miércoles, 18 de mayo de 2005

El mejor perder



Time takes a cigarette, puts it in your mouth
You pull on your finger, then another finger, then your cigarette
The wall-to-wall is calling, it lingers, then you forget
Ohhh no no no, you’re a rock ’n’ roll suicide.
-David Bowie
        Pepito me confesó que una noche había intentado suicidarse. Me contó que se lo había tomado como una gran fiesta, “me voy a suicidar”, se decía tomando una ducha, “y ya que por fin le echo cojones a esto, habrá que hacerlo con gusto”. Me contó cómo había esperado a pasar una noche solo, cómo había cenado bien, cómo escuchaba sus mejores discos, bailando y cantando hasta reírse a carcajadas de su sombra y de su voz, con una copa en la mano y en la otra pastillas para dormir que iba a tragando a puñados entre estrofa y estrofa. Oh, no love, you are not alone.
        Me contó cómo despertó a la tarde del día siguiente, fresco como una lechuga con todas las pastillas vomitadas por las sábanas. Y mientras me lo contaba, se atisbaba en su media sonrisa que bajo aquella sensación de fracaso ridículo, compartíamos la misma certeza difusa pero imponente, de que aquella fue una de las noches más vitales y felices de su vida.
        Pepito tuvo que pensar en la muerte para soltar un lastre que le haría emerger directamente a la vida. Tuvo que despreciar esa vida (o valorarla tanto como para no sentirse merecedor de ella), para verse de nuevo envuelto, arropado, mecido por ella como por una brisa suave y tranquilizadora en medio de la desesperación.
        En “el paraíso en la otra esquina”, Vargas-Llosa cuenta que a Gaughin le ocurrió algo parecido. Quiso acabar consigo mismo, no a la manera de Maiakovskii o de Pavesse, no, no llamó a ninguna mujer para invitarla a cenar en el intento desesperado de que alguien se lo impidiese, no tuvo ningún miedo: tomó la decisión con la alegría con que se deben tomar las decisiones una vez que se han tomado, retó a la vida como a un dragón bien gordo y ganó ella. Pero a cambio de aquel acto de libertad y violenta autoafirmación, le dejó volver de la montaña como un potro recién nacido.
        La vida es irónica… y generosa.

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