viernes, 2 de marzo de 2012

Los tigres en la nieve (Astronauta)



       Ayer caminé por primera vez sobre la superficie de un lago helado. Arrastrando ese temor que todos tenemos la primera vez como se arrastra un traje que nos está demasiado grande. Por la noche, ya sin gente, volví a cruzarlo… No he dejé de llevar mi traje grande, pero no menos cierto es que ahora lo vestía con mayor soltura.
       Hoy he salido en busca de otro café en el que refugiarme a leer y a escribir. No hacía tanto frio, así que me he envalentodado y he agarrado la bicicleta. Esto me ha permitido ampliar mi radio de acción y de tiempo. Sin ir más lejos -pues está a la vuelta de la esquina-, me he tomado un rato para pasar por el aeropuerto de Templehoff, algo que llevaba posponiendo desde que llegué de Krakovia. Atravesando como una frontera, es decir, sin parar, la verja del aeropuerto, he pedaleado sobre la hierba cubierta de nieve, y me he internado por el inmenso y solitario territorio de las pistas de aterrizaje, también cubiertas por un estampado de nieve que resiste a derretirse. He respirado profundamente el vacío que aquí se abre en medio de la ciudad, una atmósfera libre que para mi el verdadero lujo que vengo aquí a buscar. Quizá sea que este vacío me recuerda al cielo abierto de las playas donde crecí, donde me acostumbré a vivir cotidianamente a orillas del infinito, o quizá sea que aunque ya no vuelen los aviones, ha quedado algo náutico atrapado en la atmósfera de este lugar… El caso es que me inspira una enorme sensación de libertad y esperanza, de levedad por la vida. Luego he partido a continuar mi camino, en busca de un café donde sentarme a escribir delante de un solo bien cargado, que me reconforte y me espabile un poco.
       Sin embargo, al alcanzar el canal de Kreuberg me he visto obligado a hacer otra parada.
       Siempre me he sentido atraído por las estructuras civiles que dan forma al contacto entre la ciudad y el agua, los pantalanes y escaleras que descienden a través de la superficie, y toda clase de estructuras bañadas por ese aliento decadente y enriquecido del agua libre, magnificados por sus huellas verdosas y oxidadas… el magnetismo terrible que sobre mi ejerce ese dialogo con el tiempo que escucho en la erosión de las cosas, acelerado hasta hacerse audible bajo el efecto del agua.
       He atado la bicicleta a un banco, he paseado por el muro de contención, con un placer indecible he bajado la primera escalera que descendía hacia el agua... en el último escalón que emergía sobre el agua y allá me he parado un segundo a saborear la sensación dulce de una transgresión permitida. Siempre quise bajar a estas aguas, siempre me pregunté cómo se ve el mundo desde el ángulo de los patos, esas aves gordas que habitan aquí abajo. Finalmente he respirado hondo, y con tiento de astronauta, he puesto un pié sobre el hielo… Ajá, me he dicho, está firme, duro: sencillamente sólido como el suelo de una cocina. Luego he puesto el otro pié y todavía un poco sin creérmelo me he puesto a caminar por el agua helada del canal.
       He pensado en mi hermana, a la que traje a pasear junto al canal (y que nunca comprendió ese placer mío por las estructuras decadentes abandonadas al tierno pero imbatible poder del agua). Me he acordado de no pocos amigos y de alguna chica a la que traje también a este lugar para impresionarla… Como si desde el borde se asomaran todas las personas con las que he paseado junto este canal que cruza la ciudad, llenándola de árboles, puentes y rincones por donde respirar escapando al cerco de los edificios que se detienen en el borde, frente los que de vez en cuando pasa alguna lancha afortunada -siempre afortunada, me he dicho al pasar bajo el envés de los puentes- un trazo vacío en la plenitud de mi barrio, que ahora recorro a lo largo de su mismísimo eje, pensando en las personas a las que quiero, caminando a mis anchas sobre el agua endurecida.

4 comentarios:

Vir dijo...

Casi casi pasando contigo, leer y ver, todo en un mismo instante.

Casiopea dijo...

pues sí que te has ido lejos...

Estanislao dijo...

Es curioso esto de los blogs, uno pincha al azar acá o allá porque primero pinchó igual de al azar en otra parte; y se encuentra con gentes que habla de ciudades y de lugares y paisajes que nunca conocerá. Y resulta maravilloso (aunque a veces también se encuentran cosas terribles) porque es como sentir que se es un ser liviano, incorpóreo y sin trabas, que puede acceder a cualquier parte.

Monotema dijo...

esta me ha gustado bastante, muy atinada, muy plástica, muy real.

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