La mudanza, ese trasiego de posesiones que un día pasan de un lado a otro como por el cuello de un relog de arena…. Ahí es nada. Tu propio mundo te burrea hasta el último momento mientras la casa se llena de esa extraña luz que dejan los objetos al retirarse. Apenas te da tiempo a pensar en nada.
Y sales de allí.
En el próximo café no sabes muy bien donde sentarte. Al cálido sol el futuro, a la fresca, a veces fría, brisa de la incertidumbres. Cuelgas en el respaldo tu chaqueta sin armario.
Sentado en el fondo del relog de arena, fina y rojiza como las que traje de arabia en una lata, veo sobre mi, al otro lado del cuello de cristal, atascadas, las cosas que no han podido pasar, las cenas que no habré de servirte, las que no conovocarán a los amigos, la pared sobre la que dijimos mil veces de proyectar películas no-tan -tan-cultas-como-las-del-año-anterior, con un eco sordo contra el cristal se oyen nuestras risas cuando nos burlábamos de aquellas reuniones-, las botellas que no podremos descorchar tirando el tapón por la ventana al fondo de la calle, ruidosa, alegre, los bailes en el salón, nuestras pequeñas fiestas a dos, cantos, besos, gemidos, alaridos, jadeos, silencios, pedos y eructos, todo suspendido; mal plegado, el tablero del risk que nunca echamos y que se han quedado allí, pendiente otra vez, desde la Tierra del Fuego a las últimas islas de Kamchatka.… Cae una ficha y me da en el ojo. La rescato de la arena y me la meto en el bolsillo, por si acaso. Era un dado.
Veo los cuerpos de mi último hogar, intentando adaptar sus brazos y piernas al fondo del embudo, dejando un montón de espacio vacío, como un puñado de alfileres en un tubo de ensayo. Resignados mal que bien en su incómoda postura, se vuelven al fondo con ojos interrogantes.
Sobre la arena, yo no se que contestar. Pero si no puedo contestar puedo prescindir de ello.
A mi alrededor la calle está alegre, se inician algunas obras y la gente sigue corriendo con su miedo a llegar tarde, mientras la primavera viene sobre la ciudad como un animal curioso sobre la melaza volcada.
miércoles, 2 de marzo de 2011
sábado, 26 de febrero de 2011
Oftalmología en la tierra.
Notre Père qui êtes aux cieux
Restez-y Et nous nous resterons sur la terrre
Qui est quelquefois si jolie...
Jacques Prevert. Pater Noster.
Yo tuve gafas y las perdí...
Como no iba a clase, solo al cabo de los años me hice cargo y fui a hacerme unas nuevas. En las pruebas me dijeron que yo no tenía nada, nada reseñable, entiéndase, aparte de una ligera desviación en un ojo (de la que me consolé pensando en todas las chicas que me han fascinado por esa pizca perfecta de bizquera en el ojo, o en henry Miller y en otros tantos malotes entrañables que aún se dibujan con un ojo vago -clues en los que jamás me había visto y no me vería por más que me dijeran que padecía de una desviación en la mirada-) y de ver un poco borrosos los contornos a ciertas distancias (distancias a las que que por lo demás los contornos ya no importan demasiado), vaya, que al parecer me habían timado años atrás (lo más probable según la expresión del oculista)... o bien me había curado (según mi inocente optimismo, que caracteriza esta mirada mía, aunque se desvíe un poco, más no a mi, que soy algo fatal y ya puestos confesémoslo: también fácil de timar). Al oftalmólogo le hice explicarme las pruebas y hacerme algunas más, que el tipo sacaba de la chistera, desempolvándolas todo didáctico y contento, como un mago frente un voluntario entusiasta en una época en que la magia -los secretos sencillos- está de capa caída. Aquello era divertido. Pero el resto del público, es decir, mi acompañante, que solo había venido a recoger unas lentillas, se aburría, arrepentida de haberme pedido que la acompañara y recordarme que un día, hace tiempo, yo llevaba gafas, por no hablar de la de vergüenza que le estaba haciendo pasar, ahí sentado, todo en mi papel, con la cara llena de chachibaches metálicos, lentes y preguntas en voz alta.
Hoy día, a veces, le cojo las gafas a los miopes. Tengo esa debilidad. Ellos ceden y a regañadientes me prestan sus gafas, emergiendo unos minutos a su pequeña cegera con esos ojos entornados, de pronto un poco perdidos, vulnerables: encantadores-...mientras por un momento, a través de los cristales, yo me asombro del mundo, de los contornos inútiles que normalmente me pierdo -o de los que me libro, según se mire- pero que oye: ahí están.
...después de todo...
...aún perdidos entre pequeños timos y dudosas curaciones, perfilando el incomprensible hecho en de ver en este planeta
jueves, 10 de febrero de 2011
Adios Casa (II)
Estoy en medio del salón comedor estudio, cuarto de estar, sala de cine, mirador sobre los tejados, tablao, posada, refugio de última hora... antesala de mis sábanas, escenario de largos desayunos contigo, con las golondrinas, con los transformers y los robotech y con todos esos papelajos que me gusta escribir por las mañanas, a esas horas en que las ideas fluyen, tengo la polla contenta y la cabeza llena de otras miles de alegres sugestiones que juegan descalzas en la alfombra de mi subconsciente.
El tiempo de esta casa yace delante de mi, prometedor como el primer día, sencillo y brillante como una cría de reptil en el fondo de un charco.
De la mudanza me quedan:
...las lámparas, que nunca me llevo hasta el último día porque sacarlas sería claudicar definitivamente, ceder la casa en la última noche a la luz impersonal y casi tétrica de las bombillas que cuelgan vagamente del techo de todos los cuchitriles del mundo.
...la ropa que mañana tendré que elegir por última vez para salir por última vez más formal de lo que soy a un trabajo que por lo demás nunca me hizo mejor persona.
...las sábanas negras, que hace ya tiempo pillé por lo bien que se perfilan los cuerpos en ellas, y que cuando retire me llevaré con ellas la idea de que vuelvas a follar aquí conmigo, bien dobladita para que no se arrugue, para tenderlas de nuevo en dios sabe qué camas, qué cuartos, qué pisos, qué casas, qué calles y qué lares… que habré de hacerte atravesar de nuevo para traerte a retozar entre mis sábanas negras.
...cajas sin cerrar.
...cachivaches de los que no he sabido deshacerme.
...rollos, pliegos y papelotes varios. Es curioso cómo las ideas, algo tan delicado como las ideas garabateadas de hecho en algo tan volátil como un folio suelto y arrugado, poseídos por no se qué terca ingenuidad de papel, se resisten a abandonar el campo. Como si en medio de este follón fuera a tener tiempo de hacerles caso. Al final vendrán en el último porte; malmetidas en la guantera o arrebujadas bajo el asiento del copiloto mis ideas me acompañarán hasta el centro del próximo desorden.
...este ordenador, que cuando esta noche se apagué, se tragará la ventana que une la casa al mundo tal y como se ve desde la pantalla, el mundo en que busco cosas, dejo cosas, nos comunicamos, leo y escribo.
...y sus cables serpenteando hasta la pared a través del escenario vacío.
Solo en la cocina, perfectamente intacta y un poco sucia, mi cotidiano resiste atrincherado.
Qué hacer con tantos cacharros. Probablemente los deje aquí.
Al abrir la nevera -ya desenchufada- y el placard (me encanta esta palabra, tiene esa cálida nitidez de las cocinas)... me he topado con un montón de comida, frutas, huevos, tupergüers, latas y otros paquetes que me miraban fijamente desde el interior. Iba abriendo puertecitas y ahí estaban cada vez, como si fueran de uno a otro por un pasillo secreto (murmurando, chistándose, conteniendo la risa, guardando un silencio ejemplar -la albahaca es la más empollona-)... No pongáis esa cara, a mi tampoco me avisaron de que esto ocurriría. Mañana tendré que llevarle todo esto a los amigos y vecinos a los que les venga bien. A algunos hasta les sorprenderá. Cada uno tiene sus peculiaridades al hacer la compra.
Pero eso será mañana. Hoy es mi última cena frente a la catedral que sigue iluminada ahí fuera, flotando como todos los días sobre las miles de sombras anónimas de los tejados de la ciudad, como si la superficie del mundo se hubiese roto en pedazos.
Así que he buscado el mantel y en medio de la sala casi vacía, sorteando marañas de cables, cajas, objetos sueltos por las esquinas y los vacíos que han dejado mis cosas que ahora no están (y que de pronto se me hacen de pronto un poco incómodos como un obstáculos invisible y divertido como ir por la calle sin ropa interior)… he puesto la mesa para cenar a gusto. He traído las mejores galas, incluso me he puesto a mi mismo esa flor de tela que pongo en el agujerito del rollo de papel del culo.
Y la verdad es que me he puesto morado.
-Tortelinis (este potingue de plasta y carne petrificada en bolsas de 200gr. a los que me hice adicto en la universidad), con tomate frito, orégano y albahaca en generosas cantidades.
-Ensalada de gulas.
-Sopa de miso, que he cargado bastante solo por experimentar qué ocurre cuando le quitas la sutilidad al sutil sabor del mejunje que compré para saber qué cojones es eso que toman tanto los estudiantes japoneses en las novelas de Murakami. El resultado es un sabor metálico que me ha recordado la primera noche que estuve con una mujer. Ella tenía la regla y a mi ese olor, junto a la esencia de jazmín que la perfumaba, se me quedó grabado con una enorme y vital sensación de agradecimiento.
-De postre me he comido varias mandarinas... puedo comer mandarinas indefinidamente.
…y un enorme bol de palomitas, que no puedo indefinidamente pero que, mientras corran los fotogramas, -hoy “Sueños de un seductor”- mi brazo sigue sacando del bol y llevándolas a mi boca.
…
Ahora estoy empachado.
…
…Y es divertido, por qué siempre me reservo un poco de hambre para escribir...
Ahora ponen una película en la que Harrison Ford busca desesperadamente a su mujer por todo parís. Le he bajado el volumen y he puesto Boris Vian La imagen sin sonido de la película mezclada con la música es como tener París en una pecera. El acuario del mundo. Al otro lado de la tele, al otro lado de esta pantalla, al otro lado de la última noche aquí.
Me sirvo el último culo de vodka que me trajeron de Polonia con el último culo de aquel mejunje impronunciable que me trajeron de Suecia. Los líquidos se mezclan en el espacio del vaso que alzo delante de mi, mientras fumo y dejo que mis pensamientos vuelen por el espacio de la casa.
Hay cierta nostalgia y cierta vitalidad.
Nunca pensé que hablaría de estas cosas en último día de la época de mi vida que ha coincidido con la vida de esta casa.
Pero cuando el presente es muy intenso es difícil hacer registro de las cosas.
Algo ya lo hace por mi.
Yo solo siento mi casa vacía.
Vacía como el papel en blanco en el que va a escribirse el futuro.
El tiempo de esta casa yace delante de mi, prometedor como el primer día, sencillo y brillante como una cría de reptil en el fondo de un charco.
De la mudanza me quedan:
...las lámparas, que nunca me llevo hasta el último día porque sacarlas sería claudicar definitivamente, ceder la casa en la última noche a la luz impersonal y casi tétrica de las bombillas que cuelgan vagamente del techo de todos los cuchitriles del mundo.
...la ropa que mañana tendré que elegir por última vez para salir por última vez más formal de lo que soy a un trabajo que por lo demás nunca me hizo mejor persona.
...las sábanas negras, que hace ya tiempo pillé por lo bien que se perfilan los cuerpos en ellas, y que cuando retire me llevaré con ellas la idea de que vuelvas a follar aquí conmigo, bien dobladita para que no se arrugue, para tenderlas de nuevo en dios sabe qué camas, qué cuartos, qué pisos, qué casas, qué calles y qué lares… que habré de hacerte atravesar de nuevo para traerte a retozar entre mis sábanas negras.
...cajas sin cerrar.
...cachivaches de los que no he sabido deshacerme.
...rollos, pliegos y papelotes varios. Es curioso cómo las ideas, algo tan delicado como las ideas garabateadas de hecho en algo tan volátil como un folio suelto y arrugado, poseídos por no se qué terca ingenuidad de papel, se resisten a abandonar el campo. Como si en medio de este follón fuera a tener tiempo de hacerles caso. Al final vendrán en el último porte; malmetidas en la guantera o arrebujadas bajo el asiento del copiloto mis ideas me acompañarán hasta el centro del próximo desorden.
...este ordenador, que cuando esta noche se apagué, se tragará la ventana que une la casa al mundo tal y como se ve desde la pantalla, el mundo en que busco cosas, dejo cosas, nos comunicamos, leo y escribo.
...y sus cables serpenteando hasta la pared a través del escenario vacío.
Solo en la cocina, perfectamente intacta y un poco sucia, mi cotidiano resiste atrincherado.
Qué hacer con tantos cacharros. Probablemente los deje aquí.
Al abrir la nevera -ya desenchufada- y el placard (me encanta esta palabra, tiene esa cálida nitidez de las cocinas)... me he topado con un montón de comida, frutas, huevos, tupergüers, latas y otros paquetes que me miraban fijamente desde el interior. Iba abriendo puertecitas y ahí estaban cada vez, como si fueran de uno a otro por un pasillo secreto (murmurando, chistándose, conteniendo la risa, guardando un silencio ejemplar -la albahaca es la más empollona-)... No pongáis esa cara, a mi tampoco me avisaron de que esto ocurriría. Mañana tendré que llevarle todo esto a los amigos y vecinos a los que les venga bien. A algunos hasta les sorprenderá. Cada uno tiene sus peculiaridades al hacer la compra.
Pero eso será mañana. Hoy es mi última cena frente a la catedral que sigue iluminada ahí fuera, flotando como todos los días sobre las miles de sombras anónimas de los tejados de la ciudad, como si la superficie del mundo se hubiese roto en pedazos.
Así que he buscado el mantel y en medio de la sala casi vacía, sorteando marañas de cables, cajas, objetos sueltos por las esquinas y los vacíos que han dejado mis cosas que ahora no están (y que de pronto se me hacen de pronto un poco incómodos como un obstáculos invisible y divertido como ir por la calle sin ropa interior)… he puesto la mesa para cenar a gusto. He traído las mejores galas, incluso me he puesto a mi mismo esa flor de tela que pongo en el agujerito del rollo de papel del culo.
Y la verdad es que me he puesto morado.
-Tortelinis (este potingue de plasta y carne petrificada en bolsas de 200gr. a los que me hice adicto en la universidad), con tomate frito, orégano y albahaca en generosas cantidades.
-Ensalada de gulas.
-Sopa de miso, que he cargado bastante solo por experimentar qué ocurre cuando le quitas la sutilidad al sutil sabor del mejunje que compré para saber qué cojones es eso que toman tanto los estudiantes japoneses en las novelas de Murakami. El resultado es un sabor metálico que me ha recordado la primera noche que estuve con una mujer. Ella tenía la regla y a mi ese olor, junto a la esencia de jazmín que la perfumaba, se me quedó grabado con una enorme y vital sensación de agradecimiento.
-De postre me he comido varias mandarinas... puedo comer mandarinas indefinidamente.
…y un enorme bol de palomitas, que no puedo indefinidamente pero que, mientras corran los fotogramas, -hoy “Sueños de un seductor”- mi brazo sigue sacando del bol y llevándolas a mi boca.
…
Ahora estoy empachado.
…
…Y es divertido, por qué siempre me reservo un poco de hambre para escribir...
Ahora ponen una película en la que Harrison Ford busca desesperadamente a su mujer por todo parís. Le he bajado el volumen y he puesto Boris Vian La imagen sin sonido de la película mezclada con la música es como tener París en una pecera. El acuario del mundo. Al otro lado de la tele, al otro lado de esta pantalla, al otro lado de la última noche aquí.
Me sirvo el último culo de vodka que me trajeron de Polonia con el último culo de aquel mejunje impronunciable que me trajeron de Suecia. Los líquidos se mezclan en el espacio del vaso que alzo delante de mi, mientras fumo y dejo que mis pensamientos vuelen por el espacio de la casa.
Hay cierta nostalgia y cierta vitalidad.
Nunca pensé que hablaría de estas cosas en último día de la época de mi vida que ha coincidido con la vida de esta casa.
Pero cuando el presente es muy intenso es difícil hacer registro de las cosas.
Algo ya lo hace por mi.
Yo solo siento mi casa vacía.
Vacía como el papel en blanco en el que va a escribirse el futuro.
viernes, 21 de enero de 2011
La siesta del gato
Me queda una semana en esta casa. Por ende queda oficial y explícitamente abierta a las visitas.
Hace ya más de un año que habito en un quinto piso que abre largas ventanas sobre el paisaje de los tejados de la ciudad. Paisaje que -nunca lo he ocultado- me entusiasma terriblemente y que con el tiempo he convertido en una imagen mística, un reflejo sin espejo, una metáfora de algo que no se explicar pero con lo que me identifico. Supongo que será la libertad integral y escurridiza del mundo que hormiguea creyendo poseer la verdad ahí abajo, el descubrimiento de la sociedad recóndita que hay aquí habitando las terrazas a ras del cielo o quizá solo sea el lujo inefable que siento cuando me da el sol en la cara y el poder prolongar ese momento mientras abajo las farolas se encienden y todos creen que es de noche.
La catedral emerge al fondo. A veces me parece un igual, otras un barco. A veces le doy las buenas noches. También tengo la costumbre de despedirme de la casa al salir cada mañana. De ella y de todas las casas que parecen haberme comprendido. Las que no, me contemplan salir ensimismadas, y yo cierro la puerta con extrañeza, resignación y gran diplomacia.
Esta tarde el sol entra a raudales por la ventana. Me gusta esta época en que el sol está bajo y llega hasta el fondo de la sala. Me gusta echarme en el sofá bajo esta luz como de cielo abierto y esta cálida radiación que atraviesa el invierno sin que éste pueda hacer nada por impedirlo y viene a caer sobre la tela dura de mi sofá.
Yo lo llamo a este pequeño ritual "La siesta del gato".
Y este nombre que le he dado es el que me va a servir hoy para doblarlo con cuidado, meterlo en la maleta sin peso donde guardo de los placeres descubiertos y las lecciones aprendidas, y llevármelo conmigo... allá donde vaya.
Hace ya más de un año que habito en un quinto piso que abre largas ventanas sobre el paisaje de los tejados de la ciudad. Paisaje que -nunca lo he ocultado- me entusiasma terriblemente y que con el tiempo he convertido en una imagen mística, un reflejo sin espejo, una metáfora de algo que no se explicar pero con lo que me identifico. Supongo que será la libertad integral y escurridiza del mundo que hormiguea creyendo poseer la verdad ahí abajo, el descubrimiento de la sociedad recóndita que hay aquí habitando las terrazas a ras del cielo o quizá solo sea el lujo inefable que siento cuando me da el sol en la cara y el poder prolongar ese momento mientras abajo las farolas se encienden y todos creen que es de noche.
La catedral emerge al fondo. A veces me parece un igual, otras un barco. A veces le doy las buenas noches. También tengo la costumbre de despedirme de la casa al salir cada mañana. De ella y de todas las casas que parecen haberme comprendido. Las que no, me contemplan salir ensimismadas, y yo cierro la puerta con extrañeza, resignación y gran diplomacia.
Esta tarde el sol entra a raudales por la ventana. Me gusta esta época en que el sol está bajo y llega hasta el fondo de la sala. Me gusta echarme en el sofá bajo esta luz como de cielo abierto y esta cálida radiación que atraviesa el invierno sin que éste pueda hacer nada por impedirlo y viene a caer sobre la tela dura de mi sofá.
Yo lo llamo a este pequeño ritual "La siesta del gato".
Y este nombre que le he dado es el que me va a servir hoy para doblarlo con cuidado, meterlo en la maleta sin peso donde guardo de los placeres descubiertos y las lecciones aprendidas, y llevármelo conmigo... allá donde vaya.
jueves, 20 de enero de 2011
Me está ocurriendo algo (tiempo y moho)
A veces me entran unas ganas horribles de contaros mi vida: no estas cosas que cuento, que en el fondo no pasa de un juego de sombras con la que uno se puede más o menos identificar (y quizá ese tibio anonimato sea la fuerza del teatro chinesco) o de luces que de vez en cuando que se filtran fuera de mi por las rendijas de este blog. No, Mi vida: La vida en la que me echan del trabajo, me desconcierta el amor, me agobian los impuestos, voy a comprar el pan o engraso la bicicleta.
Pero no, me digo al minuto: Mejor me guardo esta luz y esta oscuridad en el saco de las cosas que se revuelven al escribir, que de pronto se me hace que es como la enciclopedia o el viejo baúl del altillo: en los que uno cree buscar una cosa y por el camino se enreda y se acaba encontrando con otras, cosas de un mundo y de otro, que tienen el poder de relegar el objeto buscado en un segundo plano, o más al fondo, tanto que al final de la tarde ni te acuerdas de lo que buscabas… y además no aparece lo fueras a encontrar, pero qué me importa ya a estas horas: ¿lo que busco? -me pregunto con los hallazgos brillando en mis manos sucias-… Bah, lo que busco igual no era más que una excusa del mundo para vivir la tarde de hoy.
Al escribir, al hurgar en los libros y los baúles me suelen pasan estas cosas.
Reconozco que a veces no soy tan vital y cedo a las llamadas de obligaciones, que dejo tras de mi como un columpio vacío balanceándose en el aire. La diferencia es que al escribir, además, puedo quedarme (y me quedo) jugando un rato más. Incluso puedo olvidarme sin demasiado miedo de lo que quería decir, que al fin y al cabo y viendo donde he llegado, igual era una chorrada. Al escribir puedo hacer cosas que no me dejaban hacer de niño y en verdad a veces tampoco de adulto.
Para eso necesito guardarme un poco la vida que me daría por contaros ahora mismo, porque -aparte de que quién soy yo para considerar que pueda interesar a alguien-, poco más me quedaría, si lo hiciera, para desmadejar tan a gusto, destilar o contaminar, revolver, diseccionar… usar sus detalles para vestir una idea o entretenerme en buscarle detalles con los que mi vida pueda salir de incógnito al extraño ruedo de ser texto en la calle.
Con todo, he de confesar que a veces, cuando me ocurre algo, la cabeza se me llena de palabras y tengo que hacer acopio de una enorme paciencia para no soltarlas todas. Me consuela pensar que es la misma paciencia que por método deben tener oficios como el queso y los buenos vinos.
Pero no, me digo al minuto: Mejor me guardo esta luz y esta oscuridad en el saco de las cosas que se revuelven al escribir, que de pronto se me hace que es como la enciclopedia o el viejo baúl del altillo: en los que uno cree buscar una cosa y por el camino se enreda y se acaba encontrando con otras, cosas de un mundo y de otro, que tienen el poder de relegar el objeto buscado en un segundo plano, o más al fondo, tanto que al final de la tarde ni te acuerdas de lo que buscabas… y además no aparece lo fueras a encontrar, pero qué me importa ya a estas horas: ¿lo que busco? -me pregunto con los hallazgos brillando en mis manos sucias-… Bah, lo que busco igual no era más que una excusa del mundo para vivir la tarde de hoy.
Al escribir, al hurgar en los libros y los baúles me suelen pasan estas cosas.
Reconozco que a veces no soy tan vital y cedo a las llamadas de obligaciones, que dejo tras de mi como un columpio vacío balanceándose en el aire. La diferencia es que al escribir, además, puedo quedarme (y me quedo) jugando un rato más. Incluso puedo olvidarme sin demasiado miedo de lo que quería decir, que al fin y al cabo y viendo donde he llegado, igual era una chorrada. Al escribir puedo hacer cosas que no me dejaban hacer de niño y en verdad a veces tampoco de adulto.
Para eso necesito guardarme un poco la vida que me daría por contaros ahora mismo, porque -aparte de que quién soy yo para considerar que pueda interesar a alguien-, poco más me quedaría, si lo hiciera, para desmadejar tan a gusto, destilar o contaminar, revolver, diseccionar… usar sus detalles para vestir una idea o entretenerme en buscarle detalles con los que mi vida pueda salir de incógnito al extraño ruedo de ser texto en la calle.
Con todo, he de confesar que a veces, cuando me ocurre algo, la cabeza se me llena de palabras y tengo que hacer acopio de una enorme paciencia para no soltarlas todas. Me consuela pensar que es la misma paciencia que por método deben tener oficios como el queso y los buenos vinos.
sábado, 25 de diciembre de 2010
martes, 21 de diciembre de 2010
Amor, ni tu ni yo tenemos la culpa de que hoy sea hoy.
-Era una noche lluviosa de Noviembre…
Yo recordaba tu voz mezclada con la mía en el auricular saturando de viscosa incomprensión los hilos del teléfono. Recordaba cómo las gotas que repiqueteaban contra el cristal con un sonido rechoncho y grave, mientras el mundo se me hacía de pronto tan comprensible como estéril.
-Ya. Pero es que era así.
-¿Si?
-Si, era una noche lluviosa de Noviembre…
-¿Y?
-Y yo la estaba perdiendo.
viernes, 3 de diciembre de 2010
Escribir me da la vida.
Llevo una hora escribiendo. Es viernes por la tarde, fuera hace mucho frio y el sol se extiende en una tarde nítida como el cristal. Y si os digo esto es porque lo siento como una de esas grandes emociones que no te caben en el pecho, ni en la casa, que podrías derramar por la calle como un humo vago y celestial, una de esas emociones que solo tiene cabida en la momentánea complicidad de un amigo, liberada a bote pronto sobre un café o una cerveza fría, y disipada por el instante en que ya lo has dicho y ahí os habéis quedado: silenciosos y estáticos como el paisaje.
Pero estoy solo y voy a decirlo aquí.
Voy a decírtelo a ti.
Escribir me da la vida.
No se si llegaré a alguna parte como escritor. Pero escribiendo llego a la vida. Y si no llego a ella, al menos llego a saborear este placebo suyo, perfectamente contrario al vacío, a la desesperanza, al desamor.
martes, 19 de octubre de 2010
Bunkeriana
Salgo de tu casa a un mundo lleno de luz y pequeños quehaceres, ya en marcha desde hace rato. Al abandonar la penumbra fresca y retozona de tu pequeño apartamento, no sin una pequeña y divertida sensación de desamparo, me recibe de golpe un mundo brillante y caluroso. Las chicharras cantan invisibles en todos los rincones. El mediodía ahueca miles de siestas de media persiana y sobremesas anónimas, cálidas voces de madres en voz baja, ruido de fichas de dominó y sigilo de cartas a las sombra con sombras en la mesa o solos o mitades o leches manchadas,eso que llaman nube y que nunca he sabido lo que es, además de algún cubata inevitable.
Salgo de tu casa y me doy cuenta de que el largo túnel de esta noche me devuelve a este mundo como, en verdad, podía haberlo hecho a cualquier otro. Un mundo lleno, pongamos, de automóviles a vapor o de langostas en patinete saludándose con las antenitas, bajo un calor ecuatorial. A plena luz del día me asalta la terrible consciencia de que en durante estas horas que hemos pasado juntos, aquí fuera podría haber ocurrido cualquier cosa, del fin de esta crisis a la guerra nuclear… de que podría haberse desatado, hoy mismo, el caos por venir; de que, en definitiva, si reconozco este pueblo y sus gentes, es porque en la noche no ha pasado nada fuera de los muros de carne y flujos corporales, del mimo y la tierna complicidad con que los hemos levantado. Nada. Al menos nada reseñable aparte de que es sábado nosecuantos de Julio.
Es hora de volver. De partir a hacer el día. Tengo la impresión de que para alcanzarlo voy a tener que correr un poco por el andén. Tu piel y tus sábanas adquieren la fuerza de cubertería y facturas viejas. La funda del edredón volverá a tomar una forma respetuosa, a asumir de nuevo la decorosa responsabilidad de vestir tu cama. Mientras, yo aquí fuera doy mi primer paso sobre la acera.
Salgo del cobijo de una sima de la inmensa profundidad que adquieren dos habitaciones contigo, del pequeño palacio real de realidad y lujos incomparables… del portal de Belén… qué se yo… Este cansancio arremolina dulcemente mil imágenes en mi cabeza: Bajo del cielo más elevado o quizá subo de la más acogedora alcantarilla…
…y, sacudiéndome las escamas, busco mi coche bajo esta luz de la que -me digo con un asombro somnoliento- casi me había olvidado.
Arranco y la máquina contesta con su ronroneo a otros tantos motores anónimos que se oyen lejanos entre las huertas. Y parto, como un enorme caracol rojo sobre el asfalto, a través de los campos que resisten al borde de la ciudad, llenos de flores y matas secas, y de este olor inmenso a manzanilla que ya me recibió nada más salir de tu casa.
La casa que tanto has tardado en abrirme.
Subo el volumen, bajo la ventanilla y dejo que me acaricie la cara el viento de esta nueva condición.
Salgo de tu casa y me doy cuenta de que el largo túnel de esta noche me devuelve a este mundo como, en verdad, podía haberlo hecho a cualquier otro. Un mundo lleno, pongamos, de automóviles a vapor o de langostas en patinete saludándose con las antenitas, bajo un calor ecuatorial. A plena luz del día me asalta la terrible consciencia de que en durante estas horas que hemos pasado juntos, aquí fuera podría haber ocurrido cualquier cosa, del fin de esta crisis a la guerra nuclear… de que podría haberse desatado, hoy mismo, el caos por venir; de que, en definitiva, si reconozco este pueblo y sus gentes, es porque en la noche no ha pasado nada fuera de los muros de carne y flujos corporales, del mimo y la tierna complicidad con que los hemos levantado. Nada. Al menos nada reseñable aparte de que es sábado nosecuantos de Julio.
Es hora de volver. De partir a hacer el día. Tengo la impresión de que para alcanzarlo voy a tener que correr un poco por el andén. Tu piel y tus sábanas adquieren la fuerza de cubertería y facturas viejas. La funda del edredón volverá a tomar una forma respetuosa, a asumir de nuevo la decorosa responsabilidad de vestir tu cama. Mientras, yo aquí fuera doy mi primer paso sobre la acera.
Salgo del cobijo de una sima de la inmensa profundidad que adquieren dos habitaciones contigo, del pequeño palacio real de realidad y lujos incomparables… del portal de Belén… qué se yo… Este cansancio arremolina dulcemente mil imágenes en mi cabeza: Bajo del cielo más elevado o quizá subo de la más acogedora alcantarilla…
…y, sacudiéndome las escamas, busco mi coche bajo esta luz de la que -me digo con un asombro somnoliento- casi me había olvidado.
Arranco y la máquina contesta con su ronroneo a otros tantos motores anónimos que se oyen lejanos entre las huertas. Y parto, como un enorme caracol rojo sobre el asfalto, a través de los campos que resisten al borde de la ciudad, llenos de flores y matas secas, y de este olor inmenso a manzanilla que ya me recibió nada más salir de tu casa.
La casa que tanto has tardado en abrirme.
Subo el volumen, bajo la ventanilla y dejo que me acaricie la cara el viento de esta nueva condición.
sábado, 2 de octubre de 2010
A fin del viaje al fin de la noche
Hoy he terminado por fin Viaje al fin de la noche. Muchos años me ha costado empezarlo. 15 años, quizá, para sentirme listo para la cita que pospuse todas las veces que leí la primera página a hurtadillas en casa, tomándome un momento en las librerías, o al pasar por la estantería de alguna casa ajena de alguna casa ajena, y luego volverlo a meter como si nada,… hasta convertir aquello en una de esas estrofas que se me ha grabado en el corazón, junto a una frase que un día me sopló mi hermana – solo las últimas palabras , las primeras confesó que no las recordada- o el Ver Sacrum de Klimt -a veces un título basta-… Palabras que te esperan en el costado de una chapa o en la primera página de Viaje al fin de la noche, y se me ocurre ahora, quizá, en rincones por donde quizá jamás vaya a pasar. Quizá las tengas tu más cerca que yo, quizá estén ahora mismo ahí detrás en la estantería, o en la mesa del vecino, dos plantas sobre tu anónima cabeza, o quizá sea yo quien tiene las tuyas por aquí, quizá incluso ya las haya leído, las que esperaban para ti, mudas a mi paso... o sordo yo a su fuerza.
Camino de la estantería –este se queda conmigo, papá, no te lo pienso devolver-, he abierto el libro por cualquier página, recorriendo simplemente los campos de letras en diagonal, saboreando las hebras de su murmullo… ahora que además podía reconocerlo. Entonces he pensando que es uno de los libros mejor escritos del mundo. Y eso que no lo he leído en francés.
No se si es un buen libro, ni qué coño quiere contar, ni siquiera cuánto daño me ha hecho, tal y cómo Louis-Ferdinand Céline advierte desde el principio. Es uno de esos libros que no sabrías muy bien explicar de qué van: La historia de un miserable, contada un lenguaje tan amargo como hermoso. Si. Tanto. Enormemente. Descorazonadamente. Luego me he puesto a lavar los platos, disfrutando del agua caliente al chorrear con la mugre entre sobre mis manos y de ese burbujeo interior, parecido a las ganas de llorar, que me produce la exposición prolongada a las cosas muy bellas.
Camino de la estantería –este se queda conmigo, papá, no te lo pienso devolver-, he abierto el libro por cualquier página, recorriendo simplemente los campos de letras en diagonal, saboreando las hebras de su murmullo… ahora que además podía reconocerlo. Entonces he pensando que es uno de los libros mejor escritos del mundo. Y eso que no lo he leído en francés.
No se si es un buen libro, ni qué coño quiere contar, ni siquiera cuánto daño me ha hecho, tal y cómo Louis-Ferdinand Céline advierte desde el principio. Es uno de esos libros que no sabrías muy bien explicar de qué van: La historia de un miserable, contada un lenguaje tan amargo como hermoso. Si. Tanto. Enormemente. Descorazonadamente. Luego me he puesto a lavar los platos, disfrutando del agua caliente al chorrear con la mugre entre sobre mis manos y de ese burbujeo interior, parecido a las ganas de llorar, que me produce la exposición prolongada a las cosas muy bellas.
viernes, 13 de agosto de 2010
La carretera serpentea por la costa, vacía, a esta hora salvaje en que todo empieza mientras el mundo duerme la mona. De un lado una ciudad parece encararse con el mar con un follón de casas y demás trastos que descienden hacia la playa, mientras del otro, el mar parece contestarle con cientos de rocas que escalan en silencio playas y malecones, y que casi temo que no se detengan, amenazantes, al borde del camino. Todo está envuelto en la bruma mañanera, que el sol apenas vela tímidamente detrás de alguna curva y que yo atravieso arrastrando un sueño que me persigue despierto, la aventura que el paisaje parece empeñado en seguir escribiendo delante de mi.
lunes, 5 de julio de 2010
30 kilómetros a través del silencio en cada segundo.
Des milliers et des milliers d'années
Ne sauraient suffire
Pour dire
La petite seconde d'éternité
Où tu m'as embrassé
Où je t'ai embrassèe
Un matin dans la lumière de l'hiver
Au parc Montsouris à Paris
A Paris
Sur la terre
La terre qui est un astre.
Jacques Prévert, Le jardin.
32 vueltas ha dado la tierra al sol.
De 1.000.000.000.000... , apenas treinta y dos.
Y en solo 32 a mi me ha ocurrido Todo.
miércoles, 23 de junio de 2010
Las golondrinas me ponen a mil. Traídas cada año de yo que sé que agujero o lejana emigración –y el follón de sitios en los que habrán estado-, me llenan de una especie paz avispada, una suerte de inquietud reconfortante... no muy distintas, en verdad, a los que producen la proximidad del viaje y el papel en blanco. A veces me parece que esos bichos, dinámicos y estridentes, han bajado desde el centro mismo del mes de Mayo para poner la vida a ese mismo nivel. Y por ahí que yo camino, excitado y sonriente, viajero del instante, sin movimiento ni mochila, casi cómplice del inmenso aliento que dan al mundo con sus minúsculas voces de pájaro.
Adoro cuando ese sonido se mezcla lejanamente con el siseo de las sábanas al remolonear, tu olor y tu voz al estrenarse al despertar y estirarte en el silencio de un nuevo día, tu mirada curiosa, tranquila y expectante a la vez, como si te sorprendiera haberte despertado a mi lado.
Adoro el modo en que invaden las mañanas en que hacemos el desayuno desnudos en mi pequeña cocina mientras el mundo comienza a oler a café, para luego, con el ronroneo mañanero en el estómago, salir a engullirlo al sol que cae sobre la azotea -tu vestida con una camisa grande, yo con aquella chirlaba que un colega me trajo de Melilla-.
Fuera, los sonidos del mundo parecen amortiguados por la luz: nuestras voces aún graves de sueño, el tintineo de las cucharitas y el golpe brillante de los vasos al dejarlos sobre aquella horrible bandeja de plata que alguien me había regalado; la tostada desgarrándose entre tus dientes, tus preciosos y terribles dientes de niña que mastica sonriente y bien follada… ese sonido que para mi es cono un himno triunfal. Y todo, todo esto, acompañado por el coro estridente y bendito de las golondrinas, calentadas al sol en el aire aún frío del verano naciente, mientras, abajo, un rumor lejano de cientos de coches y autobuses emerge de lo hondo de las calles, abiertas como fosos entre los tejados de la ciudad.
Adoro cuando ese sonido se mezcla lejanamente con el siseo de las sábanas al remolonear, tu olor y tu voz al estrenarse al despertar y estirarte en el silencio de un nuevo día, tu mirada curiosa, tranquila y expectante a la vez, como si te sorprendiera haberte despertado a mi lado.
Adoro el modo en que invaden las mañanas en que hacemos el desayuno desnudos en mi pequeña cocina mientras el mundo comienza a oler a café, para luego, con el ronroneo mañanero en el estómago, salir a engullirlo al sol que cae sobre la azotea -tu vestida con una camisa grande, yo con aquella chirlaba que un colega me trajo de Melilla-.
Fuera, los sonidos del mundo parecen amortiguados por la luz: nuestras voces aún graves de sueño, el tintineo de las cucharitas y el golpe brillante de los vasos al dejarlos sobre aquella horrible bandeja de plata que alguien me había regalado; la tostada desgarrándose entre tus dientes, tus preciosos y terribles dientes de niña que mastica sonriente y bien follada… ese sonido que para mi es cono un himno triunfal. Y todo, todo esto, acompañado por el coro estridente y bendito de las golondrinas, calentadas al sol en el aire aún frío del verano naciente, mientras, abajo, un rumor lejano de cientos de coches y autobuses emerge de lo hondo de las calles, abiertas como fosos entre los tejados de la ciudad.
lunes, 7 de junio de 2010
Quite emotional
caí en las sombras,
rodé bajo la luz tamizada por la madera y el bambú,
me puse perdida la camisa en la tierra húmeda del jardín,
enormes y suaves hojas de monstera me acariciaron la cara
y alguna abeja zumbó al pasar en mi oído
caí por las escaleras…
y en el agua quieta del manantial sacié por unos minutos…
…mi sed contemporánea de una emoción íntima y verdadera.
lunes, 17 de mayo de 2010
Rajada.
Voy a llamar al fondo de la tierra para decirles que dejen de remover la lava bajo el agua que esta noche iba a manar en vano en la poza que hay cerca del aeropuerto.
Voy a llamar a los micróbios del azufre, para decirles que hoy no dotarán tu piel de esa tersa y fétida suavidad.
Voy a llamar al frío para decirle que puede continuar su marcha, porque hoy no vamos a perdernos entre los vapores que levanta tamizando rincones en la oscuridad.
Voy a correr la voz entre los fantasmas del camino, para avisarles de que hoy no escucharán la curiosa conversación de dos viajeros desconocidos.
Voy a echarme al cálido y generoso sol de esta tarde con un libro y a disfrutar de mi último pitillo como si esta maravillosa tarde de Mayo fuese cualquier otra tarde de Mayo sobre el Mundo.
Voy a llamar a los micróbios del azufre, para decirles que hoy no dotarán tu piel de esa tersa y fétida suavidad.
Voy a llamar al frío para decirle que puede continuar su marcha, porque hoy no vamos a perdernos entre los vapores que levanta tamizando rincones en la oscuridad.
Voy a correr la voz entre los fantasmas del camino, para avisarles de que hoy no escucharán la curiosa conversación de dos viajeros desconocidos.
Voy a echarme al cálido y generoso sol de esta tarde con un libro y a disfrutar de mi último pitillo como si esta maravillosa tarde de Mayo fuese cualquier otra tarde de Mayo sobre el Mundo.
miércoles, 14 de abril de 2010
Miércoles Santo
Siempre quise ver el Cristo de los Gitanos. He oído ver que lo sacan por el Albaycín, con las farolas apagadas y lleno de antorchas. Algo así he oído. Algo así no es para perdérselo un año más.
Al final subí a Granada, pero no pude ver el Cristo de los Gitanos porque iba en verdad acudiendo a la llamada de un montón de amigos que coincidían en la ciudad.
Al princpio me sentí extraño, azotado por una especie de revés de la ubicuidad, un sentimiento de estar preso en lo contrario que me da cuando las cosas coinciden en el tiempo y quedan tan tan cerca en el espacio, que miras a las esquinas como si fuesen a intersecar de un momento a otro.
Pero se me pasó en seguida, porque entonces vino la verdad, vino el presente con el viento en las viejas voces y el aroma rescatada del fondo de una Alhambra de barril.
Aquella fue una de esas noches en las que nos vemos con sed acumulada de no vernos, una de esas noches en que hablamos alto, cantamos con facilidad y nos miramos intensamente a los ojos... Una de esas noches locas de Granada –como me advirtió un amigo al oído en el primer abrazo- en la que una extraña corriente nos arrastra y acabamos en un lugar inesperado.
Y así fué.
Son unos Cristos, mis colegas... Tanto que a veces hasta me dan ganas de sacarlos en procesión.
Al final subí a Granada, pero no pude ver el Cristo de los Gitanos porque iba en verdad acudiendo a la llamada de un montón de amigos que coincidían en la ciudad.
Al princpio me sentí extraño, azotado por una especie de revés de la ubicuidad, un sentimiento de estar preso en lo contrario que me da cuando las cosas coinciden en el tiempo y quedan tan tan cerca en el espacio, que miras a las esquinas como si fuesen a intersecar de un momento a otro.
Pero se me pasó en seguida, porque entonces vino la verdad, vino el presente con el viento en las viejas voces y el aroma rescatada del fondo de una Alhambra de barril.
Aquella fue una de esas noches en las que nos vemos con sed acumulada de no vernos, una de esas noches en que hablamos alto, cantamos con facilidad y nos miramos intensamente a los ojos... Una de esas noches locas de Granada –como me advirtió un amigo al oído en el primer abrazo- en la que una extraña corriente nos arrastra y acabamos en un lugar inesperado.
Y así fué.
Son unos Cristos, mis colegas... Tanto que a veces hasta me dan ganas de sacarlos en procesión.
martes, 23 de marzo de 2010
De Sábado en cuando.
Hay una noche al año en que salgo solo y sin rumbo. Sin alegría ni tristeza travieso la algarabía y entro en un montón de bares de los que en pocos segundos vuelvo a salir. No, no está aquí. Aquí tampoco.
Es una noche en que simplemente tengo energía y no hay nadie, no hay polo hacia el que mis electrones puedan dirigirse alegremente quemándolo todo a su paso. Se quedan todos para mi, con su vibración interrogante y desconcertada. Yo no se qué hacer más que seguir caminando con todo este revuelo en el cuerpo.
A veces me ha pillado en una ciudad en la que había mil recuerdos e imágenes de mi que me esperaban en cada esquina y me acompañaban unos metros... incluso, me acompañaban incluso mis yos futuros, mis potencias, como una brisa misteriosa en un calmo día de bochorno.
Esta noche no ha sido así. He comprendido la soledad del fantasma: El fantasma, cuando está solo, sufre mucho más.
Al final he hecho lo que siempre hago: he vuelto a casa, procurando no hacerlo por el mismo camino -la magia de lo circular- y me he puesto a descargar mi energía sobre este teclado escribiendo. La otra opción era la música, pero en el fondo me gusta este silencio en el que el sonido del teclado es como una nana a través del desierto interior.
Buenas noches, mundo.
Es una noche en que simplemente tengo energía y no hay nadie, no hay polo hacia el que mis electrones puedan dirigirse alegremente quemándolo todo a su paso. Se quedan todos para mi, con su vibración interrogante y desconcertada. Yo no se qué hacer más que seguir caminando con todo este revuelo en el cuerpo.
A veces me ha pillado en una ciudad en la que había mil recuerdos e imágenes de mi que me esperaban en cada esquina y me acompañaban unos metros... incluso, me acompañaban incluso mis yos futuros, mis potencias, como una brisa misteriosa en un calmo día de bochorno.
Esta noche no ha sido así. He comprendido la soledad del fantasma: El fantasma, cuando está solo, sufre mucho más.
Al final he hecho lo que siempre hago: he vuelto a casa, procurando no hacerlo por el mismo camino -la magia de lo circular- y me he puesto a descargar mi energía sobre este teclado escribiendo. La otra opción era la música, pero en el fondo me gusta este silencio en el que el sonido del teclado es como una nana a través del desierto interior.
Buenas noches, mundo.
lunes, 28 de diciembre de 2009
Golfo cumple 6 años
Por estas fechas, hace 6 años, abrí este blog. 6 años ya dista la noche en que rellené la ficha de blogger en secreto, refugiado por el parentesis de unos minutos de todo el follón de la navidad y me embarqué en una aventura que ha influido mucho, en verdad decisivamente, en mi vida. Ni me imaginaba entonces que artilugio me traería tantas experiencias, tantas aventuras, amigos -temporales y algunos quizá peremnes, de esos de los que solo uno sería ya un tesoro-, y hasta el amor –ahí es nada-… cosas sin las que hoy no sería quien soy sino otra persona, otro yo que jamás estuvo bajo el pseudónimo de Golfo y que hoy caminaría inconsciente bajo este mismo día, cenaría con mi misma familia, brindaría con mi misma copa y comería en mi mismo plato… ja, pobre diablo.
martes, 27 de octubre de 2009
Fechoría
Estábamos aún a unos centímetros de la frontera, del lado en que puedes sentir las catedrales del mundo oscilando suavemente con el viento.
Pedirnos disculpas hubiera sido confirmar nuestros temores.
Así que nos quedamos abrazados y esperamos a que la noche nos trajera de nuevo al lado de la frontera que hace tiempo habíamos decidido habitar.
Pedirnos disculpas hubiera sido confirmar nuestros temores.
Así que nos quedamos abrazados y esperamos a que la noche nos trajera de nuevo al lado de la frontera que hace tiempo habíamos decidido habitar.
jueves, 30 de julio de 2009
Adios Casa.
Escribo sentado en el suelo del estudio. El ordenador descansa sobre la última jarapa. La mudanza está casi terminada. El verano invade la habitación liberada y se arremolina alegremente en el hueco que yo dejo para las historias que vengan. Desordena los cientos de momentos que dan forma a estos dos años, momentos hermosos, horribles y, entretanto, momentos de paz o simple indiferencia… los menos, la verdad.
Desde que a falta de muebles habito más el suelo, veo la casa desde una perspectiva nueva. Desde la altura de un niño pequeño -entre colonias de objetos en retirada- me veo a mi mismo... y, mal que me bien, me reconozco.
EL sábado cerraré con las mismas palabras con las que cierro cada mañana al salir, pensando en cuando regrese, ya al otro lado del día. Me gusta recrear en mi cabeza su voz que me contesta desde su garganta de habitaciones y armarios. Es una voz profunda y femenina, que llega a mi rebotada por la pared del pasillo junto al resplandor que por alguna ventana tre el sol de levante.
Me despido acostado en una gran hamaca que flota sobre el suelo del estudio, tendida entre una nueva nostalgia y una nueva ilusión.
Desde que a falta de muebles habito más el suelo, veo la casa desde una perspectiva nueva. Desde la altura de un niño pequeño -entre colonias de objetos en retirada- me veo a mi mismo... y, mal que me bien, me reconozco.
EL sábado cerraré con las mismas palabras con las que cierro cada mañana al salir, pensando en cuando regrese, ya al otro lado del día. Me gusta recrear en mi cabeza su voz que me contesta desde su garganta de habitaciones y armarios. Es una voz profunda y femenina, que llega a mi rebotada por la pared del pasillo junto al resplandor que por alguna ventana tre el sol de levante.
Me despido acostado en una gran hamaca que flota sobre el suelo del estudio, tendida entre una nueva nostalgia y una nueva ilusión.
domingo, 5 de julio de 2009
Hay veces en las que, de pronto, desde el sitio en que estas, allá donde mires, la visión encaja en no sé qué puzzle invisible y verdadero. Y, con cada arista y cada tono de color, como una de esas películas que hay que ver por segunda vez, el mundo parece un mensaje en clave recién descifrado.
Estoy en Torremolinos. Al principio de este lugar donde nunca antes estuve porque nada se me había perdido.
A mi derecha veo la orilla extenderse hasta qué se yo donde, las cañas de pesca asomándas al infinito, las luces de colores de los chiringuitos y los puntos dorados y perfectamente ordenados en las fachadas de los enormes hoteles pasados de moda.
Yo me encuentro a salvo sentado en la arena fría.
A la izquierda, la oscuridad sobre la playa de levante y sus tumbonas vacías, las luces de los bloques de Sacaba Beach, perdidos y felices entre la ciudad y la periferia, y, más allá, el resto de la bahía encendida y silenciosa solo como un caldo justo antes de hervir… En alguna parte entre ellas, el Pantalán de la Cross se camufla en la oscuridad marina, bendecido por una soledad sin nombre que me produce tanto miedo como ganas de explorarlo.
Frente a mi, a pocos metros, el Mediterráneos entero con sus minúsculas olas les susurra algo a mis zapatos llenos de polvo y arena.
No se tiene que perder nada para ir a un lugar. Los lugares existen. Para mi es importante no olvidarme de ello.
Hay veces que el paisaje te envuelve, cerrando definitivamente a tu alrededor esa cosa que llamamos realidad que te entrega como un abrigo en una mañana muy fría. Entonces puedes leer claramente el tramo del mensaje del mundo que empieza a escribirse en el horizonte y acaba en tu propia piel.
Te sientes terriblemente vivo en el silencio cotidiano de la verdad.
Me llamo #…, tendré 31 años en pocas horas y reconozco este instante como parte de la vida que me ha tocado vivir del mismo modo en que un astronauta clava su bandera sobre la luna.
Estoy en Torremolinos. Al principio de este lugar donde nunca antes estuve porque nada se me había perdido.
A mi derecha veo la orilla extenderse hasta qué se yo donde, las cañas de pesca asomándas al infinito, las luces de colores de los chiringuitos y los puntos dorados y perfectamente ordenados en las fachadas de los enormes hoteles pasados de moda.
Yo me encuentro a salvo sentado en la arena fría.
A la izquierda, la oscuridad sobre la playa de levante y sus tumbonas vacías, las luces de los bloques de Sacaba Beach, perdidos y felices entre la ciudad y la periferia, y, más allá, el resto de la bahía encendida y silenciosa solo como un caldo justo antes de hervir… En alguna parte entre ellas, el Pantalán de la Cross se camufla en la oscuridad marina, bendecido por una soledad sin nombre que me produce tanto miedo como ganas de explorarlo.
Frente a mi, a pocos metros, el Mediterráneos entero con sus minúsculas olas les susurra algo a mis zapatos llenos de polvo y arena.
No se tiene que perder nada para ir a un lugar. Los lugares existen. Para mi es importante no olvidarme de ello.
Hay veces que el paisaje te envuelve, cerrando definitivamente a tu alrededor esa cosa que llamamos realidad que te entrega como un abrigo en una mañana muy fría. Entonces puedes leer claramente el tramo del mensaje del mundo que empieza a escribirse en el horizonte y acaba en tu propia piel.
Te sientes terriblemente vivo en el silencio cotidiano de la verdad.
Me llamo #…, tendré 31 años en pocas horas y reconozco este instante como parte de la vida que me ha tocado vivir del mismo modo en que un astronauta clava su bandera sobre la luna.
domingo, 21 de junio de 2009
Esas almas anónimas averiadas
"El infierno hay que cruzarlo solo.
Si llevas a un guía, tendrás de pagarle, y tarde o temprano se te acabarán las monedas -tu infierno se hará basto para que así sea-.
Si llevas a un amigo que te acompañe, lo atravesareis, sin duda, y hasta se hará llevadero el viaje…
Pero entonces el infierno tendrá que repetirse más adelante.
Y así lo hará una y otra vez hasta que lo cruces solo.
Completamente solo."
Pensaba en esto mientras corría, en la noche, entre semáforos y chiringuitos, entre el sonido de los coches rezagados del día, salpicado por el tintineo de los mojitos, y el rumor de las olas del mar tamizado por el fuego de las sardinas.
Si llevas a un guía, tendrás de pagarle, y tarde o temprano se te acabarán las monedas -tu infierno se hará basto para que así sea-.
Si llevas a un amigo que te acompañe, lo atravesareis, sin duda, y hasta se hará llevadero el viaje…
Pero entonces el infierno tendrá que repetirse más adelante.
Y así lo hará una y otra vez hasta que lo cruces solo.
Completamente solo."
Pensaba en esto mientras corría, en la noche, entre semáforos y chiringuitos, entre el sonido de los coches rezagados del día, salpicado por el tintineo de los mojitos, y el rumor de las olas del mar tamizado por el fuego de las sardinas.
lunes, 8 de junio de 2009
Encontrado en algún soporte con memoria
Me vuelven las palabras a la mente mientras subo la cuesta. Ha sido un día magnífico: He escrito, he hecho collages para algún regalo, he comido con buenos amigos en el campo que apenas empieza donde acaba esta ciudad sin periferia… desde nuestro minúsculo prado colgado de una ladera, se veía en frente el sacromonte, y abajo la catedral, la ciudad atardeciendo, enmarcada por la Alhambra y el Albaicin… ahí es nada. Ensaladas varias, quesos de la última vez, patatas, chapata respirar el campo abierto a solo 200 metros del mundo… de lujo. También he tenido un accidente increíble con mi lavadora, en el que un rollo de papel higiénico que debió hace una semana dentro del bombo ha sido desintegrado y se ha extendido en un curiosos estampado de virutas blancas por todas mis camisetas y mi ropa interior. Del rollo no ha quedado nada, excepto un flácido pedazo de cartón. Son cosas que me ocurren a veces, cosas ridículas, engorrosas e inesperadas… pero son las cosas que me ocurren a mi, y en el fondo, me hacen sentir especial.
Subo hacia casa cansado ya, con el corazón tranquilo en comparación con la energía que me dan las mañanas y con la que iba a embarcarme a escribir cuando recibí tu email… y ahora que llego satisfecho y jadeante, me vuelven las palabras a la mente.
Vayamos a Londres… y me doy cuenta de que las he escuchado como quien escucha el estribillo de una canción, como si no me estuviesen diciendo vayamos a Londres sino esas cosas que se dicen a veces cuando no se puede decir de otro modo, una metáfora, qué se yo. Una idea sencilla y abstracta como un grito de guerra. Una frase ahí puesta, y firmada por ti. Y así voy y me posiciono y casi puerilmente me lanzo, te vapuleo, te suelto la mía, continuo con esta divertida manía de llevarnos la contraria y filosofar juntos, sea a duo o por rounds, que sigue siendo un gran placer. Ahora llego a casa y me doy cuenta de que quizá ya no somos aquellos dos enanos que no se podían tomar en serio más que en clave de sueños, en su mundo poético lleno de entresijos y laberintos que cuesta su tiempo construir pero que ahí quedan. Paso frente a mi balcón y de pronto me pregunto si era efectivamente el estribillo de tu canción, una imagen que te retrata, un estado de ánimo… o simplemente una carta que llega diciendo que nos vayamos a Londres, donde al parecer, todavía te empeñas en mantener secuestradas tus esperanzas de que todo es posible.
Subo hacia casa cansado ya, con el corazón tranquilo en comparación con la energía que me dan las mañanas y con la que iba a embarcarme a escribir cuando recibí tu email… y ahora que llego satisfecho y jadeante, me vuelven las palabras a la mente.
Vayamos a Londres… y me doy cuenta de que las he escuchado como quien escucha el estribillo de una canción, como si no me estuviesen diciendo vayamos a Londres sino esas cosas que se dicen a veces cuando no se puede decir de otro modo, una metáfora, qué se yo. Una idea sencilla y abstracta como un grito de guerra. Una frase ahí puesta, y firmada por ti. Y así voy y me posiciono y casi puerilmente me lanzo, te vapuleo, te suelto la mía, continuo con esta divertida manía de llevarnos la contraria y filosofar juntos, sea a duo o por rounds, que sigue siendo un gran placer. Ahora llego a casa y me doy cuenta de que quizá ya no somos aquellos dos enanos que no se podían tomar en serio más que en clave de sueños, en su mundo poético lleno de entresijos y laberintos que cuesta su tiempo construir pero que ahí quedan. Paso frente a mi balcón y de pronto me pregunto si era efectivamente el estribillo de tu canción, una imagen que te retrata, un estado de ánimo… o simplemente una carta que llega diciendo que nos vayamos a Londres, donde al parecer, todavía te empeñas en mantener secuestradas tus esperanzas de que todo es posible.
martes, 19 de mayo de 2009
domingo, 19 de abril de 2009
Prospecciones
A veces uno descubre cosas dentro de si mismo. Iba yo en mi coche hurgándome con el dedo en la nariz (no pongais esa cara que todos lo haceis), cuando de pronto pasé un enorme bache.
Si, así fué, justo como lo estais imaginando.
...Entonces fué cuando, con el dedo metido hasta los nudillos pude sentir cómo con la punta estaba tocando una idea. Me sorprendió su tacto frío, blando y suave, como del de una medusa vestida de terciopelo.
Por supuesto solo fue un segundo: asustado, me saqué el dedo lo más rápido que pude y me miré al espejo para comprobar que no me había deformado la cara.
Estaba perfecta. Vaya cagueta.
...Casi me arrepentí de haberlo sacado tan pronto y de no acariciar un momento más aquella idea que acababa de descubrir por accidente y en la que me quedé pensando el resto de la noche. Me sentía afortunado. Me veía habitando el mundo con esta idea en la cabeza, entre la gente, comprando el pan, trabajando, saltando en un concierto, cenando por ahí... Pensé que quizá eso era -y por fin podía comprender- lo que sienten algunos al llevar una gran joya bajo la camisa. Mientras trataba de memorizar el recuerdo físico de aquel tacto, no dejaba de hacerme preguntas: cuando la pensaría -si es que iba a pensar la alguna vez-, si se desvanecería cuando lo hiciese o si permanecería ahí dentro; y, sobre todo, qué traería consigo: si sería una catedral o un pequeño juego de construcción, si sería un dibujo, un cuento o uno de estos post... si podría, en suma, alimentar el fuego de muchos días o solo sería una pequeña chispa que hiciese a alguien sonreir.
Si, así fué, justo como lo estais imaginando.
...Entonces fué cuando, con el dedo metido hasta los nudillos pude sentir cómo con la punta estaba tocando una idea. Me sorprendió su tacto frío, blando y suave, como del de una medusa vestida de terciopelo.
Por supuesto solo fue un segundo: asustado, me saqué el dedo lo más rápido que pude y me miré al espejo para comprobar que no me había deformado la cara.
Estaba perfecta. Vaya cagueta.
...Casi me arrepentí de haberlo sacado tan pronto y de no acariciar un momento más aquella idea que acababa de descubrir por accidente y en la que me quedé pensando el resto de la noche. Me sentía afortunado. Me veía habitando el mundo con esta idea en la cabeza, entre la gente, comprando el pan, trabajando, saltando en un concierto, cenando por ahí... Pensé que quizá eso era -y por fin podía comprender- lo que sienten algunos al llevar una gran joya bajo la camisa. Mientras trataba de memorizar el recuerdo físico de aquel tacto, no dejaba de hacerme preguntas: cuando la pensaría -si es que iba a pensar la alguna vez-, si se desvanecería cuando lo hiciese o si permanecería ahí dentro; y, sobre todo, qué traería consigo: si sería una catedral o un pequeño juego de construcción, si sería un dibujo, un cuento o uno de estos post... si podría, en suma, alimentar el fuego de muchos días o solo sería una pequeña chispa que hiciese a alguien sonreir.
jueves, 9 de abril de 2009
¡Eh, espera!
No se donde está el comentario que has dejado. Haloscan no tiene punto de retroceso. No se si estás aún allí y si habrá mas pistas, o si has terminado… Rastreo y rastreo, de un post a otro. “United kingdom”, “Europe”, “United kindom”, “Europe”... ¿Puede ser ser que dos personas distintas se estén leyendo el mismo blog entero y en el mismo instante?... Sigo el rastro como una cuerda larga temo que se deshilache de un post a otro.
...Toco el primer post de todo el blog como el fondo de una piscina. Miro hacia atrás y solo veo mis burbujas ascendiendo a través del silencio eléctrico y al fondo la superficie ondulante del último post: mi escritorio, mi silla vacía, mi ventana, el cielo sobre los árboles, el jardín del mundo deformando ahí fuera.
Nunca pensé que volvería a pasar. No se si he llegado tarde, pero sea en este justo momento, o sea el día en que vuelvas por aquí, recibe mi más cálido saludo.
...Toco el primer post de todo el blog como el fondo de una piscina. Miro hacia atrás y solo veo mis burbujas ascendiendo a través del silencio eléctrico y al fondo la superficie ondulante del último post: mi escritorio, mi silla vacía, mi ventana, el cielo sobre los árboles, el jardín del mundo deformando ahí fuera.
Nunca pensé que volvería a pasar. No se si he llegado tarde, pero sea en este justo momento, o sea el día en que vuelvas por aquí, recibe mi más cálido saludo.
sábado, 28 de marzo de 2009
Karmafónicas (I)
Tengo varios amigos que han trabajado de teleoperador.
Uno tenía que contestar al teléfono, del plus, creo. Un día de pedí que me dijera lo que tenía que contestar al coger el teléfono, que lo reprodujera tal y como lo hacía, como si yo fuera un cliente que acabara de llamar. Cuando terminó su magnífica frase, que parecía dicha por una reproducción audio preinstalada en su laringe, le pregunté por qué todos los operadores ponían esa misma voz al contestar. “Cuando tengas que repetir la misma frase 300 veces en un solo día ya me dices tu si no se te pone esta misma voz de gilipollas”, me dijo con su voz normal, la suya propia, cálida, grave en general y salpicada de pequeños gallos producidos por el enorme entusiasmo que tiene mi amigo por la vida.
Tengo otro que lo tenía peor: tenía que llamar él y ofrecer flamantes tarjetas de crédito. Me contaba lo triste que era cuando uno cogía el teléfono para decirle que no y él tenía que insistir un par de veces y despedirse amablemente por cuatrigésima vez en el día. A veces le colgaban directamente cuando empiezan a hablar, otras al él mismo le daba lástima escuchar al pobre incauto deshaciéndose en disculpas por no comprar un producto que él mismo no compraría ni harto de vino.
Un día le contaba a mi amigo la venganza surrealista que me tomé con una chica que me había partido el corazón. La chica venía a recoger sus cosas y yo no quería verme en una situación tópicamente dramática y dolorosa, así que me entretuve un poco y, cuando llegó, se encontró que tenía que buscarlas por los tejados de las casas del barrio, trepando y corriendo de un alero al otro y llamándome joputa mientras yo, acostumbrado más que ella a correr entre las tejas, la perseguía acribillándola con un par de enormes pistolas de agua. Creo que es una de las formas más hermosas que he tenido en mi vida de darle esquinazo a la tristeza.
A una escala menor, a mi amigo, el de las tarjetas de crédito, eso le recordó algo, un consejo, una propuesta: me dijo que la próxima vez que recibiese una de esas tristes llamadas en las que no tienes nada que decir ni nada que aceptar, antes que colgar como uno más de la lista mecánica de los números del mundo, hiciese alguna gilipollez, algo divertido, algo inesperado y luminoso…. Pues no te puedes imaginar, me dijo, lo que puede significar ese instante en medio de la oscura, monótona y alienante jornada laboral de un teleoperador, confinado quizá en el sótano de algún parque tecnológico.
Mi amigo es un cristo.
Uno tenía que contestar al teléfono, del plus, creo. Un día de pedí que me dijera lo que tenía que contestar al coger el teléfono, que lo reprodujera tal y como lo hacía, como si yo fuera un cliente que acabara de llamar. Cuando terminó su magnífica frase, que parecía dicha por una reproducción audio preinstalada en su laringe, le pregunté por qué todos los operadores ponían esa misma voz al contestar. “Cuando tengas que repetir la misma frase 300 veces en un solo día ya me dices tu si no se te pone esta misma voz de gilipollas”, me dijo con su voz normal, la suya propia, cálida, grave en general y salpicada de pequeños gallos producidos por el enorme entusiasmo que tiene mi amigo por la vida.
Tengo otro que lo tenía peor: tenía que llamar él y ofrecer flamantes tarjetas de crédito. Me contaba lo triste que era cuando uno cogía el teléfono para decirle que no y él tenía que insistir un par de veces y despedirse amablemente por cuatrigésima vez en el día. A veces le colgaban directamente cuando empiezan a hablar, otras al él mismo le daba lástima escuchar al pobre incauto deshaciéndose en disculpas por no comprar un producto que él mismo no compraría ni harto de vino.
Un día le contaba a mi amigo la venganza surrealista que me tomé con una chica que me había partido el corazón. La chica venía a recoger sus cosas y yo no quería verme en una situación tópicamente dramática y dolorosa, así que me entretuve un poco y, cuando llegó, se encontró que tenía que buscarlas por los tejados de las casas del barrio, trepando y corriendo de un alero al otro y llamándome joputa mientras yo, acostumbrado más que ella a correr entre las tejas, la perseguía acribillándola con un par de enormes pistolas de agua. Creo que es una de las formas más hermosas que he tenido en mi vida de darle esquinazo a la tristeza.
A una escala menor, a mi amigo, el de las tarjetas de crédito, eso le recordó algo, un consejo, una propuesta: me dijo que la próxima vez que recibiese una de esas tristes llamadas en las que no tienes nada que decir ni nada que aceptar, antes que colgar como uno más de la lista mecánica de los números del mundo, hiciese alguna gilipollez, algo divertido, algo inesperado y luminoso…. Pues no te puedes imaginar, me dijo, lo que puede significar ese instante en medio de la oscura, monótona y alienante jornada laboral de un teleoperador, confinado quizá en el sótano de algún parque tecnológico.
Mi amigo es un cristo.
sábado, 14 de marzo de 2009
Cancha
Estoy leyendo echado bajo un árbol del jardín del club de paddle, uno de esos clubes sociales moribundos, a los que apenas les queda más que el paddle para sobrevivir. Aquí he visto mil bodas, algunos bautizos, incluso mi propia comunión -cuyo recuerdo más profundo y amado es el Spectrum que pude comprarme con las 20.000 pelillas que alguien me regaló. Puede que la comunión no me acercara a Cristo, pero si a esa máquina, bendita y transitoria, de la que algunos de los que me leéis habéis oído hablar.-
Curiosamente, hoy he llegado hasta aquí. El por qué no es interesante. Los del trabajo han organizado un campeonato de paddle y unos cuantos, que no íbamos a jugar, hemos venido a ver porque parecía divertido. para descubrir que en verdad no lo es, y hasta el punto no lo es que los he dejado ahí y me venido a echarme bajo este árbol a leer. Pero estar aquí es cuanto menos una sensación curiosa.
Hace sol y cuando miro por encima de las tapias de este jardín que insiste sobre sus ruinas en ser un lugar feliz, me gusta la luz que cae sobre las casas del monte: chalets de un barrio residencial de esos que odio, pero que bajo esta luz solo parecen el soporte de una tarde límpida, los granos de la pantalla donde se proyecta la luz de este instante de espacio perfecto.
Por encima de mi libro, aparecen dos niños. Están vestidos de futbol y se acompañan con una pelota a pequeñas patadas. No se deciden en donde jugar. No hay cancha, ni siquiera hay espacio. Pero eso da igual. Esta pequeña cancha de 5 metros entre mi árbol y el bode de una piscina de agua verde. Cuando eres pequeño siempre hay sitio. Yo he visto jugar a mis amigos vestidos de futbol en las canchas más imposibles. Bastaban 2 anoraks para acotar la portería y que yo me fuera a jugar a otra parte o me subiese a casa, mortalmente aburrido. Pero el recuerdo es siempre más dulce y casi me dan ganas de darles mi propia camisa para hacer un poste.
En un momento dado, uno de los niños da un pequeño salto hacia atrás, colocándose detrás de la pelota, y mientras lo hace estira los brazos hacia arriba y hace un ruido con la boca: un ruido perfecto y emocionante de cuerpo que se eleva en el aire dando una voltereta para atrás mientras el público lo aclama... Cae justo detrás de la pelota que tenía atrás, flexionando un poco las piernas y mirando al infinito.
Entonces calla de golpe y se yergue.
El estadio enmudece cuando me mira un instante.
Lo he visto y lo sabe.
El estadio, cuyas voces salían todas del fondo de su garganta, se desvanece definitivamente en el aire del club y sus piscinas vacías. Se avergüenza, y no tanto de haber usado la imaginación, sino de que yo le haya visto. Su no-voltereta: magnífica, de las mejores que no volveré a ver en mi vida, prendida de pronto por el enemigo, expuesta probablemente a ser sometida a sus reglas de adulto. Las mismas, por cierto, que producen película en que los árboles andan y los países que necesitan idiomas y fronteras.
Le entiendo, a mi también me pasaba, de hecho, me pasa aún... Y no se qué haría si alguien me viese haciendo mis volteretas. No se qué harían si alguno de los que están allí viendo el paddle me pillara tocando mi fender jazzmaster de aire y cantando a gritos surrados para un público enardecido, desplegándome y replegándome sobre mi mismo convertido en un transformer o cualquier otro magnífico organismo cybernético -movimientos que acompaño con un montón de ruidos con la boca- o embistiendo a mi intimidad, bien cogida por la cintura, mientras le come el coño a una amiga sentada sobre la encimera... en esos 3 infinitos y valiosos minutos de imaginación liberada frente al espejo del baño de la oficina.
Mi cancha si que es pequeña.
Curiosamente, hoy he llegado hasta aquí. El por qué no es interesante. Los del trabajo han organizado un campeonato de paddle y unos cuantos, que no íbamos a jugar, hemos venido a ver porque parecía divertido. para descubrir que en verdad no lo es, y hasta el punto no lo es que los he dejado ahí y me venido a echarme bajo este árbol a leer. Pero estar aquí es cuanto menos una sensación curiosa.
Hace sol y cuando miro por encima de las tapias de este jardín que insiste sobre sus ruinas en ser un lugar feliz, me gusta la luz que cae sobre las casas del monte: chalets de un barrio residencial de esos que odio, pero que bajo esta luz solo parecen el soporte de una tarde límpida, los granos de la pantalla donde se proyecta la luz de este instante de espacio perfecto.
Por encima de mi libro, aparecen dos niños. Están vestidos de futbol y se acompañan con una pelota a pequeñas patadas. No se deciden en donde jugar. No hay cancha, ni siquiera hay espacio. Pero eso da igual. Esta pequeña cancha de 5 metros entre mi árbol y el bode de una piscina de agua verde. Cuando eres pequeño siempre hay sitio. Yo he visto jugar a mis amigos vestidos de futbol en las canchas más imposibles. Bastaban 2 anoraks para acotar la portería y que yo me fuera a jugar a otra parte o me subiese a casa, mortalmente aburrido. Pero el recuerdo es siempre más dulce y casi me dan ganas de darles mi propia camisa para hacer un poste.
En un momento dado, uno de los niños da un pequeño salto hacia atrás, colocándose detrás de la pelota, y mientras lo hace estira los brazos hacia arriba y hace un ruido con la boca: un ruido perfecto y emocionante de cuerpo que se eleva en el aire dando una voltereta para atrás mientras el público lo aclama... Cae justo detrás de la pelota que tenía atrás, flexionando un poco las piernas y mirando al infinito.
Entonces calla de golpe y se yergue.
El estadio enmudece cuando me mira un instante.
Lo he visto y lo sabe.
El estadio, cuyas voces salían todas del fondo de su garganta, se desvanece definitivamente en el aire del club y sus piscinas vacías. Se avergüenza, y no tanto de haber usado la imaginación, sino de que yo le haya visto. Su no-voltereta: magnífica, de las mejores que no volveré a ver en mi vida, prendida de pronto por el enemigo, expuesta probablemente a ser sometida a sus reglas de adulto. Las mismas, por cierto, que producen película en que los árboles andan y los países que necesitan idiomas y fronteras.
Le entiendo, a mi también me pasaba, de hecho, me pasa aún... Y no se qué haría si alguien me viese haciendo mis volteretas. No se qué harían si alguno de los que están allí viendo el paddle me pillara tocando mi fender jazzmaster de aire y cantando a gritos surrados para un público enardecido, desplegándome y replegándome sobre mi mismo convertido en un transformer o cualquier otro magnífico organismo cybernético -movimientos que acompaño con un montón de ruidos con la boca- o embistiendo a mi intimidad, bien cogida por la cintura, mientras le come el coño a una amiga sentada sobre la encimera... en esos 3 infinitos y valiosos minutos de imaginación liberada frente al espejo del baño de la oficina.
Mi cancha si que es pequeña.
viernes, 13 de marzo de 2009
Una vez que me rendí
A veces, aporreando la guitarra, en medio de mi swing destartalado, me ocurre algo curioso:
Se me cae la pua dentro del instrumento. Así, de pronto, desaparece de mis manos que tropiezan con las cuerdas enredadas en un bramidus imterruptus... Y solo cuando cesa el ruido de la canción y la escucho caer en algún lugar de la caja me doy cuenta de lo que está pasando.
Normalmente acabo la canción sin ella. Ya se sabe. The show must go on.
Luego le doy la vuelta a la guitarra y comienzo a agitar en todas direcciones, según escuche que va hacia un lado o hacia el otro con su tintineo sordo de plástico. Sal de ahí, saaaaaaal. Procuro acercarla al agujero pero no es fácil. A veces cae. Siempre acaba por caer.
Hoy se me ha vuelto a escurrir la pua dentro de la guitarra. Y, harto de escucharla ir de un lado a otro agitando el instrumento como una gran maraca, he decidido ir a buscarla yo mismo, aflojando mucho las cuerdas y metiendo la mano dentro.
Hoy en algún rincón de la madera sin barnizar, no encontré una pua… sino dos. Tendríais que ver mi cara.
De la otra sabe ya dios cuando me olvidé.
Flop.
Se me cae la pua dentro del instrumento. Así, de pronto, desaparece de mis manos que tropiezan con las cuerdas enredadas en un bramidus imterruptus... Y solo cuando cesa el ruido de la canción y la escucho caer en algún lugar de la caja me doy cuenta de lo que está pasando.
Me cago en...
Normalmente acabo la canción sin ella. Ya se sabe. The show must go on.
Luego le doy la vuelta a la guitarra y comienzo a agitar en todas direcciones, según escuche que va hacia un lado o hacia el otro con su tintineo sordo de plástico. Sal de ahí, saaaaaaal. Procuro acercarla al agujero pero no es fácil. A veces cae. Siempre acaba por caer.
Hoy se me ha vuelto a escurrir la pua dentro de la guitarra. Y, harto de escucharla ir de un lado a otro agitando el instrumento como una gran maraca, he decidido ir a buscarla yo mismo, aflojando mucho las cuerdas y metiendo la mano dentro.
Hoy en algún rincón de la madera sin barnizar, no encontré una pua… sino dos. Tendríais que ver mi cara.
De la otra sabe ya dios cuando me olvidé.
lunes, 12 de enero de 2009
Para un diccionario secreto...
Hipotenusa: Esa palabra que de pronto se levanta del papel enseñando las garritas bajo tu nariz, exacta como un filamento, desafiante como un antiguo animal marino.
lunes, 5 de enero de 2009
Björk se habría corrido
Un poco cansado de todo esto me volví y caminé hacia el borde del dique como un perro que decide olisquear por otro lado. Mi primer instinto fue el de mirar si se veía el fondo. El agua estaba de un verde cristalino y las rocas de la pared, cubiertas de algas, se perdían hacia el fondo como las colinas de algún oscuro y frondoso planeta. Al fondo, brillaba su luna entre el polvo suspendido. Una lata probablemente, aún sin oxidar, no haría mucho que estaba allí: un objeto joven, pensé, un recién llegado al mundo misterioso de los fondos de los diques y los ríos de todas las ciudades del mundo y de todo lo que se han tragado.
Fuera del agua hipnótica y helada, en algún punto, detrás de mí, ella miraba distraída a su alrededor, dando vueltas sin mover los pies, cruzando y descruzando las piernas con las manos en los bolsillos y el pensamiento ligero de una modelo de catálogo de otoño.
Unos patos, un ciento quizá, aleteaban en el agua. Flapflapflapflap. Los aplausos arrugaron lejanamente el silencio, amortiguados por la humedad del mediodía. Desde el borde del dique hice una reverencia a una platea inexistente para hacerla reír. Lo conseguí. Sin volverme, saboreé el sonido de su risa, su música femenina en medio de aquel instante sin eco.
Al fondo, algunos barcos viejos atracados, de esos que uno no sabe cuando salieron por última vez, si aún salen ni si aún saldrán, recordaban dulcemente que aquel lugar renovado y reluciente no era ajeno al tiempo y a las historias, en contraste con los nuevos edificios que solo hablaban de lo potencial, vacíos aún como los bornes de un enchufe de sus pisos sin estrenar. En aquel paisaje, los viejos barcos, los aparejos y las exclusas, eran una isla de continuidad verdadera, un recuerdo de lo anterior más allá de lo estético.
Los patos echaron a volar, rodearon el dique, formaron poco a poco esa V tan curiosa que los guía en las migraciones y que al pasar se reflejó en el agua. Entonces fue cuando me di cuenta: a la derecha, el agua del dique se movía inquieta bajo el cielo encapotado, mientras que a la izquierda, el agua estaba lisa y brillante. Un extraño y suavísimo oleaje concéntrico interrumpía aquí y allá la superficie del espejo con un burbujeo sin aire, como si alguien impulsara el agua desde dentro contra un cielo que pesara treinta veces más.
Esto hay que probarlo, me dije buscando una piedra por el suelo, pensando en cargarme aquella quietud con el placer del que se arroja uno sobre la nieve virgen, casi dispuesto si hacía falta a tirarme yo mismo y a conquistar con mis olas la quietud de la piscina. Encontré la piedra y la lancé con todas mis fuerzas al centro del dique. Imaginé círculos concéntricos, cada vez más enormes y lentos…
El agua crujió con un sonido de bocado sin eco y un agujero sin ola alguna se tragó la piedra con una enorme frialdad. Tras de sí, la pierda dejó una estela de burbujas que formaron manchas azuladas de aire que al subir quedó aprisionado bajo el hielo.
El crujido magnífico de lo que parecía líquido.
La piedra tragada lentamente por la oscuridad.
El cráter anegado.
Y luego aquella imagen invertida: el aire aguantando el empuje del agua contra el cristal, hecho bolitas como el mercurio que soporta la atmósfera sobre la palma de la mano.
Una segunda pedrada abrió otro agujero. El aire se abrió camino bajo la superficie como un animal que sigue un rastro invisible, supongo que guiado por pendientes sutiles… en el camino se dividió dos veces: dos manchas que quedaron estancadas y las otras dos que siguieron hacia los agujeros, donde finalmente desaparecieron, menguando violentamente con un alegre burbujeo.
Después de esto solo quedó aquel mismo y misterioso oleaje concéntrico que no era más, ahora lo sabía, que el agua rebosando suavemente sobre la superficie del hielo que la aprisiona.
Se me ocurrió entonces lanzar un buen puñado de chinos como una lluvia sobre el dique helado. Aquello iba a ser una fiesta, un follón, miles de agujeros y de manchas de aire corriendo de aquí a allá… el aquelarre de los estados de la materia transparente.
Por simple que parezca, a veces no es fácil encontrar una piedra, puta manía de las ciudades de pavimentarlo todo. Busqué grava acumulada en alguna grieta, al borde del asfalto, donde fuera, caminé unos metros, no me di por vencido, tenía una enorme ilusión…
Cuando las piedrecitas cayeron no hubo ningún agujero. En vez de esto las vi rebotar en el hielo, bailando nerviosas contra sus nerviosos reflejos, y aquel campanilleo sonó en el silencio del día como si millones de minúsculos seres desenvainaran al mismo tiempo sus espadas diminutas.
“Dios…” Me volví hacia ella antes de que aquel acorde se apagara y se lo fuera a perder. Me miraba a través de la cámara. Sus párpados, sus ojos concentrados sobre la pantallita. “Bjork se habría corrido”, le dije. Y supuse mi imagen enlatada en LCD de dos pulgadas y media, idéntica a un instante ya lejano, como a un pececillo en la pecera de la memoria, al que ella sonreía envuelta en su bufanda, asintiendo, a solo unos metros de mi.
miércoles, 31 de diciembre de 2008
Nochevieja. Jovendía.
Siento que este año va a partir como un témpano de hielo que se desprende del continente. No ha sido un año fácil. Ha tenido muy buenas pero también muy malas experiencias. Dicen que el dolor te envejece, yo a veces pienso que te rejuvenece: te devuelve a esa sensación original de estar vivir un mundo enorme e incomprensible, te recuerda que no eres menos frágil que cuando eras niño. Te estampa en la cara tu ingenuidad y tu torpeza. Es un año ante el que no sé qué decir. Simplemente puedo contemplarlo, en silencio, alejándose en el mar helado del tiempo para derretirse, por fin, bajo el sol de una nueva primavera.
Feliz Año 2009. No olviden abrocharse los cinturones. El viaje, siempre, acaba de empezar.
Feliz Año 2009. No olviden abrocharse los cinturones. El viaje, siempre, acaba de empezar.
jueves, 25 de diciembre de 2008
lunes, 22 de diciembre de 2008
Claro que puede venir, Alex, o Calabaza Express. (Mi primer microrelato)
Le extreché la mano a Alex y me presenté con mi mejor sonrisa:
Hola. Yo soy el gilipollas que ha invitado a tu profesora de inglés a ver Bambi en su casa para ver si podía meterle mano.
Hola. Yo soy el gilipollas que ha invitado a tu profesora de inglés a ver Bambi en su casa para ver si podía meterle mano.
sábado, 13 de diciembre de 2008
Hace una luna redonda y preciosa como una moneda de plata en el fondo del estanque. Y yo estoy tan solo, y no sé si me arrepiento de lo de ayer, pero… Lo cierto es que no sé muy bien en qué parte de la vida, del mundo, del espacio-tiempo, estoy. Mi ecuación está borrosa. Quizá entró agua en la botella que contiene el mensaje. Jodidas marejadas.
Hoy se ve la luna redonda y preciosa, magnífica como una moneda en el fondo del mar, no muy lejos de la orilla, en una noche de agosto en que me bañaría desnudo y me sentiría vivo, salvado por ese bálsamo inmenso que es el mar, mi hermano mayor, siempre tan callado e infinitamente comprensivo.
Hoy se ve la luna redonda y preciosa, magnífica como una moneda en el fondo del mar, no muy lejos de la orilla, en una noche de agosto en que me bañaría desnudo y me sentiría vivo, salvado por ese bálsamo inmenso que es el mar, mi hermano mayor, siempre tan callado e infinitamente comprensivo.
miércoles, 10 de diciembre de 2008
Gatos
Paso cada mañana junto a un largo espigón sobre el que la cuidad se asoma. En algún punto concreto, a 25 metros de los Baños del Carmen y unos 50 del viejo tranvía, vive una colonia de gatos. La gente se para a mirarlos (cualquiera, parece inevitable). Algunos incluso les dan de comer. Supongo que esto es lo que ancla a los bichos a este lugar. Yo simplemente los miro al pasar en mi bicicleta, sin bajar el ritmo, pues voy con el tiempo pegado al culo, me cruzo con sus miradas de gato romano. A veces, por unos segundos disfruto el juego de los gatos más pequeños (inocente y perfecta torpeza sobre rocas picudas entre las que oscuros precipicios se abren al mar)... Como los barrenderos o la gente que abre las cafeterías, este es otro pequeño acontecimiento en el paisaje por el que mi bicicleta me lleva. Paso de largo. A partir de aquí 8 minutos, calculo. Otra vez llego tarde.
Hoy también pasé por allí. A cada pedaleada me arrepentía de haber cogido la bicicleta: el fuerte viento en contra, el aire frío y húmedo calándome hasta el tuétano y algo de llovizna de temporal, una nube de polvo líquido que vuela cambiando cada segundo de dirección, a veces incluso hacia arriba. Son esos días en que parece que alguien estuviese intentando sintonizar el mundo y no llegara a conseguirlo. Las olas rompían magníficamente y sin ningún tipo de orden ni ritmo, caían y volvían sobre las anteriores. A veces se encontraban en el mar con tal fuerza que se levantan intentando arrebatarse algo invisible en el cielo. Era uno de esos días en que se ve el agua saltar más alto que la calle y en algunos puntos la acera está encharcada. Si, también uno de esos.
Pasé cuando volvía, a esa hora en que cualquiera está pensando en llegar a casa, arrearse una cena caliente, bajo el brasero o la mantita, darse una cálida ducha y refugiarse por fin bajo los edredones de donde nadie debería haber salido. Y allí estaban. A través de la nieve los vi.Yo los recuerdo como a través de una ventisca. Aunque no nevara. Cada uno en su roca, echados sobre sus patas y la cabeza erguida como una esfinge, pequeños movimientos ligeros de quien resiste los envites del viento, pero que ellos ignoraban como guardias de algún reino invisible y riguroso, aún lado, a otro… cabezas en vayvén con las cabezas de la gente que va en el autobús. El pelo corto de gato romano revuelto como el pelo largo de un horrible video latino.
Los ojos entre cerrados -pares de agujas verdes siluetas recortadas en el paisaje gris velado- se abren cuando toco el timbre para pedir paso. Este es el único indicio de su sorpresa en medio del la modorra de atardecer, de esa espera sin causa, de la resignación o pensamiento interior o lo que sea que corra por las mentes de estos bichos mientras tanto, la paz del mundo y el tiempo, de todo el universo concentrado en ese rincón inexistente mas expuesto a todo, el pasotismo más descarnado, la vacación total, el ocio más profundo, el estoicismo felino, la ecuanimidad en presente, por encima de todos los inviernos y todos los veranos, el nirvana.
Hoy también pasé por allí. A cada pedaleada me arrepentía de haber cogido la bicicleta: el fuerte viento en contra, el aire frío y húmedo calándome hasta el tuétano y algo de llovizna de temporal, una nube de polvo líquido que vuela cambiando cada segundo de dirección, a veces incluso hacia arriba. Son esos días en que parece que alguien estuviese intentando sintonizar el mundo y no llegara a conseguirlo. Las olas rompían magníficamente y sin ningún tipo de orden ni ritmo, caían y volvían sobre las anteriores. A veces se encontraban en el mar con tal fuerza que se levantan intentando arrebatarse algo invisible en el cielo. Era uno de esos días en que se ve el agua saltar más alto que la calle y en algunos puntos la acera está encharcada. Si, también uno de esos.
Pasé cuando volvía, a esa hora en que cualquiera está pensando en llegar a casa, arrearse una cena caliente, bajo el brasero o la mantita, darse una cálida ducha y refugiarse por fin bajo los edredones de donde nadie debería haber salido. Y allí estaban. A través de la nieve los vi.Yo los recuerdo como a través de una ventisca. Aunque no nevara. Cada uno en su roca, echados sobre sus patas y la cabeza erguida como una esfinge, pequeños movimientos ligeros de quien resiste los envites del viento, pero que ellos ignoraban como guardias de algún reino invisible y riguroso, aún lado, a otro… cabezas en vayvén con las cabezas de la gente que va en el autobús. El pelo corto de gato romano revuelto como el pelo largo de un horrible video latino.
Los ojos entre cerrados -pares de agujas verdes siluetas recortadas en el paisaje gris velado- se abren cuando toco el timbre para pedir paso. Este es el único indicio de su sorpresa en medio del la modorra de atardecer, de esa espera sin causa, de la resignación o pensamiento interior o lo que sea que corra por las mentes de estos bichos mientras tanto, la paz del mundo y el tiempo, de todo el universo concentrado en ese rincón inexistente mas expuesto a todo, el pasotismo más descarnado, la vacación total, el ocio más profundo, el estoicismo felino, la ecuanimidad en presente, por encima de todos los inviernos y todos los veranos, el nirvana.
miércoles, 3 de diciembre de 2008
Hasta la vista señor Utzon.
Y gracias por todo, maestro. Solo lamento poder ya ver llegar el día en que me echaras de tu casa trabuco en mano para llenarme el culo de perdigones (así es como yo lo imagino cómico y legendario, no te ofendas). Habría sido como el día en que tomamos a hurtadillas la pequeña casa experimental de Muratsalo y atravesando agazapados los bosques descubrimos el Nemo Propheta In Patria oculto en su dique; o los días que pasamos vagando por el monasterio la Tourette armado con una llave maestra y acabamos fumando trocolines en el confesionario porque en el resto del edificio hacía un frío espantoso… Mientras, se hacía de noche y la capilla se iba quedando a oscuras, las troneras de colores iban muriendo y la iglesia volvía a ser una iglesia más, indistinta en la noche del mundo. Son esas cosas las que hacen de un edificio algo más que una obra singular: una anécdota, un trozo de vida. Quizá lo que valga la pena sea esa distorsión al acercarse a ellos, sea por un obstáculo o por una ventaja inesperada, pero que le obliga a uno a tomar un posición propia, a actuar.
Mi ilusión era que me largaras de esa casa cuya ubicación permanece en secreto “por petición del autor”. Ni siquiera me habrías echado tu mismo, lo se, pero a mi me gusta imaginarte, compañero, bien cabreado y con esos huevazos de quien puede llegar apartarse de su obra más grande y proteger recelossamente el más pequeño tesoro.
Ah, y gracias por el dibujo. Lo voy a poner en mi tabla de surf, el día en que pueda costearme una nueva y pueda ponerle un dibujo.
Un abrazo al más allá.
Mi ilusión era que me largaras de esa casa cuya ubicación permanece en secreto “por petición del autor”. Ni siquiera me habrías echado tu mismo, lo se, pero a mi me gusta imaginarte, compañero, bien cabreado y con esos huevazos de quien puede llegar apartarse de su obra más grande y proteger recelossamente el más pequeño tesoro.
Ah, y gracias por el dibujo. Lo voy a poner en mi tabla de surf, el día en que pueda costearme una nueva y pueda ponerle un dibujo.
Un abrazo al más allá.
viernes, 28 de noviembre de 2008
Al principio éramos simples mensajes en botellas. Cosecha de tal o cual año. Mensajes que leíamos ávidamente, disfrutando de lo que contaban pero también inquietos por lo que traían detrás, en alguna parte. Aquello fue el germen de una curiosidad creciente. Poco a poco, comenzamos a leer rastreando a la vez, perfilando a través de las palabras… para hacernos una idea del otro, tratando de hacerlo más y más real. Nos costó ir desdibujando los dibujos para encontrar a los dibujantes.
Con el tiempo fuimos ciertos, los mensajes perdieron su sentido, las claves ya no alcanzaban algo tan magnífico como la realidad, por dura o feliz que fuese. Pero ahí estaban como los buenos vinos y las puestas de sol en nuestra bahía. Nosotros fuimos al fin dos personas cuyas vidas que comienzan a engarzarse y escalar por la rugosidad del mundo. Un equipo, que es cuando llega un punto en que no hacen falta las palabras.
Al final el tiempo nos ha seguido desnudando, de personajes a personas y de personas a un par de almas sedientas de continuar su propio viaje.
La echaré de menos.
Nos encontraremos, supongo, en alguna fuente del camino.
Con el tiempo fuimos ciertos, los mensajes perdieron su sentido, las claves ya no alcanzaban algo tan magnífico como la realidad, por dura o feliz que fuese. Pero ahí estaban como los buenos vinos y las puestas de sol en nuestra bahía. Nosotros fuimos al fin dos personas cuyas vidas que comienzan a engarzarse y escalar por la rugosidad del mundo. Un equipo, que es cuando llega un punto en que no hacen falta las palabras.
Al final el tiempo nos ha seguido desnudando, de personajes a personas y de personas a un par de almas sedientas de continuar su propio viaje.
La echaré de menos.
Nos encontraremos, supongo, en alguna fuente del camino.
lunes, 8 de septiembre de 2008
La talla de la ilusión
Por mi cumpleaños me regalé un medidor digital. Es un aparato cuadrado, del tamaño de una cámara de fotos, que tiene un laser y una pantalla. Cuando disparas el laser la pantalla dice que distancia hay desde el aparato hasta el punto en el que el laser rebota. También puede hacer algunos cálculos con medidas, de modo que con dos tiros te mide una superficie, y con tres, el volumen de una habitación. El artefacto incluso aplica Pitágoras, y con dos medidas te saca la distancia entre dos puntos separados por un obstáculo (por ejemplo una cornisa, un puesto de chucherías o esa bruja que te echa maldiciones si no le das una moneda y que cualquiera intenta soltarle eso de buenos días señora, ¿podría dejarme sitio? Estoy trabajando). Es tan increíble, que cuando meto las manos en el bolsillo para sacarlo, me siento como un verdadero Doraemon de la vida: me dan ganas de levantarlo y gritar su nombre asombrando al personal en medio de la obra. Medidor digital laser.
También recibí un paquete, unos días antes de mi cumpleaños, con una inscripción: No abrir hasta el dia 2 de Julio. Aquello estaba claro… pero no había ninguna nota que dijese que no podía medirlo ni hacerme una idea de lo que había en su interior. Lo vapuleé un poco para ver cómo sonaba, pero temí que algo se rompiera.
A primera vista, era poco más grande que una caja de zapatos. Sin embargo, cuando ibas a medirlo, el aparato decía que la distancia superaba su rango, que es de 50 metros. Dos piscinas de natación 25 metros -me dije para mi mismo-, la virgen, esto es imposible. Suelo medir en piscinas de natación para hacerme una idea de la distancias, porque es una medida que conozco físicamente, es decir, desde la experiencia, desde que en el colegio tuve que convivir con una. No, no se haga nadie ilusiones: apenas la usé, y cuando lo hice tragué mucha agua, agua caliente y llena de cloro, que parecía densa y plastosa. Odiaba esas clases. Nunca he nadado bien… Aún así, el monitor me propuso una vez que ingresara en el equipo, por mi percha (inigualable) y mi delgadez (elegantísima, sin duda). Yo, que estaba acomplejadísimo, me puse contentísimo, y me imaginé luciendo unas bellas espaldas como las de mis compañeros del equipo (por cierto, todos rubios y con el pelo rizado al poco de ingresar en el equipo), pero la verdad es que también me acordé de cuando en primero de básica regresaba a mi casa lleno de agua, macizo y pesado como un tentetieso y no conseguía comer. No, gracias. Rechacé la oferta y me fui de aquel despacho con mi mejor sonrisa.
Volviendo sobre el paquete. No. No podía medir tanto. Probé el aparato con mi propia habitación. Correcto. Probé con el pasillo más el fondo del cuarto de baño, 7 +2.30, perfecto. Qué aparato tan mágico, oye. Repetí la operación con la caja. Nada. Error. Fuera de rango. Así que decidí hacerlo a la antigua.
Palmo a palmo intenté recorrer sus aristas… 1, 2, 3, 4, 5… joder, mi mano parecía no avanzar, estiraba cuidadosamente los dedos sobre el cartón, no parecía ni acercarse a la otra esquina, cualquiera que fuese y por más vueltas que le di.
Fui a buscar mi cinta métrica (25 metros, una piscina: a pasos, unos 30, a nado, un suplicio y una carrera perdida mientras mi amigo Manolo se tira por un extremo y sale por el otro como un delfín -rubio y con el pelo rizado, por supuesto-). Estiro la cinta. Estiro, estiro, el carrete gira que te gira… Y tac, se acaba la cinta.
¿Pero qué cojones está pasando?. Mientras doy vueltas por la habitación pensando una respuesta por poco me caigo al suelo enredado en la madeja de cinta. El paquete sigue en el suelo, vuelto hacia su interior, ausente, casi burlón.
Pasé la tarde del uno de Julio sometiendo al paquete a todo tipo de sistemas de medida. Incluso le hice fotos al lado de mi vara de medir fachadas, antecesora del medidor digital laser. El aparato, consiste en una simple vara de 2.5 metros, pintada de blanco o rojo cada medio metro, que aguantas cual Quijote delante de una fachada mientras te hacen una foto a cierta distancia y... Flop, ya está: ya tienes una escala gráfica en la foto sobre la que apoyarte para medir… Si, tiene algunas carencias: necesita un buen aporte de sentido común, ojímetro y un colega. Pero si los tienes, funciona bastante bien. Nada. Cuando intentaba sacar las proporciones sobre la imagen algo fallaba y los cálculos se disparaban.
Mmmm. Quizá sea lo que hay dentro esperando. Por un momento temí que hubiese un gran objeto muy comprimido ahí dentro, y me fuera a deslegar en la cara a abrirlo. Pero no: sus regalos son regalos pequeños, sencillos y cargados de significados, pequeños guiños, algunas señales de humo, metáfora y complicidad, simples y felices pruebas de que me conoce y sabe encajar la pieza de la ilusión de mi puzle sin final (Que en mi es un hueco pequeño y profundo, la escala doméstica de un acontecimiento feliz).
No tenía ni idea de qué podía contener el puto paquete, pero una cosa me ha quedó clara: ya sabía lo primero que iba a hacer el día de mi cumpleaños. Pensé que iba a subirlo a la azotea, por lo que fuera a pasar, pero al final preferí abrirlo directamente en el salón, aunque no sea grande y tenga cosas delicadas… Vaya, que siendo franco y dada la situación, a mí se me hacía mucho más divertido.
También recibí un paquete, unos días antes de mi cumpleaños, con una inscripción: No abrir hasta el dia 2 de Julio. Aquello estaba claro… pero no había ninguna nota que dijese que no podía medirlo ni hacerme una idea de lo que había en su interior. Lo vapuleé un poco para ver cómo sonaba, pero temí que algo se rompiera.
A primera vista, era poco más grande que una caja de zapatos. Sin embargo, cuando ibas a medirlo, el aparato decía que la distancia superaba su rango, que es de 50 metros. Dos piscinas de natación 25 metros -me dije para mi mismo-, la virgen, esto es imposible. Suelo medir en piscinas de natación para hacerme una idea de la distancias, porque es una medida que conozco físicamente, es decir, desde la experiencia, desde que en el colegio tuve que convivir con una. No, no se haga nadie ilusiones: apenas la usé, y cuando lo hice tragué mucha agua, agua caliente y llena de cloro, que parecía densa y plastosa. Odiaba esas clases. Nunca he nadado bien… Aún así, el monitor me propuso una vez que ingresara en el equipo, por mi percha (inigualable) y mi delgadez (elegantísima, sin duda). Yo, que estaba acomplejadísimo, me puse contentísimo, y me imaginé luciendo unas bellas espaldas como las de mis compañeros del equipo (por cierto, todos rubios y con el pelo rizado al poco de ingresar en el equipo), pero la verdad es que también me acordé de cuando en primero de básica regresaba a mi casa lleno de agua, macizo y pesado como un tentetieso y no conseguía comer. No, gracias. Rechacé la oferta y me fui de aquel despacho con mi mejor sonrisa.
Volviendo sobre el paquete. No. No podía medir tanto. Probé el aparato con mi propia habitación. Correcto. Probé con el pasillo más el fondo del cuarto de baño, 7 +2.30, perfecto. Qué aparato tan mágico, oye. Repetí la operación con la caja. Nada. Error. Fuera de rango. Así que decidí hacerlo a la antigua.
Palmo a palmo intenté recorrer sus aristas… 1, 2, 3, 4, 5… joder, mi mano parecía no avanzar, estiraba cuidadosamente los dedos sobre el cartón, no parecía ni acercarse a la otra esquina, cualquiera que fuese y por más vueltas que le di.
Fui a buscar mi cinta métrica (25 metros, una piscina: a pasos, unos 30, a nado, un suplicio y una carrera perdida mientras mi amigo Manolo se tira por un extremo y sale por el otro como un delfín -rubio y con el pelo rizado, por supuesto-). Estiro la cinta. Estiro, estiro, el carrete gira que te gira… Y tac, se acaba la cinta.
¿Pero qué cojones está pasando?. Mientras doy vueltas por la habitación pensando una respuesta por poco me caigo al suelo enredado en la madeja de cinta. El paquete sigue en el suelo, vuelto hacia su interior, ausente, casi burlón.
Pasé la tarde del uno de Julio sometiendo al paquete a todo tipo de sistemas de medida. Incluso le hice fotos al lado de mi vara de medir fachadas, antecesora del medidor digital laser. El aparato, consiste en una simple vara de 2.5 metros, pintada de blanco o rojo cada medio metro, que aguantas cual Quijote delante de una fachada mientras te hacen una foto a cierta distancia y... Flop, ya está: ya tienes una escala gráfica en la foto sobre la que apoyarte para medir… Si, tiene algunas carencias: necesita un buen aporte de sentido común, ojímetro y un colega. Pero si los tienes, funciona bastante bien. Nada. Cuando intentaba sacar las proporciones sobre la imagen algo fallaba y los cálculos se disparaban.
Mmmm. Quizá sea lo que hay dentro esperando. Por un momento temí que hubiese un gran objeto muy comprimido ahí dentro, y me fuera a deslegar en la cara a abrirlo. Pero no: sus regalos son regalos pequeños, sencillos y cargados de significados, pequeños guiños, algunas señales de humo, metáfora y complicidad, simples y felices pruebas de que me conoce y sabe encajar la pieza de la ilusión de mi puzle sin final (Que en mi es un hueco pequeño y profundo, la escala doméstica de un acontecimiento feliz).
No tenía ni idea de qué podía contener el puto paquete, pero una cosa me ha quedó clara: ya sabía lo primero que iba a hacer el día de mi cumpleaños. Pensé que iba a subirlo a la azotea, por lo que fuera a pasar, pero al final preferí abrirlo directamente en el salón, aunque no sea grande y tenga cosas delicadas… Vaya, que siendo franco y dada la situación, a mí se me hacía mucho más divertido.
jueves, 19 de junio de 2008
Esa tragedia surfera del recuerdo.
Trataba de hundir mi tabla para pasar por debajo de un muro de espuma blanca. Al emerger de nuevo al viento de levante y al sol, pensé que olvidarme de ti un instante sería como remar contra las olas del mar.
Entonces ya se levantaba la siguiente sobre mi, la pared comenzaba a formarse, potente y refrescante, como una invitación verdeazulada. Saboreando la magia del mar que ya no encuentra más agua que lo detenga, me dí la vuelta y me eché a remar como loco. Su velocidad tomó por fin el relevo de mi propio peso en el agua... y partimos...
En estos momentos se suspende todo: desde el viento de levante y el sol, a toda esa interminable cadena de pensamientos sobre la vida, esas conversaciones conmigo mismo que se hilan en mi cabeza cada vez que hago deporte. Todo.
...Luego vuelvo a ser yo, yo y mis circunstancias, bañándonos en el Palmar.
Entonces ya se levantaba la siguiente sobre mi, la pared comenzaba a formarse, potente y refrescante, como una invitación verdeazulada. Saboreando la magia del mar que ya no encuentra más agua que lo detenga, me dí la vuelta y me eché a remar como loco. Su velocidad tomó por fin el relevo de mi propio peso en el agua... y partimos...
En estos momentos se suspende todo: desde el viento de levante y el sol, a toda esa interminable cadena de pensamientos sobre la vida, esas conversaciones conmigo mismo que se hilan en mi cabeza cada vez que hago deporte. Todo.
...Luego vuelvo a ser yo, yo y mis circunstancias, bañándonos en el Palmar.
sábado, 14 de junio de 2008
Jesus si existe
Tu al menos tienes los cojones de desaparecer.
Gracias por la lección: saber liar fantásticos y sencillos pitotes con esa maestría.
...por algunas lecciones de dibujo...
Tu y yo sabemos que no nos hemos leído siempre. Tus reseñas de eventos culturales me marean un poco.
Pero uno siempre vuelve, como el gato, a los lugares que consideran su casa, o donde simplemente les dan alimento... Empezando por esos dibujillos.
Y gracias por cierto por uno de ellos, que cuelga en estos momentos mal que bien en mi cuarto , donde la mudanza se ha estancado en el barro del habitar feliz una casa. Otra casa.
Ay, qué vicio.
Uno más, qué gusto da la vida.
A que si.
Un abrazo, señor B.
Gracias por la lección: saber liar fantásticos y sencillos pitotes con esa maestría.
...por algunas lecciones de dibujo...
Tu y yo sabemos que no nos hemos leído siempre. Tus reseñas de eventos culturales me marean un poco.
Pero uno siempre vuelve, como el gato, a los lugares que consideran su casa, o donde simplemente les dan alimento... Empezando por esos dibujillos.
Y gracias por cierto por uno de ellos, que cuelga en estos momentos mal que bien en mi cuarto , donde la mudanza se ha estancado en el barro del habitar feliz una casa. Otra casa.
Ay, qué vicio.
Uno más, qué gusto da la vida.
A que si.
Un abrazo, señor B.
martes, 29 de abril de 2008
Feliz Lunes
Me despierta un ruido de coches en crescendo, mucho antes de que el despertador suene. Primero son unos pocos, fugaces, shiuuuuhhh….
Shiuuuuuhhh.
Cuando empiezan a coger un tímido ritmo me despierto; el cielo está azul oscuro, la calle dorada por los últimos rayos de las farolas. Bebo agua, tengo una erección. La acaricio un momento, la agarro. La saludo. Es tan agradable tener la polla tiesa y dura. Me recorren escalofríos. Los coches siguen pasando en el silencio. Me doy la vuelta, aparto las almohadas y me echo todo lo largo que soy en la diagonal del colchón, dispuesto a disfrutar del metro treinta de la cama los 40 minutazos que quedan. Lo hago así, teatralmente, dejo caer mi cabeza desde los 20 centímetros que la separan del colchón. Más abajo, aprieto mi erección contra él. La aplaco a la fuerza. Esa resistencia es una sensación muy agradable. Es sexual y no lo es. Es algo más, más primitivo, placer sin expresividad. Es como un círculo en el que el sexo pasa secante.
A partir de aquí no duermo exactamente, dormito, tengo algún sueño ligero pero algo dentro de mi sigue el ritmo de los coches esperando a que el despertador suene. Cuando ha pasado a ser un zumbido continuo aderezado de claxons empiezo a pensármelo hasta que por fin me decido.
Casi nunca llega a sonar el despertador.
Me pongo en pie de un salto. Agarro el reloj (al otro lado de la habitación, me obligo a levantarme). Quedan 5 minutos. 10 minutos. 1 minuto. Depende del día, pero siempre queda poco. Relojes biológicos. Rutinas inofensivas. Este es todo el daño que pueden hacerme.
Suspiro, pero no puedo asimilar esa tristeza de las mañanas, de los lunes sobre todo, de las que tanto se queja todo el mundo. Estoy algo cansado, tengo algo de sueño, pero estoy feliz. Simplemente y sin saber muy bien por qué. Quizá sea solo que me gusta el pasillo, me gusta la cocina, los cacharros, el café, la sensación de mis pies dentro de las zapatillas… me gusta Malasaña y me gustas tú, que en alguna parte de otra cuidad te levantas también y sigues tus propios rituales (pienso en la escala de tus cosas, la escalas que van desde la de tus bragas a la gran calle donde coges el autobús).
Dejo que esta certeza me acompañe de la cocina al baño, al calentador, que me proteja del viento para encender una cerilla y acercarla al gas.
Desayuno delante de un telediario, hablando solo, interrumpiéndome a mí mismo con recordatorios del día y pensamientos en alto. En el fondo deseo que fuese sábado y me prometo una vez más que el sábado me levantaré a la misma hora para ser igual de feliz. Cosa que no cumpliré.
Hay un momento que no me gusta. Es cuando tengo que elegir la ropa… normalmente la tengo elegida desde la noche antes, cosa que no me libra de alguna duda o incluso un cambio de planes. Exploración con los cajones, conversación breve con mi imagen en el espejo. Dudas, un par de qué se jodan y la convicción de que en este país los hombres vestimos aburrido.
Lo siguiente es no olvidar nada. Mientras me abrocho el cinturón corro por la casa. Llaves, cartera, tabaco, esos papeles que repletos de notas que guardo en el bolsillo…. Pero siempre olvido algo, siempre vuelvo a entrar en la casa. No falla. Es salir y algo aparece por fin en mi cabeza, para obligarme a volver a entrar. Temo que se convierta en un tic. Me pregunto si no valdría ponerle dos puertas a la casa. ¿Lo aceptará este duende cabrón? Si, lo confieso, lo de mi despiste me tiene algo traumatizado.
Llega el momento de elegir el medio de transporte. Me acerco a la ventana. Los coches se agolpan en una torpe procesión.
Avanzan unos metros: uno se despista: queda un vacío : l o s o t r os lo empujan. Como en una cola de escolares, pero infinitamente más aparatosa, torpe, tediosa.
A veces tengo la impresión de que las ciudades del mundo forman un mismo ser los lunes por la mañana. Una misma materia dinámica, congestionada y humeante, viscosidad de chatarra y preocupaciones. La humanidad vuelve a su alienación por un río podrido de asfalto. Yo miro la luz caer y el mar de fondo sobre este espectáculo, y pienso cómo seguiría habiendo esta luz y este mar si nosotros no existiésemos, bañando la paz en el silencio. Siento esta luz sobre la chapa de los coches como un resto vivo de esa paz, una prueba omnipotente de que podría existir, de que somos nosotros los que hemos interpuesto nuestra fealdad en su trayectoria hacia la tierra.
Creo que hoy iré en bus. Antes de salir hay que coger un par de libros. Hoy llegaré a trabajar después de una buena sesión de” lectura en espacios públicos.“ Esta mañana el bus, al final de la tarde quizá sea la terraza de un café. Lo que hay en medio es el día completo, mi bendita rutina. Que empieza cuando llego al estudio y saludo a todo el mundo, tan alegremente como si mañana mismo nos fuesen a dar las vacaciones (y más de uno pensará que parezco gilipollas, pero que se joda: es más amargo su pensamiento, de ese sabor no le va a salvar ser más listo y cínico que yo). Y acaba cuando me despido, hasta mañana… y si queda alguien, casi ni contesta. Salimos al mundo hermoso de la tarde mediterránea como si llegáramos muy tarde a una fiesta. Pero es temprano ahora para reflexiones sobre el horario de trabajo.
Salgo de la casa. En el sexto escalón me acuerdo de algo. Vuelvo a entrar a cogerlo, entro y salgo. Salgo como cada día.
Me agrada brutalmente el fresco recibimiento que te hace el mundo al salir al exterior. No. No es lo mismo que salir a una terraza, en una terraza está todavía el aliento de la casa. Al salir a la calle, es el aire fresco sin remisión, la luz y el arropo del paisaje, nuestra cuarta piel. Vestido completamente con el mundo, emprendo mi día, como una rata feliz entre la maleza.
domingo, 20 de abril de 2008
My stranger in the night.
Vuelvo a casa, tarde en la noche, como un sábado más… un casi domingo más. Hoy no vengo de los mismos antros, ni de la misma música.
En el coche el vaho empieza a curarse. Tus palabras escritas de advertencia desaparecen para acechar tras el vaho y aparecerseles a otras posibles amantes. El paraguas vuelve a ser un monoplaza, un simple instrumento y no una dulce excusa para apretarte contra mi.
Por el camino desde el aparcamiento las gotas de lluvia parecen ir disolviéndo toda esta historia. Y el chasqueo de los zapatos, en esta tierra de sequía, no colabora menos: es un ritmo alegre que me mece y vela lo demás. Cuando llego a la puerta del portal parezco ya muy lejos del momento en que te dejé, apenas diez minutos antes.
-Casi nada.
-Solo miles de años luz.
-Cuando me di la vuelta y crucé a oscuras el jardín por donde ya nunca paso, una vida anterior me observaba desde la penumbra. Al ladrón, parecían decir. Yo me alejaba. Aquí no ha pasado nada, mi amor. Que nos echen un galgo. Ya somos inalcanzables. Les daremos la vuelta a los bolsillos y reiremos con las manos en alto-
La lluvia arreciando sobre el parabrisas, una ambulancia al pasar como una oveja perdida, esta curva que ayer no parecía tan cerrada… minúsculas historias hacen el resto. La calle desierta hacia el portal.
Pero al entrar en casa, el viernes me habla aún. Un corillo de objetos murmura, canta bajito (¿y no es Sinatra?, esos cabrones), sábanas revueltas, mantas arrojadas, copas sucias de las que sube el olor a champán avinagrado al calor de una larga mañana, tazones de metal, algún grano de chocapic que cruje bajo mi suela húmeda, una fuente, profunda y vacía, con dos tenedores en su interior.
Un cansancio dulce me dice no recojas ahora, mañana ya fregaras... y lo harás silbando.
El lunes te preguntan siempre qué hiciste el fin de semana. Si yo les contara, tardaría tanto que antes de acabar un simple un resumen ya estarían intentando callarme de la envidia y la vergüenza… cortándome con cualquier comentario, desviando ese sentimiento de culpa que le da a uno en presencia de la libertad y del mundo del que Ikea, el pack de vacaciones, imagenio y esos enormes televisores comprados a plazos parecían protegernos a todos... Un mundo que ayer empecé oliendo tus hombros, sobre unos cojines.
Vuelvo a casa, tarde en la noche, como un sábado más…
martes, 1 de abril de 2008
Binta y yo
He vuelto de Senegal y he traído conmigo una tendinitis que me tiene la mano derecha impedida para escribir bien. Es igual: la verdad es que a la experiencia de Senegal le quedan cortas por ahora las palabras. Así que mientras digiero, maduro, todo este revuelo interior (una desconocida brisa de verano), creo que mejor echo mano de este precioso corto de Javier Fesser, llamado "Binta y la gran idea". Porque probablemente puede hablaros mucho mejor que yo de este país contradictorio y hechizante.
Una nota importante: todo lo que vais a ver y sentir, desde el polvo en la calle a las palabras, de los colores (de la ropa a las chapas de coches sin edad) al tiempo mismo (el narrativo, el de la luz y el de los relojes insidiosos, el ritmo de vida)… es cierto. Sucede allí, pasados Marruecos y Mauritania, abrazando Gambia con una sabana y miles de baobabs. No tan lejos de aquí.
(Gracias, Javier, eres un hacha)
Una nota importante: todo lo que vais a ver y sentir, desde el polvo en la calle a las palabras, de los colores (de la ropa a las chapas de coches sin edad) al tiempo mismo (el narrativo, el de la luz y el de los relojes insidiosos, el ritmo de vida)… es cierto. Sucede allí, pasados Marruecos y Mauritania, abrazando Gambia con una sabana y miles de baobabs. No tan lejos de aquí.
(Gracias, Javier, eres un hacha)
viernes, 28 de marzo de 2008
Media patata
Mañana voy a la boda de Elena y será un día de fiesta.
Que sepas que iré la mitad de guapo, la mitad de elegante, la mitad de listo, la mitad de brillante, la mitad de encantador y, por supuesto, la mitad de porno de lo que iría si hubieses sido mi acompañante.
Pero no se puede tener todo.
Y está bien así.
Que sepas que iré la mitad de guapo, la mitad de elegante, la mitad de listo, la mitad de brillante, la mitad de encantador y, por supuesto, la mitad de porno de lo que iría si hubieses sido mi acompañante.
Pero no se puede tener todo.
Y está bien así.
martes, 1 de enero de 2008
Primeros pensamientos fluídos de 2008
Estrenar una azotea no es solo subir a tender la ropa. Hay que darle, además, un uso añadido, algo gratuito, no contemplado pero para lo que la azotea sirve de estupendo soporte. Es triste que una azotea quede como mero plano construido que impide que llueva sobre el último piso, sobre el que emerger las chimeneas, colocar las antenas, algunas instalaciones y los tendederos… No, no es suficiente, una azotea puede ser un Lugar además de un objeto.
Hoy uno de Enero he hecho lo que más he querido hacer desde que empezaron las vacaciones (las navidades es lo que tienen, no te dejan tranquilo entre familia, regalos, gente a la que ver…): he subido a leer a la azotea. No es una azotea como la de antes, no está en el barrio encantador, ni tiene una ciudad entera a sus pies, no forma parte de un ejército de tejados y azoteas privilegiadas a las que suben sus vecinos a contemplar el mundo desde arriba.
Es una azotea normal, bastante extensa, a 9 metros sobre el suelo y no creo que más de 20 sobre el nivel del mar, en un edificio bajo y feo, rodeado por casi todas partes de otros mayores y el resto de casas que sobreviven entre las arboledas de la calle. Está delante de una carretera nacional ruidosa y ancha… Tiene un murete alto, de modo que si quieres ver algo que no sean los edificios de alrededor tienes que estar de pié.
Pero tiene eso que tienen las azoteas y que se me hace irresistible, un trozo de espacio urbano encima y no al pie de los edificios, a cielo abierto y afortunadamente despreciado por sus vecinos en general. Algo de rebelde. Un escondite a la luz del día. ¿De qué?... No lo sé, pero todos hemos hecho escondites de pequeños sin saber de qué nos escondíamos. Yo creo que me escondo del vacío que me produce en el estómago una azotea abandonada a las antenas, las chimeneas y los depósitos de agua.
Los días uno de enero se me atragantan de esa solemnidad estúpida y preciosa que le damos a las cosas. Son días en que se ve todavía el año que se ha ido, algo lejos, llegando al horizonte antes de desaparecer para siempre… Y así visto de lejos empieza a verse en conjunto. Y me impresiona un poco.
El 1 de enero del 2008 es extraño, porque el 2007 lo fue…
Fue un año en que me fue bien y me ocurrieron cosas preciosas, vi la vida avanzar, luché y gané, también perdí bien y tampoco estuvo mal.
Pero en 2007 fue también un año en el que sucedieron cosas que no tenían por qué pasar y han pasado. Ahora se va y ahí nos las deja... y uno ve un año en que en teoría le fue bien y piensa: Joder.
Y en verdad no sabe qué más pensar.
Lugares como la azotea me hacen sentir vivo, fuerte y pequeño, me ayudan a relativizar la inquietud que me producen estos pensamientos.
Feliz 2008 a todos. No esperéis al 2009 para subir, no se lo dejéis todo a las antenas, las chimeneas, ni a los depósitos de agua abandonados. Luego además uno baja y hasta va y postea…
No es mal comienzo.
Hoy uno de Enero he hecho lo que más he querido hacer desde que empezaron las vacaciones (las navidades es lo que tienen, no te dejan tranquilo entre familia, regalos, gente a la que ver…): he subido a leer a la azotea. No es una azotea como la de antes, no está en el barrio encantador, ni tiene una ciudad entera a sus pies, no forma parte de un ejército de tejados y azoteas privilegiadas a las que suben sus vecinos a contemplar el mundo desde arriba.
Es una azotea normal, bastante extensa, a 9 metros sobre el suelo y no creo que más de 20 sobre el nivel del mar, en un edificio bajo y feo, rodeado por casi todas partes de otros mayores y el resto de casas que sobreviven entre las arboledas de la calle. Está delante de una carretera nacional ruidosa y ancha… Tiene un murete alto, de modo que si quieres ver algo que no sean los edificios de alrededor tienes que estar de pié.
Pero tiene eso que tienen las azoteas y que se me hace irresistible, un trozo de espacio urbano encima y no al pie de los edificios, a cielo abierto y afortunadamente despreciado por sus vecinos en general. Algo de rebelde. Un escondite a la luz del día. ¿De qué?... No lo sé, pero todos hemos hecho escondites de pequeños sin saber de qué nos escondíamos. Yo creo que me escondo del vacío que me produce en el estómago una azotea abandonada a las antenas, las chimeneas y los depósitos de agua.
Los días uno de enero se me atragantan de esa solemnidad estúpida y preciosa que le damos a las cosas. Son días en que se ve todavía el año que se ha ido, algo lejos, llegando al horizonte antes de desaparecer para siempre… Y así visto de lejos empieza a verse en conjunto. Y me impresiona un poco.
El 1 de enero del 2008 es extraño, porque el 2007 lo fue…
Fue un año en que me fue bien y me ocurrieron cosas preciosas, vi la vida avanzar, luché y gané, también perdí bien y tampoco estuvo mal.
Pero en 2007 fue también un año en el que sucedieron cosas que no tenían por qué pasar y han pasado. Ahora se va y ahí nos las deja... y uno ve un año en que en teoría le fue bien y piensa: Joder.
Y en verdad no sabe qué más pensar.
Lugares como la azotea me hacen sentir vivo, fuerte y pequeño, me ayudan a relativizar la inquietud que me producen estos pensamientos.
Feliz 2008 a todos. No esperéis al 2009 para subir, no se lo dejéis todo a las antenas, las chimeneas, ni a los depósitos de agua abandonados. Luego además uno baja y hasta va y postea…
No es mal comienzo.
viernes, 21 de diciembre de 2007
De niebla y arroyos
Hoy ha amanecido el mar tranquilo y brumoso. Ayer igual dije un par de cosas que no quería decir. Pero no son cosas importantes.
Hoy ha amanecido el mar tranquilo y brumoso. Estas palabras se me quedan en la mente y resuenan deliciosas como el agua de un arroyo.
Hoy ha amanecido el mar tranquilo y brumoso. Estas palabras se me quedan en la mente y resuenan deliciosas como el agua de un arroyo.
miércoles, 12 de diciembre de 2007
Aprovecha tu juventud (y II)
Historias de bragas y de casas sin armario

Cuando hice esta foto, no pensé en varias cosas:
-Que iba a darme calabazas.
-Que iba a robarme la bici.
-Que algún día iba a ver esta foto y contar los años que habían pasado.
Tomé la foto de aquello como se fotografía una escultura en un museo. Del mismo modo en que nadie se pregunta, cuando abre la enciclopedia, cuánto tiempo tiene la foto del Partenón o de una composición de Kandinsky.
Luego me marché de aquella casa con mi mejor cara de pringao y até la bici en la siguiente farola sin saber que al día siguiente iría a la escuela en autobús.
Lo cierto es que el tiempo sigue pasando, hoy tengo una bici que corre del doble y pesa la mitad. Y las bragas …¿para qué?… Total, para lo que te duran una vez que cruzas el umbral, mi amor, y te pregunto si quieres rioja o lambrusco.
Cuando hice esta foto, no pensé en varias cosas:
-Que iba a darme calabazas.
-Que iba a robarme la bici.
-Que algún día iba a ver esta foto y contar los años que habían pasado.
Tomé la foto de aquello como se fotografía una escultura en un museo. Del mismo modo en que nadie se pregunta, cuando abre la enciclopedia, cuánto tiempo tiene la foto del Partenón o de una composición de Kandinsky.
Luego me marché de aquella casa con mi mejor cara de pringao y até la bici en la siguiente farola sin saber que al día siguiente iría a la escuela en autobús.
Lo cierto es que el tiempo sigue pasando, hoy tengo una bici que corre del doble y pesa la mitad. Y las bragas …¿para qué?… Total, para lo que te duran una vez que cruzas el umbral, mi amor, y te pregunto si quieres rioja o lambrusco.
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