martes, 27 de septiembre de 2005

24 horas ha

Con el agua por los tobillos, recalculo la posibilidad de adentrarme más... tanteo los espacios más pequeños entre las rocas cada vez más grandes y más resbaladizas. Miro atrás y me digo que ya es suficiente: me basta con darme cuenta de que es la primea vez en la vida que veo el balneario desde el mar.
Vuelvo a recostarme contra mi roca para leer un poco más, mientras de vez en cuando unas voces pasan, se acercan, unos pasos, se alejan... me divierte pensar que quizá no sean tan anónimos como creo.
Al rato empieza a costarme leer. Lamento que las puestas de sol con las montañas sean tan veloces... pero la ciudad se recorta como en un juego de tiras de papel en tonos planos de gris azulado sobre fondo de nubes naranja. Me da la impresión de mirar del día desde la noche.
He estado toda la tarde terriblemente inspirado pero no he vuelto a casa porque también he sabido que tan pronto como llegara, toda esa carrera de palabras que no son las precisas ni las justas, que no cuentan nada más preciso más que lo que cuenta un grifo abierto, la tarde, el cafe, los rincones... lo que se le vaya poniendo delante... todo, se me olvidaría tan pronto como me sentara delante del teclado.
No es más que inspiración, se pasará en seguida.
Así que espero a no poder más de frío y me marcho a cenar hablando solo entre los eucaliptos.

miércoles, 14 de septiembre de 2005

Escena IV

      Entre acto y acto no ha callado el rumor de la escena anterior.
     Se levanta el telón y el foco ilumina la misma ducha “cuadrada, alta, con cortinas de plástico que (des)dibujan la misma silueta de mujer”.  Se oye el agua que suena como palabras o a decir verdad podrían ser palabras que suenan como agua, cayendo sin parar, diciendo tantas cosas a la vez como si se hilaran infinidad de caminos en el aire, “estrellándose en el suelo con esa diferente intensidad que impone la orografía del cuerpo, el recorrido por sus abismos.  Agua que cae y suena como una tromba de pensamientos en la impunidad del vacío.”
        A través de la cortina se intuye a una mujer.
     Un hombre entra a escena por la derecha, con aire distraído y un papel en la mano. Rodea muros inexistentes. Entra por una puerta sin pared, deja el papel en una mesa que hay en el escenario, uno de esos objetos que a quien los percibe antes de que sirvan a la escena le inspiran una enorme curiosidad, ahí perfilados en la penumbra de los escenarios… -por que en un escenario vacío, cualquier cosa es una Cosa, es decir: lo es más que nunca.- He aquí pues, una Puerta por la que entra el hombre y una Mesita en la que deja el papel y se vacía los bolsillos. Suspira, mira de nuevo el papel como si fuese a decirle algo, a reprochárselo casi, como si hubiera algo importante escrito en él, o peor aún, algo por escribir, y que no se deja, mira el papel, en fin, como si hubiese en él algo muy difícil de descifrar, algo importante, algo que lo trae de cabeza…
        Entonces ve la ducha, o la escucha más bien, lo cual cambia su actitud distraída de quien entra trayendo historias de fuera, a la actitud, por otro lado característica, decidida y templada, automática y dulce, de quien ya está en casa, y se dirige a tomar una ducha. El actor en este punto podría silbar si quisiera y no quedaría menos natural. Se quita la ropa lentamente, sin preocuparse demasiado de doblarla… y abre la cortina.
        Por un instante el rumor de voces se hace más audible, se hace menos agua y más voces… Saluda con una sonrisa a la mujer y pide permiso con una leve reverencia de la cabeza, ella le hace sitio, y entra… Al cerrar la cortina el murmullo se hace de nuevo tan confuso como el agua de una ducha al caer.
        La luz cambia volviendo las cortinas transparentes por un sencillo juego de luces que describiremos más tarde. El público puede ver cómo ha comenzado a lavarla… empezando por los brazos que levanta él mismo mientras ella se deja hacer mirándolo en silencio como una niña pequeña, hasta las manos y al final de ellas los dedos que estruja entre los suyos… luego las axilas, los hombros, el cuello, y los pechos en los que se demora, o al menos eso le parece al público, fascinado también, por los miles de modos que hay de apretar unos pechos enjabonados, de hacerlos dar vueltas sobre si, de apretarlos, juntarlos y volverlos a separar…
      Vientre, cintura, caderas, y sexo, donde vuelve a demorarse, pero esta vez sin disimulo: llevando las manos a todo lo largo de la línea profunda y suave que pasa entre las piernas, uniendo en el delta de Venus con en el inicio de la espalda… ese itinerario recóndito pero cercano a la vez, lleno de suavidades varias, extraños olores que nos encienden a todos, gradientes de humedad… así agachado frente a su sexo, pasa tres veces, en una suerte de movimiento pendular, un ir y venir suave pero decidido, espumoso, y seguido comienza a bajar pierna abajo, contorneándola con las manos… los pies que levanta hacia sí y apoya en su rodilla, los tobillos que limpia como un cubierto entre sus dedos. Ella pone esa cara de risa y angustia que mucha gente pone cuando se la toca entre los dedos de los pies, y se agarra con inseguridad a la cabeza de él para no perder el equilibrio. Otra vez parece una niña y una mujer a la vez. Muchos hombres entre público mirarán a sus mujeres sonriendo sin que estas de den cuenta, otros también mirarán a otras mujeres, pero no serán suyas aún, y quizá nunca lo lleguen a ser por más que fantaseen o las intenten impresionar con invitaciones al teatro…
        Un rodeo bajo plantas de los pies como quien pasa buceando bajo una barca, ella rie, casi se oye su voz entre las voces que parecen agua al caer… talón, tobillos que repasa como cercionándose de que no ha olvidado nada, y vuelta piernas arriba del mismo modo lento de alfarero que no se sabe si da forma al jarrón o solo deja que le conduzca las manos…
         Poco a poco vuelve a ponerse en pie…
         Por primera vez desde que entró en la ducha deja de tocarla.
       Ella lo deja hacer, observa un poco interrogante y un poco indiferente como si fuese alguien del público que han subido al escenario para la escena, y con esa misma calma curiosa y algo resignada de voluntario en un truco de magia que no cree demasiado pero que disfruta en realidad, se deja acercar a él para comenzar otra vez en los hombros, pero ahora bajando por la espalda… los homóplatos, la cintura – “dans mes main comme un jar d’eau tiéde” recordará un joven entre el público-, la parte baja de la espalda, esos dos hoyitos que escoltan el coxis… ella casi tiene la barbilla sobre el hombro de él. En suma, es un gesto que podría ser un abrazo, pero no es un abrazo aunque bien podría serlo pero no estamos seguros: y de ahí el encanto de este gesto que termina hundiendo las manos entre sus nalgas. Ella se siente de nuevo como cuando era una niña muy pequeña, si no fuera por un leve saludo al sexo -recuerdo de esta suavidad que solo se encuentra en este lugar del mundo- y vuelta a las nalgas rodeándolas tres veces, haciéndolas temblar ligeramente… cuando ya remonta espalda arriba. Y aquí acaba el abrazo que no es abrazo pero mira que si lo es y no nos hemos dado cuenta.
       Ahora ella mira al suelo, al estrecho hueco que queda entre los dos… mientras él le lava la nuca, el cuello, las orejas…
        Le acaba de enjuagar la poca espuma que le quedaba en la cabeza, pues se estaba lavando la cabeza cuando él llegó. Se vuelve a poner más jabón y su voz rompe por un momento sobre el murmullo de voces que no se sabe si son voces diciendo miles de cosas de nombres de adjetivos de ciudades… o solo es agua al caer…
        Cierra los ojos.
        Le dice… Y le lava la cara.
       Finalmente la enjuaga… y mientras lo hace, el rumor de voces se va apagando como si se fuese por el desagüe.
        Algunas personas entre el público se han dado cuenta de este silencio inminente, otras no. Alguna de las primeras se inquietará en su butaca, pero no dirán nada.
       Cuando sale de la ducha, ella hace un gesto como de seguirle, pero él la detiene con un ademán de la mano que quiere decir más o menos:
         Espera.
      Coge una toalla, ahora si la hace salir, la envuelve, y la seca, brazo a brazo, pierna a pierna, tronco… cuando termina de secarle la cabeza suelta la toalla y es ella la que emerge entre los pliegues como por Primera Vez en el Mundo y lo mira sonriendo mientras él ha comenzado a vestirse.
       Antes de partir saluda con esa reverencia pequeña de quien es demasiado tímido como para no dejar cierta distancia, por temor a que la despedida se convierta en un gesto torpe.
       Al salir pasa junto a la mesilla, recoge el papel, pero no bien abre la puerta parece que ha recordado algo: se detiene un momento, saca un lápiz y escribe algo con esa prisa alegre que hace que nos apoyemos contra el marco de una puerta olvidando que tenemos una mesita justo detrás.
       Ella se queda mirándolo, se ha hecho la luz sobre el escenario, las cortinas son blancas y opacas, el rumor de voces ha cesado con el agua, todas esas historias narradas al mismo tiempo, esos nombres de personas y ciudades, esas metáforas y adjetivos, parecen haberse disuelto con el jabón… Sin embargo la expresión de la mujer aún envuelta en la toalla no es esa feliz indiferencia del mundo exterior, fresca y sonriente que tenemos después de una buena ducha –esa indiferencia que suena a planta del pie contra el suelo y el eco siseante de tela de toalla reverberando contra los azulejos-, no, sino el interrogante, angustiado quizá, impreciso, de una historia que, terminada o no, deja de contarse y sin embargo no deja de sonar en el silencio.
        El mismo silencio en que ella mira la puerta por la que el hombre ha desaparecido… mientras al otro lado de unas paredes inexistentes él ya hace mutis por la izquierda.
         Telón.

lunes, 5 de septiembre de 2005

La posibilidad de existir

        Yo no creo en nada, excepto en ciertas situaciones, entonces, ahí, si creo, o simplemente no me arriesgo: porque, siendo franco, el mundo no se divide entre lo que uno crea o no. El mundo está por encima… Por eso, en ciertas ocasiones, me digo: Igual no, pero igual si, tio, igual Está Ahí Arriba mirándote, y si ahora me doy la vuelta y me marcho, podría enviarme un rayo y partirme en dos, por cobarde, por desagradecido, por gilipollas... entonces, yo, que no creo en nada pero soy Hombre Temeroso del Señor Espectador ante su Acuarium, me lanzo hacia el centro de mi pequeño gran miedo...
        Más tarde, quizá salgo del agujero silbando una canción, -el mismo agujero que había pensado en rodear haciéndole un feo remendón a la vida-… o con un billete de tren –¿de verdad me lo había pensado?- o simplemente contigo cogida de mi brazo –si, contigo, la misma que minutos antes me hacía temblar sobre mis piernas de deseo y de riesgo, la misma con la que hablaba y reía por fuera como un hombre, mientras lloraba por dentro como un niño que no quiere perder tan pronto-.
        O mira, mi amor, que no lo consigo, entonces, tendido en cualquier rincón apartado, contemplo mis magulladuras recién estrenadas, lo feas, lo patéticas, lo ridículas que me parecen, al lado de las viejas, las oxidadas y misteriosas cicatrices, esas que solo ven los que se fijan, los que han aprendido por su lado a reconocer estas cosas, -y algunos que hasta se atreven a preguntar-… o mis magníficas calabazas brillando a la luz del sol, renovando la vieja huerta desde segundo de EGB…
        Entonces me rio, me rio de mi, de dios y de la vida, pero de mi primero, para así reducirlo, anularlo todo de nuevo: ese es mi pequeño e inútil rayo de venganza.
        Luego dejo de creer.
        Porque yo no creo en nada.
        …Excepto en la posibilidad de existir con los contratiempos cotidianos.


miércoles, 31 de agosto de 2005

La danse limasse sur le tôit en gres.

        Es difícil decidirse por una foto en concreta, cada una es como la pieza de un puzzle… se pueden coger todas y hacerlas pasar muy rápido por el ACDsee, a 0.5s por ejemplo, y componer entonces la vista de una persona en un movimiento anárquico sin igual: cerca lejos de pie tumbado perfil escorzo un avión... para eso hacen falta todas las fotos de la persona, incluso aquellas en las que no está: después de todo son sus fotos y todas aportan su parte a la danza inesperada.
        Hagan la prueba.
     Después quedan los tejados, si se dejan, porque no todos los tejados se dejan subir… allí efectivamente se puede fumar, aunque hace algo más de viento, pero el atardecer es más largo que abajo: el sol se pone por detrás de otros tejados, o por el horizonte mismo, si se tiene la suerte de vivir un poco más alto, en un edificio alto o en una colina, eso si se tiene, además, la suerte de vivir en una ciudad con colinas desde las que se mira a si misma como hacen las ciudades con colinas y lugares altos, desde donde a uno siempre le puede dar por imaginar qué estarán haciendo los demás ahí abajo, en el Resto de la Superficie del Mundo, o la cantidad sitios que nunca ha visto, lugares tan cotidianos como enigmáticos, como las torres de los aeropuertos, y pensar por la noche que seguro que los de la torre del aeropuerto no tienen más luces a sus pies. Consuelos tontos donde los haya pero no menos divertidos a la hora de echarse un pito en la soledad de los tejados.

martes, 23 de agosto de 2005

Collage au décalage (Técnica Mixta)

Alicia dice:
        Golfo

(…)

Alicia dice:
        ¡la luna!

(…)

Alicia dice:
        Qué luna, golfo… no la había visto… y ahora desde la torre, sobre el mar, entre girones de nubes, en la bahía.

(…)


        Golfo comenzaba a aparecer… primero cada una de las líneas verticales de su sonrisa, después sus ojos… pero para cuando pudo asomarse por estos era tarde y lo único que de Alicia alcanzó a ver fueron las últimas rayas de sus medias a rayas que una a una acababan por desaparecer.

Mmmmmmmmmm.

se dijo. Efectivamente, había una increíble luna redonda y brillante, como un pez abisal o un insecto orondo colgado de un hilo muy fino… pero sobre todo como una luna enorme, redonda y brillante.
Luego sacó un pitillo, lo encendió, y ahí se quedó fumando lentamente mientras pensaba qué hacer con las palabras que Alicia había dejado flotando en el silencio.

miércoles, 17 de agosto de 2005

Nihil

        Viajar es útil, hace trabajar la imaginación.
        El resto no es más que decepción y fatiga. Nuestro viaje es enteramente imaginario. De ahí su fuerza.
        Va de la vida a la muerte. Hombres, animales, ciudades y cosas, todo es imaginación. Se trata de una novela, nada más que una historia ficticia. Littré, que nunca se engaña, lo dice.
        Y además todos pueden hacer lo mismo. Basta con cerrar los ojos.
        Ocurre al otro lado de la vida.

Louis Ferdinand-Céline, Viaje al Fin de la Noche


        Tendría yo 14 años cuando mi padre me dijo que esos no debía leerlos, señalando una fila en la biblioteca… porque esos, me explicó, son los libros de la angustia y el vacío. ¿Existencialistas?, pregunté cortándole. Si, existencialistas… me contestó disimulando vergüenza que da haber ocultado algo a un niño que sabe más de lo que crees... esos mejor no los toques.
        Aquello bastó para que esos libros cobraran para mi un aura de misterio de la que que aún hoy, que los conozco bien, no se han liberado… especialmente Viaje al Fin de la Noche. El único que aún me espera.
        A partir de aquel día cada vez que pasaba junto a la biblioteca los miraba con curiosidad, casi admiración, pues ahí estaban, como si algo en ellos, algo para lo que yo debía ser valiente, me estuviese esperando en su interior. De tanto mirarlos secretamente me aprendí sus nombres y su posición al otro lado del cristal de la vitrina… hasta el día que giré la llave y elegí La Peste para empezar a Leer.
        Pensé que cuando mi padre se enterara me regañaría. Pero solo para mi había sido crucial esa conversación, para él no había sido más que un comentario a un tipo más joven, un consejo de amigo dado en el momento preciso en que un consejo puede servir tanto para detenerte como lanzarte definitivamente al otro lado… el lado de los que saben, el lado desde el que te hablan y te prohíben en al mismo tiempo. El lado de los que han mordido la manzana.
        El Viaje, he de confesar que nunca he conseguido leerlo entero, en verdad nunca llegué más allá de las primeras cincuenta páginas… lo único que he leído, eso si, cientos de veces, a escondidas primero, -de rodillas delante de la vitrina abierta para poder devolverlo rápidamente a su sitio como si fueran las revistas porno que mi padre escondía en su mesita de noche-, y aún hoy a veces cuando paso cerca del libro, son estos pocos párrafos escritos al borde de la primera hoja, antes del prólogo, antes de todo, como escritos a un lado de la última curva antes de llegar, los que para mi han acabado por ser todo Viaje al Fin de la Noche: las páginas que siguen, las que componen el libro, confieso nunca me han importado demasiado, y aún tengo la impresión de que no me harían falta para entenderlo…
        Y a pesar de todo, de toda esa vitrina que en verdad no me abrió las puertas a ningún lugar, infierno o paraíso, que no llevara dentro de mi mismo, esas palabras fueron las que mejor se me quedaron marcadas, y las que todavía me hacen temblar como la primera vez que Camus me abofeteo para que despertara de una vez por todas a la cálida luz del vértigo como a un día de verano, la poesía del vacío, la belleza, de ese misterio cristalino, magnífico y pequeño a la vez, imponente pero cotidiano: la sencilla y violenta vitalidad de existir y amar el mundo en la consciencia de la Nada…
        Y con todo, esa bestia que tanto me costó domesticar que es el dulce sabor de la autodestrucción que te espera como una araña cuando llegas demasiado pronto al centro de la verdad, tiembla también sonriéndome… cada vez que saco esas palabras del cajón que aun les reservo dentro de mi mismo como a un tesoro que durante varios años llevé conmigo a todas partes.
        Me basta con cerrar los ojos.

jueves, 4 de agosto de 2005

Étérnation (parte II)

        
(¿Tendría que ver con eso el que retrasara cada día la Gran Hora de la Limpieza, y con el hecho de que hacía un mes no terminaba de organizar mi desorden, mientras el calor hacía su parte descolgando uno a uno posters, postales y papelotes varios sobre los restos del último trabajo, las Cartas de Amor de Telefónica, algún dibujo y los montones de recortes garabateados que componen la agenda que nunca tuve?) …

        No creo en nada, pero eso no impide que me sorprenda ante la unutosidad de ciertas casualidades…

        Efectivamente, me he mudado: escribo esto 3 metros por encima del lugar desde donde normalmente escribo. Estoy en otro cuarto, en un desorden de mudanza que es como el murmullo de todas mis cosas buscandose aún su nuevo lugar. A pesar del caos sé que no me he movido mucho, me siento cerca, tan solo en el piso de arriba, y a solo dos días pasados, el patio que veo desde la ventana es el mismo… pero me siento lejos al mismo tiempo: en otro comienzo, en otro capítulo de todas las casas que he habitado, que tal vez empiezan a no ser pocas… No lo tenía planeado, simplemente surgió, y me subí al tren, así después de un par de años me introduje yo también en el puzzle que mueve a los inquilinos de un apartamento a otro hasta el día en que se van, dejando en general algún rastro como el 17 pulgadas de Paul que apareció en el patio, o su antena de televisión que he vuelto a instalar en el tejado y que al menos me deja ver Doraeomn en color, o la Motoreta de Pedro, aquel yonki hijo del post comunismo sin prospectos, y la tragedia que llevaba pegada al culo como una mancha de nacimiento que me prometió volver a buscarla algún día. Recuerdo que una vez rescaté de la basura el cabecero de la cama de un vecino de arriba… hasta entonces nunca había tenido un cabecero de caña.
        Siempre queda algo. Me pregunto qué dejaré yo.

        En fin, efectivamente, me he mudado tal y como escribía la otra tarde que parecían querer decir mis posters cayendo uno a uno, mis paredes deshojándose de puro calor… Y efectivamente también, el verano nos ha explotado en toda la cara, y no es como la explosión colectiva de la primavera, esa bulliciosa riada de vitalidad, no… en este lugar el verano es un calor de sálvese quien pueda, que baja del cielo y vuelve a subir recalentado en el asfalto y las aceras… pero con esa jactancia suya de chicharra, relamiéndote impertinentemente la barbilla. ¿tu no te as ido, chaval?

        Vuelvo de Londres y me digo joder qué calor.

        Vuelvo de Londres y me digo ¿Dónde está todo el mundo?

        …¿Esta Materia es el Verano del 2005?

        Dentro los muebles a medio poner, fuera la ciudad flota en su masa turística que veo subir y bajar como una marea cuando voy y vuelvo del trabajo metiendo la cabeza en cada fuente… Me refugio con las persianas echadas, penumbra y voces de la calle que salen de ventanas de otros refugiados…

        ¿Dónde estará todo el mundo?... me pregunto al despertar un poco sudado de la siesta… me gusta la luz que se filtra por las persianas.
        Me giro, y te observo reposar a mi lado, tu mano a penas me responde, murmuras con ese quejido feliz de la siesta, y tengo la impresión de que la certeza de que el móvil no sonará es un regalo del cielo. Asimismo, bendigo el ventilador mientras repaso con la lengua la humedad de tu espalda… cuando llego a tu nuca, te giras, pero no has conseguido ocultar tu sonrisa contra las sábanas y tus reproches se dejan apagar sin esfuerzo en mi boca…

        ¿Para que quiero el verano si puedo enfriarme y calentarme a mi antojo?

        ¿para qué quiero Todos los Veranos de Este Mundo si puedo resfriarme a tu lado?

miércoles, 27 de julio de 2005

Todos los miedos el miedo

Somos personas, no conejos, no podéis ir entrando en los países esperando a que todo el mundo se aparte o nos lo comemos, como no podéis entrar en la red de un metro pegando tiros (aunque en las pelis americanas si lo hagan) como quien entra en una conejera persiguiendo al bicho que se resista, si, ese que corre confundido, que se ha acojonado de ver que algo pasa, algo pasa, algo está pasando… qué tios más raros, visten como cada día, pero me miran y llevan cosas en las manos, cosas que dan miedo, cosas que he visto a veces en otra parte…
pero a un ser humano hoy día, esas cosas no les suenan, sino que sabe bien qué son y por qué dan miedo, y puede que corra, porque no es manso, puede que el pobre infeliz decida correr porque un silogismo interior le diga: Coño, pistolas, Corre. Corre, que esos no sabes de qué lado están. Salta al siguiente tren, quítate de en medio. Sal de aquí.
Porque somos personas y no conejos.
Aunque a veces el miedo nos domine y el otro día en Edgware Road yo mismo saltara de mi vagón antes de que se cerraran las puertas, acojonado porque había visto una solitaria bolsa de plástico.

Debe ser espantoso que te tumben al suelo, y mientras dos o tres te agarran de manos y piernas, otro te apunte y te reviente la cabeza a tiros, 5 tiros…
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
…como a un pobre animal.

Un pobre animal que ni reducido dejó de daros miedo, porque hay que tenerle mucho miedo a un hombre para dispararle en la cabeza una vez y dudar de que ya esta muerto, y disparar otra vez
Y otra
Y otra
Y otra más
En la cabeza de un hombre muerto.

Y los otros lo pueden soltar ya, porque ya no se mueve, ya no hace falta mantenerlo quieto como a un animal cuando lo van a vacunar.


Ya está saneada la red del metro, pueden alegrarse de que al menos esta amenaza ya está curada.

A este chaval ya no le tendrán más miedo...

Una cosa está clara: A ver quien corre ahora por el metro de Londres. Una sociedad a la que siempre hemos envidiado por su fama de puntualidad ya no osará darse prisa si por un casual, pongamos, un chicle pegado en el zapato, una mancha inesperada de café, un amigo en la calle o un último revolcón tras una noche que quizá no se repita (que podría ser el último se sus vidas porque les pille un autobús o toda la miseria del mundo les explote en la jeta), hace que se retrasen en sus citas.
Preferirán la mirada insidiosa del jefe, el cliente mosqueado, que sus amigos se hayan ido sin ellos, o entrar en la película ya empezada.

Iremos despacito y con buena letra, eso es seguro: Hemos aprendido la lección. No corran por los pasillos, nos decían desde pequeños, sean civilizados.
Por que somos personas, no conejos…
…vamos, creo yo…
...aunque a veces lo dudo.

viernes, 22 de julio de 2005

Étérnation (Parte I: Hace unas semanas)


         Hay algo feliz y dantesco en estos días, el calor está ya casi a ese nivel crítico en que la gente huye de la ciudad, las vacaciones a la vuelta de la esquina, la vacaciones que todos esperan, todos menos yo, que no adoro el verano, de hecho no me gusta nada, que sin dinero, solo me sirve para quitarme de encima todo lo que he pospuesto en otoño y primavera, mientras esquivo tantos tópicos universales de tirantes, crema solar, viajes que no puedo hacer y teóricos amoríos de verano que nunca he tenido a pesar de mi reclusión en una feliz ciudad de verano. Ver a la familia, comer como un cerdo e intentar reconstruir un año más mi vida en una ciudad que se adelanta o se retrasa sin mi, cuyo tiempo ya no coincide con el mio desde hace mucho, con lo que el verano ha quedado para ambos en un ejercicio de adaptación absurda, un puro juego de supervivencia entre ritmos inconclusos... pero con cierto encanto de bahía y novela con café helado en las horas de calor… no se puede negar.
         Pero esto será más tarde.
         Mientras tanto hay algo feliz y dantesco en estos días, finales y previos a la vez, en que sube la temperatura como si alguien la empujara de abajo. La ropa es cada vez más ligera, el estrés llega al climax desde el que solo podrá caer de golpe cuando todo haya pasado, y la ciudad muera con el éxodo vacacional. Domesticada, como otras tantas, la ciudad más hermosa del mundo reducida a un parque temático... pero solo hasta donde ellos creen.
         Intento combinar la intensidad del fin de curso (el round final es siempre septiembre), con el calor, las últimas esperanzas de hacer algo con mi gente en la ciudad antes de que advenimiento de otro agosto abrasador disuelva el universo de este año, lo colapse y explote centrifugando veraneantes. Pero yo hago como si nada, vivo sin darle muchas vueltas, empujo y retengo, intento combinar las cañas con el café, la siesta y con las bibliotecas, los conciertillos con los temarios, las terrazas con los codos, el tiempo con el tiempo, las fechas y los horarios con el sexo y el chillido de las golondrinas (estos dos últimos que en esta época para mi son el rumor de una misma cosa) y el alargar los desayunos todo lo que puedo…. mientras el calor ablanda las paredes, y los posters caen uno a uno como si hasta la casa hubiese decidido mudarse sin consultármelo.

viernes, 8 de julio de 2005

With Thea(eth)



Hey Fuckings...
your misery won't be enough
to burn or break
the world, the time,
our hearts and dates.


viernes, 1 de julio de 2005

Escena II quizá.

        El decorado es simple, simple como llegar a casa y encontrarse ese desorden de haber salido la noche anterior pensando que volvería, los mantelillos de cañas puestos aún en la contraventana, la cocina medio a poner medio a quitar, -según se mire-, y alguna ropa arrugada por las esquinas como se arruga la ropa desechada frente a un espejo… y ese otro desorden, mucho menos ocasional, de un lugar en el que si bien no se trabaja todo el tiempo, no por ellos las ideas dejan de bougir, de esos que empiezan sobre una mesa, se extienden por la pared y tímidamente por otros muebles y a veces hasta el suelo, según las épocas, como una marea contenida por el resto de la casa, un volcado de cosas siempre a punto de empezar o de acabarse, y los restos como de un cometa que dejan los pequeños proyectos que ya partieron… algunos todavía candentes, otros fríos que cuando los tocas te dejan la mano negra como el carbón… otros simplemente ceniza que si soplara se desharía (y quizá sea por eso que no sople aún).

        Jadeante, cierra la puerta apoyándose en ella –desde dentro no hay otro modo- atraviesa la cocina. Baja tres escalones de una vez, y abriéndose paso entre la lámpara y el ventilador… abre la ventana de par en par: se siente entrar el frío mañanero, el chillido de algunas golondrinas y alguna taladradora lejana cuyo gorgoteo a estas horas de la mañana se hace amable como el de una cafetera. Luego, vuelve a la cocina, y por el camino, sin detenerse, se agacha y hunde el botón del ordenador, (un brillo semicircular que más que pulsarlo hay que hundirlo) y así sin detenerse, en un solo gesto, como una coreografía de quien conoce demasiado bien la casa, y quien la mañana le da una inexplicable energía… salta los tres escalones, se saca la camisa, y dándo una vuelta sobre si mismo la tira al sillón, rodea la mesa, saca media botella de hielo del congelador, la llena de agua, la agita…


Y bebe.


        Bebe feliz el frío, que baja por dentro, acariciando y quemando a la vez, punzante placer que reduce por un instante la vida a ese choque térmico interior, el frío mañanero saludando la espalda desnuda, y las golondrinas chillando en la calle.
        Un día por delante.
        Más tranquilo, pero aún jadeante, se sienta en los tres escalones mientras el ordenador termina de arrancar. Bebe un poco más, pasea los ojos por la habitación, sonríe…
        Toma la silla frente al pantalla… -pequeño despegue cotidiado de clics clics-

        Normalmente prefiero imprimir para leer sobre papel. Pero la impaciencia me puede cuando las palabras fluyen de este modo, cuando la estructura me arrastra y el contenido tiene un tacto de animal desconocido que se me acerca en la calle. No, no puedo levantarme cuando siento fascinado como si pudiese ver un hilo coser y al mismo tiempo deshilvanarse la costura.

        No hace ni una hora que comenzó el día y solo se le ocurre escribir con letras enormes:

         You made my day.

        (sin embargo, te pongo un escenario para tenerte aquí delante uno minutos, con lo que no se si me cobro o te pago por los servicios prestados…)

        « Bonn jour, moi, je doivais bien étudier, mais, après tout, je prend cinq minutes pour profiter cet calme -Du calme, la Calme- et boire un café sur le toit. »

sábado, 25 de junio de 2005

No se quien eres ni donde estás, igual hasta nos conocemos, igual no. Pero seas quien seas quiero que sepas que se que estas leyendo mi blog entero, post a post.
Y que te agradezco enormemente ese interés, esa paciencia quizá, ese detallazo, en fin.
Cuando he mirado las entradas del día, me he llevado una gran sorpresa: batiendo record de visitas, casi todas eran del mismo IP y encadenaban un post a otro.
Es gratificante saber que todo lo escrito no se ha quedado ahí flotando para siempre bajo la superficie del presente… En verdad, si te has leído ya el manifiesto, no solo sabes a que me refiero, sino que probablemente no pueda decirte ya nada que no intuyas a tu manera.
Si quieres ponerte en contacto conmigo, creo que podría ser interesante dado que después de mi mismo, probablemente conozcas este lugar mejor que muchos de los lectores más habituales -y en general más apreciados por lo que se dejan en este lugar-… y seguro que una visión global distinta a la de cualquiera, de modo que no te cortes si te apetece aportar algo aquí mismo o por email. Esta a tu disposición… no se si el comentario que he encontrado por ahí perdido era tuyo.
Por mi parte he de reconocer, aunque creo que el hecho de este post mismo lo deja bien visible, que tengo bastante curiosidad.
Si prefieres permanecer detrás de tu IP, igualmente, buen viaje por estos territorios y gracias, mil gracias por dar un poco más de sentido a Golfo.

jueves, 16 de junio de 2005

        Paso como paso todos los días por rincones tan queridos que secretamente se elevan a la calidad de las costumbres solitarias cotidianas. Habitudes rituales en las que creerías que vienes a ver si algo ha cambiado, como si checkearas que siguen intactos o te fuesen a sorprender, pero que en el fondo no esperan el cambio sino el solo placer de volver y volver, el placer tender los mismos ojos por el mismo paisaje, que vasta y sobra para sorprenderse cada vez. Y por eso vuelvo, gato, por eso vuelvo, irremisiblemente.
        He pasado de nuevo y mirando ahí en medio me he preguntado a qué tanto jaleo: Yo fumo también, me estremezco, me acobardo o me envalentono, me quedo parado, me lanzo, o huyo, o no, pero desaparezco sin demasiadas explicaciones… pero no podemos darnos todo el pensamiento, todas nuestras razones, así que soy uno más, uno más que vuelve con su, nuestra, historia secreta o sencillamente incomunicable, como un pájaro robado (si, otra vez) en el zurrón. Solo nos queda intentar comprendernos, sin adelantarse a traducir rápido, o tontamente, lo intraducible. Eso son los individuos, eso son las vidas que andan cosiendo las aceras. Y yo lo se y se que tu también lo sabes. O lo intuyo, al menos.
        ¿Y a qué tanto jaleo?
        Toco, adelantando la mano entre el murmullo sordo de los comentarios, y activo una vez más, en este día, el mecanismo…
        Apenas me da tiempo a reaccionar: por ahí no me lo esperaba. Corro a cerrar las ventanas, apresuradamente, me agacho, me tiendo en el suelo para escuchar mejor, mando a callar al mundo, me cago en tantos pequeños motores eléctricos… inconscientemente leo cosas que llevo años sin leer porque nunca estuve aquí tendido con ellas, mis cosas, cosas que son mías: A-Z, de 19… a 19…, alwa, 2 way bass reflex speaker system, video/aux… una cinta de Sonic Youth olvidada en la vieja pletina… Contengo la respiración, alargo el brazo y arranco de nuevo el mecanismo. Ahora, ya preparado, soy todo oídos relamiéndose los labios.
        Había lamentado tanto que no llegaran hasta aquí esas hondas hertzianas, pero me había callado… no obstante, si tarde o temprano, no he vuelto hasta tu voz, tarde o temprano tu voz ha llegado hasta mi. Y en ese susurro final he notado que las palabras no eran más que la excusa para ponerlo en ellas, el papel sobre el que dibujar su textura familiar, su velocidad, su cadencia azulada del humo que se oye arremolinándose y expandiéndose hasta perderse, vencido, en el aire, su dinámica de fluidos y su química de papilas, su humedad y su sabor a física contaminada de las palabras y pupilas tomando inserviblemente el relevo, de aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio, de decir una sola saliva y solo sabor a fruta madura.

lunes, 6 de junio de 2005

Música

Testigo recibido de Cascabel.

¿Mi contacto con la música?... -pregunta larga, se la vi a Mar... pueden dejarla para el final-

Mmmmmm... aparte de escuchar bastante música desde que me volvía loco con Mecano de chiquitillo, y hoy día también la verdad, de haber pasado esa época en que un gusto sin formar se balancea entre los Beach Boys, Ana Belén, y las cosas que escucha tu hermana mayor, hasta gracias a dios toparse con Elton John, y Queen (wellcome to rock and roll), y de ahí empezar tímidamente a subir hasta el jevi metal, en aquella época antibacalao con camisetas negras de calaveras y ranas, primera guitarra, moragas y sótanos, acné y calabazas como para ahorrarse un huerto en marte, todo tan brillante y tan sucio, jereis enormes y desilachados, hasta que se le bajan a uno los humos antieletrónicos, sobre todo cuando descubre a Nine Inch Nails y a Björk, la Mozart de los bits , lo cual hace que uno comience a replantearse las cosas... pero sin cambiar de jerseis... y así poco a poco te abres paso entre tu propia cabezonería en corriente contínua (DC) y alterna (AC)... Cultura Probase y Digital 21... la gente llamando a la radio como loca ¿quienes son esos tipos? Hasta que un dia, ya con más de una rave en el cuerpo, ves lo bien que entra la bosanova, descubres que Boris Vian no era solo un novelista... que quizá ya estas curtido, tio -piensas- y los Iron Maiden pudriéndose lamentablemente en un cassete de una estatería de tu cuarto en casa tus padres (gracias a dios que algunos de tus bares los mantienen vivos, quizá por eso acabas por volver), por lo menos hasta ligas algo, por fin se te ha pasado aquel aparatoso romanticismo adolescente que hacía que las niñas saliesen despavoridas en la moto del otro y te dejaran ahí solo con tus camisetas negras y tus poemas amoricoexistencialistas, que no estaban mal, la verdad, ahora que los releo... después de todo hincharse de leer debió servirme para algo... quizá simplemente les faltaba la ironía necesaria, la levedad de la que Kundera y Calvino tuvieron que hablarte explicitamente, porque no te enterabas, chaval, tenías la picha echa un lío... y luego Miller, Vian y Prevert acabar la faena, o casi, de ahí la magia: hoy ya no estas solo, y si aún no sabes qué contestar, puedes prescindir de ello. No, ya no eres el mismo,perdiste la inocencia pero ganaste la libertad, bastante más alegre y decididamente menos capullo, piensas cambiando el disco de Paris Combo como si te vieses a ti mismo resultando de haber escalado largas noches de trabajo y Jazz, de trabajo y de Flamenco que ha tardado pero por fin de hace sentir corriéndote por las venas junto a los Doors y David Bowie, noches de trabajo y del Fado, del que te enamoraste cuando le cogiste a tu padre aquel recopilatorio de Misia que había comprado años antes en una oferta del periódico, prodigyosas noches de trabajo y mosquitos de final de curso. Sin contar el largo tiempo que pasé junto a aquella músico que tenía pases gratis para la orquesta de la ciudad, que decía que los Pink Floyd era una mariconada, pero daba saltitos escuchando a Marylin Manson a la salida de Matrix, ¿esto que es?, ¡qué armonioso!, decía moviendo el dedito... -toma castaña- pero sobre todo que me descubrió a Jessie Norman. Como quien no quiere la cosa miras atrás y te quedas alucinado con la trayectoria... que hoy la música gotea por el cable del telefono y los cds se amontonan en archivadores garabateados con rotulador indeleble, cada uno cientos de canciones en mp3 (ese milagro con el que conseguiste encontrar por fin My life with the trhill kill cult, el nombre misterioso que brillaba desde hacía años en mitad de la banda sonora de El Cuervo), que luego te vuelves loco para volver a buscarlas... aunque en el fondo hay unas cuantas que no te hace falta buscar porque en verdad nunca han salido de la guantera del coche de mamá y un día, de pronto, el propio...
...en fin, aparte de todo eso que escribo improvisandamente, abusando de las comas al son de un ventilador, más de una vez he estado tentado a poner un cartel que versara más o menos así:

"Mal guitarrista busca no demasiado buen grupo para divertirse intentando hacer algo de música y armando bastante ruido"

...pero me ha dado mucha vergüenza.

Tamaño total de archivos de música que tengo en el ordenador:
18’6 gigas

Último disco que me compré:
mmmm, hace mucho que no compro discos… mi última adquisición ha sido el With Teeth de Nine Inch Nails… pero eso ha sido por San Emule, así que el último disco que me compré fue el People Are Like Seasons de Sophia.

Canción que estoy escuchando…
En este momento hace calor, tengo la ventana abierta y entra la música del vecino de arriba que desde dos plantas por encima inunda toda la calle... escucha(mos) la Flauta Mágica.

5 Canciones que escucho un montón y que tienen algún significado para mi…
…últimamente:


-Pig, de Nine Inch Nails

-El dia de la creación, de Vinicius de Moraes

-Anymore, de Digital 21

-The Train Song de The God Machine

-This is just a modern rock song de Belle and Sebatian

5 personas a las que les paso la bola…
A Olivia, a Jio, a Lobo no, que también se lo ha pasado ya Cascabel, a Mar tampoco que parece que ya ha hecho los deberes.... a Evam y a Lau.

lunes, 30 de mayo de 2005

Tintineo (con permiso… )

                 Llueve por primera vez desde hace semanas, me gusta el brillo de la calle al subir, tortuosa pero directa como una serpiente perezosa... huele a húmedo y conforme subo hacia casa la ciudad empieza a verse cada vez más baja, un mundo lejano, casi ausente, los puntos de luz van desdibujando los volúmenes como una constelación que velara las sombras. Más arriba, la cal de las fachadas azulada por las farolas, desconchones, grafitis en general menos bonitos que el que vienes de descubrir, las piedras brillando bajo los pies, silencio en la placeta, sin vecinos, sin peregrinos, sin pasajeros, sin visitantes... el teatro del día a día cerrado. Yo noche a noche subo esta calle, saco las llaves antes de llegar la puerta del patio, tintineo en el que me reconozco a mi mismo: es el sonido de mi llegada a solas al final del día. En general me cuesta acostarme directamente, así que echo un pito en la terraza, -las Torres Bermejas de lejos, apagadas, o la catedral, que a oscuras es como un hipopótamo dormido-… o me da por pasear en la World Wide, y esta noche voy y me encuentro todo esto reflejado, por casualidad, como en un charco.

domingo, 29 de mayo de 2005

For you I'll steal


I'll take
the moon

with teeth.








miércoles, 18 de mayo de 2005

El mejor perder



Time takes a cigarette, puts it in your mouth
You pull on your finger, then another finger, then your cigarette
The wall-to-wall is calling, it lingers, then you forget
Ohhh no no no, you’re a rock ’n’ roll suicide.
-David Bowie
        Pepito me confesó que una noche había intentado suicidarse. Me contó que se lo había tomado como una gran fiesta, “me voy a suicidar”, se decía tomando una ducha, “y ya que por fin le echo cojones a esto, habrá que hacerlo con gusto”. Me contó cómo había esperado a pasar una noche solo, cómo había cenado bien, cómo escuchaba sus mejores discos, bailando y cantando hasta reírse a carcajadas de su sombra y de su voz, con una copa en la mano y en la otra pastillas para dormir que iba a tragando a puñados entre estrofa y estrofa. Oh, no love, you are not alone.
        Me contó cómo despertó a la tarde del día siguiente, fresco como una lechuga con todas las pastillas vomitadas por las sábanas. Y mientras me lo contaba, se atisbaba en su media sonrisa que bajo aquella sensación de fracaso ridículo, compartíamos la misma certeza difusa pero imponente, de que aquella fue una de las noches más vitales y felices de su vida.
        Pepito tuvo que pensar en la muerte para soltar un lastre que le haría emerger directamente a la vida. Tuvo que despreciar esa vida (o valorarla tanto como para no sentirse merecedor de ella), para verse de nuevo envuelto, arropado, mecido por ella como por una brisa suave y tranquilizadora en medio de la desesperación.
        En “el paraíso en la otra esquina”, Vargas-Llosa cuenta que a Gaughin le ocurrió algo parecido. Quiso acabar consigo mismo, no a la manera de Maiakovskii o de Pavesse, no, no llamó a ninguna mujer para invitarla a cenar en el intento desesperado de que alguien se lo impidiese, no tuvo ningún miedo: tomó la decisión con la alegría con que se deben tomar las decisiones una vez que se han tomado, retó a la vida como a un dragón bien gordo y ganó ella. Pero a cambio de aquel acto de libertad y violenta autoafirmación, le dejó volver de la montaña como un potro recién nacido.
        La vida es irónica… y generosa.

lunes, 16 de mayo de 2005

Mi palabra favorita

Yeah, I love that... -she said- the way you... the way, you know,… just the way you linger like you do.


But it's written on your body. It's on the lips of your tongue, the look in your eye, in the glare of the sun, the touch of your cold fingers, when you say goodbye, the way that you linger, the way that you lie.

But it's written on our bodies...
the touch of your fingers and the look in your eye.

The way that we accuse, the way that we deny.

-Jonathan Brooke.

martes, 10 de mayo de 2005

Pásalo.

       Amanecer en el salón de una casa desconocida, mirar por la ventana por la que la noche anterior no veía más que siluetas de altos edificios. Y ver azoteas y cortinas, anuncios y aceras y reconocer abajo el final de la calle, la esquina en que nos detuvimos la noche anterior. Reconocer también la casa a la luz del día. Y entender un poco más el rompecabezas de calles y ventanas y tabiques de las horas que llevo en ese lugar. Desayunar a solas mientras todo el mundo duerme porque el alcohol me excita y no me deja dormir. Ver Digimon por primera vez. Y desayunar de nuevo en el mismo salón cuando los demás se levantan, preguntándome por dentro si suelen desayunar en el salón o solo soy yo el que lo ha provocado. Y entonces acordarme de G cuando estaba en casa hace menos de 24 horas, antes de decidir que nos haríamos unos cientos de kilómetros para acompañarlo a su tierra y terminar el fin de semana del otro lado de los kilómetros de hilos telefónicos por los que no viajan nuestras voces cuando repasamos brevemente la vida por teléfono móvil. Pero, oye, G, no me parecen nada horribles esos postes atravesando los sembrados.
       Recordar difusamente la noche anterior, casi no llegar a comprender cómo llegaron embaucarme y cómo acabé sentado como un buda 40 minutos en lo alto de la nevera mientras abajo, a dos centímetros bajo mis piernas cruzadas, en el mundo de la cocina, I continuaba su teatro incontrolable, perseguido por la pobre J entre inquieta y divertida, en ese estado de asombro sonriente en el que no sabes si cabrearte y pararlo todo o ver hasta donde pueden llegar las consecuencias de traer desconocidos a casa. El insolente e inconsciente circo de I cuando se burla del mundo empezando por si mismo, mil veces mejor y más sórdido que las cursiladas nostálgicas que ves hacer por la calle. El Desquiciado Teatro de I que G adora y que yo no he comprendido nunca demasiado bien hasta anoche mismo. Aunque tampoco había que llegar tan lejos… porque ya desde que que R me recitara sin avisar que Vendrá la muerte y tendrá tus ojos yo venía vibrando como si me hubiesen arrancado por dentro... porque si, porque eso no es moco de pavo.
       Ese modo de improvisar pasando de un lado a otro, uniendo puntos y caras y pedazos insignificantes de vida que se prestan para convertirse en partes de una historia tangencial y central a un tiempo, y que llamamos viaje. Un café, una calle, una rotonda en la que quizá de otro modo nunca te hubieses parado del mismo modo en que pocas posibilidades hay en la vida de acabar sentado encima de la nevera.
       Y eso es Todo.
       Quizá por continuar con todo eso mismo, cuando en el viaje de vuelta paro a merendarme una chocolatina, me voy detrás de la estación de servicio, a ese lugar que está a pocos metros pero al que nadie va, desde donde se extiende un campo verde con canteras al fondo. Y me siento al borde del primer huerto con el viento en soplándome los oídos y el asfalto caliente bajo mi culo. Mi pequeño culo cubriendo unos centímetros cuadrados del inmenso tejido granular que forma la seda de las autovías.
       Si, seguro que por no detener todavía esa misma inercia, cuando queda ya poco para llegar me da por no aguantarme la sed, y me desvío sin saber muy bien lo que busco, hasta dar con un olivar en el que beber agua de la botella que se me ha calentado con el sol en el maletero, estirar las piernas y mear silbando valle abajo. A 5 minutos de la meta. Toma castaña.
       Los regresos a solas me ponen alegre de tanta libertad y melancólico de esa misma tanta libertad. Saboreo el viaje sin poder evitarlo como si me hubiese quedado sin pasta de dientes. Se adhiere a todos mis pensamientos, mi mundo arrugado por unos días que debo extender de nuevo sobre la mesa.
       Y es que es bonito marcharse cuando sientes que es el momento, a pesar de que hayamos derrochado, quedándonos en casa, una luminosa mañana de domingo en una ciudad desconocida… y tan duro, cuando al contrario, tienes que marcharte porque la vida sigue aunque estés muy a gusto, y el trabajo y la rutina no esperan a nadie, y menos para ti que te has colado en el día como por una rendija… Y te levantas sin comprender muy bien por qué te pesan los pies. Y todo eso de decir adios te pone nervioso. Y cuando todo lo poco que se puede cuajar en una hora comienza a alejarse levantas la mano para decir adios sin soltar la cámara que por casualidad tienes en la mano… o sea, que levantas la cámara apagada para despedirte mientras te miran sin comprender muy bien si estas haciendo una foto o es que quieres decir algo, si deben para o no, así que no paran… y tu que solo querías despedirte tan torpe, tan ridículamente, que claramente no tiene remedio y buscas la llave sin pensar en lo que haces y dices en voz innecesariamente alta ¿Dónde coño está la llave? y ves que la tienes entre las piernas y te preguntas si te han oído… arrancas por fin odiando las despedidas…Y apenas unos metros más allá te das cuenta de que olvidaste preguntarle qué leches es eso del fuguismo… aunque ya es tarde, habría sido una gran excusa. En fin, quizá a su manera pueda sentirme orgulloso de que por muy fugaz que haya sido la visita aún sea capaz de dejarme algo por hacer.

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