lunes, 18 de febrero de 2013

Amor y Revolución. Semántica lineal y geometría

Acabo de leer Gramática de la Fantasía, de Gianni Rodari, y he de decir que no tiene desperdicio.  Lo que en principio parecía un libro sobre pequeños juegos para crear historias,  acaba siendo un imprescindible para aquellos que tengan curiosidad por la mecánica que une la imaginación, el individuo y el aprendizaje. Y un manifiesto sobre la educación y la deseducación. 
            Es muy difícil hacer un resumen pero ahí queda.  
    Entre otras muchas cosas, hay un capítulo en el que Rodari explica la posibilidad de reducir un cuento a elementos abstractos relacionados, cual variables en una suerte de álgebra semántica:  A, B, C…   que se relacionan mediante operaciones que en vez de - + * y /, son las operaciones que también ofrece el lenguaje con sus verbos y significados. Y quien dice esas operaciones, dice ecuaciones diferenciales, integrales de múltiples variables o mismamente Log e(1+x)^n=1+nx/1!+(n(n-1) x^2)/2!+⋯, una riqueza cuya bastedad apenas me puedo imaginar una vez que se traslada al territorio infinito las palabras.
            Así, desnudando los elementos y deshilvanando sus relaciones podemos quedarnos con una estructura algebraica, sus variables relacionadas y lista para introducir valores y operar:  Caperucita puede ser un Reportero, el Lobo puede ser la CIA, la Abuela puede ser una gran Verdad que no se debe revelar…     y el Cazador un elemento heroico que para mí es difícil de vislumbrar dado lo poco fiable que es el mundo hoy día. Tendríamos una novela de espionaje, un juego y quizá hasta una revalorización de las claves Caperucita Roja y su significado en el contexto contemporáneo.
           En otro punto del libro, Rodari cuenta una experiencia en que unos niños deben interpretar un cuento sencillo. Los niños entran en el debate y van desentrañando juntos las posibilidades de interpretación: conforme el debate avanza e intercambian ideas, se relajan, liberan su mente y muestran sin miedo sus juicios y prejuicios. Es hermoso ver cómo van comprendiendo que el debate es suyo, que les pertenece, que son los responsables y creadores por encima de un mundo adulto que los tiende a reducirlos a escuchantes. En pocos movimientos descubren que se sienten libres para opinar y legítimos dueños de sus opiniones, cómo empiezan a disfrutar y hacerse responsables de su calidad de individuos y su dialogo como grupo. El caso es que en entre capítulo los niños acaban el debaten en dos conceptos:  Desobediencia y rebelión.


         Me es imposible no ver una relación entre estas dos ideas que saltan al capítulo anterior desde el álgebra de sus significados. Pero el caso es que inmediatamente, como dos valores de X y de Y, me vienen a la cabeza dos conceptos, por la simple claridad con que siguen la misma matemática en sus significados: sexo y amor. Quizá sea que estoy leyendo además otro ensayo maravilloso de Octavio Paz, La llama doble, o quizá sea porque me importa toda esta geometría de comprender el mundo.

           Si la desobediencia puede ser simplemente una actividad, es la rebeldía la que le da legitimidad, dotándola sentido más allá: convirtiéndola en la celebración de una voluntad de vivir contra el vacío.

          Si el sexo puede ser simplemente una actividad, es el amor el que la legitima y dotándolo de sentido más allá: convirtiéndolo en la celebración de una voluntad de vivir contra el vacío.

         Sexo y amor.  Desobediencia y rebeldía.  Ahí me tienen colgado como un mono entre dos bellísimas paralelas: un primate encendido de felicidad ante el asomo de la inteligencia como en una novela de A. C.Clark
           Me asalta una dulce autocomplacencia, que acojo sin tapujos, ni censura…  después de todo nadie me ve, además…   ¿Qué puede hacerme un poquito de autocomplacencia que aquí me pille, leyendo a solas con mi café helado, pelando cacahuetes junto a un mar donde crecí y haciendo minúsculos juegos mentales bajo este cielo azul sin concesiones?  Siento su íntimo cosquilleo interior, mientras llega una brisa con olor a mar y pasa una mujer en bicicleta, haciendo ese silencioso murmullo que hacen los vehículos sin motor. Mi mente vuela cuando leo. No debo perder la concentración. Vuelvo a la lectura.
          Sin embargo, siento que falta algo, sean cual sea los valores que le de a la ecuación: algo esencial, triangular, una nueva variable que despliegue todo este juego en el vacío en una tercera dimensión capaz de llenar el espacio comprensible: desobediencia, rebeldía, sexo y amor…
       Cuanto menos, hay algo entre el sexo y el amor: cuando el sexo es ya poderosa expresión, pero aún no ese deseo descarnado de completud sino solo de comunicación  –que de por si no es moco de pavo-…  el erotismo.  De Pedogrullo…      ¿pero qué ocurrirá ahora con la primera ecuación? Se que hay una relación de paralelismo, que ambos mundos están conectados por una matemática común.
         La tercera palabra no se hace esperar, con una precisión casi numérica pero dotada además del brillo untuoso de su significado. La palabra llega, pide disculpas en la sala, cierra, con suavidad, toma asiento, las otras carraspean .  La primera ecuación se completa así con la llegada de un valor capaz de elevar también la vida al cubo… 

                                       Sexo
                                             erotismo 
                                                       amor.   

                             Desobediencia
                                              rebeldía     
                                                       revolución.

          La autocomplaciencia huye sorprendida como uno de esos gatos que viven alrededor de los restaurantes de la playa, que ahora abren perezosamente sus terrazas, cono ese sonido cálido de sus toldos al desplegarse, el cristalino entrechocar sus sillas y el bramido ronco de sus mesas al arrastrarse. Revolución (amor). En medio de este día libre, el sabor de esta palabra tiene la fuerza de un buen güisky, sólo y sin aguar, que me reconforta por un momento frente al mar de mi exilio y la fría laxitud de los tiempos que vivimos. 
           Palabras que al final nos empujan al territorio de la apuesta y el riesgo, de la incertidumbre y la esperanza, a veces trágicamente equivocado más legítimo, luminoso y ciego, dotado del fascinante peligro de llenarlo todo sin vuelta atrás:  un concepto poderoso, sistémico, estructural...  He aquí la matemática común:  La revolución que todo amor significa. El enorme amor que implica el riesgo de toda revolución.

1 comentario:

egolastra dijo...

"Cuanto menos, hay algo entre el sexo y el amor: cuando el sexo es ya poderosa expresión".

Orgasmo (deconstrucción): puede contener trazas de amor, pero es sintético.

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