martes, 7 de noviembre de 2006

Memorias de un fracaso escolar. Dictado.



        A finales de los ochenta hubo unas inundaciones que nos dejaron muchos días sin colegio, aunque no tantos como hubiésemos querido, porque creo esas mismas sirvieron a Don Sebastián para inspirar una de las entradas triunfales a las que ya nos tenía acostumbrados… Nada más atravesando los marcos de la puerta ya había empezado a dictar, como si nosotros no estuviésemos armando la de Dios es Cristo. Sin dejar de hacerlo, entonando con calma pero sin pausa, se internó en medio del mar de niños vueltos sobre sus sillas, bolas de papel, pequeñas peleas y quizá algún juguete o chuchería mal escondida. Y en pocos segundos, antes de que se sentara en su asiento ya nos había derrotado de nuevo. Rendición total y sin condiciones.
        Primeros caídos, los empollones, pelotas o avispados, y alguna histéricas que sacaron los cuadernos echando grititos como si se les fuese la vida en ello… Como últimos resistentes, los despistados, algún entusiasta temerario, y, ¿cómo no?, los peores de la clase, encabezados a veces por mi, y a veces por Sergio Romera, que tardó unos segundos más que yo más en abrir el cuaderno y echarse a escribir… ganándose por unos segundos el liderazgo. En verdad, era de detalles como esos de los que dependía todo nuestro triste reinado…


         “Llueve sobre la tierra del monte y sobre el agua de los regatos y de las fuentes, llueve sobre los tojos y los carballos, las hortensias, los buños del molino y la madreselva del camposanto, llueve sobre los vivos, los muertos y los que van a morir, llueve sobre los hombres y los animales mansos y fieros, sobre las mujeres y las plantas silvestres y de jardín, llueve sobre el monte Sanguiño y la fonte das Bouzas do Gago, en la que bebe el lobo y a veces alguna cabra perdida y que no vuelve jamás, llueve como toda la vida y aun como toda la muerte, llueve como en la guerra y en la paz, da gusto ver llover sin que se sienta el fin, a lo mejor el fin de la lluvia es el fin de la vida, llueve a Dios dar como antes de que se inventara el sol, llueve con monotonía, pero también con misericordia, llueve sin que el cielo se harte de llover y llover.


        …es el parte meteorológico más bonito que he leído en mi vida.” dijo Don Sebastián para concluir.
        Yo asentí por dentro casi como si no estuviese en medio de la terrible tortura -juicio, humillación y ajusticiamiento público- que representaban para mi los dictados. Sergio y yo nos miramos, nos sonreímos, y supe que lo hacíamos por cosas completamente opuestas; no era la primera vez, pero nunca se lo decía. Él era el tipo de chico que hacía amigos con facilidad, los invitaba a lo que fuera, planeaba gamberradas, se hacía buen compinche, y luego un día se acercaba a uno y le daba un puñetazo en el vientre sin mediar palabra (a mi me lo hizo alguna vez, y no veas como jode, te tiras un rato doblado sobre ti mismo). Un hijoputa, pero con quien uno se divertía, hay que reconocerlo. Yo era más bien el que, aunque también se hacía amigos sin problemas, siempre tenía que buscarme a alguien con quien charlar en los recreos porque odiaba el futbol; el que todos (incluido Sergio) consideraban un tonto por tener profesores particulares en casa, aunque luego tenía el cuarto lleno artilugios mecánicos que me hacía con tripas de aparatos, motores de juguetes y latas soldadas, y restos de no pocos experimentos... y en fin, yo era, aquella mañana, el que asintió por dentro a las palabras de Don Sebastián y releyó el texto haciéndosele la boca agua, aunque no reparara ni esa segunda vez en las 14 faltas que había sacado (una más que Sergio, ganándole el reinado por esta vez). Un tipo sensible, sin duda. Y no lo digo para que mojéis las bragas, sino porque era verdad. No solo porque un par de años más tarde, ya a esa edad en que te llenas de espinillas y solo por decir “bonito” en público te llaman nenaza, lo encontrara por casualidad, lo pasara a máquina (ya sin faltas) y le hiciese sitio entre a los recortes de un corcho (entre ellos una foto de un barco hundiéndose, con un supuesto agujero en el cristal de la cámara, dibujado por mi, junto a un rotulito que decía: ¡Nos an dado!... supongo que de la misma época del dictado); si no porque, de hecho, más allá del corcho (que con toda su parafernalia, recortes, dictados y fotos, fue un día a la basura para que mi madre pudiese pintar el cuarto) nunca se me ha olvidado la mañana en que Don Sebastián nos pasó este parte meteorológico tan brutalmente hermoso, camuflado bajo el terror del dictado semanal, como quien pasa una lima escondida en la merienda, a través de los barrotes de la carcel que supone ser El Peor de la Clase… O el segundo, qué más da.

(Personalmente prefiero haber sido simplemente Eso, a que mis padres y psicólogos hubiesen tirado la llave por la alcantarilla, satisfechos de encerrarmee entre las desalentadoras, modernas, técnicas e insultantes palabras “fracaso escolar”...
...Por cierto, el dictado es de Cela, lo he sabido hoy. Pero leanlo bien, cojones, tomense su tiempo, que es lo que yo quería postear).

1 comentario:

Chica de Marte dijo...

Sí, la verdad que ese fragmento te cambia por dentro (e igual por fuera), te enriquece, te entristece, pero a la vez te hace sentir vivo ; y ya la 'guinda' del pastel es que lo leas por 'causalidad' y que haga que tu día se llene de sentido y sentimientos cálidos a la par de húmedos, pero para nada, monótonos.
También es mucha casualidad que hables de ese fragmento y de tus clases, jaja.
Te apoyo en lo del fútbol (;
pd. iré añadiendo cartas desde Marte, porque el mejor remedio para las enfermdades del frío, es, la evasión.

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