lunes, 24 de marzo de 2014

Cosas para no leer cuando tienes un bebé

Este post ha sido trasladado a Oficina de Latentes. 


Este y muchos más textos del mismo autor serán a partir de ahora publicados en este nuevo blog. Seguira siendo un placer compartirlo con vosotros.

lunes, 10 de marzo de 2014

Feliz Lunes (II)


Camino del trabajo. Una hora de trenes por delante, el sol de Marzo, y los recuerdos de infancia de Roald Dahl traducidos a una lengua nueva y fascinante.

sábado, 8 de marzo de 2014

Reflexión sobre el día de la mujer



Y en la calle, codo a codo, seríamos mucho más que siete mil millones.

Principio de frase del famoso poema de Benedetti, Te quiero, del libro El amor, las mujeres y la vida. Imagen de Mengana. 

jueves, 27 de febrero de 2014

En el nombre del padre


Mi madre me dijo una vez que siempre se lleva un niño dentro. Ella nunca ha sabido lo que aquel mensaje me marcó. Quizá para ella no tuvo importancia, un mensaje bonito para un niño, pero yo jamás lo he olvidado -y ya es raro, porque yo olvido muchas cosas. Se la he soltado a mucha gente. Ahora os la suelto a vosotros y siento que esa frase nos define, a ella y a mi. De ahí la importancia de compartirla con quien me conoce. De algún modo fué -es- un punto de clave en la vida que compartimos. Lo que no me dijo, es que toda la vida habría llevado un padre dentro. Un padre que tiembla como un niño que tiembla como un padre que tiembla como un niño… 

lunes, 20 de enero de 2014

Preámbulo a las instrucciones para sincronizar un smartphone (por Julio Cortázar y por mí)


Piensa en esto: cuando te regalan un smartphone te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el smartphone, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, de última generación, áncora de aplicaciones; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a tus días y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de cargarlo todos los días, la obligación de actualizarlo para que siga siendo un smartphone; te regalan la obsesión de atender a sus avisos bajo la mesa de cada restaurante, a las nuevas aplicaciones, de sincronizarlo con las nubes. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu smartphone con los demás smartphone. No te regalan un smartphone, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del smartphone.

Texto inspirado y editado del texto original de Julio Cortázar “Preámbulo de  las instrucciones para dar cuerda a un reloj” (1962).  Collage: Imagen del escritor Julio Cortázar en la exposición del Intituto Cervantes de París. / Antonio Gálvez ("El País") + Aplicaciones de smartphones.

lunes, 6 de enero de 2014

Manzanas secas. La muerte (de Golfo) en los mercados.


Suspendida entre entre dos iglesias gemelas, la atmósfera del mercado está llena de un silencio fresco y crujiente, un sonido de tripas que se desperezan, de carros, de cajas de madera y plástico, de cadenas  que caen lacias y pesadas cortinas que se descorren…   todo con ese tono encantador que tiene los sonidos del mundo cuando son absorbidos por la humedad de la mañana. También las voces de Giuliano y de las chicas, mientras se organizan, suenan limpias como cucharillas de café.  Discuten en alemán e italiano, alguna palabra en inglés o español. Yo llego siempre a en punto, con el sonido de las campanadas… Dan dun dan din dan  Sehr guten Morgen, dan dun dan din dun dan…  Me dun dan contestan dun din dan en babel dun dan. Acabo de descargar el camión con Giuliano.  Luego voy a cortar el pan, que ha llegado por correo mientras descargábamos el camión. Nada más entrar en la tienda, me pongo mi chaqueta roja, mi gorro rojo de enano de bosque y unos guantes de látex.  El pan es un pan duro, tosco, orgánico. Tras de mí, las chicas, también vestidas de rojo, con gorro de enano de bosque bajo el que cuelgan sus flequillos y trenzas rubias, charlotean y ríen mientras envuelven bizcochos - casi todas tienen los ojos azules, de lo demás se encarga el frío -. Yo corto el pan mientras las escucho charlotear en alemán e italiano, a veces algunas palabras en español  - un español duro, tosco, orgánico...  con un acento dulce, mezcla de alemán natal y del país latino donde aprendieron-. En un momento dado, una de ellas tararea una canción en alemán. Poco a poco, las otras se le unen. Las que no saben la canción esperan un compás más para unirse tarareando, alegres y un poco torpes, como quien se sube a un tiovivo. Así, temprano en la mañana, entre dos iglesias gemelas y un montón de camionetas abiertas, - con esa espontaneidad mecánica con la que probablemente se rompía a cantar en los campos de algodón o en los Soljos de la unión soviética  las chicas envuelven bizcochos y cantan, mientras yo corto el pan y me siento como en la fantasía de una película de los hermanos Cohen, en las que un montón de chicas cantan dulcemente, reunidas en un solo concepto: chicas que cantan jugando a los bolos, chicas que cantan lavando la ropa en un arroyo.

Cortar el pan de fruta es un trabajo mecánico. Si, es verdad que requiere concentración. Hay que pensar en la geometría: que los pedacitos no sean tan pequeños que no transmitan nada a los clientes, ni tan grandes que no se queden con ganas de más. Pero una vez que coges ritmo es un trabajo mecánico, y del mismo modo en que al jugar al Tetris o al hacer ganchillo puedes pensar en tus cosas, yo pienso en las mías. Pienso en gente, en mucha gente. Pienso en ti. En largas mañanas contigo.  Pienso también en mis problemas, que el ritmo del trabajo deja suspendidos como el polvo en el aire. Pienso en cosas buenas, cosas malas, y cosas que ni lo uno ni lo otro, como que hay que pagar el alquiler y que Golfo ha cumplido 10 años hace unos días. En que quedan 23 minutos para abrir, y que estoy decidido a pasar 13 horas aquí trabajando, sin pausa y a mucha honra, cortando pan, vendiendo fruta-de-cultivo-ecológico y dulces-de-navidad-de-cultivo-ecológico-y-recetas-veganas, versiones brutalmente sanas de la excelente Konditorei alemana, cargando cajas y volviéndolas a descargar.   No, no somos esclavos. Miro a las chicas, alguna me devuelve la mirada sonriendo sin dejar de cantar. Cada hora está pagada. De hecho gano más 13 horas seguidas trabajando en este mercado que en 13 horas seguidas trabajando como arquitecto, profesional cualificado, con responsabilidad civil, para algún gran estudio de arquitectura.

-Pues hazte mercader- me decía mi padre con voz burlona por skype.

-Quizá si hay que hacer un cambio no es hacerse mercader, sino dejar de aceptar contratos de mierda por ese supuesto prestigio de ser arquitecto. A los arquitectos nadie les paga las horas extras, son un derecho del contratante…  Y la culpa es nuestra:  lo hemos aceptado, según esa estúpida concepción de que la calidad y el prestigio profesional  es pasar noches enteras sin dormir - literalmente con lo malo que es eso para la salud y lo caro que lo cobran otros profesionales -, a cambio de unas palmadas en la espalda de las que no come nadie, a cambio de un “colegas, lo habéis hecho genial”.

Mi padre me dice que la cosa está mal, que son así, que blababablabla...

-Oh, si, económicamente está de puta pena. O no, no están mal si se piensa que no todas las monedas son dinero, que disponemos de otras. ¿Qué no tienen dinero? Pues que paguen con horas libres. El tiempo es impagable. El tiempo no se puede devolver: está siempre devaluado.

Queda poco. 5 minutos. Reparto el pan por los puestos, Scheiben?, Würfeln?...   ¿quien necesita 2356 dados de pan?...  Me miran atónitos y rien. Porque sí, porque tiene gracia que alguien se preocupe de hacer unas pocas multiplicaciones para contar los dados que contiene un kilo de pan.  Unas pocas benditas multiplicaciones que hacen reír a mi equipo.

Una vez repartido el pan en la sección de pestos y aceites especiados, agarro un saco de manzana seca y ocupo mi puesto. Se hace un breve silencio. Un silencio tenso, de esos en los que se oye ladrar a los perros. Alguien se asoma por encima de los pasteles a otear: los clientes de empiezan a agrupar en la puerta del mercado. 5 minutos.

Cada mañana, preparamos el puesto de mercado, como quien se prepara para el asalto del enemigo al que finalmente esperanos, cada uno en su puesto, parapetado tras hiladas de mazapanes, tortas de naranja, panes de fruta y chips de manzana seca de cultivo ecológico. Y yo, fuera del puesto, a cuerpo descubierto, con un saco de manzanas secas.

Ofrezco a unas viejecitas que caminan cogidas del brazo. Hacen como que no se quieren acercar, como que desconfían. Disimulando su brillo en los ojos, aceptan las manzanas. Siempre el mismo gesto, se quitan el guante de un tirón y tienen la mano como en quien espera la eucaristía. Se meten el trocito de manzana en la boca de una vez, empujando con la palma. Su piel se arruga y se estira bajo los ojos dulces, maliciosos y algo grises, llenos de pronto de placer. Sonríen, disfrutan de la manzana con toda la plenitud de una mañana cualquiera.

Mientras yo explico las propiedades de la manzana y las técnicas de secado con una voz poética y algo grave - esa voz que se nos pone a todos cuando hay un juego de seducción, y que yo rescato de mi armario de voces para vender manzanas en el mercado -,  otras señoras se acercan. "Was is das schönes?", (expresión que podría traducirse como ¿Qué tienes ahí tan bonito?, y que por tonta que parezca, dicha en alemán tiene el poder me hacerme sentir en una película de la Belle Époque)...  Yo disfruto de la frase como ellas de las manzanas, y empiezo de nuevo el discurso, modificándolo un poco para no aburrirlas, ni aburrirme yo, pensando en el montón de cosas privadas que piensa uno sin querer cuando hace un trabajo mecánico que conoce bien. Hay pagar el alquiler, una fugaz imagen de ti bailando desnuda en el sofá y de mi lanzándome a torda prisa a cerrar las cortinas, 10 años de blog, ¿conozco algún bloggero más viejo que yo?, ¿soy un bloggero realmente?... joder… Y así es como, mientras vendo manzanas-secas-de-cultivo-ecológico, rodeado de viejecitas que pasean cada mañana amando todo lo que es delicioso y gratuito, en medio de todo esto, me pregunto si Golfo debe morir.


Foto: panteón de la familia Rodriguez-Acosta (antaño familia de artistas y mecenas), cementerio de San José, Granada, tuneado por el autor con una nueva inscripción y una corona de manzanas. Imagen de fondo del fotógrafo Mike Thomas. 

miércoles, 1 de enero de 2014

Este año huele a flores y a futuro



a presente y a oportunidad.

(Feliz 2014)


Foto: Restos de esculturas de las antiguas galerías y talleres "Tacheles", Berlín, desmanteladas en Marzo de 2013,  encontrados por  pura casualidad en unos descampados de Marzahn (antiguo Berlin Este).

miércoles, 25 de diciembre de 2013

IIIIIIIVVVIVIIVIIIIX...   X



Hoy hace 10 años que escribo en este blog. 

...

jueves, 31 de octubre de 2013

Elena (viaje al final del mediodía)


Elena parecía haber bajado a la tierra en la nave espacial de una película de los 50’, de esas que pillaron a Speelberg de pequeñito y en las que - como él mismo decía -  por primera vez los protagonistas empezaron a ser los niños. Parecía que hubiese salido tímidamente de detrás de la pierna del un inmenso robot venido de otro mundo y se hubiese escapado corriendo hacia los arbustos cuando nadie la veía, ni los militares que apuntaban al robot - toma actitud, la de los 50’ ante los visitantes - , ni los diplomáticos que cruzaban los dedos acojonados, ni los bomberos, ni los policías ninguneados, ni la gente de los cafés que habrían salido a ver aquello o los curiosos que se amontonaban alrededor, con algún pero inquieto y un gato que huye dejando caer el cubo de basura, ni siquiera la gente que veía la película sentaba en las butacas del cine viendo la película de donde Elena se escapaba la vió, ni por supuesto, ni los que hoy día nos repanchingamos en el sillón a ver estas películas en esas-noches-en-las-que-ves-películas-que-no-puedes-ver-con-tu-novia, habríamos visto a Elena escapar. A pesar de todo Elena era un personaje simplemente que se podía buscar en esas películas. Elena parecía haber bajado al mundo con un mensaje escrito en su consciencia de juventud interestelar, hecho un verdadero rompecabezas entre sus cuadernos de poemas y sus libros de ciencia, su manera de sonreír y su irreverente proactividad. Pensaba en todo esto mirando sus ojos enormes y estilizados, como los de la esfinge de una mujer joven esculpida por una cultura muy vieja de la que ya no sabremos nada, mientras ella me contaba cómo era posar 4 horas desnuda y sin moverse en un taller de bellas artes.  

Aquella noche amanecimos volviendo juntos en la misma bicicleta.  Al pasar por los baños del Carmen la acera se estrechaba y yo pedaleaba con cuidado. A nuestra derecha, 4 metros más abajo, el mar se arrebujaba mansamente contra las rocas, a la izquierda, yacía la vieja carreterita de la playa, desierta y tranquila, descarada como brazo que muestra sus cicatrices. De vez en cuando algún coche pasaba con esa libertad que se dan los coches para correr que da la calle al final de la noche, de la que todos hemos disfrutado, escuchando música a todo trapo.  Las manos de Elena se agarraban a mi cintura y sus pies flotaban a cada lado de la bicicleta. Sus chanclas se balanceaban como sarcillos en el aire y toda mi trayectoria se basaba en procurar que no asomaran demasiado sobre la carretera, que no chocaran contra las farolas, ni rozaran con la piedra áspera del malecón. También procuraba, no sé cómo, que Elena nos se soltara de mi cintura.

Delante de nosotros el cielo se teñía de un azul cada vez más claro. La luz venía a buscarnos por encima de la arboleda y de las columnas dóricas derruidas del antiguo balneario del Carmen.  Detrás de nosotros, ya de lejos, la noche parecía aún agarrada a la silueta de la ciudad como un niño que se niega a dejar de jugar con los insectos hasta el último momento. La ciudad, vuelta del revés, movía sus patitas invisibles al cielo, emanando esa luz amarillenta del fondo de las calles, su aliento de tabaco, jazmines y aftersun.

Elena me hablaba a voces. Gritaba con fuerza para sacarse de la boca el mismo aire que a mí me siseaba en las orejas y me hacía escucharla como si estuviese muy muy lejos, en vez de sentada en el asiento de la bici en la que yo pedaleaba de pié. En los semáforos - que aún bombeaban el tráfico como corazones infatigables en el camino desierto -, nos deteníamos un momento y entonces se oían entonces nuestras voces violentamente nítidas y cercanas, como si todo el universo alrededor se hubiese quedado sordo de pronto.

Elena me contaba, así como quien no quiere la cosa, que a veces lo veía todo como una mierda y se sentía presa de una enorme tristeza que la tenía encerrada en sí misma durante días…  Entonces, pedaleando, pendiente de la acera, de los árboles entre la carretera y el mar,  pensé que podría soportar esa tristeza suya, que no me importaría asistirla en el cautiverio de todas sus idioteces, que no me asustaría pringarme con la chalaura de su infierno cotidiano. Y no solo pensé en que podría sino que en verdad deseé hacerlo.  Porque si, porque para mí aquello que ella veía como el infierno imposible de compartir, no era sino la oportunidad, el privilegio de ampliar irresponsablemente el tiempo de estar a su lado. Mi tiempo que apenas habían empezado hacía horas en la mesa de una cervecería, y que avanzaban con nosotros al cálido ritmo con que el mundo rueda bajo las bicicletas, los semáforos laten en la madrugada y el mar rompe mansamente contra los espigones.

El agua estaba fría y relucía como plata fundida bajo un cielo que cada segundo parecía a punto de llenarse de luz. Ella, que había aceptado el reto de bañarse, se apretaba las tetas de frío mientras yo sentía cómo la polla se me retraía sobre sí como un cangrejo ermitaño en su concha. Tiritábamos, pero no nos atrevíamos a abrazarnos, ni siquiera a acercarnos demasiado el uno al otro. Nuestras voces se extendían por la superficie del mar y se perdían en la arena de la playa. Al sumergirnos, el agua hacía un sonido brillante, claro y pequeño como el de las cucharitas del café. Nadamos, hicimos aspavientos de frio, buceamos cada uno por su lado, emergimos y flotamos un rato en silencio. Un silencio consciente y compartido. Luego nos secamos con mi camisa y nos sentamos desnudos, codo a codo, satisfechos de haber superado con valentía el primero de una serie de retos que nos llevaría hasta el medio día: las reglas que iríamos rompiendo, las cerraduras que irían saltando una a una para llegar el uno al otro… soltando los broches del feo vestido que conforman los bares, la gente, la música y el humo que nos salía y nos entraba en la boca mientras nos habíamos conocido, el teatro de la curiosidad y el desdén, y esa estúpida necesidad de autoprotegerse…   Ese vestido, tan imaginario como pesado, que a mediodía Elena tuvo que ponerse de nuevo, prenda a prenda, para poder volver a su mundo sin que nadie le preguntara.

Collage: Golfo. Robot portada de "The day the Earth stood still", "Ultimatum a la Tierra", Robert Wise. 1951 
Busto de la reina egipcia Nefertiti, Neues Museum, Berlín
Fondo: proa de jábega en playas de Málaga (www.malagaenverde.blogspot.com)

miércoles, 23 de octubre de 2013

Más sobre las fronteras




Las ciudades fronterizas son lugares donde al borde de una línea se desordena el mundo, lugares en que la realidad se dibuja y se desdibuja continuamente: en ellas se acumula aquello que los países rechazan y aquello que atraen hacia sí. La fronteras son lugares de espera eterna y de fuga eterna, de intercambio y de encuentro, y a la vez de separación y rechazo, lugares llenos de historias y objetos que no saben de qué línea estar, objetos extraños, inútiles y encantadores como una cafetera derretida, como una tira de fotos de otro verano, osos de peluche perdidos, historias que no saben donde inscribirse, la de los amantes, la de los que se quieren, la de los que no se quieren nada y la de los que se quieren mucho y se desean y la de los que se asoman con vértigo al poder perderlo todo. Las identidades al borde de las fronteras se hacen reales y confusas, de llenan de contrastes y de preguntas, de ese no-se-qué-que-qué-se-yo que es al final lo que hace persona a las personas, batiéndose entre temor e ilusión, entre las ansias de volar por encima de las fronteras y el miedo al mundo que espera más allá de la verja. Es duro coexistir en las fronteras. Te puede convertir en pura tolerancia y te puede convertir en un tio bastante hijo de puta.  Mucho más de lo que creyó el niño que llevas dentro y que te ve cuando te miras en el espejo, con los ojos de quien mira a través de la verja de los días.

viernes, 27 de septiembre de 2013

El amor y el conocimiento



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jueves, 29 de agosto de 2013

Ratpack Side Story

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Allí seguimos escribiendo como siempre, con amor incondicional a los detalles y a la palabra escrita.

Hasta pronto, 
Golfo y Javier en Oficina de Latentes.









martes, 25 de junio de 2013

El Silencio

Mi abuela, a la que ya conocéis por la descripción que con todo mi amor y toda la crudeza que pude hice de su agonía, estudió canto, aunque nunca ejerció. Primero porque vino una guerra y trajo un montón de complicaciones, peregrinajes huidas, exilios. Después por la entrega a su matrimonio, el advenimiento de sus 7 hijos y todo el follón que vino después y del que yo soy parte. 

Sin embargo, su amor por la música la acompañó siempre, y no solo eso, sino que de algún modo, la llevó a desarrollar una enorme curiosidad por las matemáticas que -le encantaba decir- subyacen en la música. Alardeaba con facilidad de esa curiosidad. De hecho, lo hacía en voz alta cada vez que podía,  especialmente cuando alguno de nosotros había traído a su novia. Levantaba los dedos y dibujaba con ellos un arco en el aire, uniéndolos en la cúspide -en la clave-. A mi me fastidiaba un montón pero me llenaba de secretamente de orgullo y en verdad me resultaba divertido que mi abuela intentara impresionar a nuestras chicas de esa manera. Mi abuela quería sentirse declaradamente renacentista gracias a esa curiosidad que por lo demás solo saciaba por las conversaciones que tenía con sus nietos, al menos con los que la habíamos heredado. Aquello le permitió poder hablar siempre de algo nuevo, de algo por descubrir. La curiosidad fue para mi el secreto de su juventud hasta el último momento. Luego se hizo vieja de pronto, no tuvo más fuerzas para ser curiosa y la muerte se la vino a llevar. Mi abuela es el primer muerto que vi en mi vida. Estaba bellísima y parecía llena de paz. Digo parecía porque no quise olvidar que mi abuela estaba muerta. Que aquel era un cuerpo sin alma, pero el cuerpo, eso si de una persona amada. Su silencio llenaba todo, tanto quizá, que yo mismo me descargué en un chorreón de lágrimas tan denso, repentino, constante y también tan breve como el agua de una esponja que se acaba de estrujar. 

Aparte de esta experiencia final, de mi abuela no heredé nada concreto, excepto su curiosidad y este artículo del periódico que recortó para mí y que me dio una de esas tardes de conversaciones que pasó conmigo antes de morir. Este texto, más allá de la música, me ha ayudado a comprender muchas cosas en la vida, desde mi percepción del espacio y mi manera de trabajar con él, hasta mi relación con las personas. Su último silencio fue el preámbulo magnífico del tener que ejercer a solas esta convicción. Mi abuela sabia lo que no está escrito.

Para leer, por favor, pinchen aquí

jueves, 13 de junio de 2013

Infiltraciones Dharma (III). De libros y juguetes



         Me encantan los juguetes. Puede sonar encantador, pero no se dejen engañar, de hecho, lo mío con los juguetes pertenece a esa clase de cosas por las que tu pareja se enamora un poco más y que son las mismas por las que un día puede acabar odiándote –un poco más-.  A ver cuando creces.  
          Pero, honestamente, ¿Qué tiene que ver esto con crecer?
        No puedo evitarlo. Me gustan los juguetes, me gusta la emoción que producen en la mente del que juega. Me gusta el ejercicio de imaginación liberada que les da sentido y por un instante hasta algo de vida. Son hermosos y algunos de ellos tienen una inmensa capacidad de enseñanza y experiencia. Sin contar con la pequeña poética de sus mecanismos, entre la perogrullada y el automatismo. El juguete tiene una misión, una vocación parecida a la de un perro que crece con un niño. Incluso cuando el juguete queda destrozado por el juego, no deja de enseñar algo de la magia electromecánica de sus tripas, del mismo modo en que el perro o un hámster cuando se hacen viejos o mueren por la razón que sea, ofrecen al niño las primeras experiencias con la muerte.   
       Esa emoción que aún encuentro en los juguetes es su capacidad como lenguaje, en todas sus consecuencias: lo que representan.  Aunque la emoción del juguete al crecer se disipe finalmente, desplazada por otras ideas del juego
           A veces tomo por un instante, por ejemplo, un avión de Robotech que había encontrado  un día, en el rastro,  entre un teléfono viejo y un kit de estropajos, y que me vendieron por dos euros (la misma pieza, en e-bay, la venden por cien eurazos). Entonces agarro el avión lo hago volar un segundo sobre el respaldo del sofá, lo transformo en el aire haciendo ruidos con la boca –la belleza de los aviones de Robotech radica en que se transforman en robots–. Luego lo devuelvo a su lugar en la estantería, donde su imagen –de robot o de avión- se congela de nuevo y el juguete queda reducido a una mera escultura sentimental, un documento sobre la historia de la infancia ochentera y la ciencia ficción, un ente en que la vida –el juego que le da vida- solo es algo latente donde confluyen miles de ideas a la vez: las de los adultos que lo diseñaron, las de los niños que confirmaron el acierto y la enorme belleza del invento, que yo intento contemplar fascinado desde la perspectiva de los dos. 
          Hoy día, más que jugando con ellos, disfruto viendo los juguetes y analizando lo que quieren decir, lo que podrían decir, lo que van a enseñar, la pequeña poética de sus mecanismos físicos, sensoriales, sociales.
          También lo que no deben enseñar, la deseducación que da forma a muchos juguetes proyectando en el jugador prejuicios que limitarán su libertad, que lo “educarán”, dibujando sutilmente el corralito en el que siempre estarán dominados. 
       Hoy me han regalado libros. Yo los he recibido en las manos con una emoción que me costaba entender pero que se parecía mucho a la emoción de recibir un juguete: la proximidad de la aventura, del encuentro, del advenimiento de un tiempo nuevo y sencillo, pequeño, pero fructuoso y siempre algo incierto. 
         En mi mente he querido comparar todo esto con una emoción conocida. He pensado en la creatividad, en la interacción con el mundo, en el lenguaje, en el sexo;  en la extraña emoción que me invade por las mañanas y que es como unas ganas enormes de jugar, de lanzarme a escribir, de entregarme a un juego de inteligencia –me gusta trabajar por las mañanas-, quizá traídas con la resaca desde las discusiones prolongadas dulcemente en la puerta de un bar donde ya está amaneciendo, con esa lucidez de las deshoras que llenan las despedidas andaluzas de anécdotas y anotaciones sobre las que nunca escribiremos, pero sobre las que me prometo escribir, recibidas como un juguete; con suerte, el juego que me deja por fin en la orilla de una cálida noche contigo, la tensión fresca de tus músculos cuando te desperezas mientras hago el desayuno, el mundo que se transforma bajo la luz, como el avión de Robotech, para que el juego continúe.
          Pero no, por más que comparaba: tampoco era eso.
       No ha sido sino al verme en el DVD a mí mismo en un día de reyes cuando lo he comprendido. Hoy he recibido libros como recibí en su día un tren eléctrico, como más tarde recibiría otros juguetes inolvidables una motoreta roja con un casco blanco por el que en el barrio me llamaron, durante un tiempo, la hormiga atómica, Tente, mucho Tente, juegos de química y enjambres de tornillos.
      Hoy he recibido libros, llenos de pensamiento, de descubrimiento, mecanismos en sus entresijos y sus posibilidades, y ahí los llevo ahora a casa en el maletero del coche... haciendo el mismo ruido sordo que hacían en mi alma los juguetes cuando me los llevaba por fin, camino del vasto y humilde imperio de mi habitación. 


miércoles, 29 de mayo de 2013

Filtraciones Dharma (II). Del DVD al Super 8, el Valle Inquietante.


Por fin alguien se ha dignado, que diría mi madre. Llevábamos años diciendo que había que pasar a DVD todas las películas de Super 8 que hay guardadas en alguna parte de la casa, en ese lugar misterioso de la casa que se ha mencionado tantas veces y que uno llega a preguntarse si existe realmente o es en verdad una leyenda, como “la barriga del buey, donde no llueve ni nieva”, una especie de rincón en la memoria de la familia en el que aguardan todas las cosas que ya no necesitamos pero que no puedes dejar de recordar porque un día, algún día...
               
Después de años hablando de esas cintas, ahí estaban, bajo la luz de esta misma mañana: el pasado en DVD. Mi madre entró por la puerta, sacó algo de una bolsa, puso los DVDs en la mesa donde mi padre y yo tomábamos un aperitivo (cerveza y patatas casa paco) y la emoción nos recorrió a todos por el cuerpo. Era mediodía, con las ollas burbujeando y la mesa a medio poner, no hemos podido esperar para empezar a verlas.

He visto muchas imágenes de mí de pequeño, desde bebé hasta cuando salí del instituto –que es cuando yo siento que dejé de ser pequeño-, pero eran fotografías, jamás me había visto como un bebé en movimiento. El movimiento incorpora una expresividad que no pueden llevarse las fotos –a veces hasta la belleza misma queda en el movimiento que la fotografía no puede atrapar-. En este caso no era la belleza, era lo mucho que me costaba reconocerme, escamoteado a la memoria que no lo puede asir, en el bicho que se escapa vestido con mi cuerpo, el cuerpo de las fotos de mí.  Secretamente, me invadía una tímida, vergonzosa, sensación de rechazo hacia el bebé que se suponía que yo había sido, lleno de movimientos torpes y adorables con los que estrenaba mi cuerpo.  

En ciertas situaciones difíciles de sobre llevar, uno tiende a buscar algo en su memoria, alguna teoría, una historia, un algo que pueda explicar lo que le está pasando, o al menos, domesticar el tonto vértigo que le sobrecoge. Yo en aquel momento pensé que eso es lo que debían de haber sentido la gente que participó en los experimentos que hicieron para investigar el valle inquietante. ¿Y qué es el valle inquietante?, me habrían preguntado mis padres… de haber sabido lo que estaba pensando.

Se conoce como “Valle Inquietante” el efecto por el cual la curva que relaciona el parecido entre un robot y un humano (el antropomorfismo del robot) con la empatía que un ser humano siente por él, curva en un principio ascendente, cae violentamente cuando el ser humano empieza a tener dificultades para distinguirlo y lo rechaza, presa de una gran inquietud, del vértigo de la identidad usurpada, quizá del terror... en todo caso de algo que gravita entre el miedo a que le tomen a uno el pelo y la usurpación de la identidad de lo humano. Hay también quien lo ha explicado a través del reconocimiento de la muerte, de lo insano, de lo inerte en un semejante.

Conforme el androide es más y más parecido al ser humano, la curva vuelve a estabilizarse y a ascender de nuevo, constante e indefinidamente, dejando al observador, lleno de seguridad y empatía en el otro lado del valle.

Supongo que es el punto en que ya no podemos distinguirlo a simple vista. Nos hemos tragado 100 veces esta historia –y los problemas sociales que conlleva- en películas como Blade Runner o Alien, donde cada equipo contaba siempre con un androide que nadie recordaba que era Androide hasta que el alienígena lo partía en dos o intentaba inocularlo y en lugar de sangre todo se llenaba de una gelatina blanca. El androide siempre seguía hablando, sin sufrir, sin preocuparse por nada que no fueran los demás...  Aquello era una firma de autor.
               
Como observación curiosa, se dice que en Japón el efecto o la profundidad del “valle inquietante” es menor.  Por un lado porque los robots tienen mayor aceptación por influencia del sintoísmo –que contempla que también las cosas tienen alma- y, por otro lado, y de un modo más complejo, por la capacidad y el desparpajo japonés de integrar en su literatura fantástica la alta tecnología y las mitologías tradicionales. Después de años de manga y anime, cualquiera se puede imaginar sin aspavientos un dios japonés mitad samurái y mitad amalgama cibernética. Pero siendo francos…  a ver quién se imagina un Cristo con aposiciones cibernéticas y dos pistolas.

Si, como lo están leyendo: viendo los vídeos familiares de cuando era un bebé, pensé en robots, en Japón,  en divas indies de un romance inchableen Cristo Samurai y en Blade Runner.  

Pero yo no soy japonés y nadie me había puesto delante del nuestras cintas, de nuestra vida de principio de los ochenta rescatada del superocho, vuelta al presente después de décadas, sin avisos ni tramitaciones.  Pensé en el insolente espectro del tiempo. Y con cierto sentimiento de venganza hacia la vida y hacia el niño en el que no me reconocía pero que tenía todas –todas- las papeletas para ser yo, pensé en la vida, tan hermosa, tan terrible...  tan incierta.  En el fondo –me he dije recordando todo lo que  ha venido después-…  no sabe lo que se le viene encima. Danza pequeño. Corre de un lado a otro. Te vas a enterar. 

Aquella tarde de vídeo llegamos a reconocernos. Fue en el capítulo del tren eléctrico. ¿Por qué entonces? Pues porque los dos recordamos ese tren, los dos sabíamos donde estaba el botón que lo activaba (una plaquita metálica que se deslizaba de un lado a otro como una lengua de cobre que asomaba para burlarse del mundo bajo las ventanas frontales de un talgo azul). Los dos ascendimos por la ladera, dejando abajo el valle inquietante, lleno de niebla existencial y de temores latentes, en el instante mismo en que esos dedos del vídeo fueron de nuevo mis dedos y el tren azul se puso a dar vueltas sobre toscas vías dispuestas con ayuda de mi padre en el suelo del salón.



jueves, 16 de mayo de 2013

Tirar las llaves al pozo


        Aún llevo el llavero que me regalaste. Cada vez que busco las llaves en el bolsillo, lo toco como se toca el fondo de un pozo: cuando saco las manos de su interior, puedo oler en mis dedos la tierra húmeda y fría de tu recuerdo en el aire del verano, como podía oler el aliento cálido de tu sexo en aquellos días de nieve. Este olvidarme de ti que no es olvido: las interminables mañanas contigo, aún frescas y frías, cristalinas e inocuas como el agua de un pozo que hubiese en algún rincón de mi jardín, bien tapado, no vaya a caerse en él el niño que llevo dentro.

Foto: "Wytrzymaj jeszcze dzień" (danza contemporánea). En pié, la bailarina Magdalena Bartczak, en el suelo el bailarín Maciej Piotr Beczek.

martes, 30 de abril de 2013

Filtraciones Dharma (I)




     
                Creo que fue el sexto día. Yo me encontraba meditando en algún punto de las 12 horas de meditación diaria que formaban parte de la férrea agenda, idéntica cada día, de aquella escuela de meditación, y que junto al voto de silencio, castidad y a una dieta vegetariana hasta entonces desconocida para mi, ya producían sus efectos.  Quieran que no, empezaba a asimilar las primeras verdades de la realidad cercana: la incómoda postura, que me era ya tan dolorosa como inofensiva -mi columna vertebral como un tronco seco de dolor flotando en el inmenso vacío que se abría con mis párpados cerrados-, la revolución interior en forma de miles de voces y visiones con las que mi mente me bombardeaba, negándose a renunciar al terrible ruido de fondo en el que vivimos empeñados en que eso somos; una montaña de la chatarra mental que esa misma mente me arrojaba, como una amante despechada que te tira los platos a la cabeza en una vieja película italiana: todo lo que encontrara en los recovecos de mi bagaje mental, mi historia, mis deseos, mis miedos…  lo que fuera con tal de reivindicar su derecho a la miseria que nos rodea como una madeja y que adquiere su sentido a través de nosotros mismos como un laberinto de condiciones. Me encontraba con la espalda muy dolorida, contemplando todo lo que añoraba en aquel encierro y que había sido, hasta hoy, el origen de la felicidad y la infelicidad, inaccesible ahora por mis votos y mi promesas de no huir, y saboreando también la sospecha de esta libertad. Aprendía pues a no reaccionar, mesuraba la construcción de un nuevo modelo de rebeldía. Una rebeldía sin rabia ni sin sufrimiento.
                Y entonces me aparecí. Me vi a mi mismo de niño, de pié apenas a un metro delante de mi.  Tenía unos 7 años y vestía aquel chandal del colegio, que yo me solía imaginar como el uniforme de la élite guerrera, exploradora y sofisticada de una fantasía de ciencia ficción con la que pasaba mis días en el colegio, más crueles a veces que si hubiese estado realmente en un cuartel perdido en el espacio. Cuando veía a otros niños con el chándal, eran parte de mi armada; cuando veía a las chicas, me preguntaba si exploraría con ellas el mundo; el mismo mundo que intentaba comprender y en el que intentaba poner en orden, o al menos algo de paz, hasta hoy mismo, veinticinco años después, marchándome estudiar 8 horas al dia de meditación, sacrificando un verano -el único verano que se da cada año- y abandonando a todas mis compañeras a la suerte de explorar solas el mundo a la luz de Agosto. Era verano y a veces me preguntaba qué hacía allí. Quizá él también. Me miraba con la cabeza un poco gacha y ese aire inexpresivo y a la vez interrogante, atento y ausente aunque-no-tanto-si-uno-se-fija, y precisamente por eso a veces tan inquietante, que tienen los niños. Supongo que, viéndose de pronto ante el futuro -que era mi presente-, aceptaba su propio desconcierto, como otra de las muchas cosas ante las que tuvo que verse de pronto y aceptar sin ruido, como se aceptan las cosas en el principio de la vida, -pequeñas interrogantes que flotaban como restos del naufragio necesario y repetitivo de la inocencia-.  Yo le observaba también sin decirle nada, lo dejaba estar como dejaba también estar el inmenso dolor de mi espalda y los demás dolores que mi corazón me traía a flote ahora que por fin lo escuchaba a través del turbio fluido del mundo. Lo observé, en suma, sin reaccionar, como habría observado a un mosquito que en aquel momento de se me hubiese posada en el párpado izquierdo.
                Pero antes de considerarlo igual que al mosquito, que a mi espalda y que al constructo doloroso, brillante y pasajero, que era mi propia vida contemplada sin limitaciones de tiempo ni espacio, le dediqué un pequeño instante. Sentía que le debía una explicación, así que me robé un momento en la agenda de la ecuanimidad para decirle que si él y yo estábamos ahora aquí, si estaba haciendo lo que estaba haciendo, era también por él; porque a él no podía traicionarlo. Porque si lo traicionaba a él, sería mi propio fin. El fin del hombre que había decidido ser cuando era un hombre pequeño: el fin de lo que de mi él albergaba, de lo que de mí se prometió. Él ya lo sabía aunque no se fuera a acordar jamás de aquel encuentro y ni siquiera supiese a ciencia cierta si me reconocía o se reconocía a sí mismo en mí. No por nada, sino porque la verdad es que yo no me acuerdo de haberme visto de mayor cuando era pequeño y menos meditando de rodillas bajo un techo de vigas de madera.
                No sé cuánto tiempo estuvo allí, en pié delante de mí, mirando mis ojos cerrados cara a cara, tan bajito como era a los 7 años, con ese chándal rojo tan feo, la cara churretosa y el pelo despeinado, pero necesité un tiempo para tratar con ecuanimidad la emoción de aquel encuentro. De hecho, todavía no se si aquello me ayudó a alcanzar esa ecuanimidad o me alejó un poco de ella, tiñendo de tonta épica y mística visual la pureza aquellos días.


Foto:  Danny LLoyd en "El resplandor", de Standley Kubrick.

miércoles, 24 de abril de 2013

Especies de siesta


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Allí nos vemos.



sábado, 6 de abril de 2013

El amor en la nevera

Este es otro momento para guardar en el congelador.
-A. Menta. Verano de 2008.


      Ah, si si si, recuerdo el siseo de las sábanas cuando se deslizaba desnuda en mi cama. Dios, qué tormento tener el recuerdo ahí, todo dulce y siempre ahí, como un plátano demasiado maduro en el fondo de frigorífico.
      Entenderán esta metáfora los individuos perezosos o despistados que a veces se dejan demasiado tiempo las cosas en el frigorífico
                      y todas las noches se las encuentran al abrirlo
                                                                    y todas las noches se dicen:
                                                                                          “¡Ay va!...  Mañana lo tiraré.”




viernes, 15 de marzo de 2013

Lilolilalulá. La risa salvaje del sexo libre

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