miércoles, 6 de febrero de 2013

Kundera Kenzaburo Swing




Es precioso estar leyendo a la vez dos libros tan dispares como un ensayo de Kundera y una novela de Kenzaburo Oé …  Y que de pronto Kundera vaya y mencione tu libro de Kenzaburo.
¿Cuántas veces se refiere la literatura europea a la novela japonesa contemporánea?  Desde luego, no muy a menudo. Últimamente un poco más, con Murakami, pero Murakami es muy occidental y aunque tiene un estilo precioso, como dice Kittywoomi experta personal en literatura japonesa, después de 4 libros tienes la impresión de haber leído mil veces el mismísimo párrafo en que el personaje describe cómo abre la nevera y come cualquier cosa, porque si, porque Murakami es un autor acogido por la cultura indie española y, como todo lo que esta agarra, tiene a quedar formateado como una etiqueta de consumible de calidad -la cultura indie es en su mayoría burguesía intelectual bien formada- pero reiterativa.
 Más allá de todo esto…   ¿Cuántas posibilidades hay además de que de que en libro mencione a otro libro de un continente a otro, de una cultura a otra, del extremo al otro de oriente? Por cierto, desde los países centro europa, sobre los que se deslizó la frontera del este tras la guerra mundial, hasta el extremo oriental, Japón, el lejano país que había perdido esa misma guerra.
Si, es preciosa la coincidencia, es precioso como me hace sonreírme íntimamente, a solas en el café donde vengo a trabajar, leer y escribir, y a encontrar de pronto algo cosido con mi presente. Es precioso sentir como si estuviésemos bajo un esquema mágico e invisible, un tejido invisible que trasciende, un mensaje, un plan…   o, simplemente, una especie de show de Truman metafísico. Es decir: El mundo, algo en el mundo, quiere vernos y nos pone un escenario.  Y por ello hay que entregarse a la magia y correr la aventura que nos toca.
El otro día me preguntaba mi amigo Quico por qué nos gusta tanto cuando nos sentimos parte de un relato.  Hablábamos de Roma. Él ama Roma y yo le pedí que me contara por qué.  Después de decirme un montón de cosas que ya sabemos, especifiqué…  ¿Qué le gustaba tanto a él de ella?.  Él lo pensó unos segundos, durante los que yo me imaginé en tonos de código fuente, las miles de referencias y entresijos de esa inteligencia a la que tanto cariño tengo y que tanto me divierte, concienzuda, iconoclasta, humilde y devastadora, podía esperar cualquier cosa… pero no mi amigo simplemente ordenó sus sentimientos y los sintetizó en una sola frase: Roma le hacía sentirse parte de un relato. Yo recordé cómo Berlín me hace sentir exactamente eso: parte de un relato –más bien una película-, que además sucede en el inquietante y excitante escenario de la historia reciente, la que he vivido, la que ha marcado el cine y el arte que plasma el mundo que conozco. Pero no dije nada. No podía hablar de Berlin:  Los dos amamos Berlín. Los dos lo compartimos cada día. Estábamos en un precioso Kneipe berlinés de Ohlauerstrasse, uno de esos barecitos sumidos en esa atmósfera inconfundible que dan las velitas y lámparas con densas pantallas amarillas, chorreando su cálida luz en paredes desgastadas y enormes flores radiantes de fresca melancolía…  de fondo sonaba un tecno suave y decadente; los muebles, todos recuperados de anticuarios de los años 50. Disfrutábamos de una buena cerveza juntos, una tarde cualquiera, en esta ciudad que ha sido el marco de la nueva amistad: el mundo que estamos creando juntos desde hace apenas un año.
No, no podía hablar de Berlín: Hablábamos de Roma y él.  No se trataba de hablar de lo que los dos amábamos sino de lo que cada uno amaba y por ello de la condición que lo hace único: una historia entre mil, la historia propia.
A mi me pasa con el jazz. Confieso que no sé mucho de jazz, le dije, pero me hace sentir parte de un relato.
Como Roma, aquello era muy estético, escenográfico. Los dos nos concentrábamos en la estética de esos relatos. Otros se meten en historias para sentirse parte del relato. Acción o paisaje. Situacionismo o novela psicológica. Lo curioso es que nuestras vidas se trazaban más como una novela psicológica.
Fue entonces cuando mi amigo me preguntó entonces por qué se siente uno tan bien cuando siente que forma parte de un relato.
Cuando uno se siente parte de un relato, se siente parte de algo memorable, algo transmisible, algo que tiene el suficiente valor como para ponerse en una narración y trasmitirlo a otro, al futuro, a territorios más allá de si mismo. Lo que nos hace felices al sentirnos parte de un relato, es la sensación de permanencia, a lo durable, a un oasis de pequeña trascendencia  en la nada cotidiana –la belleza, la memoria-, una parte de la poca herencia que nos toca de la eternidad.
Adoro el jazz. Cuando suena jazz, la música me ayuda a encarar mis acciones como parte de un relato. Me hace ver, de algún modo, el valor que deben tener si hubiese una permanencia, me hacen valorar la vida que dejaré flotando en la nada de lo ocurrido después de morir. Me hace sentir parte de un relato, de algo transmisible, algo que podría entregarse a otro y que es otro podría valorar.
Dicho en términos burocráticos: es un aval, la certificación de un tercero, ajeno a nosotros y a la nada contratante.
Es precioso estar leyendo libros tan dispares como un ensayo de Milan Kundera y una novela de Kenzaburo Oé –no puedo leer dos novelas a la vez, tiendo a ser fiel a una sola historia y mil pensamientos-. Y es precioso que de pronto Kundera mencione a Kenzaburo.  Da la sensación de ser parte de un relato, la topografía de una aventura secreta, las reglas de un juego escritas en algún sitio, una narración que te acoge, una sombra de permanencia en el anodino abrasador del día a día, para volcarla este pequeño momento en que abro el ordenador y empiezo escribir con un instinto sobre mi tiempo alegre y devorador.

3 comentarios:

La Petite Poupée dijo...

Una casualidad increíble, sin duda, de las que te pintan una sonrisa en la cara que cuesta explicar pero que se expande por dentro.

¡Un saludo!

Quico Moya dijo...

¡Oh, soy efectivamente inmortal! ¡Qué potito!

Quico Moya dijo...

¡Oh, soy efectivamente inmortal! ¡Qué potito!

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