miércoles, 24 de abril de 2013

Especies de siesta

A veces veo un pomeriggio que cruza por los árboles que pasan junto al balcón. Sabe a dónde va. Tiene el pomeriggio un aire decidido cuando viaja por el mundo, saltando, todo alegre y concentrado, por las ramas, las barandas y los postes de  la luz. Ni siquiera parece vernos al pasar junto a la terraza. Aún así, nos callamos un momento: entonces solo se oye el sonido de las cucharillas, brillante, metálico, que se pierde en el aire fresco que acaba de cruzar casi volando el pomeriggio.
A veces va y se cuela en casa, se desliza rápidamente por debajo de los muebles, haciendo ese ruido que hace el pomeriggio al pasar, hecho de cálido silencio cotidiano, como ese mismo ruido que hace el mundo justo antes de echarse nevar que es como un el murmullo de una paz muy fresca y titilante, un aliento contenido que baja y avanza, helado, por las calles de la ciudad; así contiene el aliento el pomeriggio cuando se esconde debajo de los muebles. A mi me gusta hacer como que no lo he visto, observar su tierno sigilo.
Me gusta oír el paso pequeño y cauteloso del pomeriggio cuando cruza la cocina. Y no puedo por menos que sonreírme, cuando lo veo doblar en la puerta del cuarto, esquivar las patas de la mesa, y perderse, quizá buscándote, en la madriguera que forman las sábanas revueltas de mi cama.


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