sábado, 24 de mayo de 2014

Cosas para no leer cuando tienes un bebé (II)



Durante los primeros días de vida no tenemos un color concreto en los ojos. Hay un color, sin duda, pero es un color que cambia constantemente. Al mirar a los ojos de los recién nacidos, lo mismo me parecen ojos oscuros que ojos claros, que cálidos ojos en tonos de marrón y miel, que de pronto de pronto fríos y fascinantes tonos de verde y azul, todo velado bajo un tono gris cristalino y profundo, como el agua de un arrollo en la que se refleja el cielo y se ven a la vez las piedras del fondo.

Entonces, mirando en los ojos de los recién nacidos, me asalta una terrible sensación de enorme belleza y de una desamparada ternura del mundo.  Claro, me dirán, estás mirando a un bebé. No, no es por el bebé: la ternura por el bebé es una ternura instintiva, animal y cotidiana. Y de hecho muchas veces no me parecen tan tiernos. Los recién nacidos, me resultan más bien un poco monstruosos, cercanos al territorio de la biología y las vísceras, el mismo en el que los gusanos crean sus crisálidas o Alien –con una biología ficticia pero coherente- inocula a su cría en nuestra garganta…  No, no es por el bebé, sino por algo que está por encima de él y de mi: algo que nos une y que baña el instante en el que la naturaleza se deja ver desnuda, ensayando colores como una mujer indecisa delante de un armario abierto. La posibilidad de un instante de belleza real de la vida que transcurre lenta y tranquila, en medio de todo este dudoso y frenético invento del mundo.  La ternura y con ella el desamparo me asaltan cuando comprendo la terrible ignorancia de todo lo que vendrá después, inevitablemente, de lo complicado que es el mundo que hemos creado y de lo difícil que lo hacemos.  Quizá el bebé me mira a los ojos, yo me pregunto si me ve y qué ve, mientras me dejo invadir dulcemente por esta alegría de ver a la vida entre bambalinas. El corazón me pesa como un ramo de flores.

Todo está por ocurrirte, hasta el color de los ojos –le susurro procurando que la madre no nos oiga-. Te vas a enterar. La vida es jodidamente difícil. Esto va a ser puro rock and roll. Te queda tanto por descubrir, cosas tan preciosas y cosas tan horribles también. Por descubrir, puede que hasta un día descubras las ganas de morirte. Nos pasa a todos. Pero no te lo tomes muy en serio: las más de las veces querrás vivir y no sabes cuánto. Agárrate a ese querer y disfruta del viaje. La vida es ahora un instinto pero pronto será una idea que lo llenará todo. Abandónate y disfruta, porque ya no hay vuelta atrás. Y ahora estás aquí y todo -todo- está por ocurrirte. Si quieres, si abres bien esos ojos, el asombro no acabará nunca.
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El bebé, que parece haberme mirado un instante  –... gris a miel a gris verde a azul a gris oscuro casi marrón...-, vuelve en seguida los ojos para otro lado y mis palabras se pierden sobre la cuna como si las pronunciara sobra la superficie del océano.

Imagen: Detalle de ojo. Modelo en cera de cabeza humana del siglo XIX. Imágen encontrada en el blog Catafalques.  


domingo, 4 de mayo de 2014

Habitación 90

         La cita era antes de la cena. La mujer entraba en albornoz y se quedaba parada en medio de la habitación. Con la mirada fija delante de sí, como si no consiguiese recordar qué había venido a hacer y se dejara llevar por el movimiento, se desabrochaba el albornoz y dejaba caer el cordón. El albornoz medio abierto dejaba entrever en la piel dorada por el sol del último verano, unos pechos muy redondos, un vientre cálido y, sobre la marca clara del bañador, el pequeño triángulo peludo de su coño, muy alegre entre sus muslos. Cuando por fin volvía en sí y se giraba hacia el armario abierto. Un armario rebosante ropa de colores claros. Con ese mismo aire ausente, se quitaba el albornoz, lo colgaba encima de la puerta del armario y se ponía a hurgar en él.  Me gustaba el modo en que lo hacía, me gustaba ver de escorzo su pecho, bamboleándose todo redondo mientras hurgaba entre las perchas, su culo, que brillaba todavía con la humedad del baño, sus piernas fuertes de actriz de teatro contemporáneo…   Sacaba varias prendas antes de decidirse. Una a una, se la ponía delante del cuerpo, apretándolas contra su pecho, con una rodilla levantada, para verla mejor.  Entre una y otra, se volvía otra vez hacia ese punto en el aire, que la tenía tan pensativa, y así se quedaba con la prenda en la mano, a veces la dejaba caer simplemente antes de volverse desnuda hacia el armario y escoger la prenda siguiente. Cuando por fin se decidía, empezaba a vestirse. Entonces de pronto se quedaba absorta otra vez, mirando, medio desnuda, hacia el mismo punto de antes, algo que debía haber bajo la ventana del cuarto y que yo suponía que podía ser una televisión que más que pensar se concentraba en su programa favorito, o quizá su propio reflejo en el cristal, tras el que yo la observaba intrigado, preguntándome si no sería que en realidad era a mi a quien miraba, enmarcado en una ventana del edificio de enfrente, con la luz apagada para disimular, suspendido entre la luz de una noche que apenas empezaba y la luz de las farolas que ascendía reptando por la fachada.
          En aquel momento no me quedaba otra que pensar que bueno, que si me veía, si podía verme, y esta era su reacción -seguir vistiéndose y desvistiéndose delante de mí, mirándome de vez en cuando-…   desde luego no le molestaba, y que de algún modo esto sellaba un sencillo pacto entre nosotros.
      Tendría unos 40 años. Y esa diferencia de edad con mis compañeras universitarias (las chicas que yo deseaba diariamente) más que una diferencia, parecía un lazo entre los dos. Quizá la erótica el poder de una mujer con experiencia en contraste el de un joven que todavía es imprudente. O quizá era la erótica del encuentro de dos mundos distantes y dos tiempos distantes, cada uno en un distinto capítulo de su vida, –yo preocupado por los exámenes, ella por lo que quiera que preocupa a una mujer a los 40-, unidos de pronto, a pesar del mundo, como por túnel cavado en secreto con cuchara: la posibilidad de encontrar experiencia a través de ella ella y la de que ella volviese a sus paraísos perdidos a través de mí.
          Lo que me fascinaba no era que una mujer se desnudara delante de mí. Lo que fascinaba era el marco en que ocurría. Una mujer que se cambia de ropa es solo desnudez. Pero una vecina que se cambia de ropa delante de tu ventana, todos los días a la misma hora, es algo que enciende a cualquiera y que difícilmente olvidarás.
          Pero sobre todo, lo que me fascinaba, lo que me hacía sentir enormemente afortunado, era, a través de ese juego que nos unía como un hilo tendido por encima de las calles inconscientes (su padre sentado en la habitación de al lado, arriba los estudiantes cenando, abajo el adolescente concentrado en sus estudios)… lo que me fascinaba era la parsimonía con la que se lo tomaba, la más generosa lentitud con la que una mujer puede probarse su ropa delante de uno. Si, era aquella generosidad. 
          Era el modo en que me dejaba que la miraba mientras elegía sus vestidos. Era el modo en que me dejaba verla dudar desnuda, empezar a ponerse la ropa y arrepentirse -si, algo tan intimo como el arrepentirse- y tener que volver a quitársela. Era el modo en que se vestía y se desvestía o más bien no acababa de hacer ninguna de las dos cosas, y el hacerlo sin dejar de volverse una y otra vez, distraída, hacia ese punto invisible del escenario, quizá para no perderse su rograma de la tele o quizá para ver su propio reflejo –era muy bonita, tenía los pechos redondos, de una redondez tan perfecta como el hecho de haber la descubierto frente a mi ventana cambiándose de ropa todos los días antes de cenar, integrando sus rituales en los míos, su viejo ritual del armario y mi nuevo ritual de observarla escondido en mi propio cuarto, respirando el olor de la tarde sobre los tejados, mis ganas de ir y poseerla y saboreando a la vez la sensación de que de algún modo ya la estaba poseyendo, me viese o no, más allá de la superficie del cristal de su ventana, mezclado con el reflejo de su habitación.
          Era un instante para guardar en la bodega. Unos generosos minutos de complicidad que podrían venderse, uno a uno, a euro en un expendedor.  De algún modo, aparte de con follar con ella (allí mismo, sin dejar que se acabara de vestir ni que le diese tiempo a desnudarse), llegué a fantasear con tomar un café con ella y charlar, saber un poco de ella de lo que le gustaba y de lo que no, saber qué le hacía ilusión y lo que le preocupaba, me preguntaba que problemas tenía esta persona a la que observaba en su intimidad, en fin, de hablar de las cosas de las que hablan las personas delante de un café cuando ya se conocen un poco. Pensaba en invitarla a un desayuno fantástico y en darle las gracias, sinceramente, con un cálido abrazo, y contarle por ejemplo, que por ella solía llegar tarde a la cena con mis compañeros de residencia sin atreverme a explicarles por qué. A veces todos habían terminado y cenaba solo, pensando en mis cosas, y un poco en ella, lleno de esa calma dulce que luce por dentro de uno cuando se siente poseedor de una suerte inconfesable.
         Si bien nuestras ventanas daban a la misma calle, era una calle trasera, de esas a las que dan muchas ventanas y casi ninguna puerta. Al menos, las entradas de los edificios daban a otro lugar, la de mi residencia a la plaza, la de su edificio…  a saber. Debió ser por eso que nunca nos cruzamos. En verdad no sé si la reconocería pues casi nunca la vi vestida. Me pregunto cómo le irá.


Imagen: Craig Wanson en la película Body double (Doble de cuerpo). dirigida por Brian De Palma en 1984.

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