado en un sillón junto a otras personas que leían y trabajaban en sus portátiles, cada una agachada a su manera en torno la misma mesa, pues en el Wieinirei todas las sillas son diferentes.
       He estado dos horas leyendo y escribiendo en el portátil. Detrás de mi, la noche ha llegado pronto y se ha ido instalando en la tarde con esa crueldad suya de invierno, pero yo, todo contento a la luz cálida de las lámparas del café, no le he echado muchas cuentas.
       En un momento dado me he acabado el último buche a este café bien negro -y ya más que frio-, antes de levantarme para ir a fumar in pitillo. Sólo entonces he visto, al otro lado de la ventana, la calle cubierta de nieve.
       Según los datos aportados por el dedo que he hundido un momento sobre la acera, mientras escribía delante de un buen café han caído 5 milímetros de nieve. Medio centímetros de esa prenda blanca, húmeda y helada, que va a marcar el paisaje de esta noche de sábado.
       Mañana me marcho de viaje y la emoción del viaje se ha visto mezclada de pronto por esa ilusión por nada en concreto que caracteriza la llegada de la nieve y que he disfrutado pisoteando la nieve, contentísimo de poder hacerlo antes de que el mundo se le eche encima dejándola en unas horas sucia y revuelta como la cola de una novia borracha y alegre.
       Luego he entrado al café, todo sonriente y aspaventando de frio. Aún me dura todavía, una electricidad, un hormigeo, como si de alguna manera me hubiese tocado algo…
       No conocer nevada una ciudad en la que nieva es como no conocer la ropa con la que tu chica va al trabajo (desde donde a veces te llama, con esa voz cálida que se nos pone a todos cuando demoramos la urgencia del asalto). Oh si, se puede vivir sin ello… como se puede vivir sin compartir el desayuno, la ducha, las ideas y algunos problemas. Después de semanas resistiendo el envite del frío bajo las faldas, la ciudad me enseña por fin esa prenda recién estrenada.


lunes, 13 de febrero de 2012

Los tigres en la nieve (Mantel)

       Este relato ha sido retirado para ser reeditado en el blog Oficina de Latentes.
Disculpen las molestias.


viernes, 27 de enero de 2012

S, M, L, X, XL, XXL



         La escritura es para mi como la pintura. Las hojas, como los lienzos, están ahí, en el taller. Tardo meses en elaborarlas. Me concentro en uno en concreto, a veces lo dejo a un lado y vuelvo sobre otro que dejé atrás. Luego sucede que, tiempo después, paso un momento sobre el primero y dejo un trazo más. Avanzo y retrocedo los pasos de un largo camino sobre una extensión que normalmente no pasa de un folio.  

            Pero la extensión no es el tamaño del lienzo sino lo que encuentro dentro y me rodea al escribir: más allá del tamaño del papel o de la cantidad de palabras, la extensión es una cualidad territorio por el que me adentro al escribir hilando frase, confiándome a ellas como al hilo de Aracne, dejando las palabras en forma de un breve texto como las pistas y señales que deja un explorador al adentrarse hacia el fondo de su verdad. 

lunes, 23 de enero de 2012

Los tigres en la nieve (previo)

       Sobreviviendo al frio y esperando la nieve. La nieve que lo llena todo de luz y de calma. La nieve que se come los ecos trayendo ese silencio como de público que contiene el aliento, expectante; la nieve como todas las lunas llenas de una vida tiradas en la calle, como las hojas muertas de un invierno interestelar, como el humus de una geometría que empieza en los contornos de tu cintura y distribuye toda tu piel -y los cálculos que trataré de memorizar con la mía, asombrado y suspenso alegre como un niño del sur que se levanta un día y descubre la ciudad toda blanca, después de semanas sobreviviendo al frío y esperando la nieve- y acaba en el fastidioso barro que impregna la ciudad y el hielo que hace caminar torpemente a la gente en la calle, no vayan a resbalar, incluidos tu y yo, antes de entrar en la cafetería y sentarnos a ver el rugir de un mundo sin eco, lleno de nieve como una película muy vieja proyectada de nuevo y por primera vez.

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