viernes, 19 de mayo de 2006

Sangre Azul

Costeño me ve llegar. Al pasar jadeando calle arriba junto a su alfeizar de ladrillos, se levanta y me adelanta derecho a la puerta, como si me hubiese estado esperando para entrar. Se queda a mis pies con el morro pegado a la puerta mientras busco la llave. Me agacho, le paso la mano por el lomo y ni se molesta en mirar quien le toca, ni un maullido de placer. Al paso de mi mano levanta un poco el lomo, pero el morro sigue pegado a la puerta: el bicho lo tiene claro en la vida.
En casa no tenemos buzón, las cartas están en un poyete del patio. No se quien las pone ahí pero ahí están… y cada inquilino recoge las suyas. Cuando hay una postal, sea la foto que sea, la cojo preguntándome si es para mi, quién puede haberme escrito y desde donde, como hacen todos, supongo... Cuando compruebo que no es para mi, justo antes de mirar la foto de nuevo y dejarla en su sitio, no puedo evitar leer con una ojeada en diagonal la primera y la última frase… como también harán todos, supongo.
En este caso la postal es para Nico. Pero lo que me sorprende es el modo en que la primera y la última frase coinciden en las mismas tres líneas.
Siempre pensé que mi vecino Nico era como John el dueño de Garfield, pero con la alegre mala leche característica de las gentes de mi tierra, y más aún de sus barrios, y más todavía la de Nico. Tampoco Costeño es un gato lo que se dice perezoso… está siempre retozando o deambulando por ahí con esa calma elegante de gato viejo y curtido, pero por las noches vuelve lleno de magulladuras. Esas magulladuras que no producen precisamente una pereza vital.
Costeño es una institución y no solo porque es el gato que todos vemos pasar de un apartamento a otro. Por decirlo de algún modo, si Nico fuese el presidente de la república, Costeño sería el rey… Porque a Nico al menos lo elegimos de alguna manera: es el que habla desde su atalaya: ¿Has aprobado ya? Te van a meter un paquete. Esa música que tocas ni es música ni es nada. Mira como tienes las tejas, como te vea el vecino te vuela los huevos, que es secreta, no digas que no te lo advertí, pum pum. Abraza al liberalismo, Carlos, abraza el liberalismo… Y, con todo, Nico es el que lleva más tiempo en la comunidad, el que tiene los teléfonos de los propietarios en un listín apuntados, en la jota de judíos, como el siempre dice con una gran risotada. Nico es el que sabe quien vive donde y el que a todos nos ha invitado alguna vez a beberse un vinillo en su terraza, esa plataforma desde la que nos habla como desde un púlpito metro y medio más arriba que la terraza de la comunidad, ese bastón desde donde contempla los atardeceres a la hora en que costeño llega a su terraza sorteando macetas por la cornisa, o desde donde por las noches otea las estrellas con una copa de roncola, peremne ante el flujo de inquilinos que vamos y venimos llenando y vaciando pisos año por año.
En última instancia, Nico es el dueño de Costeño, es quien lo lava, lo cepilla con un cepillo quitapelos, quien le dice a los demás que se llama costeño.
Lo de costeño es algo que quizá esté por encima de esas elecciones presidenciales involuntarias pero lógicas. Costeño es Costeño, vaga y no habla demasiado, llama sin prisa a las puertas que ya considera abiertas, pasa de un regazo a otro como quien atraviesa las habitaciones de un gran palacio. Fue joven y durmió en todas nuestras camas, bebió nuestras leches de briks en todos ceniceros, todos acabaron comprándole comida de gatos sin que la pidiese -porque a Costeño no le gusta el atún-, miró por todas las ventanas y bajo todos los techos descansó sin preguntar. Cuando estuvo malo todos nos preguntábamos por él, muchos lo hemos llevado al veterinario, como el día en que apareció en mi cama con media cara destrozada. Era muy tarde, entré y me gustó encontrarlo echado en el sofá. Solo cuando me senté a su lado con una sopa china recién recalentada al microondas, me miró por fin, y al separar la cara del colchón por poco me hecho encima los tallarines del susto. Desde mi lado de su cara podía ver por un agujero los dientes del otro lado. Los colmillos del rey. El rey está enfermo. Nico, soy yo Nico, perdona que te levante. Costeño está chungo y no sé qué hacer.
Hoy es viejo y no le dejamos echarse en cualquier sitio porque huele un montón, pero el sigue yendo y viniendo con esa misteriosas heridas se trae de la calle y esa seguridad suya que hace que parezca que si encuentra una puerta cerrada son solo las circunstancias. Porque el bicho sabe lo que hay dentro, porque son parte de sus dominios.
Antes de cerrar la puerta la mantengo abierta un poco para que entre Costeño, que echa una última ojeada a la calle cerciorándose de dios sabe qué y solo cuando mi paciencia comienza a dejar la puerta caer, el gato decide entrar, lo cual no quiere decir que lo haga deprisa. Me fuerza a quedarme mirando, a asegurarme de que la puerta no lo aplasta.
Entonces es cuando miro el correo…
“Como ves pienso en ti,
aunque no te lo mereces,
besos, Esther”
Mientras leo, Costeño ha visto salir a la gata de la vecina del bajo izquierda, y se ha lanzado sin hacer ruido. Ella no se ha dado cuenta hasta que lo tenía encima mordiéndole el pescuezo y empujándole el culito con el falo… la gata se zafa y Costeño la sigue, rápido pero lento a la vez, tranquilo y seguro. Corre mi amor, eres hermosa cuando corres. Y se pierde tras ella escaleras arriba sin hacer ruido.



miércoles, 17 de mayo de 2006

Semana Uno

        La primera noche es extraña, se duerme mal.
        Le segunda es algo mas calmada, viene la vida y la tomas.
        La tercera buscas refugio, amigos, copas, música alta. Porque la temes llegar… pero pasa.
        La cuarta te atreves incluso a esperar saber algo.
        La quinta igual ya lo sabes.
        Para la séptima ya habéis hablado de que igual no pasa nada si os veis, tomar un helado, una tapa, ir a una exposición…
        Pero cuando la noche llega, te ha llamado para decir que es mejor no verse, que va a pasarlo mal y prefiere asumir que ya no estás.
        Cuelgas pues con la séptima noche por delante.
        Entonces tu que te desenamoraste, tu que tomaste la decisión, tu que pusiste fin a esta crisis de un tajo certero… te das la llorrera. Te intentas aguantar, pero que va: al final lloras. En el silencio de tu casa, con una copa en la mano y un pitillo que encendiste nerviosamente al verlo venir… lloras como un niño por lo que crees saber renunciar como un hombre.

viernes, 5 de mayo de 2006

El profesor Musa

        La primera vez que ví este corto me reí un montón, no solo por el corto en si, sino porque reconocí en seguida ese papelillo que me dieron una vez por la calle y que me hizo tanta gracia que lo tuve dos años enteros bajo el cristal de la mesa camilla, junto a entradas de conciertos, monigotes de amigos, algunas fotos hechas o recortadas, trozos de poesías y de puzzles que no se de donde han salido y demás papelillos que me da por meter debajo del cristal de la mesa camilla. Entre esos papeles había uno en el que salía un tío al timón de un barco en plena tempestad, y un cristo detrás cogiéndole los hombros, que bien podía estar protegiéndolo o bien podría estar metiendo prisa: vamos tio que no llegamos y creo que me guardan un sitio en el cautivo, cuidado con la roca, so borrico. Os cuento esto porque creo que ese papel es lo más insólito que había, después del pequeño prospecto del Profesor Musa.
        Si sigo contando lo que sé de este corto, es que quedó segundo en un concurso de cortos y siempre he pensado que fue injusto. Lo digo porque fui yo el que tuvo que recoger el primer premio, rojo de vergüenza, ante Bruno Vazquez Alonso (su autor), el aforo y casi que ante el mismísimo Profesor Musa, que igual me estaría viendo en una bola de cristal. No, el corto no era mío, era de un colega que no había podido asistir.
        Hoy por casualidad me he encontrado el corto colgado en la web del autor, y he pensado dos cosas: una, que “el mundo debería ver esto” -palabras que transcribo tal y como sonaron en mi cabeza-, y la otra es que quizá sea un modo de hacerle justicia al autor.
        Enhora buena, Bruno.

martes, 2 de mayo de 2006

Hola

Hola escribo esto el 14 de Mayo de 2011.

Estás leyendo el blog entero. No se quién eres. Solo puedo ver que alguien lo esta leyendo post a post y que quizá no esté muy lejos de donde yo estoy. Si es así, igual, si pudiera hasta te invitaba a un cafelillo al sol de esta tarde límpida solo por la curiosidad de saber quién eres y qué es Golfo para quien llega. Son muchos años. Si te animas usa el mail... Si no es así, bueno, quizá algún día...

Si te he cazado, resulta divertido... solo quería saludarte. Perdona que te interrumpa la lectura. No te molesto más.

Es una alegría saber que lo escrito en el pasado no está perdido, sin interés para nadie, en la blogosfera.

Gracias por esta sensación.

lunes, 1 de mayo de 2006

The smell of sunshine,
I remember sometimes
-Nine Inch Nails


         Lorena ha venido a casa a desayunar. Nos hemos repartido el trabajo: ella putea los tomates y yo exprimo las naranjas. El primero que termine tostará el pan. Mientras tanto me atrevo por fin a confesarle que no he podido poner los carteles de las jornadas de Adobe. Adobe es la ONG en la que está Lorena, Arquitectura y compromiso social. Preguntadle a San Google, es una buena ONG. Yo le había prometido colgar los carteles en la escuela de arquitectura. Cuando me pregunta por qué no lo hice, le digo que desde que le dejé la casa a unos amigos para que pasaran unos días no he vuelto a encontrar los carteles… vivo entre tubos de papel, y por más que he buscado no he vuelto a verlos. Ella me pregunta por qué no la llamé para decírselo, podía haberme dado más carteles. Entonces yo, bastante avergonzado, le digo que simplemente no se me ocurrió. Me cuesta creer mis propias palabras… Pensé que ya aparecerían y ni siquiera me di cuenta de que había dejado de buscarlos. Me deshago explicaciones, en frases absurdas que empiezo y no termino una y otra vez… Ella corta ya el pan para tostarlo. Yo con media naranja en la mano intento abrazarla diciéndole que lo siento, y al hacerlo me parece falso: Cada célula de mi cuerpo sabe que no me lo merezco. La suelto en seguida y seguimos discutiendo… Mientras su voz se pierde en la luz al salir a la terraza con las bandejas, a mi dentro las naranjas me parecen más endebles en la mano. Se deshacen tristemente al estrujarlas contra el exprimidor. Tienen tiempo estas naranjas.
         A veces uno se aisla en su vida cotidiana y todo lo que no le toca parece lejano como niños que jugaran en un parque al otro lado de la ventana. Yo no soy así. Hace tiempo que suelo decir que “no” más a menudo, como aconsejan los manuales del bien psicológico y la templanza, y no me preocupo tanto por la gente como por controlar mi vida, cosa que no consigo porque soy una de esas personas que en verdad no están hechas para controlar del todo su vida cotidiana. Con todo, no gano nada y encima pierdo la atención que solía tener por los que me rodean. Me siento desperdiciado: yo no soy así.
         Quizá cuando no decía que no tan a menudo, cuando no dejaba a los demás para después, faltaba al deber frecuentemente, pero a cambio no me perdía ciertas tardes, ciertos rincones, ciertas citas, ciertas veladas, ciertas sonrisas, ciertos capítulos, ciertos viajes de esos que solo se improvisan entre varios, y sobre todo no llegaba al punto de decirle a un amigo que no he podido hacer algo que le importa y que me había comprometido a hacer, sin más excusa que la de que estaba muy liado.
         Seré gilipollas Todos estamos muy liados.
         Dice mi hermana que si no tienes cinco minutos para llamar no tienes cinco minutos para vivir. A pesar de eso ni mi hermana ni yo solemos llamarnos. Es igual: porque ambos lo sabemos. Yo por lo pronto tengo su foto en la pantalla del móvil y la veo muchas veces al día. Mi hermana es el ser que mas quiero en este mundo. Y no olvido fácilmente las cosas buenas que me dice.
         He estado muy aislado del mundo este tiempo, escudándome detrás del montón de cosas que tengo que hacer cuando en verdad siempre he tenido cosas que hacer… Y creo que el límite ha sido no hacerme cargo de los carteles de Lorena, de Adobe, haciendo que unos cursos cojonudos sobre hábitat eco-participativa pasen desapercibidos a uno de los sectores a los que más podía interesar: los arquitectos. Yo no podía ir, porque tenía otro curso, y un proyecto de fin de carrera, la visita de un colega, una cita, un taller de literatura, la siesta porque estaba cansado… una vida que no me dejaba ir a enterarme por fin de todas esas cosas que uno siempre se queja de que no le cuentan. Pero al menos podía haber puesto los carteles. No es cuestión de faltar a una responsabilidad sino de faltarle a un amigo.
         Yo estuve también en Adobe una vez y lo dejé porque yo no sabía trabajar en el ámbito en que actuaban. Yo se usar mis manos, pero soy torpe con las relaciones, con los contactos, con los presupuestos, con los entresijos burocráticos con los que hay que aprender a bregar para dinamitar esta mierda de mundo, como quien llega hasta en el fondo de un edificio para demolerlo. Por eso lo dejé. Asumí mi torpeza y me fui. Mientras tanto Adobe sigue ahí, mejorando cada día, organizando buenos berenjenales. Son unos luchadores. Admiro a Lorena por esto, pero no la imito. La admiro por muchas más cosas que si aprendí a imitar como esa generosidad suya por la gente, esa paz de espíritu que le procura tantos amigos y tantos caminos recorridos como una gran tela que la envolviese. Aunque veces no lo he logrado si que he sacado cosas buenas de mi mismo. Una de ellas es saltar sin pensarlo a los trenes pequeños.
         He estado muy aislado en mi mundo últimamente, corriendo de casa a la escuela a la academia a la biblioteca al taller a casa a algunos bares de vez en cuando, enfrascado en los enlazar lo más rápido posible estos puntos cada vez, concentrado en mantener cosida mi vida con la agonía se un sastre miserable. Y al final me he visto cabreando a Lorena en mi propia cocina. Es doloroso ver a un invitado dolido en tu propia casa. Sobre todo si es un invitado al que quieres.
         Al final Lorena me explica que ni siquiera está enfadada, mientras lo sucedido me sirva para no volver a hacer una chorrada así. Nos hemos puesto a desayunar como reyes, que es como siempre desayunamos cuando desayunamos juntos, y entonces yo he sentido cómo mi hocico asomaba de repente a la superficie a través de la mierda con que la rutina nos aplasta si uno se descuida. Lo que le salva a uno de la vorágine de lo cotidiano no es ninguna gran aventura, ni un viaje al caribe, ni una noche de pastillas, sino estar ahí para los amigos por encima de simples deberes que de todas formas cualquier otro hará cuando te mueras.

sábado, 22 de abril de 2006

Walkside Story

        Caminan por delante de mi: él come un bocadillo, ella lleva una rebeca larga que le cae por el brazo y deja un hombro al descubierto; pero no se la sube porque probablemente sabe -y le gusta- que le da un aire distraído, tan desastroso, tan falsamente inocente e irremisiblemente seductor. Cuando salió de la tienda me ha parecido que tenía rasgos ligeramente orientales.
        Yo camino detrás de ellos… y acelero el paso porque llego tarde y quizá también por ese instinto que me pide verle la cara y confirmar la sospecha de que es una mujer preciosa. El mismo instinto que me hace darme cuenta de que él le ha buscado la mano sin encontrársela y que me hace esbozar media sonrisa triunfa. Y el mismo que hace que él me mire un momento de reojo al tiempo que le coge el culo a la chica, con lo que una voz dentro de mi cabeza elije otro idioma para decir… Ça y est, c’est bon : Il a marqué son territoire.
        Unos metros más adelante, cuando doblan la esquina, ella aprovecha para echar una ojeada pretendidamente distraída a su alrededor… Antes de volverse de nuevo, como quien no quiere la cosa, sus ojos se detienen por fin en los mios y así, de soslayo pero durante algo más de un segundo, me sostiene la mirada y me sonríe.
        Ça y est, tu as raison, c’est bon, dice en mi cabeza la misma voz en el mismo idioma, pero contestándose, jactanciosa, a si misma, Elle aussi:, elle a marqué son territoire.

sábado, 15 de abril de 2006

Sistemas de referencia.

Rodríguez, que te veo



         Cuando escribo me siento bastante vivo, pero, curiosamente, es como si el tiempo parara. A mi alrededor todo se convierte en un tejido abstracto, como si no fuera más que el estampado del momento que me vuelve, tan real y tan hortera como un poster de jevi metal: mero paisaje, una habitación, unos objetos, la imagen bucólica de un tipo que escribe… o no tan bucólica quizá… -reconozco que a veces me he excitado mucho, incluso llego que levantarme de pura excitación y a escribir de pié, alejándome y acercándome a la pantalla, balanceándome sin separar las manos del teclado-... la música misma se vuelve parte del ambiente, un murmullo de fondo, hasta que ni siquiera distingo los vacíos entre canción y canción
         Podría decir que el tiempo se para, sin embargo, lejos de detener la vida, esos momentos son de los que más vivo me hacen sentir. Como si la vida existiera antes y después de cada uno de esos textos. Me pasa igual con los viajes y con ciertos libros. Virginidades varías: virginidad de Estambul, virginidad de Nueva York, de Cádiz o de la Sierra de Víznar, virginidad de Neruda, de Carver, de Henry Miller, virginidad de Rayuela (y cómo envidio a los que todavía no lo han leído)…
         La sensación del tiempo es curiosa: cuanto más lo posees menos consciente eres de él (un niño, por ejemplo, que lo tiene todo por delante, o un adulto que a encontrado la manera de apropiarse de él haciendo lo que más quiere, librándose por un Instante de esa corriente macabra que todo lo arrastra).
         Sin embargo cuando caes en la cuenta del tiempo es cuando menos parece hacerte caso, cuando menos parece tener nada que ver contigo: el tiempo, su materia untuosa se te escapa, como tierra seca entre los dedos… O no bien se detiene y te sientes estancado: El tiempo duele, entonces, como un hermano con el que te llevaras mal.
         Pero cuando escribo, cuando tengo un instante así, cuando logro echarle el lazo como a una cabra salvaje... nunca he tenido claro si es el tiempo lo que se detiene o soy yo el que sube por un momento al tren. Y ya puede verlo pasar todo, el paisaje, la habitación, la misma canción una y otra vez en el winamp -que despues de todo es también una forma hermosa de medir el tiempo-… que a mi me importa un pito, como el que oye llover.

jueves, 13 de abril de 2006


        Hay pocas cosas más siniestras, barrocas y hermosas al mismo tiempo que las procesiones de Semana Santa.
        La pasión rompiendo rodillas y hombros, la devoción llorando a saetas arrodillados frente a un muñeco de madera: El pecado de la idolatría y el politeísmo en toda su magnificencia. Repitiéndose, cada año, a orillas del mediterráneo, desde que el mundo es mundo. Egipto, Grecia, Roma, y otras tantas culturas que no se me ocurren o desconozco… ¿Qué religión ni qué niño muerto? Por dios, la religión no es más que el soporte para que esto sea posible, igual que Internet es el soporte para tantos y tantos blogs de gente a los que nos importa un carajo la informática.
        Es simple y llana pasión humana, y en tal estado de concentración que casi se echaría a llover.

martes, 11 de abril de 2006

Epílogo, que me habeis pillao, bacalao.

Glugluglu


        Paul se marchó unas semanas más tarde. Me dejó unos libros en inglés. Un día que estaba tendiendo la ropa salió con una grana caja llena de libros y me dijo que cogiera los que quisiera porque se iba y no podía llevárselos. Hace una semana me di cuenta de que entre ellos estaba el Corazón en las Tinieblas de Joseph Conrad (Heart of Darkness), del que me hablaron hace poco en el taller (si, yo también estoy en un taller de literatura). Suelo acumular libros que esperan no se qué… libros que creo que no leería si no fuera porque a veces me los encuentro en mi propia casa después de que alguien me hable de ellos. Como el Corazón en las Tinieblas.
        A ver cuando le echo huevos y lo leo… porque igual Paul no era profesor de inglés, pero en mi cabeza lo fue un tiempo, y a mi me da que lo ha seguido siendo a su manera desde el momento en que me ofreció libros en inglés. Libros de esos de los que siempre he visto por el rabillo del ojo en las librerías, pasando de largo, no sin prometerme que algún día volveré a leer las novelas en inglés casi tan bien como leo las canciones.
        También dejó un diecisiete pulgadas Black Trinitón de Sony, de pantalla negra, de esos que no hacen daño a los ojos. Y del que me ha costado librarme lo más grande después de casi un año de tenerlo muerto de risa debajo de una mesa. Antesdeayer mismo se lo pasé a un vecino que casualmente vive en el mismo apartamento en que vivía Paul.
        Por otro lado igual os preguntareis cómo subió el vaso hasta allí. La respuesta es fácil: en mi bolsa, sequito junto al libro y a un termo de café, que rompí unos días más tarde y que lleva ya cerca de un año entre las tejas decolorándose al paso de las estaciones.




viernes, 7 de abril de 2006

Paul, Aquí vivimos como reyes, U Otro Rollo de los Míos de esos que os suelto de vez en cuando (parte II)



        Estaba así, saboreando aún a la señorita Cora mientras dejaba correr mis pensamientos como lagartijas al sol cuando una voz suena por encima de mi cabeza. Virgen santa, exclamo como cualquiera que se creía solo, qué susto me has dado… le digo ya vuelto al profesor de inglés que sube jadeando por el tejado vecino. Al hacerlo, me doy cuenta de que le hablo de usted desde hace dos años, de que, de hecho, nunca hemos hablado realmente. De que hasta hoy solo nos saludamos al vernos pasar… y de que casi siempre que esto sucede me ha pillado leyendo, lo cual supongo que aumenta su timidez y a mi me salva de enfrentarme a la mía.
        El profesor se ha puesto de pié, mira a su alrededor haciéndose una visera con la mano sobre la frente. Se ve muy lejos desde aquí.
        Es uno de esos personajes delgados y fibrosos, de voz aguda y ronca a la vez, algo femenina, que combinan unas curtidas arrugas y canas muy brillantes con una atmósfera juvenil, que va desde su modo de vida haciéndole fotos a unos tomates para malvivir en un apartamentito en un apartamentito de mierda, hasta su negarse a renunciar a subir por los tejados con un niñato como yo. Así a bote pronto, parece cosa rara decir que es “uno de esos personajes”, pero no, no es la primera vez que lo veo bajo distintas voces y formas… lo se por esta envidia pequeña que me da. Igual no son lo que hoy se llama un triunfador, pero viven como quieren vivir. A esos personajes me refiero.
        Se le ve que está sorprendido, ni de lejos había imaginado lo fácil que es llegar hasta aquí, y en realidad probablemente lamenta no haberlo intentado antes, como bien descubriré dentro de unos días, se marcha en pocas semanas de la ciudad. Me ha visto subir aquí tantas veces, y todas del mismo modo, siempre el mismo ritual: saludando tímidamente mientras me asomo a la terraza del vecino para asegurarme que no me ve caminando por sus tejas; Op, barandilla; Op, mutete; Op, me cago en el gili que colocó el alambre para colgar pimientos hace unos cuantos meses y que por poco me corta el cuello, Op, tejado del vecino con cuidado de no romperles las pocas tejas que le quedan; Op…. y cuando alcanzo nuestra azotea vacía, que aparece tan sola ahí arriba, cada vez me parece recién conquistada.
        Después de un rato haciendo fotos alrededor con un objetivo por el que me pregunto las cosas tan lejanas que verá, me pregunta qué leo. Todos los fuego el fuego, le contesto… Hablamos de libros, y nos aconsejamos mutuamente. Yo para leer en español, él para que yo lea en inglés. Hablamos de un tal Smith, de Cortázar y de Borges, que el mismo profesor saca con esa inercia con la que se atraen Borges y Cortázar, como si formaran la propiedad conmutativa de una extraña y genial operación. Qué más da encerrarse en las bibliotecas desde las que habla de las terribles calles del mundo, que echarse a la calle para hablar como salvajes ratones de inbfinidad de pequeñas bibliotecas. Aunque a mi me gusta más Cortazar, confieso que hay algo en Borges que me cae bien… Quizá sea algo más denso, como me dijo el profesor, que le costaba trabajo leerlo, pero no se me hace tan meloso. Vaya, que cuando lo leo no me da la impresión de que me quieran seducir. O como diría el señor B, puedo estar alucinando, pero no me siento como una estudiante de filología a punto de mojar las bragas a rayas, hechizada, epatada, cortazarada hasta la rabadilla…. No se… sencillamente, a priori, no me parece que Borges usara nunca la literatura para follar. Aunque esto es solo una suposición: porque no era tonto Borges. Nada tonto.
        Por supuesto, todo esto al profesor no se lo cuento, porque son mis paranoias personales y absurdas. Lo único que tengo a mi favor es el modo de escribir de cada uno y el viejo mito ese de que Borges murió virgen. Ahí es nada. Por lo demás no se mucho de la vida de ninguno de los dos.
        Hablamos de Joyce y de Antonio Soler, de Gloria Fuertes y de Benedetti, y de lo triste que es T.S. Eliot. Hasta que la conversación llega inevitablemente a nosotros mismos y el profesor resulta no ser profesor sino Paul, el fotógrafo. Mientras nos estrechamos las manos me acuerdo de que fue Nico el que me dijo que era profesor de inglés hace ya tiempo, y ahí dejó al hombre en mi cabeza, convertido en profesor de inglés. Paul me pasa una tarjeta con una dirección güeb -que no voy a linkaros para que no sepáis nuestra dirección- de la página donde cuelga sus trabajos. Hablamos un poco de lo que hacemos. Aunque me interesa, reconozco mi ignorancia del mundillo de la fotografía y me cuesta formular preguntas… a él también le cuesta contestarme español, pero hace el esfuerzo. Además, para mi sorpresa, sabe de lo mío, así que acabamos contemplando la ciudad y aquello da para rato. Hablamos del auditorio Manuel de Falla, y de la caja de La General… No, si como objeto es precioso, el edificio es la puta belleza, matemático, platónico, incluso espiritual si quieres… lo que falla es la función. Joder, incluso lo confesó el arquitecto en su libro todo orgulloso: son las medidas de la catedral, 50 por 50 por 50 o algo así, le cuento: y ya se que las cosas son así, que el dinero mueve el mundo y todo eso , pero creo que si ya das a una caja de ahorros de mierda no ya la misma escala, sino la misma monumentalidad en el paisaje que al templo que iba a ser el panteón de un imperio sin que te de un mínimo de vergüenza, es que algo dentro de ti ya no tiene marcha atrás…
        …¿Yo? ateo y tu… Paul me contesta tomándose su tiempo, mirando al horizonte mientras busca las palabras que definan sus creencias. Lo cierto es que hay pocos silencios para dos años enteros de timidez y, al parecer, mutua curiosidad.
        Como no tenemos reloj, escalo un poco más y les pregunto a unos vecinos que están en otra terraza a un par de aleros de distancia… “Hola” me dice la chica antes de contestar, lo cual me hace ver que está sorprendida y algo intimidada por mi aparición descamisado y preguntando la hora en cuclillas sobre las tejas del otro lado de su barandilla. Supongo que hasta ahora su atalaya le parecía completamente privada. Me sonrojo, le doy las gracias y me voy sabiéndome observado. La entiendo: A mi me pasó también en su día. Pero lo que yo me encontré fue una vecina tomando el sol desnuda en nuestra azotea. Le pedí permiso y me eché a estudiar, que es lo que había venido a hacer… Me dieron unas ganas horrorosas de desnudarme yo también y posar mi culillo sobre las cálidas losas de la azotea, pero temí incomodarla, así que solo me descamisé. Mientras vuelvo hacia Paul procurando no cargarme ninguna teja y no olvidar que son las sies menos cuarto, me da por pensar que la ley de los tejados es como la de los barcos… mientras no se pase a bordo del otro, puedes pedir la hora, fuego, o incluso un sacacorchos. Todo esto son suposiciones dado que no soy marinero ni creo que lo sea jamás… aunque envidio a los marineros. Claro que no creo que encuentren a sus vecinas desnudas sobre sus propias cubiertas, digo yo, vamos. Pero eso tampoco cambia mucho, después de todo ¿qué es una vecina denuda, al lado la envidia secreta que me dan los marineros?
        Es tarde, tengo que marcharme. Al bajar le digo “Hasta otra, estoooo ¿Paul?”… asimismo le recuerdo mi nombre, y desaparezco tejado-del-vecino abajo… op, murete, op, barandilla. Pero un op con minúsculas, con cuidadito… porque llevo mi vaso vacío de un lado a otro en cada paso procurando no mancharme con las tres cucharadas de azúcar derretida por el calor de las losas la azotea, que ahora me parece tan lejana. Tanto como puede ser el lugar desde el que Paul ve la ciudad entera mientras yo me sorprendo en la penumbra al entrar en casa.




viernes, 31 de marzo de 2006

Paul, Aquí vivimos como reyes, u Otro Rollo de los Míos de esos que os suelto de vez en cuando (parte I)*

Golfo's Macabeos presenta


        Esta tarde he comido solo. Hacía sol, así que he abierto la ventana y me he puesto música alta mientras empezaban los dibujos animados. Después de comer he estado a punto de echarme una siesta, pero no quería perderme estas horas de sol después de un invierno tan puto. Quería leer. Lo deseaba intensamente: sentarme a leer con un café frío.
        Si quería escapar al sueño solo me quedaban dos opciones: bajar a la terraza del café Lisboa, lo cual es sumergirme en la ciudad y dejarme acompañar por el bullicio, o subir al tejado, que no es si no dejar la ciudad a los pies y llevarme a cielo abierto esa soledad en la que suelo hablarme solo y de la que últimamente estoy empezando a abusar.
        No obstante, una vez más elegí consciente de que seguiría hablándome solo al menos por esta tarde.
        Al subir he visto aún en la terraza los artilugios del profesor de inglés que estaba esta mañana haciendo fotos a un montaje sobre la mesa de hierro. Encajaba con su objetivo un espejo sobre el que había colocado unos tomates muy pequeños. Apenas le di los buenos días, decidí no ponerme muy curioso porque: se lo que puede molestar eso cuando te lanzas ha hacer arte en público… Sin embargo mientras me tomaba mis almohaditas de chocolate dándole la espalda no pude evitar imaginarme el resultado: mentalmente, me he puesto en su lugar, me he preguntado cómo sacaría yo la magia de esos tomates emparejados son su reflejo sobre un cielo plagado de borregos. Igual incluso pasa un pájaro y sale en la instantánea.
        Las losas del tejado estaban calientes, la ciudad estaba inundada de una luz nítida, como si la luz blanca del invierno aún no se derritiese con el calor de la primavera. Hoy ha sido uno de esos días en que a la sombra hace todavía frío y al sol puedes incluso quitarte la camiseta.
        Sentado en el suelo de esta terraza sin barandillas. No veía la terraza de abajo , ni los tendederos, ni siquiera veía las casas de en frente: la ciudad aparecía lejana como si empezara lejos de la orilla. A veces miro a la ciudad desde aquí arriba y me parece que me la han pintado. Me digo, no es verdad. Me gusta esa sensación… de hecho, me cuesta leer los primeros 5 minutos en el tejado. Mis ojos miran las letras pero es como si mis cuerpo entero disimulara, porque el resto de mis sentidos está demasiado contento de estar aquí, de las vistas, de la brisa casi marina, de los olores, de los ruidos de fondo de las casa del alrededor, de tener un libro en las manos, y de cada palabra mezclada con todo esto.

        Cuando termino de leer un relato suelo leer varias veces el último párrafo. No lo puedo evitar. Como si algo se me fuera a escapar, leo y releo y vuelvo a releer. Luego me levanto a estirar las piernas y ahora que lo pienso suelo suspirar dos o tres veces mirando a mi alrededor, como si chequeara que todo sigue como lo dejé antes de partir a bordo del relato.
        Nada, en verdad todo sigue igual. Ni siquiera la luz es más amarilla. Febrero testarudo. Me siento en el borde del tejado, mirando al atardecer. A mi espalda, la Alhambra con esa actitud de barco a punto de zarpar, detrás muy lejos y enmarcándola, la sierra… A veces calculo mentalmente distancias entre puntos muy lejanos como hilos invisibles que tendiese a través de kilómetros. El sol cae sobre estos tres objetos: sobre una montaña imponente, el edificio más hermoso de un mundo, y mi estrecha cara de caballo… lo que me impresiona de todo esto no es la proporción que puedan guardar entre sí, sino la desproporción que queda unida, salvada, anulada por el hecho de estar recibiendo el mismo sol en cada milímetro de nuestras orografías. Deformación profesional, supongo, me fascino fácilmente por las medidas, la escala de las cosas.
        Delante de mi, una ciudad llena de contrastes al atardecer, y apenas a unos metros la terraza de Nico, metro y medio más alta que la nuestra, y siempre abierta y llena de cactus. No veas la cara que me puso el día en que le pregunté si tanto cactus venía con su carácter. Joputa, me dijo. Y sonrío. Se la había colado. Le había hecho a ese perro viejo que preside la terraza desde su atalaya lo que él me hace a mi al menos una vez en cada conversación. Aún me cuesta acostumbrarme a Nico y su caracter, pero es Nico, y este rincón de terrazas y patios levantado contra el cielo no sería lo mismo sin él.
        Espero unos minutos, quizá enciendo un pitillo. Cuando termino de leer un buen relato suelo darle un sorbo al café y encender un pitillo, bastante satisfecho y un poco resignado, pero como todo el mundo. Un buen relato es lo que tiene.


viernes, 24 de marzo de 2006

(Léase en alto y verán)

WIRA SACHA
Extracto de plantas medicinales

Renaco sacha
Ajos sucha
Guayaco
Suelda con suelda
Palmonaria
Bálsamo
Belladona
Sangre de grado

Combate todo lo agudo
Reumatismo
Calambres
Tos
Golpes
Choque de aire
Inflamación de amígdalas
Niños que se orinen en la cama.

Frótese fuerte
y ponga un trapo
bien caliente.

martes, 14 de marzo de 2006

Marion

Mural café Futbol




        Je tourne la tête par hasard et je la laisse se reposer sur l’oreiller. J’ouvre les yeux. Tout est noir...
        Petit à petit, il commence à se dessiner la forme d’une couverture qui se transforme en cheveux, entre eux, une esquisse de sourire inversé mais pas triste, et pas trop petit non plus, ces mêmes lèvres que j’ai vu deux mille fois essayer de sortir «cereza»..., un jolie nez de singe qui respire calmement et deux paupières qui avec ses longs cils semblent deux fleurs carnivores, là, fermées tout les deux. Lentement il me vient ces mots, comme a voix basse, cette histoire de ces trois allumettes qu’il allumait une à une.../ la première pour voir son visage tout entier / la seconde pour voir ses yeux / la dernière pour voir sa bouche / et l’obcurité toute entière pour se rappeler de tout cela / en la serrant dans ses bras...
        A ce moment-là je me suis rendu compte que je n’ai pas besoin d’allumettes dans cette pénombre et qu’il y a tant de villes où il fait nuit aussi... C’est si étrange et si claire en même temp cette dernière idée, et ça me fait sourire. Je ne comprends pas d’où me vient, mais, à vrai dire, il y a autant de choses que je ne comprends pas ces derniers temps...
        Tout est calme, et toi, tu es comme cette paix qui respire en face de mes yeux. Et puis, juste pour jouer avec le sommeil, comme on dance pour appeller la pluie, je me met à suivre le rythme de ta respiration tranquile. Au fin, je m’endors dulcement, souriant sans savoir pour quoi.

______________________________________________

        Vuelvo la cara por casualidad y la dejo reposar sobre la almohada. Abro los ojos. Todo está oscuro..
        Poco a poco, comienza a dibujarse la forma de una manta que se transforma en pelo, entre este, un boceto de sonrisa invertida pero no triste, ni demasiado pequeña tampoco, esos mismos labios que he visto miles de veces intentar pronunciar la palabra cereza… una bonita nariz de mono que respira en calma, y dos párpados que con sus largas pestañas parecen un par de flores carnívoras, ahí, cerradas las dos. Lentamente, me vienen aquellas palabras a la cabeza, como en voz baja, aquella historia de tres cerillas encendidas una a una en la noche/ la primera, para ver su cara entera, la segunda, para ver sus ojos/ la última para ver su boca, y toda la oscuridad de la noche para acordarse de todo esto/ estrechándola en sus brazos…
        En ese momento, me he dado cuenta de que no necesito cerillas en esa penumbra, y que hay tantas ciudades donde es de noche también… Es tan extraña esta última idea, y tan clara al mismo tiempo, y eso me hace sonreír. No comprendo de donde me ha salido, pero a decir verdad, hay tantas cosas que no comprendo últimamente.
        Todo está en calma, y tu, tu eres como esta paz que respira frente a mis ojos. Entonces, solo por jugar con el sueño como se baila para invocar la lluvia, me pongo a seguir el ritmo de tu respiración tranquila. Al fin, me duermo dulcemente, sonriendo sin saber por qué.



sábado, 4 de marzo de 2006

Cápsulas del Tiempo


        (Eran las 3 de la madrugada. Estábamos paseando sobre la muralla zirí -cuando aún nadie sabía que la puerta de Monaita estaba abierta, y dos meses antes de que el ayuntamiento corriera a ponerle sus enormes cadenas-… cuando el Onironauta dijo ¿Y si hacemos una cápsula del tiempo?...
        ¿Y qué es una cápsula del tiempo?, le pregunté yo con la cara que le pongo cuando me sale con una de las suyas...
        Pues metes en una caja cosas que signifiquen algo para ti o que quieras que llegue al futuro y luego la entierras muy bien para que alguien la encuentre dentro de mucho tiempo.
        No me pongan esa cara que no es la primera vez que lo ven:. Una cápsula del tiempo es la caja que encontró Amelié detrás del rodapiés de su baño el día en que mataron a Diana de Gales… ¿Qué cofre del tesoro ni qué niño muerto?... Vaya cursilada, un cofre del tesoro, por dios, … eso no se lo traga ni el Cobra. Fijo que aquello era una cápsula del tiempo.
        Y si no se lo creen, observen la cara del remitente cuando se la devuelve… por poco le da la combustión espontánea.)


        A veces le da a uno por intentar volver a poner orden en sus viejos soportes. Hace años que ya no solo guardamos las cosas en cajas, y del mismo modo que a veces sacas todo el armario y lo vuelves a ordenar, regalando lo que no sirve, volviéndote a prendar de viejas camisetas o trastos olvidados (el viejo Spetrum, el coche teledirigido roto, una caja de helados llenas de tubos de ensayo y restos de motores eléctricos de mis tiempos de pretendido científico chatarrero)… Hoy he cogido todos los disquetes que andaban por mi cuarto y algunos cds sin etiqueta. Los he amontonado a la izquierda y he comenzado a explorarlos uno por uno, haciendo tres montones a mi derecha: rotos, vacíos, y no vacíos.
        El resultado ha sido lo siguiente…
        5 disquetes ilegibles, ante lo cual no he podido por menos de sonreírme acordándome de eso que pone en las cajas de disquetes de que: estos disquetes están garantizados de por vida. Si, yo también puse esa cara. De por vida. Ahí es nada.
        7 borrados y listos para reutilizar… soporte lento, frágil y caro.
        2 sorpresas: un disquete en el que han aparecido todos los textos que escribía en un viejo Macintosh LC II. Textos de los cuales apenas conservaba unos pocos, hasta hoy, en una carpeta negra en cuya etiqueta ya hace mucho escribí: “Protéjase del agua, del viento, y de las malas intenciones”… antes de dárselos para que los custodiara a mi santísima madre.
Y ahora vuelven a estar ahí, con sus nombres convertidos en: ATIRODE&, DELALIB&,, LAURA&, EPILOG&… pero ahí flotando en el polvo inexistente de la pantalla. Los miro fascinado como un naufrago ante una lata de conservas brillando al sol.
        Aprovecho esta línea para preguntaros si alguno tiene un Macintosh con el que desenlatar mi primera época de escribiente. Se lo agradeceré mucho. De verdad.
        Y otro disquete oh ah uh maravilla… disquete de pecé con textos que creí perdidos cuando me robaron aquel portátil, incluyendo -los milagros existen- mi Caligrama… aquel loco experimento en el que mezclaba matemáticas de mosaico y texto escrito (el autoCAD echando humo de tanta palabra parriba y pabajo, derecha izquierda diagonal giro… para eso los señores de Autodesk no lo habían preparado)

        Luego les llegó el turno a los cds...
        2 rotos ¿ya no garantizan estas cosas de por vida?
        1 una película
        1 música en mp3
        1 trabajos de la escuela en Macintosh, memorias en general de proyectos que luego fotocopiaba en papel torreón verde gris y pegaba en un lado del papel DIN caballo 109, junto a los trazos de tinta fresca, aguada y planos más lejanos en grafito. A veces, cuando no me cabían en el caballo, seguía las líneas por encima del torreón, invadiendo el territorio de la memoria –si, lo confieso yo soy de esa generación que aún dibujó con las manos-.
        1 jorroña que jorroña* mis primeras fotos guarras bajadas de la red. Vaya, vaya… -Creo que más de uno estará de acuerdo conmigo en que antes del mp3 y los blogs, la única utilidad de internete para el ciudadano medio era poco más que el email, chatear y echarse sus ratillos en book-mark.com (gracias Mark, cuántos años sin fallarnos). El que tire la primera piedra…
        Y ahí, de nuevo, si, ahí, justo ahí, al lado del Messenger Versión Cretácica… siiiiii, oh, ah uh, hoy es mi día, eureka: Más Textos Perdidos en el Tiempo y el Olvido, más Papelotes, más Declaraciones de Amor-pero-no-es-amor-no-te-creas,-miniña,-que-solo-lohago-para-impresionarte, y-ojalá-te-derritas-mi-amor,-ojalá-quedes-enganchada-el-tiempo-suficiente-para-alcanzarte. Si: más, más sucios garabateados para mi exclusivo placer, y desahogo, más Bendiciones Vitalistas y Serpientes Enlatadas, más ironía, más inocencia, más ira, más jodienda, más, y limpios también, joder, Sagradas Versiones en Limpio de Ideas Que ya Ni Siquiera Recordaba.
         Vivan los soportes magnetizados y sus santos recovecos. Viva el sagrado caos de todos los armarios invisibles del mundo que salvan de las quemas y los formateos, de las averías y los virus, de los robos y otras tontas miserias humanas nuestros tesorillos enterrados como cápsulas del tiempo en la arena de los días.
        En el mundo de lo pequeño -y a veces de lo grande- pocos guardianes son tan eficientes que el despiste y el olvido. Voy a hacer una copia de mis notas esta tarde, en cd sin etiquetar, a guardarlas por ahí y luego voy a salir a olvidar lo antes posible donde las metí.

domingo, 26 de febrero de 2006

La lata bajo la lluvia


        Hay veces que un verbo de lo más tontorrón puede cambiar muchísimo según cómo se escriba… , puede de pronto volverse tierno, adorable, puede incluso volverse el culmen de la felicidad, traeyendo recuerdos de atrás o tirando ensoñaciones hacia adelante. Del mismo modo en que los verbazos suelen quedar a manudo tan insulsos. El gesto de escribir cambia la forma de las palabras, decide y da los acabados al lenguaje, termina de dibujar lo que los diccionarios solo perfilan…
        Por eso protestar es siempre protestar y algo más. Si no, no leeríamos libros ni escribiríamos nada, bastaría tener a mano el diccionario…

        Uno se la imagina así pequeñita, toda abrigada, un par de ojos asomados por encima de una bufanda, caminando de la mano del payo mientras no deja de escucharse la misma cantinela como acolchada tras la bufanda...
        Y el payo va todo feliz, pensando no veas qué coñazo, pues si llueve que se aguante, más verde para el campo joder… y qué más da, si estamos juntos qué más quieres, ay, la virgen qué tostón... Pero sabiendo desde lo hondo que no, que en verdad no quiere que se calle, por dios, que lleva todos estos meses escuchando llover así sin mas y los que le quedan, para ahora callar la retaila esta, retaila de su amor suyo, luz de su vida, flor de su corazón, ahí casi irreconocible dentro de sus abrigos.
Que para escuchar llover aunque sea todo bonito eso de escuchar llover, tiene todo el tiempo del mundo, pero para sacarla a esas calles solo tiene hasta que suba al bus y se vuelva por donde la trajeron. Así que por él, como si se pone a cantar la tabla de 7 en ruso si quiere, mientras no se suelte de su mano. Mientras no deje de mirarle con los dos ojos esos que asoman como un animalillo por encima de la bufanda, ya caliente, la bufanda, de tanto bufío y tanta exageración. La misma boca ahí dentro, la misma que le comía esta mañana mientras hacían el amor.
        Uno los imagina pasar calle abajo, llevándose su rumor, como al final de una película... Y todo porque la paya ha escrito “paseaba de la mano de... protestando por la lluvia” en medio de un post, y luego ha seguido como si nada. Saliendo del retrato en el que por un momento protestar se había convertido.

lunes, 20 de febrero de 2006

Material de derribo

¿Qué?, ¿Pincan?


        Hay veces que no decimos las cosas porque nos da vergüenza, y aunque nos morimos de ganas, nos callamos. Quizá porque tenemos miedo a que caigan al suelo y se pierdan como ese humo pesado de las películas de científicos, que cae formando de círculo que se desvanecea ras del suelo, bluuuuuf.

        Luego abro la boca, y digo algo que te sorprende, tu abres un momento los ojos más de lo habitual y yo siento como cuando estoy buceando y pasa una ola.

        Pero Dios nos hizo de un barro lleno de miles de arañas muertas.

        He estado a punto de traer un mecano a casa, con la idea de construir una máquina de hacer pompas de jabón. De esas que se van volando y que convierten por un momento la realidad en algo mágico, de esas que vuelven locos a los niños que las persiguen y las protegen apartanto todo cuanto sea posible de su camino, o van y las explotan sin saber realmente por qué.
        Al final no me traje el material. Me di cuenta de que una vez terminada la máquina apenas saldría por ahí a utilizarla un par de veces, y por otro lado, de que lo que me importaba tanto, no era tanto la máquina en si como la actitud de querer construir una máquina de hacer pompas de jabón.
        Entonces me pregunté si no había otra manera de hacer la máquina de hacer pompas de jabón. Lo único necesario era la actitud que uniendo elementos convencionales, producidos en serie o inventariados, del mismo modo que bielas y tornillos para construir una máquina de hacer pompas de jabón, uniendo por ejemplo, líneas determinadas, colores, palabras que vienen en los diccionarios sueltas pero en orden, infatigables, unas detrás de otras... letras que unidas al teclear se leen y dan sonidos que se estructuran por un segundo en el aire, y comienzan a correr, a tomar formas que se hacen y se deshacen como persiguiéndose, apoyándose, entre los ínfimos recovecos del aire y el tiempo...
        Tocar este teclado como si fuese un piano.
        Un ingenio que la tocara a ella como la toca un día la felicidad concreta, pequeña, y si, pasajera también, pero real, de topar con una máquina de hacer pompas de jabón.
        Si yo llegase a construirla, la llamaría el Bubbl-o-matic.

        Hoy he visto una mosca vestida de boda y una mantis con un sacacorchos. Ha pasado de largo sin darse cuenta de que casi la piso. Por eso me he apresurado en llegar a casa. Me he dicho: hay que darse prisa, mira por donde van estos ya.

        Y entonces, veo que alguien he puesto a mi bailarina imantada una cola de lobo, y sé que en cuanto intente bailar, no podrá con ella y la inercia la tirará al suelo.

        La verdad ¿cuánto tiempo le habrá llevado a la mantis…


miércoles, 15 de febrero de 2006

Vamos

        Se fue hacia los árboles de vuelta a casa dejando tras de si el ancho cielo, el susurro de las voces del viento en el trigo encorvado.

(_ _ _ _ _ _    _ _ _ _ _ _,    "_    _ _ _ _ _ _    _ _ _ _")

miércoles, 8 de febrero de 2006

Si yo tuviese una radio...

…un instant précis.

“Señores escuchantes. No se pregunten por qué, pero la próxima vez que corrijan sus obras, revisen sus textos intimistas, o repasen sus esculturas… prueben a hacerlo escuchando My Way de Frank Sinatra. No es una broma.”

martes, 31 de enero de 2006

La estampa

        En una madrugada cualquiera, a esa hora en que, por ejemplo, el jueves se hace viernes, un coche anónimo atravesaba las Andalucías por la A-92 entre Granada y Málaga… en una de cuyas ventanas traseras podía verse, cual teta pequeña y bien dura, el bulbo azul de un paraguas abierto. En el interior, su ocupantes casi desnudos, maldicen, ríen a la vez, se regañan, se abrazan, se consuelan o se burlan unos de otros, y se cagan en la madre que los parió… y esas cosas en fin, propias de las noches en que te pasa eso que dicen que “a veces pasa pero que no, que aún no conoces a nadie que realmente le haya ocurrido”.
        Así pues mientras muchos de vosotros dormíais , estudiabais, echabais una copa, un cigarro, un quiqui o un truño, jugabais a la play, veíais la tele o simplemente luchabais contra el insomnio, un corsa gris atravesaba raudo y veloz la madrugada con un paraguas por ventana. Y en su interior podría verse, de no haber sido su magnífica velocidad, a Golfo conduciendo, en calzoncillos blancos, camiseta de manga larga, deportivas casual embarradas, un único calcetín -el derecho, marrón-; a su lado, E fumando para no caer rendida, ataviada con un pantalón vaquero que a los ladrones no debieron satisfacer demasiado y una camisa de noche de esas que se atan tras en cuello y que se ve que tampoco era del gusto de aquellos cabrones…
        En los asientos traseros: a la derecha Manolo Il Corpo vestido con sus calzoncillos, el jersey de cuello vuelto de Golfo y sus zapatos, preciosos por cierto, porque el manolo tiene no poca clase, aparte de una maestría epatante en la cocina.
        A su lado, pero muy pegado a Manolo, el gran Willi DeFire intentando no pincharse el culo con los cristales de la ventana reventada, vestido únicamente con el abrigo de E puesto del revés –la cremallera en la espalda- para taparse bien el cuerpo, y un jersey atado a la cintura por detrás, cual indio comanche, para protegerse las pelotas del frío infernal que se colaba por la ventana sin cristal del coche, a pesar del paraguas que firmemente sujetaba contra la ventana para que el efecto Venturi no lo succionara al exterior y se lo llevara volando a las tinieblas… Lo mejor fue ver un hora después llegados a nuestro destino (160 kilómetros más tarde, decidido unánimemente por ser el único lugar de este basto país en el que podíamos usar las llaves que por casualidad aparecieron en la guantera) al Willi bajarse del coche con el abrigo al revés cual camisa de fuerza, cremallera abierta dejando su espalda desnuda, y ese culillo adorado por todos sus amigos, al aire, ahí es nada: tan blanco, tan prieto y redondo como una luna sobre la acera, tan tierno y viril.
        Por si alguna vez os habían dicho que en las termas de santa fe a veces roban los coches mientras la gente chapotea inconsciente en el barro caliente a la luz de las estrellas, debéis saber que no os han mentido. Y es que no me cansaré de decirlo… ¿para qué quieres el vacío de las leyendas, si tienes el vertiginoso misterio de lo lo real?


miércoles, 25 de enero de 2006

La posibilidad de un día

Este post ha sido trasladado por el autor al blog 

Saludos desde el 28 de Mayo de 2017

miércoles, 18 de enero de 2006

...And then you smiled for a second.
Sometimes you make me feel
like I am living at the edge of the world,
like I am living at the end of the world.
"It’s just the way I smile", you said.

The Cure, Plainsong


        Hay mañanas en las que te levantas y encuentras una ciudad inmersa en la niebla. Mañanas en las que los edificios y las grúas se perfilan en el gris, los coches parecen pitar lejanamente desde el mismo fondo de la humedad… Y lejos, detrás de los edificios, de los coches, de más edificios, la vega parece guiñarte con luces perdidas de un mundo que se ha tragado silenciando un montón de aullidos… porque si, porque así es el misterio de la niebla, que en la ciudad es suspense, pero en el campo es terror. Sobre todo por esa calma en que te dices… ¿y si bajo y echo a correr mar adentro? Y al minuto siguiente lo dejas para otro día.
        Hay mañanas en las que las nubes no parecen claudicar a la vida que arranca y que por mucho que desayunes no abandonarás totalmente el territorio de sueños del que acabas de levantarte. Y hace tanto frío que parece que estamos muertos si no fuera por el calor que aún traes de la cama… Y que a saber cuanto durará.
            Y sales a la calle a cruzar el mundo como un escenario vacío.
        Hay mañanas que te levantas trágica, dulcemente invadido. Pocas mañanas, pero cuando miras por la ventana y acabas de date cuenta de lo que está ocurriendo te sientes parte de una película, y bendices que te haya tocado aunque en un rato el sol vaya a velar los fotogramas. Y casi te dan ganas de salir pronto a la calle, no vaya a ser que el día arranque y se vaya todo a tomar por culo.

martes, 17 de enero de 2006

¿Estas contagiado?

Después de esto, he tenido que cuestionarme eso de que yo sea raro. Quizá lo soy menos de lo que creía… menos de lo que mis amigos insinuan. El caso es que nunca pensé que me costaría un buen rato encontrar mis 5 hábitos más extraños.

1.- No aguanto demasiado el silencio: Cuando duermo solo, duermo con la ventana abierta. Sea la estación que sea y haga el frío que haga: prefiero el rumor de la calle, a intentar dormir a solas en incómodo silencio.

2.- No puedo ponerme a leer un libro sin lavarme antes las manos.

3.- No me gusta comer sobre una mesa desnuda (sea la solución una bandeja, mantel o mantelotes individuales de caña como los que pongo para impresionarla, tela, o mismamente una hoja de periódico, que en verdad no queda fea y que con la sección de economía se puede combinar colores y todo).

4.- No soy supersticioso, pero no puedo tirar la sal sin un que me invada sentimiento de mal augurio. Si por un casual tiro un poco de sal, disimuladamente cojo un poquito y la echo por encima del hombro hacia atrás. Más que la superstición mi hábito extraño es este ritual de perdón a la sal.

5.- Miro los gajos de las mandarinas a contraluz alzándola como nu científico ante la mirada sorprendida de los demás, no vayan a tener hueso y no lo vaya a saber.

Contagiados quedan:
Marina
Nunh
Onironauta
El señor B, jesusb
Aldery

miércoles, 11 de enero de 2006

Mensaje digital de las navidades pasadas.

        Basta ya, coño, basta ya de tanta mojigatería, de tanta condena moralista y libertaria, de tanta redención de las hipocresías entre las hipocresías, de tantas ansias de coherencia, de claridad nuclear... porque eso es el blanco, señores, eso es la luz por la luz y no otra cosa: la muerte nuclear, o la limpieza extrema, profiláctica, enfermiza... No cuento nada nuevo: cualquiera que dibuje lo sabe, pero si no, os lo cuento, porque viene al pelo: en el dibujo no hay nada que sea blanco, al menos nada que no quede demasiado abstracto para ser real o demasiado infantil para ser creíble. A lo sumo será gris cálido IV en la escala Faber Castell. "Gris no pinta" para los amigos, porque parece que no pinta, pero da la vida: una pátina de suciedad, de memoria, de existencia, que si no la dan ya las manos al rozar el papel llevándose un poco del aceite del grafito, lo da el papel mismo con su rugosidad. Una rugosidad, como decía Win Wenders, en la que la memoria pueda adherirse y no pasar como si nada ocurriera… en un fragmento de tiempo blanco límpido de una Utopía sin remedio.
        Basta ya de tanta intelectualización social, de tanta militancia ridícula y puritana.
         Basta ya coño...
         Me importa un pito que no sepáis llevar la navidad sin que esa inyección de consumismo os vuelva locos, sin que vuestro ateismo tan bien trabajado como el mío sepa entender que no es más que los restos de una vieja fiesta romana...
         Qué Jesus ni qué niño muerto.
         Un poco de ironía a la vida, por dios. Un poco de comprensión.
         La navidad, para mi como para bastante gente, es la única manera que cada año encuentro de sentar a mi familia, falte alguno por su cabezonería, falten otros por sus malos rollos, y otros porque simplemente les pilla del otro lado, de que por una vez nos metamos nuestra mierda por el culo y nos echemos a cenar en la misma mesa. Una noche, cojones, una en todo el año... Lo siento, pero esa noche vale para mi toda la hipocresía de este planeta, al menos la de este país... que no es poca, pero todavía no es suficiente para quitarme una puta noche.
         Una mísera noche de sopa caliente y abuelilla. Un año más, abuelilla. Un año más que me preguntas si me queda algo de fe y yo te digo que a mi manera que si, pero que no creo que quieras que te lo explique (mi cabeza llena de tornillos, de casas, de ciudades y de campos, de personas, de poemas y momentos, de tetas y de culos, de sonrisas y de orgasmos), que sería muy complicado, abuelilla. En realidad no es complicado:
         La abolición de la navidad sería la abolición de esa noche. Lo siento, pero yo elijo.
         Viva la navidad, coñazo de navidad, puta navidad de miserias humanas.

         Hostias... ¿Y Los reyes magos?... Esos cabrones…
         Pues mira, los reyes son la única manera que tenía de hacerme con algunos juguetes para el resto del año, porque yo no solía pedir. No me hacían mucho caso, no fuera a acostumbrarme, no fuera a olvidarme de que nada es gratis... así que esperaba a los Reyes... los reyes eran una pequeña excepción, una fiesta en que por un segundo, no solo podías pedir, sino que podías hacerlo por carta. Ahí es nada.
         Y esa fiesta no era un chantaje: "pórtate bien y te traerán lo que pides". No, eso no era un chantaje: era simple lógica aplastante. Si yo no he sido un niño déspota es porque mi padre no me lo ha permitido. Así de fácil. Si le hacía la puñeta, él no me iba a premiar mostrándome a unos reyes generosos. Con aquel negocio, además de que dejara de hacer el imbécil por unos días, me hacía entender que si te dejan pedir, no puedes dejar de ser humilde. Y me lo enseñaba sin palabras. Toma castaña: Los reyes son una metáfora. Y la cierta generosidad de mi viejo no me ha convertido en un consumista, sino que me ha hecho entender el valor de la generosidad: el placer de la ilusión ajena. Porque regalar no es capitalista, es humano.
         Hablando en plata:
         Los reyes no tienen la culpa de que os dejéis llevar por la corriente consumista, por la presión de los medios, no. No escurráis el bulto, joder: los reyes no tienen la culpa de que piquéis, ni siquiera tiene la culpa de que no sepáis educar a vuestra gente...
         Los reyes magos son lo puto mejor. Un niño cree durante años que unos tíos vienen de oriente trayendo regalos para todos en una sola noche, cree que entran a su casa, que sacan lo que ha pedido o lo que no, qué más da, traen regalos, así, como llovidos del cielo. Lo voy a repetir ¿vale?:

Van tres tíos, vienen de Oriente en camello y traen regalos.

        Así, por las buenas. Joder: Lo hacen... no es una ilusión en la cabeza del niño: lo hacen. El niño se levanta y los regalos están ahí. Es verdad. Se lo traga porque a él aún le es fácil creer. Y eso, eso es la leche... oh, si: “se pierde la inocencia, pero se gana la libertad”, suena chachi… pero, honestamente, puestos a ser aun inocentes, creo que merece la pena un poco de teatro, unas gotas de magia antes de la Bendición Libertaria. Tenemos toda la vida para ser libres.
         Yo recuerdo ese creer, cuando creía, y ese recuerdo es algo impresionante: Lo ingenuo que fui que veía a los tres payos subiendo apretados en el ascensor. Y la risa contenida de los adultos cuando hablaba de os reyes. La mía cuando aún intento no irme de la lengua delante de los pequeños ahora. Muerto de envidia. Como el otro día, que fui a preguntar a una Señora por donde quedaba Periana, y mientras me lo explicaba, no podía dejar de mirar una excavadora dirigida por control remoto -cable de 1 metro- que tenía su hijo. Diez euros en los veinteduros… y lo que yo daría por estar en su piel y echarme a la arena a jugar con aquella excavadora. Nunca me trajeron la puta excavadora, pero tampoco intenté comprender por qué. Porque los reyes eran mágicos y no contestaban cartas, así que había que joderse... y luego, de algún modo siguieron siéndolo cuando los reyes dejaron de ser los reyes y supimos la verdad, aceptándolo como un juego a una edad en que empieza a dar vergüenza jugar. Un juego cada vez menos teatral, pero una ilusión de todas formas para un niñato sin ahorros.
         El día de reyes no es consumismo ni es nada... el día de reyes es el día de reyes. Lo demás lo ponéis vosotros, si queréis. Si de verdad no os queda más remedio.
         Si os sigue pareciendo consumista, regalad menos, o regalad otras cosas, no se, ocurrencias vuestras. Pues anda que no hay maneras de sorprender. Actuad vosotros mismos. Hacedle el boicot al Corte Inglés o al Amena, o a Nintendo, o al Cosmopolitan o al Hijo Puta de vuestro Hijo o al Cabrón de vuestro Padre que no os entiende y lo soluciona todo con dinero y regalos absurdos... O no regaléis, que también es original, aunque, francamente, menos divertido.
         Pero dejad a los reyes tranquilos.
         Que parecéis tontos.

sábado, 31 de diciembre de 2005

Lo que me inspira no eres tu, sino la inquietante posibilidad de ti.

sábado, 24 de diciembre de 2005

lunes, 19 de diciembre de 2005

        No es solo el horror al papel en blanco… quizá porque el papel en blanco es lo de menos. En verdad, el papel en blanco no es muy diferente de una habitación vacía con una guitarra en medio… siempre se pude entrar y trastear, calentarla, darle un par de vueltas a un par de temas, hacer fuiiii y hacer fuaaaaa, tirori brap brap, chrch chrch braaam… y si encima hay un piano y entras con un pianista, una batería y entras con un baterista, siempre puedes montarte una buena jam session. No, el papel en blanco siempre da por lo menos para tocar por tocar. ¿Verdad Jesús? A la mayoría las musas nos pillan trabajando.
        Pero al ruedo salta uno solo.
        No, no es solo el papel en blanco… a veces las palabras se le hacen a uno grandes como un océano lleno de olas en medio de un rudo día de invierno. Desconfío, lo respeto, miro desde la orilla. “No tengo mérito: espero”… A veces temo de verdad que no sea más que un hombre confuso con demasiadas palabras en la cabeza. Entonces ese barro del que podría sacar otro posts como un objeto conciso, y casi brillante a la luz, se me hace de pronto como un caldo oscuro.
        Llevando un poco más lejos la metáfora de esta sucia sopa de letras interior, siento que en alguna parte de ese caldo estoy yo mismo dando vueltas, y temo encontrarme al meter la mano, toparme con mi piel viscosa como la de un pulpo inesperado… puedo estar demasiado cerca de la superficie. Demasiado opaco al menos como para no sospechar.
        Una vez escribí, por escribir, y porque me picaba el gusanillo, una especie de minúsculo ensayo sobre el miedo y las cosas vacías. La idea era que un objeto vacío te provoca cierta inquietud, sobre todo cuando tiene suficiente volumen de albergar al menos a uno mismo en su interior. Hablaba del miedo que algunos de niños, le teníamos a las bombonas de butano y de mi perrillo que le ladra a los contenedores vacíos, a los grandes maceteros, y jarrones abandonados en la calle. Pero solo cuando están vacíos y sin necesidad de mirar encima para comprobarlos… el bicho lo sabe, y ya está. Como yo cuando pasaba cagando leches y con la espalda erizada frente al autoclave de mi abuelo.
        Al final acabo por compararme con un pequeño perro-patada, un perro pequeño y bastante idiota por cierto…
        Ya veis.
        No, no es el horror al papel en blanco…
pero le puede pasar a cualquiera.

lunes, 28 de noviembre de 2005

El fin de la infancia, culos, tetas y pistolas

        Últimamente trabajo con la memoria. No es que la ejercite, sino que dado que el tiempo desgasta, uno siempre puede coger sus pedazos y reutilizarlos como material, expolio para nuevas construcciones o recortes para un collage.
        Todos tenemos memoria. Sin embargo, a ratos tengo la impresión de que es ahora cuando comienzo a tenerla: me voy dando cuenta de que no es lo mismo recordar la infancia como algo ajeno, algo que pertenece a un capítulo anterior… que cuando podía mirar atrás todavía dentro del mismo capítulo, hacia un mundo que si bien era ya pasado, no dejaba de formar parte de las primeras pisadas sobre el mismo territorio. Cuando, a pesar que te da mucha vergüenza, sabes que si tocas tus juguetes revelarán el niño que todavía eres. Y eso te hace mirarlos con una mezcla de deseo y recelo.
        El mismo recelo que luego sientes hacia ti mismo cuando, jugando en la calle a las pistolas, pasa una chica preciosa y escondes el arma, o pones la mano bien, si no tenías arma, y disimulas todo lo que puedes… mientras, parapetado detrás de una esquina, un colega te grita…
        ¡Ta! ¡ta! ¡ta! Eh. Estas muerto tio. Joder, estas muerto, ¡ta ¡ta ¡ta!.
        Tu miras a tu colega por el rabillo del ojo y a la chica sabiendo que no la tendrás.
        ¡Ta! ¡ta! ¡ta!
        Y comprendes que razón no le falta: un poco muerto si que estás.

        Puestos a elegir un momento, creo que empecé a abandonar la infancia el día en que Javi el petardero dijo que la Carmen estaba buenísima. Yo me quedé un poco atónito y tuve que preguntar quien era Carmen.
        Pues Carmen E. tio.
        Hasta entonces mi imaginario erótico, bastante nutrido, la verdad, había estado poblado por mujeres adultas de pechos grandes y coños peludos, misteriosos triángulos peludos tras los que yo aún no tenía ni idea de que había –lo descubriría pronto en las películas porno-, mujeres que podían ser mi madre, -…la primera mujer de cada hombre es siempre su madre: la primera desnudez, la primera mirada curiosa y disimulada mientras se cambia delante de nuestra supuesta indiferencia…-,
        o la Sabrina,
        o la Loli que trabajaba en casa de mi tia y le enseñaba las tetas a mi primo Pedro,
        o las miles de tias que hacían top less en una playa de Marbella a la que me llevaron y por la que paseé cuantro días alucinando con mi camioncito de plástico y la pilila tiesa,
        o la Anabel, que me cuidaba cuando mis padres salían de marcha y que aún hoy, cuando por casualidad nos encontramos, me sigue pareciendo una de las mujeres más guapas de este mundo. Tampoco he olvidado su olor. Cuando no hace mucho mis padres me contaban que si, que Anabel tenía un olor extraño y ella que misma lo sabía, yo no podía por menos que sonreirme por dentro, sin atreverme a confesar que había estado loco por ese olor. Un olor que si bien para ella podía ser un problema, para mi no dejará de ser el olor que le subía por el canalillo cuando me ponía de puntillas para abrazarla.
        o una profesora pelirroja de la guardería cuya imagen me llevé como robada bajo el abrigo hasta la EGB…
        o la tia del anuncio de Fa
        o todas las actrices que de vez en cuando se desnudaban antes de que me mandaran a la cama…
        ¿Ya?
        Ya.
        Me decía mi padre sin dejar de mirar la pantalla… Quizá era más temprano de lo habitual, pero lo cierto es que eso nunca impidió que yo me llevara alguna de esas imágenes a la cama como un juguete oculto bajo las sábanas.
        Buenas noches, mamá.
        Buenas noches.
        Ja.

        Y en medio de este tosco imaginario erótico de mi niñez, va Javi el Petardero y, con aquellas palabras mágicas que solo se decían de las mayores, coloca de pronto a una niña de mi edad, a una compañera. Si, una puñetera cría de mierda como yo, de las que corren y juegan y piensan Emmanuel es una marranada, de las que si bien nos gustaban cada vez más, siempre habíamos ignorado al repasar en la oscuridad el desfile de nuestras fantasías. Una niña, por dios, qué aburrimiento, qué guarrada.
        Entonces, va el tio, y la mete, así… como quien la empuja a una piscina… Una piscina en la que el agua no era otro fluido que el panteón de mis primeras pajas, donde cae haciendo mucha espuma y con los ojos tan atónitos como los mios. En aquel momento Carmen pasó frente a nosotros, y vimos que Javi el Petardero tenía razón. Era inevitable: Carmen estaba buenísima, y yo sentía por dentro cómo el sexo opuesto atravesaba de pronto la barrera del sonido:
        A partir de ahí, la vida iba a consistir en perseguirlas.

        El último reducto de mi de mi infancia fue una casa que tenía mi abuela en el campo, una casita humilde y ahora que lo pienso, ahora que conozco bien las casas, muy vieja. Y más vieja aún era la técnica que la había hecho posible (muros de 40 centímetros, con piso de tablazón sobre troncos de madera de verdad, no de dar el pego los turistas, que corrían paralelos de un muro a otro, y hasta se inclinaban en el techo del baño para sostener al otro lado los peldaños de la escalera). Era una casa pequeña, pero no lo suficiente como para que no me aguardara algo en su interior capaz de convertirme en un niño cada vez que íbamos a visitarla… Aunque llevásemos amigos, aunque nos pusiésemos cubatas y liáramos porros, aunque soñáramos con tener novias de una puta vez y traerlas a hincharnos de follar en todas las camas… Niños, desorden, trastadas, curiosidad, inconsciencia, ...niños. Como si la casa no tuviese dentro sino un pedazo de edad varado en mi paisaje temporal.
        Cuando vendieron esa casa estaba ya en la universidad. Mi padre me llamó una mañana y me lo dijo. Yo me sentí como si me hubiesen robado algo. Me cagué en mi abuela y en todo lo que se menea. Aquel día lo pasé haciendo mi vida con la cara larga, que de pronto de me había hecho incómoda como un zapato recién estrenado.
        Lo que más lamento es no haber llevado nunca a una mujer a hacer la fiesta en aquellas enormes camas de madera.
        Mi infancia acabó ahí, y lo que hoy queda, lo de hoy, mi amor, ya sabes: esos juegos, esos gestos, esas voces ridículas que me salen por la boca, ese arrastrarme a la cama con la barbilla y el vientre contra las sábanas como un cocodrilo, o ese acercarme en el agua haciendo burbujas como un remolcador, mientras bajo el agua te agarro los tobillos y te arrastro hacia mi para sentir tu sexo contra el mio, ploploploploploplop… quizá no sean más que carreras con sirenas de fondo y balas silbando, incursiones inesperadas a través del centeno.


domingo, 20 de noviembre de 2005

Desahogo en tiempo real

        En mi calle …diría mi barrio, pero es que mi calle es tan tortuosa como un barrio, tanto que tengo la impresión de que vivimos al margen del barrio… así que, para no generalizar más allá de sus confines, os diré que en mi calle suele escucharse la música de otros vecinos. Pocas veces nos hemos quejado... porque suele ser buena música: flamenco, jazz, los Italianos que se reunen a tocar su folk alegre, Nico que en su atalaya anuncia su alegría con música clásica a todo volumen (breves subidones en sus ratos de opositor en los que se descarga como un niñato con el heavy metal y sale al balcón dirigiendo la ciudad)… El año pasado había un holandés que parecía que lo habían sacado de "Acordes y desacuerdos". Una noche hablé con él… recuerdo que pensé hablando de música era tan humilde que no parecía que tocara como dios. Le hacía sentir a uno bastante cómodo... insistió en pasarme la guitarra, teníamos pasados musicales parecidos y me llegó a pedir que le enseñara no se qué canción de Smashing Pumpkins, que yo toqué tragándome mis complejos como un kamikace. Incluso hay una vecina en el patio que pone música española de los ochenta, a veces un poco pasada, otras veces incombustible… pero no se le puede decir nada, porque por mucho que hurgue en lo más profundo de aquella época en que éramos un poco más hortera, no se puede negar que con la música saca un montón de recuerdos. De verdad, es difícil cortar algo así. Parece que no, pero es difícil decir “quita ya eso” con una sonrisa nostálgica.
        Ahora tras el muro del baño tengo un bakala recién alquilado. Lo recuerdo a mediodía y a la hora de la siesta. Así que me he puesto a escribiroslo.
        En la casa de al lado, el hijo del vecino toca al final de las tardes su guitarra eléctrica, como un karaoke, y lo hace tan mal y con unos efectos tan mal elegidos -flanguer mucho chorus, un poco de compresión y un reverb exagerado- que dan ganas de echarles dinamita por el ojo del patio. Si Alejandro Sanz y Manolo García supieran lo que se está haciendo con sus canciones darían vueltas gateando por el techo de la rabia. Pero tampoco hacemos nada excepto mirarnos todos de una terraza a otra, con nuestro cigarro y nuestro atardecer y reírnos de lo ridícula que llega a ser la gente a veces cuando nadie le dice que no ha nacido para tocar la guitarra con las ventanas abiertas… no, no hacemos nada, yo al menos… porque ya es suficiente que cuando suba al tejado le destroce las tejas al pasar. Tanto que un día vino la policía porque pensaban que eran ladrones los que pasaban por las noches. Fue después de comer, yo leía con los pies en la barandilla y trataba de disimular mi sonrisa entre las páginas del libro. Nico me tiene dicho que el día menos pensado me llenarán el culo de perdigones… “es de la secreta”… dice señalando con la barbilla a la casa de al lado “luego no me digas que no te avisé”… y hace como que tiene un rifle en las manos y me dispara riendo bajito, por si el secreta me escuchara desde el patio. Nico no lo sabe, pero cuando me dice eso, por detrás de su cabeza, de sus cactus, por encima de las casas de enfrente, se ve una ciudad entera. Por eso seguiré subiendo al tejado, como si lo mal que toca la guitarra el hijo del vecino fuese un peaje que me estuviesen cobrando y que quiero amortizar. Así es en parte mi calle.
        Pero ahora tengo un bakala al otro lado de la pared del baño, que abre las ventanas de par en par y sale al balcón a estirarse todo orgulloso. El perro del vecino está llorando.
        Yo tengo ganas de matar
        a mi vecino el bakala.
        …¿Sabes Neng?.

miércoles, 16 de noviembre de 2005

Disintegration

        Recuerdo que salíamos de un concierto cuando me dijeron ¿Dónde coño vas?, mientras yo desaparecía en entre la gente y volvía instantes con un cartel de Bacardi tamaño poster de esos que tienen un hueco blanco para poner el precio de las copas (450pelas de las de antes). Mis amigos no comprendían por qué un selecto expoliador de afiches callejeros como yo querría un cartel de Bacardi que encima no era más que una marco alrededor de un recuadro blanco, no muy distinto de los que pinchan en la carne de los supermercados… Yo les dije que el cartel me importaba una mierda pero que por el otro lado estaba en blanco.
        Era la época en que aún no sabía que iba a pasar la vida rodeado de papeles inmensos que envuelven hoy mi mesa, mi cama a veces, e incluso algún armario feo… pero que un extraño morbo por las grandes hojas de papel ya me estaba avisando de algún modo.
        Era también, la época en que todo se estaba yendo a la mierda… la misma en la que hube de largarme en un viaje que si bien no iba a librarme de mis problemas si pudo al menos, proporcionarme una tregua, un descanso, un modo de posponer el próximo round contra mi mismo.
        Lo cierto es que si no hubiese sido por ese viaje, no me habría visto sacando discos en silencio de una discoteca ajena para grabar al día siguiente unas cintas que cambiarían definitivamente el rumbo de mi cultura musical. Y aunque bien es cierto que tardé más de un año en escucharlas todas… no es menos cierto que otras eran ya mi música: aquella con la que sin saberlo me estaba armando para sobrevivir a la última estación del peor año de mi vida.
        Si, recuerdo la cantidad de música que aprendí mientras mis fantasmas existenciales no me dejaban dormir y me aguantaba las ganas de explotar como una bomba atómica y despertar a todo el mundo… Por suerte a veces la vergüenza puede más que la locura.
        Era la época en que me estaba hundiendo con tanto dolor como ilusión… había aprendido mucho, demasiado: todo se iba a la mierda racional, brutalmente, y con todo, Irse a la Mierda me parecía el único modo de ser real, lógico… una isla de coherencia, y por ende, si no de felicidad, si al menos de alguna forma perversa de paz interior… o eso creía. Y aunque hoy tenga mis propios modos de realizarme bastante más placenteros, constructivos y personales que los que mis fantasmas adolescentes me ofrecían, no puedo decir que entonces no fuese verdad –al decir esto me sale aún aquella misma sonrisa melancólica de payaso a punto de dejarse atropellar por un coche de bomberos.
        Sé que puede sonar extraño, pero pocas cosas me han ocurrido en la vida tan buenas como las peores cosas que me han ocurrido en la vida… bajar a mis infiernos y solo haber tenido fuerzas para habitarlos sino también para no haberme quedado allí estancado para siempre.
        Era el peor año de mi vida, y recuerdo una de esas tardes en que no tenía ganas de nada, cuando nada me parecía suficiente razón para existir o dejar de hacerlo, cuando bien y mal eran dos palabras escurriéndose entre mis manos y hasta el aire que respiraba me daba náuseas…. En medio de todo ese vacío que me arrinconaba en una esquina de mi mismo como al borde de un precipicio, sí tuve fuerzas para agarrar el puto cartel de Bacardi, darle la vuelta y echarme a escribir con Edding las palabras en inglés como si aquellas letras me hubiesen estado esperando ocultas en el blanco del papel… luego colgar aquello en la puerta e irme a dormir un poco más tranquilo, con un rollo menos en la papelera y un instante de desahogo.
        Como veis no os cuento mi vida, solo os la escamoteo, os muestro retazos y vuelvo a sumergirlos, uno, otro, asomo el morro por los agujeritos como un ratón bajo la alfombra vieja de las palabras. Os suelto este rollo… todo para deciros lo mucho que hacía que no escuchaba Plainsong

lunes, 7 de noviembre de 2005

JACK KEROUAC, CREDO Y TÉCNICA DE LA PROSA MODERNA
(lista de las condiciones esenciales)

1.- Libretas secretas garrapateadas y páginas frenéticas mecanografiadas para tu exclusivo placer.
2.- Acoge todo signo, ábrete, escucha.
3.- Evita embriagarte cuando no estas en tu casa.
4.- Sé amante de tu vida.
5.- La sensación que experimentas encontrará la forma que necesita
6.- Sé poseído de una ingenua santidad de espíritu.
7.- Respira, respira tan fuerte como puedas.
8.- Escribe lo que quieres infinitamente, brota del infinito de tu alma.
9.- Las indecibles visiones del ser.
10.- No más tiempo para la poesía, a su lugar lo que es.
11.- Sobresaltos visionarios que conmueven el pecho.
12.- Permanece en trance, inmóvil, sueña en el objeto que está ante ti.
13.- Equilibra tus complejos literarios, gramaticales y sintácticos.
14.- Al igual que Proust, sé fanático del tiempo.
15.- Relata la historia verdadera del mundo en monólogo interior.
16.- La joya, en centro de lo real, es el ojo en el interior del ojo.
17.- Vive tu memoria y tu asombro.
18.- Sal del fondo de tu ser, y con los ojos muy abiertos lánzate al mar del lenguaje.
19.- Acepta perderlo todo.
20.- Cree en la santidad de las formas de la vida.
21.- Esfuérzate por precisar la oleada que existe ya en tu espíritu.
22.- No pienses en las palabras si te detienes, si no es para ver mejor la imagen.
23.- Conserva la huella de cada uno de tus pensamientos, graba su fecha al despertar.
24.- Suprime el miedo y la vergüenza ante la integridad de tu experiencia, de tu lengua y de tu saber.
25.- Escribe para que el mundo lea y vea la imagen que tienes de él.
26.- Un libro-film, un film en palabras, he ahí la forma norteamericana de la visión.
27.- A la gloria de la Fuerza perdida en la Soledad Helada
28.- Creación salvaje, sin límite, pura, surgida de las profundidades, a ser posible alucinada.
29.- Tu eres un Genio –siempre.
30.- Autor-realizador de películas terrestres financiadas por los Ángeles del Paraíso.

(Belief and Technic for modern prose, 1959)

jueves, 3 de noviembre de 2005

El toro, el beso y el arroyo


         Justicia poética, oh, si, también lo corroboro...
         Y el Toro también... Él había leído a Faulkner. Yo no, pero lo admiro mucho. "Es mi cuenta pendiente", le dije y el Toro en seguida se lanzó a animarme, así, en plena carrera. Sabía demasiado el Cabrón. Mucho ruido. Mucha furia. Luz de Noviembre. Su padre era Cretense. Estuvo encerrado largo tiempo. Luego se dieron cuenta de que un círculo era más sencillo que aquel follón de recovecos. Más tarde, su tio, muerto en un dibujo a un solo trazo de a quien le importa qué pintor, había predicho que todas las niñas medianamente sofisticadas de Europa iban a tener el Beso de Klimt colgado en su habitación de estudiante (no pongas esa cara que te he pillao). Pero el toro y yo preferíamos a Schiele, probablemente-y tal y como nos confesamos más tarde- por cierto parecido en nuestras anatomías, nuestro gesto, a lo sumo… Y o no soy un toro, o si lo soy, pero solo con, sobre y bajo una mujer (la preposición es lo de menos) y en tanto que ella quiera ser vaca -con esas pestañas largas y esa mirada de sabiduría-, si no, no soy más que un perrillo, callejero, vitalista, ignorante. ¿Para qué quiero yo una calabaza si tengo esto?
         ¿Para que quieres el vacío de tus sueños –decía el toro- si tienes el vertiginoso misterio de lo real? Yo lo miraba con la camiseta empapada, jadeando, diciéndome, ay, los Dockers, mi madre me mata. Coño, Toro, no me sea usted pueril. El toro se quejó. Si, ya se que es verdad, pero esas cosas ya no se dicen en alto. Su modo de aceptar fue callar y arrancar de nuevo. Tan elegante, el bicho. Pasando por un huerto había estado a punto de robar una calabaza -para comérmela o para darla- pero pesaba demasiado y como no quise reconocerlo (ya era suficiente ser el que huye), me dije que iba a ser una cabronada. Y así seguí corriendo por el arroyo, entre pisadas sordas de toro, zarzas muertas, y un lejano olor a eucaliptos bajo la peste de ancas de rana.


miércoles, 2 de noviembre de 2005

Todos los santos el santo

Putas celebraciones anglosajonas,
a mi me persiguió, silenciosamente, un toro por un arroyo
y los árboles me ofrecían espadas,
-que no, que yo solo esgrimo palabras-
inutil, ni así,
y mi camisa de los NIN no servía de capote...
y los hombros me dolían como si fuese viernes santo...
mientras todos hacíais el idiota en vuestros Pubs.

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