miércoles, 11 de octubre de 2006

Una pausa para la publicidad.

Biodiesel



Mientras conducía un montón de kilómetros, he pensado mi maneras de escribir este post, mentalmente lo he escrito y releído cada cinco minutos, y nada. La verdad es que este viaje me ha cambiado la opinión sobre los publicistas… es increíble la de formas que hay de decir algo, y la de gentes distintas a las que puede llegar, qué dilema, la virgen, qué infierno… me decía mientras pensaba cómo escribir este puto post y convencer a un montón de vosotros para que hagáis la idiotez (porque aquí el que se compromete, el que da algo gratis, media hora de su tiempo, es el tonto…, gracias señores mayores por la maravillosa Cultura del Pelotazo que nos habéis inculcado), de currároslo un poco más a la hora de buscarse la gasolina.

Y al final he decidido que lo más sencillo es contaros mismamente las razones que yo tengo para buscar y echarle biodiesel al pequeño golfomóbil.

Definición: grosso modo, se trata de diésel fabricado a partir de residuos de aceite doméstico usado, como el del mac donals y los huevos fritos y merluzas rebozadas y demás… así que marujas y marujos de casa, por dios, sepan que ahora somos nosotros la esperanza:

1.-Es ecológico, es bueno para el cielo, la tierra y el mar…. Al menos, además de renovable, no creo que contamine más que los residuos del petróleo que día a día va llenando el cielo del planeta como la cámara de gas en un enorme campo de concentración.


2.- Es mejor para el mundo, más allá de nuestro amor alocado por la naturaleza:
Dada la importancia del petroleo en la lamentable situación geopolítica del mundo, no es ninguna tontería proponer YA maneras de hacerlo menos necesario para las sociedades. Extirpando el cancer que alimenta los motores de la humanidad, nos libramos también de las miserias que la ambición sobre él produce.

...O sea, que no hablamos solo de ecología…

3.-Tus hijos te lo agradecerán. Y los mios también, te lo aseguro.

4.-En suma… si no consumes biodiesel, y puedes (si eres de los afortunados que tienen una gasolinera cerca, dadas las pocas que hay), me pareces sencillamente gilipollas (Y no creas que sois mayoría).

Aquí os dejo la información que he encontrado, la definición del biodiesel, y la lista de gasolineras donde podéis encontrarlo y de puntos de recogida donde poder llevar vuestro aceite usado. Igual esas gasolineras, que son pocas os pillan a media hora de camino, en el pueblo de al lado… pero siendo francos: media, incluso una hora de tu tiempo la pierdes en cosas más tontas cada día, y visto lo visto, ¿qué es media hora al lado de poder pisar el acelerador sin sentirte como un idiota?,

5.-Además es más barato…


*Imagen sin cortesía de Hugo Boss y convenientemente puteadilla para la ocasión, con la ayuda de otras imágenes, todas de internet y cuyo origen he olvidado entre tantos girasoles, tarros de aceite y soldados con pozo de petróleo ardiendo en algún país detruído.

martes, 3 de octubre de 2006

Estampa de verano

So they say you're a troubled boy
Just because you like to destroy
All the things that bring the idiots joy
Well, what's wrong with a little destruction?


Franz Ferdinand, "The Fallen"



         Es entrañable sin duda, encontrar entre la gente un niño chico haciendo castillos de arena. Quizá, hoy más que nunca, lo que lo hace entrañable es lo insólito de encontrarse a un niño haciendo castillos de arena. Será que hay menos niños, será que hay más gente y no se les ve, será que encima les da más vergüenza que antes, que no es bratz enough, que no muere nadie, ni hay que averiguar nada. O será que las playas están repletas de colillas y tapones de crema, y cualquiera tiene cojones de ponerse a jugar en una arena tan asquerosa.
         Pero a veces ocurre (si, todavía, no nos pongamos nostálgicos que eso es pecado), que entre la gente se ve un niño todo entregado al diseño y ejecución de un castillo de arena. Se lleva uno entonces de una luz refrescante y salada. Porque si, porque los niños son así, están aún a salvo de toda esta mierda de la que acabo de hablar, y en verdad pasan los días como cualquier niño… Tostados de puro ocio, con esa tranquilidad, esa inconsciencia de lo chunga que es la vida y que todo adulto cree ver en a niñez, sin recordar lo difícil que es ser niño, cuando, en medio de un saludable día de verano, cualquier cosa te hace llorar y te importa demasiado. Por que, siendo francos, es una cabronada que a esa escala pequeña de un niño, cualquier problema se vuelva un mundo. Tampoco el olvido es fácil cuando eres niño, la vida nos marca como si fuésemos de barro sin cocer… no es cómo una ola, que puede devorar el castillo en un lento lametazo por la orilla, hacerlo languidecer en frío, en un mundo sudoroso y coloreado, lleno de consejos farmacéuticos y suplementos dominicales, consumo dulce, apamplamiento azul, copas con chill-out, belleza a la plancha, 9 euros ración, 4 media… sin pena ni gloria. Ahí, en medio, el castillo de arena con puentes de palo de helado de deshace sin problema. Nada. No, cuando a un niño le pasa algo gordo, un buen revolcón, lo moldea un poco, y puede parecer una tontería, quizá incluso lo sea y en verdad lo olvide pronto… O quizá le quede para siempre un pequeño y receloso miedo del mar. Como a otros nos ha quedado una incomprensible tirria por las abejas… traída por la marea de un día, hace mucho, en que me picaron seis a la vez.
        La otra tarde, fue distinto. Cómo nacida de otra parte del verano vino una niña, también tostada y sonriente, con trenzas húmedas y ojos alargados de gitana. Nosotros charlábamos alrededor de un castillo sitiado por la marea ascendente. La niña se paró en medio. Nos apartamos un poco, como por instinto y no sin cierta expectación. Ella nos sonrió, a un lado y al otro. No dijo nada. Se subió al castillo y lo deshizo a patadas. Mientras lo arrasaba con sus pies de talla 34 no dejaba de mirarnos sonriendo orgullosas. Sus amiguitas, fuera del círculo, nos miraban también sin decir nada. Terminada la obra se bajó de los escombros y se internó en el agua sin volverse. Nosotros nos la quedamos mirando. Lo tenía claro en la vida, esta niña de esas de toda la vida, que van tranquilas por el mundo, siempre seguidas por sus compañeras -que ni siquiera se molestaron en rodearnos al pasar- tan bajitas, tímidas y obedientes.


martes, 26 de septiembre de 2006



        Hace calor, de ese modo húmedo en que el calor se agarra a los días de septiembre. La luz es clara y limpia. Apenas acabo de apagar el pitillo que me encendí al sentarme… Aún indeciso, leo los primeros párrafos del siguiente capítulo, pero es más fuerte que yo: Lo siento Paul, le digo al tipo de ojos saltones que hay en la lengüeta de la portada, sé que solo he leído cinco páginas… -cerrando ya el libro-… pero yo soy un genio.
        Sentado en la hamaca, antes de levantarme, quedo un instante así, mirando al suelo. sigo las líneas de cemento que unen las baldosas de barro hasta que se me pierden bajo una maceta, hasta que, arrepentido, sabiendo que solo lo he dicho para darme ánimos, me corrijo… No, no soy un genio, pero si que soy un tipo que nunca ha dejado de salir airoso de sus proyectos. Y este que tengo entre manos no puede ser menos. Busco mi camiseta arrugada y me pongo de camino al estudio con una sensación del espacio que solo alcanzo a tener con la lectura.
        Leer a Paul Auster me da unas ganas tremendas de contaros mi vida.

martes, 19 de septiembre de 2006

Breve comentario de una pequeña maldición portatil

La ilógica no es absurdo, por mucho que insistan. Lo que pasa es que tienen miedo a mirar. A mirar y ver.
Los espejos son la policía de todo esto, reflejan la forma y el color, vaciando el mundo de lo demás, del tacto, de los sabores y los olores, de la duda, de la ilusión, de la mentira, del amor y del odio, del miedo, de la impaciencia, del silencio de todas las electricidades que ordenan que se ponga la piel de gallina, de los impulsos envían las lágrimas a los ojos o la sangre a la polla para levantar una erección imponente... Es cierto que podrán llevarse la imagen, pero es solo la superficie, apenas el pequeño territorio de la luz visible, un mundo en el que los 5 sentidos quedan reducidos a la mirana...
Sin embrago, hay un modo de unir estos dos mundos, un modo de ver lo demás, o más terrrible aún, de sospecharlo: basta con acercarte mucho y mirarte a los ojos un rato. Probablemente no lo consigas mucho tiempo: al poco, de miedo, del vértigo a nuestra propia proximidad, todos acabamos apartando la cara.
"No ha sido nada", te dices, alguien entra al baño de la facultad y tu disimulas. Haces como que te estabas mirando un grano o una vieja cicatriz, pero al salir te das la vuelta y ahí estás, mirándote desde la puerta con el subidón aún fresco de este primer pulso.
A veces, cuando me intento mantener la mirada unos minutos, me da por pensar en Dorian Grey. Luego me imagino que veo algo de verdad, que me vuelvo loco y tienen que encerrarme para siempre.

sábado, 9 de septiembre de 2006

Nana

        Ayer estuve trabajando 24 horas seguidas. me levanté a las 8 con la seguridad de que no descansaría hasta enviar los resultados... y a las 8 de esta mañana encendí un cigarro para celebrar 70 horas de trabajo tallando y vistiendo la geometría de un edificio en ruinas para hacerlo aparecer como nuevo. Cuando miro estas recreaciones virtuales me parece ver a través de ella como una seda rígida y fría. En todo el día, solo comí chocolatinas y un bocadillo, pero cociné. Cociné para Quintín. El bicho está casi sin dientes, no puede masticar su pienso, así que cocinamos algo para él. En general lo mismo que para nosotros. Hoy Quintín y yo hemos comido espaguettis a la boloñesa. Luego me he sentado en el primer escalón... ”ven aquí, barbaroja" y me he reído de sus gruñidos y sus dientes amenazantes y sus intentos de esquivar la servilleta con la que lo limpiaba. Con los gruñidos de los perros me pasa igual que con los niños pequeños: pienso que es su voz, es lo más cercano, por el momento, que tengo a la voz que usarían el día que empezaran a hablar. Es como ver vacía la bolsa que un día contendrá sus intenciones. Quintín lleva 15 años sin mediar palabra. Pero su voz es cálida, se parece más a la de un niño de 13 años que a la del cachorro que llegó. Es todo lo que sé, y siento que lo quiero mucho cuando escucho esa voz, su modo de decirme que deje de tocarle los huevos con la puta servilleta. Anoche mientras me comía el bocata le hice unos fideos para mezclarlos con trocitos de jamón. Comida de estudiante Quintín, si la pasta está pasada no te quejes, es para que esté blanda y puedas masticar. Cocinar para él lo hace más humano, después de todo, no es echarle de comer... es más bien como cuando viene alguien a cenar, procuras que esté bueno, miras el reloj mientras el agua hierve, te preguntas si es la dureza adecuada, el momento preciso, mezclas para repartir las proporciones, con cuchara, con las manos si hace falta, qué más da, no te ven.
        Luego volví sobre las maquetas, mi compromiso de arqueología en 3d. Los días de trabajo hasta el amanecer me dejan tan exhausto que ni siquiera puedo dormir. Es más, ni siquiera tengo fuerzas para percibir mi cansancio y una extraña ligereza me invade de los pies a la lengua, puedo subir 10 pisos sin darme cuentas y apenas consigo callarme. Así paso el día, como un zombi nervioso, torpe y veloz, tropezando con todo, confundiendo palabras y botones, piso equivocado, Off, 450watts, colgar.. En verdad esos días son tan fastidiosos como un jet-lag sin haber viajado... me los paso esperando que llegue la noche para acostarme y subir al tren del horario habitual. Quizá es eso lo que me excita, la espera. Hoy sin embargo hemos decidido ir a ver La Joven del Agua. Cuando conducíamos de vuelta comentando la película todo felices ya sentía dentro de mi el sueño esperándome sin armas, el zombi se había perdido en algún lugar de la cámara oscura, los botones, los vasos volcados sin querer, el cigarro en una mañana en la que no te responden los párpados, "cerraos hostia”, la maqueta tan lejos como la servilleta cuando Quintín se pone panza arriba para que lo acaricie jadeando entre sus bigotes limpios.
        A veces todo lo que necesitas es una fábula.

viernes, 4 de agosto de 2006

Walking or Don't walking around.

 

      Se me hace increíble la soledad, cuando de vuelta a casa, muy de madrugada, en los cruces de las carreteras más grandes, se abren los semáforos, igual que durante el día, y no pasa ningún coche.
        Se vuelven a cerrar
         Y vuelven a abrirse
         Se vuelven a cerrar
         Y vuelven a abrirse
         Pero a mi me da igual: cruzo el asfalto vacío iluminado por las galletas verdes… cuando doblo la esquina los siento cerrarse de nuevo
         Y volverse a abrir
         A mis espaldas, como una respiración eléctrica
         Algún gallo canta y el sonido de la verja al cerrarse es como un chirrido que se ha colado aquí abajo, mezclado con la arena del día siguiente.

viernes, 21 de julio de 2006

I Jornadas de convivencia, encuentro cultural y reflexiones sobre los Baños del Carmen


No sabíamos cómo iba a salir esto , lo que si intuíamos es que al final no iba a dejar de sorprendernos. Y vaya si lo está haciendo. Siempre he tenido ciertos prejuicios con la palabra convivencias, debido a una pequeña fobia que tengo desde pequeño a las colectividades y sobre todo a los colegios de monjas. Pero creo que, después de esta experiencia, la palabra convivencias (si, en plural, como las caras de un poliedro, como las relaciones que se establecen entre muchas personas distintas en torno a un mismo tiempo y a un mismo lugar) debería mirarla con más humildad, incluso agradecimiento, y, por supuesto, ilusión. Dos últimos términos que para mi están ligados de alguna manera… pero eso es tiene que ver más con una actitud personal.
Si te dejas llevar, acabas en alguna parte. Irremediablemente: La deriva es una cosa solitaria. Te embarcas, como dicen, y de pronto te ves tripulando, formando equipo, visitando terrenos que apenas conocías por una referencia en una cartografía invisible, sintiendo en propias carnes cosas que contaban los demás, como eso que dicen que cuando te intentas poner del lado de los que enseñan, en verdad, acabas siendo tu el que más aprende. Vaya si se aprende: Se aprende un huevo.
No se si habéis leído Autopista del Sur, de Julio Cortázar. Es un relato que está en "La isla del medio día y otros relatos". Quien no lo haya leído ya tiene en qué entretenerse si le sobran un par de lánguidas horas de verano. Quien lo haya leído creo que puede comprenderme mejor si digo que lo difícil va a ser levantar este tinglado que ha pasado 5 días cuajando entre el mundo y el mar, al pairo de las ruinas y el abrigo de los eucaliptos.

jueves, 13 de julio de 2006

Hasta siempre Granada. Hasta siempre mi amor.

        El sol amaina. Salgo a la terraza con el litro que sobró anoche y que abrí esta mañana. Qué cojones, esperar ni esperar.
Las sillas metálicas me dejan el culo cuadrado, las de plástico están amontonadas, encajadas unas sobre otras. Me siento sin molestarme en sacarlas, un poco más alto de lo normal. Mi costumbre de arquitecto de dibujar en mesa de dibujo, aunque sea ratón en mano (me cuesta horrores desligarme de dibujar sobre un gran tablero blanco) se adapta perfectamente a esta situación. Pongo los pies en la barandilla.
        La cerveza está fría, de gas un poco más débil.
        No hay estrés, pocas obligaciones.
        Carlos se ha ido, Malesciana folk también.
        Colina abajo, al otro lado de la calle de tres metros de ancho, otro vecino toma el sol en una pequeña terraza que se ha montado entre dos depósitos.
        La puerta de Nico está abierta, como de costumbre.
        Unas abejas se han hecho una colmena en la esquina de la terraza, por eso no desayuné aquí esta mañana. En médio de un cálido, minúsculo e intenso tráfico aéreo. Bajé al café Lisboa, desayuné leyendo, y después de desayunar seguí leyendo un rato más frente a mi taza vacía. La cogía con la mano cuando pasaba la camarera para que no la retirase. Una taza en la mano, mi derecho a permanecer ahí leyendo, en mi pequeño despacho sin paredes, en plena calle. Amo este bullicio. Solo hay un lugar en el que lea mejor y son los autobuses de linea. De pie, por supuesto.
        Un pájaro canta, el sol tardará en ponerse, tardes prolongadas de verano. Costeño, debajo de una silla, reposa bajo su piel como si la llevara tendida sobre los huesos. Leucemia. La vejez no llega en un año y se lo lleva a uno tan de golpe. El bicho lo que tiene es leucemia. Nico tendrá que sacrificarlo. Le jode más a él que a mi, le creo. Y cuando me lo dijo decidí regalarle la foto que le hice al gato el año en que llegué, 4 años ha, y no pocas aventuras. El número es lo de menos, lo que importa es lo que ha pasado desde entonces.
        Tengo más canas, cara de hombre y más percha del niñato enclencle que llegó. Pero me gusta pensar que es solo la superficie del mar que llevo dentro y que tantas cosas se ha tragado.
        4 años de nada, cuatro años de todo. Las abejas se han hecho una colmena en la esquina de la terraza y Costeño se va a morir. Yo dejaré la ciudad dentro de pocos días. Por eso salgo a la terraza con mi litrona, dispuesto a no exigirme nada hasta que todo pase. Es mi modo de conquistar el tiempo: esquivarlo, colocarme a si lado y decir: Qu’est qu’il se passe dans l’espace?.

miércoles, 28 de junio de 2006

cuentosdelbalneario@hotmail.com

Disculpad que olvidemos poner que todo esto ocurrirá en Málaga.
prueba 3

domingo, 25 de junio de 2006

El Balneario

        Érase una vez, no muy lejos de aquí, en verdad en Málaga mismo, un gran balneario que arrasó el mar, dejándole solo el nombre "Los baños del Carmen", no pocas columnas dóricas, fuentes, embarcaderos, malecones, y algunas ruinas que hoy lo protegen como un dique de las olas. Mientras, la gente acude a sus playas, sus pequeñas calas urbanas, pasea entre sus eucapiltos, bucea entre sus restos barados buscando bichos, lleva su amor para echarle mejor sus redes, echa los cafés, lee o simplemente ve ponerse el sol tras el puerto al otro lado de la bahía -aunque esto último lo hacen un poco todos allí-... en suma uno de esos lugares que dejado a un lado por el planeamiento voraz, a merced del tiempo y del mar, adquieren su propia forma en el tejido de la ciudad y acaban por configurarse como un espacio libre, abierto y frondoso entre dos barrios. Un espacio verde sólido y clave en el paisaje de la ciudad y en el espíritu de sus habitantes.
        Érase pues un lugar marcado por esa fortuna, tan poco usual, que toca a algunas ruinas de ser rescatadas por la vida cotidiana y habitadas intensamente cada día, de espaldas a un fragmento de la ciudad dedicado casi exclusivamente al tráfico y en continuo diálogo con el mar.
        Una isla perdida en el planeamiento, pero nunca abandonada por los habitantes de la ciudad, circunstancias que sumadas hoy día no dejan de ser un acontecimiento: Un oasis en el espacio y en el tiempo que ha encontrado su propio valor y se ha alzado como un lugar de referencia en la vida urbana de la costa este de la bahía malagueña.

        Érase una vez El balneario Los baños del Carmen, en definitiva, uno de esos lugares en los que por su carácter único, puede darse una historia. Y de hecho, todos los días se da.


Jornadas Balneario

...y escritura.
Razón aquí (y allí mismo, por supuesto)

miércoles, 14 de junio de 2006

Arte en lata blanca de 15 por 4 por 3,5 metros, Fecha de caducidad: pronta o lejana, a juicio de la crítica y los teóricos


El otro día me dijeron que no se que tío, que sabe un montón de arte e historia de la estética, contaba que arte no es cualquier cosa, no… o sea, si que lo es: hoy día arte es cualquier cosa que se ponga en una sala de exposiciones.

Vaya, que si me dejo las llaves del coche en un rincón de la sala, tarde o temprano alguien las verá, se acercará y lo seguirán curiosos haciendo como que no le siguen y, con todo, juntos, las mirará como se mira el Arte y se preguntarán un montón de cosas sobre el origen y el significado, la idea, la potencia sugestiva y la capacidad transgresiva de las llaves de mi coche. En tanto que objeto, en tanto que imagen, en tanto que intención, en tanto que expresión de lo humano. Las llaves del gofomóvil, ahí es nada. La virgen, qué despiste.

Hay una pareja en Nueva York que lleva siempre un impermeable amarillo, haga el tiempo que haga, y van por los museos comentando cuadros. Son tan inconfundibles que los museos probablemente se sienten orgullosos de recibir sus visitas. A mí, al menos, si tuviese una galería en Nueva York, me encantaría que ellos pasaran alguna vez. Los recibiría con cordialidad y disimulo, haciendo lo posible por contener mi ilusión como el tembleque de un pavo enamorado. Dentro de los museos, esta pareja ha sabido convertirse en una codiciada obra de arte.

Para mi lo triste del asunto no es que todo lo que se meta en la sala de exposición vaya a convertirse en arte, sino que haya que confinar las cosas en una puta sala para que la gente se cuestione por sí misma y de una vez por todas si les gusta o no, por el origen, la intención quizá… e incluso lleguen a preguntarse –secreta, perversa, sucia, libremente- qué les sugiere.

lunes, 5 de junio de 2006

viernes, 19 de mayo de 2006

Sangre Azul

Costeño me ve llegar. Al pasar jadeando calle arriba junto a su alfeizar de ladrillos, se levanta y me adelanta derecho a la puerta, como si me hubiese estado esperando para entrar. Se queda a mis pies con el morro pegado a la puerta mientras busco la llave. Me agacho, le paso la mano por el lomo y ni se molesta en mirar quien le toca, ni un maullido de placer. Al paso de mi mano levanta un poco el lomo, pero el morro sigue pegado a la puerta: el bicho lo tiene claro en la vida.
En casa no tenemos buzón, las cartas están en un poyete del patio. No se quien las pone ahí pero ahí están… y cada inquilino recoge las suyas. Cuando hay una postal, sea la foto que sea, la cojo preguntándome si es para mi, quién puede haberme escrito y desde donde, como hacen todos, supongo... Cuando compruebo que no es para mi, justo antes de mirar la foto de nuevo y dejarla en su sitio, no puedo evitar leer con una ojeada en diagonal la primera y la última frase… como también harán todos, supongo.
En este caso la postal es para Nico. Pero lo que me sorprende es el modo en que la primera y la última frase coinciden en las mismas tres líneas.
Siempre pensé que mi vecino Nico era como John el dueño de Garfield, pero con la alegre mala leche característica de las gentes de mi tierra, y más aún de sus barrios, y más todavía la de Nico. Tampoco Costeño es un gato lo que se dice perezoso… está siempre retozando o deambulando por ahí con esa calma elegante de gato viejo y curtido, pero por las noches vuelve lleno de magulladuras. Esas magulladuras que no producen precisamente una pereza vital.
Costeño es una institución y no solo porque es el gato que todos vemos pasar de un apartamento a otro. Por decirlo de algún modo, si Nico fuese el presidente de la república, Costeño sería el rey… Porque a Nico al menos lo elegimos de alguna manera: es el que habla desde su atalaya: ¿Has aprobado ya? Te van a meter un paquete. Esa música que tocas ni es música ni es nada. Mira como tienes las tejas, como te vea el vecino te vuela los huevos, que es secreta, no digas que no te lo advertí, pum pum. Abraza al liberalismo, Carlos, abraza el liberalismo… Y, con todo, Nico es el que lleva más tiempo en la comunidad, el que tiene los teléfonos de los propietarios en un listín apuntados, en la jota de judíos, como el siempre dice con una gran risotada. Nico es el que sabe quien vive donde y el que a todos nos ha invitado alguna vez a beberse un vinillo en su terraza, esa plataforma desde la que nos habla como desde un púlpito metro y medio más arriba que la terraza de la comunidad, ese bastón desde donde contempla los atardeceres a la hora en que costeño llega a su terraza sorteando macetas por la cornisa, o desde donde por las noches otea las estrellas con una copa de roncola, peremne ante el flujo de inquilinos que vamos y venimos llenando y vaciando pisos año por año.
En última instancia, Nico es el dueño de Costeño, es quien lo lava, lo cepilla con un cepillo quitapelos, quien le dice a los demás que se llama costeño.
Lo de costeño es algo que quizá esté por encima de esas elecciones presidenciales involuntarias pero lógicas. Costeño es Costeño, vaga y no habla demasiado, llama sin prisa a las puertas que ya considera abiertas, pasa de un regazo a otro como quien atraviesa las habitaciones de un gran palacio. Fue joven y durmió en todas nuestras camas, bebió nuestras leches de briks en todos ceniceros, todos acabaron comprándole comida de gatos sin que la pidiese -porque a Costeño no le gusta el atún-, miró por todas las ventanas y bajo todos los techos descansó sin preguntar. Cuando estuvo malo todos nos preguntábamos por él, muchos lo hemos llevado al veterinario, como el día en que apareció en mi cama con media cara destrozada. Era muy tarde, entré y me gustó encontrarlo echado en el sofá. Solo cuando me senté a su lado con una sopa china recién recalentada al microondas, me miró por fin, y al separar la cara del colchón por poco me hecho encima los tallarines del susto. Desde mi lado de su cara podía ver por un agujero los dientes del otro lado. Los colmillos del rey. El rey está enfermo. Nico, soy yo Nico, perdona que te levante. Costeño está chungo y no sé qué hacer.
Hoy es viejo y no le dejamos echarse en cualquier sitio porque huele un montón, pero el sigue yendo y viniendo con esa misteriosas heridas se trae de la calle y esa seguridad suya que hace que parezca que si encuentra una puerta cerrada son solo las circunstancias. Porque el bicho sabe lo que hay dentro, porque son parte de sus dominios.
Antes de cerrar la puerta la mantengo abierta un poco para que entre Costeño, que echa una última ojeada a la calle cerciorándose de dios sabe qué y solo cuando mi paciencia comienza a dejar la puerta caer, el gato decide entrar, lo cual no quiere decir que lo haga deprisa. Me fuerza a quedarme mirando, a asegurarme de que la puerta no lo aplasta.
Entonces es cuando miro el correo…
“Como ves pienso en ti,
aunque no te lo mereces,
besos, Esther”
Mientras leo, Costeño ha visto salir a la gata de la vecina del bajo izquierda, y se ha lanzado sin hacer ruido. Ella no se ha dado cuenta hasta que lo tenía encima mordiéndole el pescuezo y empujándole el culito con el falo… la gata se zafa y Costeño la sigue, rápido pero lento a la vez, tranquilo y seguro. Corre mi amor, eres hermosa cuando corres. Y se pierde tras ella escaleras arriba sin hacer ruido.



miércoles, 17 de mayo de 2006

Semana Uno

        La primera noche es extraña, se duerme mal.
        Le segunda es algo mas calmada, viene la vida y la tomas.
        La tercera buscas refugio, amigos, copas, música alta. Porque la temes llegar… pero pasa.
        La cuarta te atreves incluso a esperar saber algo.
        La quinta igual ya lo sabes.
        Para la séptima ya habéis hablado de que igual no pasa nada si os veis, tomar un helado, una tapa, ir a una exposición…
        Pero cuando la noche llega, te ha llamado para decir que es mejor no verse, que va a pasarlo mal y prefiere asumir que ya no estás.
        Cuelgas pues con la séptima noche por delante.
        Entonces tu que te desenamoraste, tu que tomaste la decisión, tu que pusiste fin a esta crisis de un tajo certero… te das la llorrera. Te intentas aguantar, pero que va: al final lloras. En el silencio de tu casa, con una copa en la mano y un pitillo que encendiste nerviosamente al verlo venir… lloras como un niño por lo que crees saber renunciar como un hombre.

viernes, 5 de mayo de 2006

El profesor Musa

        La primera vez que ví este corto me reí un montón, no solo por el corto en si, sino porque reconocí en seguida ese papelillo que me dieron una vez por la calle y que me hizo tanta gracia que lo tuve dos años enteros bajo el cristal de la mesa camilla, junto a entradas de conciertos, monigotes de amigos, algunas fotos hechas o recortadas, trozos de poesías y de puzzles que no se de donde han salido y demás papelillos que me da por meter debajo del cristal de la mesa camilla. Entre esos papeles había uno en el que salía un tío al timón de un barco en plena tempestad, y un cristo detrás cogiéndole los hombros, que bien podía estar protegiéndolo o bien podría estar metiendo prisa: vamos tio que no llegamos y creo que me guardan un sitio en el cautivo, cuidado con la roca, so borrico. Os cuento esto porque creo que ese papel es lo más insólito que había, después del pequeño prospecto del Profesor Musa.
        Si sigo contando lo que sé de este corto, es que quedó segundo en un concurso de cortos y siempre he pensado que fue injusto. Lo digo porque fui yo el que tuvo que recoger el primer premio, rojo de vergüenza, ante Bruno Vazquez Alonso (su autor), el aforo y casi que ante el mismísimo Profesor Musa, que igual me estaría viendo en una bola de cristal. No, el corto no era mío, era de un colega que no había podido asistir.
        Hoy por casualidad me he encontrado el corto colgado en la web del autor, y he pensado dos cosas: una, que “el mundo debería ver esto” -palabras que transcribo tal y como sonaron en mi cabeza-, y la otra es que quizá sea un modo de hacerle justicia al autor.
        Enhora buena, Bruno.

martes, 2 de mayo de 2006

Hola

Hola escribo esto el 14 de Mayo de 2011.

Estás leyendo el blog entero. No se quién eres. Solo puedo ver que alguien lo esta leyendo post a post y que quizá no esté muy lejos de donde yo estoy. Si es así, igual, si pudiera hasta te invitaba a un cafelillo al sol de esta tarde límpida solo por la curiosidad de saber quién eres y qué es Golfo para quien llega. Son muchos años. Si te animas usa el mail... Si no es así, bueno, quizá algún día...

Si te he cazado, resulta divertido... solo quería saludarte. Perdona que te interrumpa la lectura. No te molesto más.

Es una alegría saber que lo escrito en el pasado no está perdido, sin interés para nadie, en la blogosfera.

Gracias por esta sensación.

lunes, 1 de mayo de 2006

The smell of sunshine,
I remember sometimes
-Nine Inch Nails


         Lorena ha venido a casa a desayunar. Nos hemos repartido el trabajo: ella putea los tomates y yo exprimo las naranjas. El primero que termine tostará el pan. Mientras tanto me atrevo por fin a confesarle que no he podido poner los carteles de las jornadas de Adobe. Adobe es la ONG en la que está Lorena, Arquitectura y compromiso social. Preguntadle a San Google, es una buena ONG. Yo le había prometido colgar los carteles en la escuela de arquitectura. Cuando me pregunta por qué no lo hice, le digo que desde que le dejé la casa a unos amigos para que pasaran unos días no he vuelto a encontrar los carteles… vivo entre tubos de papel, y por más que he buscado no he vuelto a verlos. Ella me pregunta por qué no la llamé para decírselo, podía haberme dado más carteles. Entonces yo, bastante avergonzado, le digo que simplemente no se me ocurrió. Me cuesta creer mis propias palabras… Pensé que ya aparecerían y ni siquiera me di cuenta de que había dejado de buscarlos. Me deshago explicaciones, en frases absurdas que empiezo y no termino una y otra vez… Ella corta ya el pan para tostarlo. Yo con media naranja en la mano intento abrazarla diciéndole que lo siento, y al hacerlo me parece falso: Cada célula de mi cuerpo sabe que no me lo merezco. La suelto en seguida y seguimos discutiendo… Mientras su voz se pierde en la luz al salir a la terraza con las bandejas, a mi dentro las naranjas me parecen más endebles en la mano. Se deshacen tristemente al estrujarlas contra el exprimidor. Tienen tiempo estas naranjas.
         A veces uno se aisla en su vida cotidiana y todo lo que no le toca parece lejano como niños que jugaran en un parque al otro lado de la ventana. Yo no soy así. Hace tiempo que suelo decir que “no” más a menudo, como aconsejan los manuales del bien psicológico y la templanza, y no me preocupo tanto por la gente como por controlar mi vida, cosa que no consigo porque soy una de esas personas que en verdad no están hechas para controlar del todo su vida cotidiana. Con todo, no gano nada y encima pierdo la atención que solía tener por los que me rodean. Me siento desperdiciado: yo no soy así.
         Quizá cuando no decía que no tan a menudo, cuando no dejaba a los demás para después, faltaba al deber frecuentemente, pero a cambio no me perdía ciertas tardes, ciertos rincones, ciertas citas, ciertas veladas, ciertas sonrisas, ciertos capítulos, ciertos viajes de esos que solo se improvisan entre varios, y sobre todo no llegaba al punto de decirle a un amigo que no he podido hacer algo que le importa y que me había comprometido a hacer, sin más excusa que la de que estaba muy liado.
         Seré gilipollas Todos estamos muy liados.
         Dice mi hermana que si no tienes cinco minutos para llamar no tienes cinco minutos para vivir. A pesar de eso ni mi hermana ni yo solemos llamarnos. Es igual: porque ambos lo sabemos. Yo por lo pronto tengo su foto en la pantalla del móvil y la veo muchas veces al día. Mi hermana es el ser que mas quiero en este mundo. Y no olvido fácilmente las cosas buenas que me dice.
         He estado muy aislado del mundo este tiempo, escudándome detrás del montón de cosas que tengo que hacer cuando en verdad siempre he tenido cosas que hacer… Y creo que el límite ha sido no hacerme cargo de los carteles de Lorena, de Adobe, haciendo que unos cursos cojonudos sobre hábitat eco-participativa pasen desapercibidos a uno de los sectores a los que más podía interesar: los arquitectos. Yo no podía ir, porque tenía otro curso, y un proyecto de fin de carrera, la visita de un colega, una cita, un taller de literatura, la siesta porque estaba cansado… una vida que no me dejaba ir a enterarme por fin de todas esas cosas que uno siempre se queja de que no le cuentan. Pero al menos podía haber puesto los carteles. No es cuestión de faltar a una responsabilidad sino de faltarle a un amigo.
         Yo estuve también en Adobe una vez y lo dejé porque yo no sabía trabajar en el ámbito en que actuaban. Yo se usar mis manos, pero soy torpe con las relaciones, con los contactos, con los presupuestos, con los entresijos burocráticos con los que hay que aprender a bregar para dinamitar esta mierda de mundo, como quien llega hasta en el fondo de un edificio para demolerlo. Por eso lo dejé. Asumí mi torpeza y me fui. Mientras tanto Adobe sigue ahí, mejorando cada día, organizando buenos berenjenales. Son unos luchadores. Admiro a Lorena por esto, pero no la imito. La admiro por muchas más cosas que si aprendí a imitar como esa generosidad suya por la gente, esa paz de espíritu que le procura tantos amigos y tantos caminos recorridos como una gran tela que la envolviese. Aunque veces no lo he logrado si que he sacado cosas buenas de mi mismo. Una de ellas es saltar sin pensarlo a los trenes pequeños.
         He estado muy aislado en mi mundo últimamente, corriendo de casa a la escuela a la academia a la biblioteca al taller a casa a algunos bares de vez en cuando, enfrascado en los enlazar lo más rápido posible estos puntos cada vez, concentrado en mantener cosida mi vida con la agonía se un sastre miserable. Y al final me he visto cabreando a Lorena en mi propia cocina. Es doloroso ver a un invitado dolido en tu propia casa. Sobre todo si es un invitado al que quieres.
         Al final Lorena me explica que ni siquiera está enfadada, mientras lo sucedido me sirva para no volver a hacer una chorrada así. Nos hemos puesto a desayunar como reyes, que es como siempre desayunamos cuando desayunamos juntos, y entonces yo he sentido cómo mi hocico asomaba de repente a la superficie a través de la mierda con que la rutina nos aplasta si uno se descuida. Lo que le salva a uno de la vorágine de lo cotidiano no es ninguna gran aventura, ni un viaje al caribe, ni una noche de pastillas, sino estar ahí para los amigos por encima de simples deberes que de todas formas cualquier otro hará cuando te mueras.

sábado, 22 de abril de 2006

Walkside Story

        Caminan por delante de mi: él come un bocadillo, ella lleva una rebeca larga que le cae por el brazo y deja un hombro al descubierto; pero no se la sube porque probablemente sabe -y le gusta- que le da un aire distraído, tan desastroso, tan falsamente inocente e irremisiblemente seductor. Cuando salió de la tienda me ha parecido que tenía rasgos ligeramente orientales.
        Yo camino detrás de ellos… y acelero el paso porque llego tarde y quizá también por ese instinto que me pide verle la cara y confirmar la sospecha de que es una mujer preciosa. El mismo instinto que me hace darme cuenta de que él le ha buscado la mano sin encontrársela y que me hace esbozar media sonrisa triunfa. Y el mismo que hace que él me mire un momento de reojo al tiempo que le coge el culo a la chica, con lo que una voz dentro de mi cabeza elije otro idioma para decir… Ça y est, c’est bon : Il a marqué son territoire.
        Unos metros más adelante, cuando doblan la esquina, ella aprovecha para echar una ojeada pretendidamente distraída a su alrededor… Antes de volverse de nuevo, como quien no quiere la cosa, sus ojos se detienen por fin en los mios y así, de soslayo pero durante algo más de un segundo, me sostiene la mirada y me sonríe.
        Ça y est, tu as raison, c’est bon, dice en mi cabeza la misma voz en el mismo idioma, pero contestándose, jactanciosa, a si misma, Elle aussi:, elle a marqué son territoire.

sábado, 15 de abril de 2006

Sistemas de referencia.

Rodríguez, que te veo



         Cuando escribo me siento bastante vivo, pero, curiosamente, es como si el tiempo parara. A mi alrededor todo se convierte en un tejido abstracto, como si no fuera más que el estampado del momento que me vuelve, tan real y tan hortera como un poster de jevi metal: mero paisaje, una habitación, unos objetos, la imagen bucólica de un tipo que escribe… o no tan bucólica quizá… -reconozco que a veces me he excitado mucho, incluso llego que levantarme de pura excitación y a escribir de pié, alejándome y acercándome a la pantalla, balanceándome sin separar las manos del teclado-... la música misma se vuelve parte del ambiente, un murmullo de fondo, hasta que ni siquiera distingo los vacíos entre canción y canción
         Podría decir que el tiempo se para, sin embargo, lejos de detener la vida, esos momentos son de los que más vivo me hacen sentir. Como si la vida existiera antes y después de cada uno de esos textos. Me pasa igual con los viajes y con ciertos libros. Virginidades varías: virginidad de Estambul, virginidad de Nueva York, de Cádiz o de la Sierra de Víznar, virginidad de Neruda, de Carver, de Henry Miller, virginidad de Rayuela (y cómo envidio a los que todavía no lo han leído)…
         La sensación del tiempo es curiosa: cuanto más lo posees menos consciente eres de él (un niño, por ejemplo, que lo tiene todo por delante, o un adulto que a encontrado la manera de apropiarse de él haciendo lo que más quiere, librándose por un Instante de esa corriente macabra que todo lo arrastra).
         Sin embargo cuando caes en la cuenta del tiempo es cuando menos parece hacerte caso, cuando menos parece tener nada que ver contigo: el tiempo, su materia untuosa se te escapa, como tierra seca entre los dedos… O no bien se detiene y te sientes estancado: El tiempo duele, entonces, como un hermano con el que te llevaras mal.
         Pero cuando escribo, cuando tengo un instante así, cuando logro echarle el lazo como a una cabra salvaje... nunca he tenido claro si es el tiempo lo que se detiene o soy yo el que sube por un momento al tren. Y ya puede verlo pasar todo, el paisaje, la habitación, la misma canción una y otra vez en el winamp -que despues de todo es también una forma hermosa de medir el tiempo-… que a mi me importa un pito, como el que oye llover.

jueves, 13 de abril de 2006


        Hay pocas cosas más siniestras, barrocas y hermosas al mismo tiempo que las procesiones de Semana Santa.
        La pasión rompiendo rodillas y hombros, la devoción llorando a saetas arrodillados frente a un muñeco de madera: El pecado de la idolatría y el politeísmo en toda su magnificencia. Repitiéndose, cada año, a orillas del mediterráneo, desde que el mundo es mundo. Egipto, Grecia, Roma, y otras tantas culturas que no se me ocurren o desconozco… ¿Qué religión ni qué niño muerto? Por dios, la religión no es más que el soporte para que esto sea posible, igual que Internet es el soporte para tantos y tantos blogs de gente a los que nos importa un carajo la informática.
        Es simple y llana pasión humana, y en tal estado de concentración que casi se echaría a llover.

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