domingo, 20 de enero de 2013

Los tigres en la nieve (Regreso)


Al salir del avión, desde el desembarco de la escalera, la pista se ve solitaria, solo un avión, justo en frente, mirandome con su mirada de avión. En los bordes de la pista,  se asoma apelotonada una multitud de arboles, silenciosa y expectante. Es una estampa bonita, una reflexión sobre los límites del vacío, lo tumultuoso y lo solitario. 
A pesar de ser de día, al pié de los árboles la nieve se ve perderse en la oscuridad del bosque. No hay montañas. No hay más horizonte que las copas de los árboles, los edificios y los puentes de la autovía cercana, que se elevan un momento y bajan otra vez con suavidad. 


Es increíble como contrasta la topografía inmaterial de Berlin: tanta cultura, tanta historia, tanto arte, tanto ruido, tanta poesía, tanta sociabilidad, tanta locura, la Sodoma y la Gomorra que habíamos soñado y que hacemos realidad un montón de personas cada día…   con la aburridísima topografía del territorio que la rodea: Plana.  Berlín es una isla al borde de su rio. Un acontecimiento en distintos planos del vacío. Me siento aislado por sus periférias, pero lo llevo bien, tan grande es este amor. 
Al salir de la terminal pasaba el mediodía.  El azul de la noche -ya próxima, pero aún ausente-, comienza a apoderarse de todo tímida, sutilmente. El día se deja hacer.  En esta luz hay el punto inquietante y amable de una coquetería: El twirlight, me digo en bajito mientras arrastro la maleta hasta la terminal de tren. Mi voz me sorprende. El twirlight. Repito.
Pero hay algo más en el aire, del mismo modo en que recién llegado a Andalucía los colores me parecían tan intensos, intensis hasta lo irreal –tanto llegué incluso a hacerle una foto a la calle donde en verdad he vivido desde hace muchos años-, encuentro  ahora –y reconozco como a un viejo amigo- el mundo de Berlín bañado en ese vaho eléctrico azul que da el reflejo de la nieve.  
Asimismo, del mismo modo que la claridad y la nitidez de las costas mediterráneas inspira un el sentimiento “trágico y solar” –el la verdad ineludible de existir-, la nieve trae consigo una calmachicha luminosa, una belleza realista e inquietante digna de los más lentos y terribles cuentos japoneses.  Pienso esto porque mientras volaba he estado leyendo, entre otras cosas (lujos del libro electrónico), un montón de cuentos de Yasunari Kawabata y algunas de sus notas sobre su novela País de Nieve…   con lo que ahora estos paisajes conectan dulcemente con mi estado de ánimo interior, mecido al swing intimista del cuento japonés que impregna mi espíritu viajero. …aunque sea un viajero que regresa.
No llamo aún a nadie. Acostumbrado a viajar solo, he desarrollado una curiosa complicidad con mi voz interior…  que me va soplando todas estas palabras: Decido prolongar esta sensación un poco más.
Y es que en verdad hay tanta gente a la que llamar y echaba tanto de menos todo esto, tanto, tanto que en vez de lanzarme al remolino de los reencuentros me dejo envolver sin prisa en esta tarde de invierno que volverá a ser mi cotidiano a partir de hoy, Camino del apartamento, me dejo llevar por las aceras a través de una noche fría y recién estrenada, arropado, como un niño rescatado de las aguas, por el rugido la urbe y sus engranajes, motores, pisadas, voces, sirenas, alguna música lejana y el cercano crujir de las ruedas de mi maleta…   amortiguados dulcemente por la nieve acumulada en el borde de los caminos.

3 comentarios:

La Petite Poupée dijo...

Se ve bonita Berlín, su helada capa y su cielo frío con tus ojos. Hermosas descripciones.
Un abrazo desde Málaga.

Chema González dijo...

Berlín es el frío donde llegar.
Así lo recuerdo y así lo has pintado.

Mars von Trier dijo...

Berlín es un animal perverso. Ha hecho de su dieta la forma de sus calles y abrigos.

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