miércoles, 25 de enero de 2006

La posibilidades de un día




        Lo que habría dado uno por sacar una instantánea de aquellos cajones de fruta que amontonábamos... pero el tiempo es así: inversamente proporcional al interés que se tiene por él. Un niño ignora, de hecho casi desprecia, todo lo que tiene por delante. De pequeños eso de inmortalizar era una tontería demasiado seria para preocuparnos... otra foto, no, mamá, ay, qué coñazo, vale vale, no digo palabrotas.
        Lo mejor era que mientras la construíamos subiéndonos los unos en los otros y los otros en más cajones que amontonábamos a modo de escalera; mientras se nos caía una torre y volvíamos a levantarla con más mimo y tesón todavía, colocando los cajones lentamente, con ciudadito, intentando no vencer el momento de vuelco al que cada caja nos acercaba espectacularmente... y nos partíamos de risa imaginando la cara del Jeromo cuando en llegara por la mañana en su tractor y encontrara las cajas de naranjas formando aquel esbelto monumento en medio de la mañana. Una torre de 35 por 40 centímetros de base y quizá más de 3 metros de altura que ya casi oscilaba con el viento. Nos lo imaginábamos así: mirando a un lado, mirando al otro, en medio de esa niebla que tienen los valles fértiles al amanecer, y ese silencio que solo rompen las piedrecillas bajo las alpargatas al caminar. Ese ambiente que cambiando las alpargatas por unas converse se volvía tan propicio para ambientar películas de extraterrestres y abducciones en los años ochenta... Casi escuchábamos al Jeromo cagarse en la madre que los parió, hablando solo y bien alto, atónito, cabreado, o quizá mondándose también de lo que le puede pasar a uno cuando cinco crios con no poca imaginación andan sueltos una tarde de domingo.
        Lo que habría dado uno por tener una instantánea de tal proeza, pero era aún el tiempo en que gracias a dios no existían móviles, con cámaras ni sin ellas, que nos impidiesen perdernos por el campo en la hora del café... El tiempo en que las cámaras, como los teléfonos, eran dominio ñoño y coñazo de los adultos: eran tener que estar peinado y dejar de hacer el payaso, era separarse del grupo, soltar los G.I.Joes para saludar a algun familiar, posar y sonreir. La cruz de las cámaras les tocaba a ellos. Eran ellos los que podrían bien haberse dado cuenta de la increíble poética del asunto, que del algún modo nosotros habíamos comprendido, pero que no podíamos explicar más que a través de la cara de asombro de Jeromo cuando llegara por la mañana.
        En lugar de eso, los mayores venían corriendo cuando veían las cajas de fruta asomando por encima de los naranjos: habíamos violado las normas, habíamos violado la gravedad. ¿En qué coño estábamos pensando? Aquello podía caérsenos encima... así que nos obligaban a alejarnos prudencialmente mientras pensaban una solución en sus cabezas –ahora lo se- confundidas de adulto. Al rato, como nadie sabía como deshacerla, al menos nos dejaban derribarla a naranjazos.
        Habíamos pasado horas construyéndola. Pero qué más daba. Era una delicia verla caer, ser los privilegiados que por una vez tenían permiso para romper algo, aunque solo sea el precario equilibrio de nuestras travesuras... Nuestras madres mirában asustadas, enfadadas, pero nosotros sabíamos que no podía ocurrir nada, y un montón de naranjas cruzaban silenciosamente y se perdían entre las hojas del huerto sin tocar la torre... Uyyyy, uyyyy, decíamos cada vez, y a la cuarta se nos unían tímidamente las madres: uyyyy.... uyyyyy. Hasta que uno de nosotros daba en el blanco y aquello comenzaba a tambalearse. Y en ese momento, como si la inspiración estuviese en esperando detrás del primer golpe, todos comenzábamos a acertar.
        La torre caía con gran estruendo en apenas unos segundos. Solo en ese momento me daba cuenta de que el cielo detrás estaba ya oscurecido. Luego nos llevaban a collejas hasta la casa mientras nosotros defendíamos entre risas contenidas lo que hoy en el Pompidou y en las revistas de nuevas tendencias llamarían “la potencia poética de nuestro proyecto”. Las collejas nos las pegaban no por nada, sino porque nos las tenían que dar, pero eso no impedía ya que el día fuese ya el día que era, feliz y cerrada ya su posibilidad de ser Aquel Día y no otro: el día en que los chalaos estos construyeron una torre de cajas de fruta. Quizá nunca nos hubiésemos sentido tan afortunados si no hubiese sido por la fugacidad del momento, por lo perecedero de aquel espectáculo que ya nadie volvería a ver, ni siquiera nosotros que la habíamos derribado, lo cual nos convertía en seres únicos en la humanidad... Y todo precisamente por eso, porque la felicidad de aquella tarde no nos dejaba la necesidad de volver a por más.

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