martes, 3 de octubre de 2006

Estampa de verano

So they say you're a troubled boy
Just because you like to destroy
All the things that bring the idiots joy
Well, what's wrong with a little destruction?


Franz Ferdinand, "The Fallen"



         Es entrañable sin duda, encontrar entre la gente un niño chico haciendo castillos de arena. Quizá, hoy más que nunca, lo que lo hace entrañable es lo insólito de encontrarse a un niño haciendo castillos de arena. Será que hay menos niños, será que hay más gente y no se les ve, será que encima les da más vergüenza que antes, que no es bratz enough, que no muere nadie, ni hay que averiguar nada. O será que las playas están repletas de colillas y tapones de crema, y cualquiera tiene cojones de ponerse a jugar en una arena tan asquerosa.
         Pero a veces ocurre (si, todavía, no nos pongamos nostálgicos que eso es pecado), que entre la gente se ve un niño todo entregado al diseño y ejecución de un castillo de arena. Se lleva uno entonces de una luz refrescante y salada. Porque si, porque los niños son así, están aún a salvo de toda esta mierda de la que acabo de hablar, y en verdad pasan los días como cualquier niño… Tostados de puro ocio, con esa tranquilidad, esa inconsciencia de lo chunga que es la vida y que todo adulto cree ver en a niñez, sin recordar lo difícil que es ser niño, cuando, en medio de un saludable día de verano, cualquier cosa te hace llorar y te importa demasiado. Por que, siendo francos, es una cabronada que a esa escala pequeña de un niño, cualquier problema se vuelva un mundo. Tampoco el olvido es fácil cuando eres niño, la vida nos marca como si fuésemos de barro sin cocer… no es cómo una ola, que puede devorar el castillo en un lento lametazo por la orilla, hacerlo languidecer en frío, en un mundo sudoroso y coloreado, lleno de consejos farmacéuticos y suplementos dominicales, consumo dulce, apamplamiento azul, copas con chill-out, belleza a la plancha, 9 euros ración, 4 media… sin pena ni gloria. Ahí, en medio, el castillo de arena con puentes de palo de helado de deshace sin problema. Nada. No, cuando a un niño le pasa algo gordo, un buen revolcón, lo moldea un poco, y puede parecer una tontería, quizá incluso lo sea y en verdad lo olvide pronto… O quizá le quede para siempre un pequeño y receloso miedo del mar. Como a otros nos ha quedado una incomprensible tirria por las abejas… traída por la marea de un día, hace mucho, en que me picaron seis a la vez.
        La otra tarde, fue distinto. Cómo nacida de otra parte del verano vino una niña, también tostada y sonriente, con trenzas húmedas y ojos alargados de gitana. Nosotros charlábamos alrededor de un castillo sitiado por la marea ascendente. La niña se paró en medio. Nos apartamos un poco, como por instinto y no sin cierta expectación. Ella nos sonrió, a un lado y al otro. No dijo nada. Se subió al castillo y lo deshizo a patadas. Mientras lo arrasaba con sus pies de talla 34 no dejaba de mirarnos sonriendo orgullosas. Sus amiguitas, fuera del círculo, nos miraban también sin decir nada. Terminada la obra se bajó de los escombros y se internó en el agua sin volverse. Nosotros nos la quedamos mirando. Lo tenía claro en la vida, esta niña de esas de toda la vida, que van tranquilas por el mundo, siempre seguidas por sus compañeras -que ni siquiera se molestaron en rodearnos al pasar- tan bajitas, tímidas y obedientes.


1 comentario:

jesúsb dijo...

a mi me pasó algo parecido, pero yo modelaba en la arena un corazón.
Ahora, Beatriz, cuando construímos al alimón un castillo, me manda la tarea de cavar el foso y levantar con esa arena una muralla que retenga la ola.

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