lunes, 5 de julio de 2010

30 kilómetros a través del silencio en cada segundo.


Des milliers et des milliers d'années
Ne sauraient suffire
Pour dire
La petite seconde d'éternité
Où tu m'as embrassé
Où je t'ai embrassèe
Un matin dans la lumière de l'hiver
Au parc Montsouris à Paris
A Paris
Sur la terre
La terre qui est un astre.

Jacques Prévert, Le jardin.


32 vueltas ha dado la tierra al sol.
De 1.000.000.000.000...  , apenas treinta y dos.
Y en solo 32 a mi me ha ocurrido Todo.

miércoles, 23 de junio de 2010

        Las golondrinas me ponen a mil. Traídas cada año de yo que sé que agujero o lejana emigración –y el follón de sitios en los que habrán estado-, me llenan de una especie paz avispada, una suerte de inquietud reconfortante... no muy distintas, en verdad, a los que producen la proximidad del viaje y el papel en blanco. A veces me parece que esos bichos, dinámicos y estridentes, han bajado desde el centro mismo del mes de Mayo para poner la vida a ese mismo nivel. Y por ahí que yo camino, excitado y sonriente, viajero del instante, sin movimiento ni mochila, casi cómplice del inmenso aliento que dan al mundo con sus minúsculas voces de pájaro.
        Adoro cuando ese sonido se mezcla lejanamente con el siseo de las sábanas al remolonear, tu olor y tu voz al estrenarse al despertar y estirarte en el silencio de un nuevo día, tu mirada curiosa, tranquila y expectante a la vez, como si te sorprendiera haberte despertado a mi lado.
        Adoro el modo en que invaden las mañanas en que hacemos el desayuno desnudos en mi pequeña cocina mientras el mundo comienza a oler a café, para luego, con el ronroneo mañanero en el estómago, salir a engullirlo al sol que cae sobre la azotea -tu vestida con una camisa grande, yo con aquella chirlaba que un colega me trajo de Melilla-.
         Fuera, los sonidos del mundo parecen amortiguados por la luz: nuestras voces aún graves de sueño, el tintineo de las cucharitas y el golpe brillante de los vasos al dejarlos sobre aquella horrible bandeja de plata que alguien me había regalado; la tostada desgarrándose entre tus dientes, tus preciosos y terribles dientes de niña que mastica sonriente y bien follada… ese sonido que para mi es cono un himno triunfal. Y todo, todo esto, acompañado por el coro estridente y bendito de las golondrinas, calentadas al sol en el aire aún frío del verano naciente, mientras, abajo, un rumor lejano de cientos de coches y autobuses emerge de lo hondo de las calles, abiertas como fosos entre los tejados de la ciudad.

lunes, 7 de junio de 2010

Quite emotional

        Sencillos y vibrantes trazos negros sobre fondo blanco proyectados en enormes pantallas a través de la atmósfera azul de un concierto. Andaba yo buscando por la red aquella versión de Enjoy the Silence en dibujos animados cuyo recuerdo aún me eriza la piel… cuando, por alguna razón –contaminación de ideas, vasos comunicantes del pensamiento, carreras de inspiración como ratas bajo la alfombra, alineación de partículas aún desconocidas en el difuso universo de la información- di a parar sobre este pequeño pedacito de arquitectura…
        caí en las sombras,
        rodé bajo la luz tamizada por la madera y el bambú,
        me puse perdida la camisa en la tierra húmeda del jardín,
        enormes y suaves hojas de monstera me acariciaron la cara
        y alguna abeja zumbó al pasar en mi oído
        caí por las escaleras…
        y en el agua quieta del manantial sacié por unos minutos…

                …mi sed contemporánea de una emoción íntima y verdadera.

sección a lapiz

lunes, 17 de mayo de 2010

Rajada.

Voy a llamar al fondo de la tierra para decirles que dejen de remover la lava bajo el agua que esta noche iba a manar en vano en la poza que hay cerca del aeropuerto.

Voy a llamar a los micróbios del azufre, para decirles que hoy no dotarán tu piel de esa tersa y fétida suavidad.

Voy a llamar al frío para decirle que puede continuar su marcha, porque hoy no vamos a perdernos entre los vapores que levanta tamizando rincones en la oscuridad.

Voy a correr la voz entre los fantasmas del camino, para avisarles de que hoy no escucharán la curiosa conversación de dos viajeros desconocidos.

Voy a echarme al cálido y generoso sol de esta tarde con un libro y a disfrutar de mi último pitillo como si esta maravillosa tarde de Mayo fuese cualquier otra tarde de Mayo sobre el Mundo.

miércoles, 14 de abril de 2010

Miércoles Santo

Siempre quise ver el Cristo de los Gitanos. He oído ver que lo sacan por el Albaycín, con las farolas apagadas y lleno de antorchas. Algo así he oído. Algo así no es para perdérselo un año más.

Al final subí a Granada, pero no pude ver el Cristo de los Gitanos porque iba en verdad acudiendo a la llamada de un montón de amigos que coincidían en la ciudad.

Al princpio me sentí extraño, azotado por una especie de revés de la ubicuidad, un sentimiento de estar preso en lo contrario que me da cuando las cosas coinciden en el tiempo y quedan tan tan cerca en el espacio, que miras a las esquinas como si fuesen a intersecar de un momento a otro.

Pero se me pasó en seguida, porque entonces vino la verdad, vino el presente con el viento en las viejas voces y el aroma rescatada del fondo de una Alhambra de barril.

Aquella fue una de esas noches en las que nos vemos con sed acumulada de no vernos, una de esas noches en que hablamos alto, cantamos con facilidad y nos miramos intensamente a los ojos... Una de esas noches locas de Granada –como me advirtió un amigo al oído en el primer abrazo- en la que una extraña corriente nos arrastra y acabamos en un lugar inesperado.

Y así fué.

Son unos Cristos, mis colegas... Tanto que a veces hasta me dan ganas de sacarlos en procesión.

martes, 23 de marzo de 2010

De Sábado en cuando.

Hay una noche al año en que salgo solo y sin rumbo. Sin alegría ni tristeza travieso la algarabía y entro en un montón de bares de los que en pocos segundos vuelvo a salir. No, no está aquí. Aquí tampoco.
Es una noche en que simplemente tengo energía y no hay nadie, no hay polo hacia el que mis electrones puedan dirigirse alegremente quemándolo todo a su paso. Se quedan todos para mi, con su vibración interrogante y desconcertada. Yo no se qué hacer más que seguir caminando con todo este revuelo en el cuerpo.
A veces me ha pillado en una ciudad en la que había mil recuerdos e imágenes de mi que me esperaban en cada esquina y me acompañaban unos metros... incluso, me acompañaban incluso mis yos futuros, mis potencias, como una brisa misteriosa en un calmo día de bochorno.
Esta noche no ha sido así. He comprendido la soledad del fantasma: El fantasma, cuando está solo, sufre mucho más.
Al final he hecho lo que siempre hago: he vuelto a casa, procurando no hacerlo por el mismo camino -la magia de lo circular- y me he puesto a descargar mi energía sobre este teclado escribiendo. La otra opción era la música, pero en el fondo me gusta este silencio en el que el sonido del teclado es como una nana a través del desierto interior.
Buenas noches, mundo.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Golfo cumple 6 años

Por estas fechas, hace 6 años, abrí este blog. 6 años ya dista la noche en que rellené la ficha de blogger en secreto, refugiado por el parentesis de unos minutos de todo el follón de la navidad y me embarqué en una aventura que ha influido mucho, en verdad decisivamente, en mi vida. Ni me imaginaba entonces que artilugio me traería tantas experiencias, tantas aventuras, amigos -temporales y algunos quizá peremnes, de esos de los que solo uno sería ya un tesoro-, y hasta el amor –ahí es nada-… cosas sin las que hoy no sería quien soy sino otra persona, otro yo que jamás estuvo bajo el pseudónimo de Golfo y que hoy caminaría inconsciente bajo este mismo día, cenaría con mi misma familia, brindaría con mi misma copa y comería en mi mismo plato… ja, pobre diablo.

martes, 27 de octubre de 2009

Fechoría

        Estábamos aún a unos centímetros de la frontera, del lado en que puedes sentir las catedrales del mundo oscilando suavemente con el viento.
        Pedirnos disculpas hubiera sido confirmar nuestros temores.
        Así que nos quedamos abrazados y esperamos a que la noche nos trajera de nuevo al lado de la frontera que hace tiempo habíamos decidido habitar.

jueves, 30 de julio de 2009

Adios Casa.

        Escribo sentado en el suelo del estudio. El ordenador descansa sobre la última jarapa. La mudanza está casi terminada. El verano invade la habitación liberada y se arremolina alegremente en el hueco que yo dejo para las historias que vengan. Desordena los cientos de momentos que dan forma a estos dos años, momentos hermosos, horribles y, entretanto, momentos de paz o simple indiferencia… los menos, la verdad.
        Desde que a falta de muebles habito más el suelo, veo la casa desde una perspectiva nueva. Desde la altura de un niño pequeño -entre colonias de objetos en retirada- me veo a mi mismo... y, mal que me bien, me reconozco.
        EL sábado cerraré con las mismas palabras con las que cierro cada mañana al salir, pensando en cuando regrese, ya al otro lado del día. Me gusta recrear en mi cabeza su voz que me contesta desde su garganta de habitaciones y armarios. Es una voz profunda y femenina, que llega a mi rebotada por la pared del pasillo junto al resplandor que por alguna ventana tre el sol de levante.
Me despido acostado en una gran hamaca que flota sobre el suelo del estudio, tendida entre una nueva nostalgia y una nueva ilusión.

domingo, 5 de julio de 2009

        Hay veces en las que, de pronto, desde el sitio en que estas, allá donde mires, la visión encaja en no sé qué puzzle invisible y verdadero. Y, con cada arista y cada tono de color, como una de esas películas que hay que ver por segunda vez, el mundo parece un mensaje en clave recién descifrado.
        Estoy en Torremolinos. Al principio de este lugar donde nunca antes estuve porque nada se me había perdido.
        A mi derecha veo la orilla extenderse hasta qué se yo donde, las cañas de pesca asomándas al infinito, las luces de colores de los chiringuitos y los puntos dorados y perfectamente ordenados en las fachadas de los enormes hoteles pasados de moda.
        Yo me encuentro a salvo sentado en la arena fría.
        A la izquierda, la oscuridad sobre la playa de levante y sus tumbonas vacías, las luces de los bloques de Sacaba Beach, perdidos y felices entre la ciudad y la periferia, y, más allá, el resto de la bahía encendida y silenciosa solo como un caldo justo antes de hervir… En alguna parte entre ellas, el Pantalán de la Cross se camufla en la oscuridad marina, bendecido por una soledad sin nombre que me produce tanto miedo como ganas de explorarlo.
        Frente a mi, a pocos metros, el Mediterráneos entero con sus minúsculas olas les susurra algo a mis zapatos llenos de polvo y arena.
        No se tiene que perder nada para ir a un lugar. Los lugares existen. Para mi es importante no olvidarme de ello.
        Hay veces que el paisaje te envuelve, cerrando definitivamente a tu alrededor esa cosa que llamamos realidad que te entrega como un abrigo en una mañana muy fría. Entonces puedes leer claramente el tramo del mensaje del mundo que empieza a escribirse en el horizonte y acaba en tu propia piel.
        Te sientes terriblemente vivo en el silencio cotidiano de la verdad.
        Me llamo #…, tendré 31 años en pocas horas y reconozco este instante como parte de la vida que me ha tocado vivir del mismo modo en que un astronauta clava su bandera sobre la luna.

domingo, 21 de junio de 2009

Esas almas anónimas averiadas

        "El infierno hay que cruzarlo solo.
        Si llevas a un guía, tendrás de pagarle, y tarde o temprano se te acabarán las monedas -tu infierno se hará basto para que así sea-.
        Si llevas a un amigo que te acompañe, lo atravesareis, sin duda, y hasta se hará llevadero el viaje…
        Pero entonces el infierno tendrá que repetirse más adelante.
        Y así lo hará una y otra vez hasta que lo cruces solo.
        Completamente solo."


        Pensaba en esto mientras corría, en la noche, entre semáforos y chiringuitos, entre el sonido de los coches rezagados del día, salpicado por el tintineo de los mojitos, y el rumor de las olas del mar tamizado por el fuego de las sardinas.

lunes, 8 de junio de 2009

Encontrado en algún soporte con memoria

        Me vuelven las palabras a la mente mientras subo la cuesta. Ha sido un día magnífico: He escrito, he hecho collages para algún regalo, he comido con buenos amigos en el campo que apenas empieza donde acaba esta ciudad sin periferia… desde nuestro minúsculo prado colgado de una ladera, se veía en frente el sacromonte, y abajo la catedral, la ciudad atardeciendo, enmarcada por la Alhambra y el Albaicin… ahí es nada. Ensaladas varias, quesos de la última vez, patatas, chapata respirar el campo abierto a solo 200 metros del mundo… de lujo. También he tenido un accidente increíble con mi lavadora, en el que un rollo de papel higiénico que debió hace una semana dentro del bombo ha sido desintegrado y se ha extendido en un curiosos estampado de virutas blancas por todas mis camisetas y mi ropa interior. Del rollo no ha quedado nada, excepto un flácido pedazo de cartón. Son cosas que me ocurren a veces, cosas ridículas, engorrosas e inesperadas… pero son las cosas que me ocurren a mi, y en el fondo, me hacen sentir especial.
        Subo hacia casa cansado ya, con el corazón tranquilo en comparación con la energía que me dan las mañanas y con la que iba a embarcarme a escribir cuando recibí tu email… y ahora que llego satisfecho y jadeante, me vuelven las palabras a la mente.
        Vayamos a Londres… y me doy cuenta de que las he escuchado como quien escucha el estribillo de una canción, como si no me estuviesen diciendo vayamos a Londres sino esas cosas que se dicen a veces cuando no se puede decir de otro modo, una metáfora, qué se yo. Una idea sencilla y abstracta como un grito de guerra. Una frase ahí puesta, y firmada por ti. Y así voy y me posiciono y casi puerilmente me lanzo, te vapuleo, te suelto la mía, continuo con esta divertida manía de llevarnos la contraria y filosofar juntos, sea a duo o por rounds, que sigue siendo un gran placer. Ahora llego a casa y me doy cuenta de que quizá ya no somos aquellos dos enanos que no se podían tomar en serio más que en clave de sueños, en su mundo poético lleno de entresijos y laberintos que cuesta su tiempo construir pero que ahí quedan. Paso frente a mi balcón y de pronto me pregunto si era efectivamente el estribillo de tu canción, una imagen que te retrata, un estado de ánimo… o simplemente una carta que llega diciendo que nos vayamos a Londres, donde al parecer, todavía te empeñas en mantener secuestradas tus esperanzas de que todo es posible.

martes, 19 de mayo de 2009

Hay trozos de mi perdidos en la memoria de las máquinas.
Hay trozos de mi vagando por las ciudades.
Hay trozos de mi vagando por trozos de mi.
Incluso de ti.
Hay, por tanto, veces en que se cruzan
y los vemos pasar con esa, esa misma cara.

domingo, 19 de abril de 2009

Prospecciones

        A veces uno descubre cosas dentro de si mismo. Iba yo en mi coche hurgándome con el dedo en la nariz (no pongais esa cara que todos lo haceis), cuando de pronto pasé un enorme bache.
        Si, así fué, justo como lo estais imaginando.
        ...Entonces fué cuando, con el dedo metido hasta los nudillos pude sentir cómo con la punta estaba tocando una idea. Me sorprendió su tacto frío, blando y suave, como del de una medusa vestida de terciopelo.
        Por supuesto solo fue un segundo: asustado, me saqué el dedo lo más rápido que pude y me miré al espejo para comprobar que no me había deformado la cara.
        Estaba perfecta. Vaya cagueta.
        ...Casi me arrepentí de haberlo sacado tan pronto y de no acariciar un momento más aquella idea que acababa de descubrir por accidente y en la que me quedé pensando el resto de la noche. Me sentía afortunado. Me veía habitando el mundo con esta idea en la cabeza, entre la gente, comprando el pan, trabajando, saltando en un concierto, cenando por ahí... Pensé que quizá eso era -y por fin podía comprender- lo que sienten algunos al llevar una gran joya bajo la camisa. Mientras trataba de memorizar el recuerdo físico de aquel tacto, no dejaba de hacerme preguntas: cuando la pensaría -si es que iba a pensar la alguna vez-, si se desvanecería cuando lo hiciese o si permanecería ahí dentro; y, sobre todo, qué traería consigo: si sería una catedral o un pequeño juego de construcción, si sería un dibujo, un cuento o uno de estos post... si podría, en suma, alimentar el fuego de muchos días o solo sería una pequeña chispa que hiciese a alguien sonreir.

jueves, 9 de abril de 2009

¡Eh, espera!

No se donde está el comentario que has dejado. Haloscan no tiene punto de retroceso. No se si estás aún allí y si habrá mas pistas, o si has terminado… Rastreo y rastreo, de un post a otro. “United kingdom”, “Europe”, “United kindom”, “Europe”... ¿Puede ser ser que dos personas distintas se estén leyendo el mismo blog entero y en el mismo instante?... Sigo el rastro como una cuerda larga temo que se deshilache de un post a otro.

...Toco el primer post de todo el blog como el fondo de una piscina. Miro hacia atrás y solo veo mis burbujas ascendiendo a través del silencio eléctrico y al fondo la superficie ondulante del último post: mi escritorio, mi silla vacía, mi ventana, el cielo sobre los árboles, el jardín del mundo deformando ahí fuera.

Nunca pensé que volvería a pasar. No se si he llegado tarde, pero sea en este justo momento, o sea el día en que vuelvas por aquí, recibe mi más cálido saludo.

sábado, 28 de marzo de 2009

Karmafónicas (I)

        Tengo varios amigos que han trabajado de teleoperador.
        Uno tenía que contestar al teléfono, del plus, creo. Un día de pedí que me dijera lo que tenía que contestar al coger el teléfono, que lo reprodujera tal y como lo hacía, como si yo fuera un cliente que acabara de llamar. Cuando terminó su magnífica frase, que parecía dicha por una reproducción audio preinstalada en su laringe, le pregunté por qué todos los operadores ponían esa misma voz al contestar. “Cuando tengas que repetir la misma frase 300 veces en un solo día ya me dices tu si no se te pone esta misma voz de gilipollas”, me dijo con su voz normal, la suya propia, cálida, grave en general y salpicada de pequeños gallos producidos por el enorme entusiasmo que tiene mi amigo por la vida.
        Tengo otro que lo tenía peor: tenía que llamar él y ofrecer flamantes tarjetas de crédito. Me contaba lo triste que era cuando uno cogía el teléfono para decirle que no y él tenía que insistir un par de veces y despedirse amablemente por cuatrigésima vez en el día. A veces le colgaban directamente cuando empiezan a hablar, otras al él mismo le daba lástima escuchar al pobre incauto deshaciéndose en disculpas por no comprar un producto que él mismo no compraría ni harto de vino.
        Un día le contaba a mi amigo la venganza surrealista que me tomé con una chica que me había partido el corazón. La chica venía a recoger sus cosas y yo no quería verme en una situación tópicamente dramática y dolorosa, así que me entretuve un poco y, cuando llegó, se encontró que tenía que buscarlas por los tejados de las casas del barrio, trepando y corriendo de un alero al otro y llamándome joputa mientras yo, acostumbrado más que ella a correr entre las tejas, la perseguía acribillándola con un par de enormes pistolas de agua. Creo que es una de las formas más hermosas que he tenido en mi vida de darle esquinazo a la tristeza.
        A una escala menor, a mi amigo, el de las tarjetas de crédito, eso le recordó algo, un consejo, una propuesta: me dijo que la próxima vez que recibiese una de esas tristes llamadas en las que no tienes nada que decir ni nada que aceptar, antes que colgar como uno más de la lista mecánica de los números del mundo, hiciese alguna gilipollez, algo divertido, algo inesperado y luminoso…. Pues no te puedes imaginar, me dijo, lo que puede significar ese instante en medio de la oscura, monótona y alienante jornada laboral de un teleoperador, confinado quizá en el sótano de algún parque tecnológico.
        Mi amigo es un cristo.

sábado, 14 de marzo de 2009

Cancha

        Estoy leyendo echado bajo un árbol del jardín del club de paddle, uno de esos clubes sociales moribundos, a los que apenas les queda más que el paddle para sobrevivir. Aquí he visto mil bodas, algunos bautizos, incluso mi propia comunión -cuyo recuerdo más profundo y amado es el Spectrum que pude comprarme con las 20.000 pelillas que alguien me regaló. Puede que la comunión no me acercara a Cristo, pero si a esa máquina, bendita y transitoria, de la que algunos de los que me leéis habéis oído hablar.-
        Curiosamente, hoy he llegado hasta aquí. El por qué no es interesante. Los del trabajo han organizado un campeonato de paddle y unos cuantos, que no íbamos a jugar, hemos venido a ver porque parecía divertido. para descubrir que en verdad no lo es, y hasta el punto no lo es que los he dejado ahí y me venido a echarme bajo este árbol a leer. Pero estar aquí es cuanto menos una sensación curiosa.
        Hace sol y cuando miro por encima de las tapias de este jardín que insiste sobre sus ruinas en ser un lugar feliz, me gusta la luz que cae sobre las casas del monte: chalets de un barrio residencial de esos que odio, pero que bajo esta luz solo parecen el soporte de una tarde límpida, los granos de la pantalla donde se proyecta la luz de este instante de espacio perfecto.
        Por encima de mi libro, aparecen dos niños. Están vestidos de futbol y se acompañan con una pelota a pequeñas patadas. No se deciden en donde jugar. No hay cancha, ni siquiera hay espacio. Pero eso da igual. Esta pequeña cancha de 5 metros entre mi árbol y el bode de una piscina de agua verde. Cuando eres pequeño siempre hay sitio. Yo he visto jugar a mis amigos vestidos de futbol en las canchas más imposibles. Bastaban 2 anoraks para acotar la portería y que yo me fuera a jugar a otra parte o me subiese a casa, mortalmente aburrido. Pero el recuerdo es siempre más dulce y casi me dan ganas de darles mi propia camisa para hacer un poste.
        En un momento dado, uno de los niños da un pequeño salto hacia atrás, colocándose detrás de la pelota, y mientras lo hace estira los brazos hacia arriba y hace un ruido con la boca: un ruido perfecto y emocionante de cuerpo que se eleva en el aire dando una voltereta para atrás mientras el público lo aclama... Cae justo detrás de la pelota que tenía atrás, flexionando un poco las piernas y mirando al infinito.
        Entonces calla de golpe y se yergue.
        El estadio enmudece cuando me mira un instante.
        Lo he visto y lo sabe.
        El estadio, cuyas voces salían todas del fondo de su garganta, se desvanece definitivamente en el aire del club y sus piscinas vacías. Se avergüenza, y no tanto de haber usado la imaginación, sino de que yo le haya visto. Su no-voltereta: magnífica, de las mejores que no volveré a ver en mi vida, prendida de pronto por el enemigo, expuesta probablemente a ser sometida a sus reglas de adulto. Las mismas, por cierto, que producen película en que los árboles andan y los países que necesitan idiomas y fronteras.
        Le entiendo, a mi también me pasaba, de hecho, me pasa aún... Y no se qué haría si alguien me viese haciendo mis volteretas. No se qué harían si alguno de los que están allí viendo el paddle me pillara tocando mi fender jazzmaster de aire y cantando a gritos surrados para un público enardecido, desplegándome y replegándome sobre mi mismo convertido en un transformer o cualquier otro magnífico organismo cybernético -movimientos que acompaño con un montón de ruidos con la boca- o embistiendo a mi intimidad, bien cogida por la cintura, mientras le come el coño a una amiga sentada sobre la encimera... en esos 3 infinitos y valiosos minutos de imaginación liberada frente al espejo del baño de la oficina.
        Mi cancha si que es pequeña.

viernes, 13 de marzo de 2009

Una vez que me rendí

A veces, aporreando la guitarra, en medio de mi swing destartalado, me ocurre algo curioso:

Flop.

Se me cae la pua dentro del instrumento. Así, de pronto, desaparece de mis manos que tropiezan con las cuerdas enredadas en un bramidus imterruptus... Y solo cuando cesa el ruido de la canción y la escucho caer en algún lugar de la caja me doy cuenta de lo que está pasando.

Me cago en...

Normalmente acabo la canción sin ella. Ya se sabe. The show must go on.

Luego le doy la vuelta a la guitarra y comienzo a agitar en todas direcciones, según escuche que va hacia un lado o hacia el otro con su tintineo sordo de plástico. Sal de ahí, saaaaaaal. Procuro acercarla al agujero pero no es fácil. A veces cae. Siempre acaba por caer.
Hoy se me ha vuelto a escurrir la pua dentro de la guitarra. Y, harto de escucharla ir de un lado a otro agitando el instrumento como una gran maraca, he decidido ir a buscarla yo mismo, aflojando mucho las cuerdas y metiendo la mano dentro.
Hoy en algún rincón de la madera sin barnizar, no encontré una pua… sino dos. Tendríais que ver mi cara.
De la otra sabe ya dios cuando me olvidé.

lunes, 12 de enero de 2009

Para un diccionario secreto...

Hipotenusa: Esa palabra que de pronto se levanta del papel enseñando las garritas bajo tu nariz, exacta como un filamento, desafiante como un antiguo animal marino.






lunes, 5 de enero de 2009

Björk se habría corrido


Era la típica zona industrial vinculada a un antiguo puerto que se somete a un precioso proceso de recuperación, entre audaces remodelaciones, lofts, galerías de arte, restaurantes de temática industrial y flamantes edificios de vivienda de última generación - siempre con cocinas demasiado pequeñas -.

Un poco cansado de todo esto me volví y caminé hacia el borde del dique como un perro que decide olisquear por otro lado. Mi primer instinto fue el de mirar si se veía el fondo. El agua estaba de un verde cristalino y las rocas de la pared, cubiertas de algas, se perdían hacia el fondo como las colinas de algún oscuro y frondoso planeta. Al fondo, brillaba su luna entre el polvo suspendido. Una lata probablemente, aún sin oxidar, no haría mucho que estaba allí: un objeto joven, pensé, un recién llegado al mundo misterioso de los fondos de los diques y los ríos de todas las ciudades del mundo y de todo lo que se han tragado.

Fuera del agua hipnótica y helada, en algún punto, detrás de mí, ella miraba distraída a su alrededor, dando vueltas sin mover los pies, cruzando y descruzando las piernas con las manos en los bolsillos y el pensamiento ligero de una modelo de catálogo de otoño.

Unos patos, un ciento quizá, aleteaban en el agua. Flapflapflapflap. Los aplausos arrugaron lejanamente el silencio, amortiguados por la humedad del mediodía. Desde el borde del dique hice una reverencia a una platea inexistente para hacerla reír. Lo conseguí. Sin volverme, saboreé el sonido de su risa, su música femenina en medio de aquel instante sin eco.

Al fondo, algunos barcos viejos atracados, de esos que uno no sabe cuando salieron por última vez, si aún salen ni si aún saldrán, recordaban dulcemente que aquel lugar renovado y reluciente no era ajeno al tiempo y a las historias, en contraste con los nuevos edificios que solo hablaban de lo potencial, vacíos aún como los bornes de un enchufe de sus pisos sin estrenar. En aquel paisaje, los viejos barcos, los aparejos y las exclusas, eran una isla de continuidad verdadera, un recuerdo de lo anterior más allá de lo estético.

Los patos echaron a volar, rodearon el dique, formaron poco a poco esa V tan curiosa que los guía en las migraciones y que al pasar se reflejó en el agua. Entonces fue cuando me di cuenta: a la derecha, el agua del dique se movía inquieta bajo el cielo encapotado, mientras que a la izquierda, el agua estaba lisa y brillante. Un extraño y suavísimo oleaje concéntrico interrumpía aquí y allá la superficie del espejo con un burbujeo sin aire, como si alguien impulsara el agua desde dentro contra un cielo que pesara treinta veces más.

Esto hay que probarlo, me dije buscando una piedra por el suelo, pensando en cargarme aquella quietud con el placer del que se arroja uno sobre la nieve virgen, casi dispuesto si hacía falta a tirarme yo mismo y a conquistar con mis olas la quietud de la piscina. Encontré la piedra y la lancé con todas mis fuerzas al centro del dique. Imaginé círculos concéntricos, cada vez más enormes y lentos…

El agua crujió con un sonido de bocado sin eco y un agujero sin ola alguna se tragó la piedra con una enorme frialdad. Tras de sí, la pierda dejó una estela de burbujas que formaron manchas azuladas de aire que al subir quedó aprisionado bajo el hielo.

El crujido magnífico de lo que parecía líquido.

La piedra tragada lentamente por la oscuridad.

El cráter anegado.

Y luego aquella imagen invertida: el aire aguantando el empuje del agua contra el cristal, hecho bolitas como el mercurio que soporta la atmósfera sobre la palma de la mano.

Una segunda pedrada abrió otro agujero. El aire se abrió camino bajo la superficie como un animal que sigue un rastro invisible, supongo que guiado por pendientes sutiles… en el camino se dividió dos veces: dos manchas que quedaron estancadas y las otras dos que siguieron hacia los agujeros, donde finalmente desaparecieron, menguando violentamente con un alegre burbujeo.

Después de esto solo quedó aquel mismo y misterioso oleaje concéntrico que no era más, ahora lo sabía, que el agua rebosando suavemente sobre la superficie del hielo que la aprisiona.

Se me ocurrió entonces lanzar un buen puñado de chinos como una lluvia sobre el dique helado. Aquello iba a ser una fiesta, un follón, miles de agujeros y de manchas de aire corriendo de aquí a allá… el aquelarre de los estados de la materia transparente.

Por simple que parezca, a veces no es fácil encontrar una piedra, puta manía de las ciudades de pavimentarlo todo. Busqué grava acumulada en alguna grieta, al borde del asfalto, donde fuera, caminé unos metros, no me di por vencido, tenía una enorme ilusión…

Cuando las piedrecitas cayeron no hubo ningún agujero. En vez de esto las vi rebotar en el hielo, bailando nerviosas contra sus nerviosos reflejos, y aquel campanilleo sonó en el silencio del día como si millones de minúsculos seres desenvainaran al mismo tiempo sus espadas diminutas.

“Dios…” Me volví hacia ella antes de que aquel acorde se apagara y se lo fuera a perder. Me miraba a través de la cámara. Sus párpados, sus ojos concentrados sobre la pantallita. “Bjork se habría corrido”, le dije. Y supuse mi imagen enlatada en LCD de dos pulgadas y media, idéntica a un instante ya lejano, como a un pececillo en la pecera de la memoria, al que ella sonreía envuelta en su bufanda, asintiendo, a solo unos metros de mi.


miércoles, 31 de diciembre de 2008

Nochevieja. Jovendía.

Siento que este año va a partir como un témpano de hielo que se desprende del continente. No ha sido un año fácil. Ha tenido muy buenas pero también muy malas experiencias. Dicen que el dolor te envejece, yo a veces pienso que te rejuvenece: te devuelve a esa sensación original de estar vivir un mundo enorme e incomprensible, te recuerda que no eres menos frágil que cuando eras niño. Te estampa en la cara tu ingenuidad y tu torpeza. Es un año ante el que no sé qué decir. Simplemente puedo contemplarlo, en silencio, alejándose en el mar helado del tiempo para derretirse, por fin, bajo el sol de una nueva primavera.

Feliz Año 2009. No olviden abrocharse los cinturones. El viaje, siempre, acaba de empezar.

jueves, 25 de diciembre de 2008

4

Golfo cumple 5 años

lunes, 22 de diciembre de 2008

Claro que puede venir, Alex, o Calabaza Express. (Mi primer microrelato)

Le extreché la mano a Alex y me presenté con mi mejor sonrisa:
Hola. Yo soy el gilipollas que ha invitado a tu profesora de inglés a ver Bambi en su casa para ver si podía meterle mano.

sábado, 13 de diciembre de 2008

Hace una luna redonda y preciosa como una moneda de plata en el fondo del estanque. Y yo estoy tan solo, y no sé si me arrepiento de lo de ayer, pero… Lo cierto es que no sé muy bien en qué parte de la vida, del mundo, del espacio-tiempo, estoy. Mi ecuación está borrosa. Quizá entró agua en la botella que contiene el mensaje. Jodidas marejadas.
Hoy se ve la luna redonda y preciosa, magnífica como una moneda en el fondo del mar, no muy lejos de la orilla, en una noche de agosto en que me bañaría desnudo y me sentiría vivo, salvado por ese bálsamo inmenso que es el mar, mi hermano mayor, siempre tan callado e infinitamente comprensivo.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Gatos

Paso cada mañana junto a un largo espigón sobre el que la cuidad se asoma. En algún punto concreto, a 25 metros de los Baños del Carmen y unos 50 del viejo tranvía, vive una colonia de gatos. La gente se para a mirarlos (cualquiera, parece inevitable). Algunos incluso les dan de comer. Supongo que esto es lo que ancla a los bichos a este lugar. Yo simplemente los miro al pasar en mi bicicleta, sin bajar el ritmo, pues voy con el tiempo pegado al culo, me cruzo con sus miradas de gato romano. A veces, por unos segundos disfruto el juego de los gatos más pequeños (inocente y perfecta torpeza sobre rocas picudas entre las que oscuros precipicios se abren al mar)... Como los barrenderos o la gente que abre las cafeterías, este es otro pequeño acontecimiento en el paisaje por el que mi bicicleta me lleva. Paso de largo. A partir de aquí 8 minutos, calculo. Otra vez llego tarde.
Hoy también pasé por allí. A cada pedaleada me arrepentía de haber cogido la bicicleta: el fuerte viento en contra, el aire frío y húmedo calándome hasta el tuétano y algo de llovizna de temporal, una nube de polvo líquido que vuela cambiando cada segundo de dirección, a veces incluso hacia arriba. Son esos días en que parece que alguien estuviese intentando sintonizar el mundo y no llegara a conseguirlo. Las olas rompían magníficamente y sin ningún tipo de orden ni ritmo, caían y volvían sobre las anteriores. A veces se encontraban en el mar con tal fuerza que se levantan intentando arrebatarse algo invisible en el cielo. Era uno de esos días en que se ve el agua saltar más alto que la calle y en algunos puntos la acera está encharcada. Si, también uno de esos.
Pasé cuando volvía, a esa hora en que cualquiera está pensando en llegar a casa, arrearse una cena caliente, bajo el brasero o la mantita, darse una cálida ducha y refugiarse por fin bajo los edredones de donde nadie debería haber salido. Y allí estaban. A través de la nieve los vi.Yo los recuerdo como a través de una ventisca. Aunque no nevara. Cada uno en su roca, echados sobre sus patas y la cabeza erguida como una esfinge, pequeños movimientos ligeros de quien resiste los envites del viento, pero que ellos ignoraban como guardias de algún reino invisible y riguroso, aún lado, a otro… cabezas en vayvén con las cabezas de la gente que va en el autobús. El pelo corto de gato romano revuelto como el pelo largo de un horrible video latino.
Los ojos entre cerrados -pares de agujas verdes siluetas recortadas en el paisaje gris velado- se abren cuando toco el timbre para pedir paso. Este es el único indicio de su sorpresa en medio del la modorra de atardecer, de esa espera sin causa, de la resignación o pensamiento interior o lo que sea que corra por las mentes de estos bichos mientras tanto, la paz del mundo y el tiempo, de todo el universo concentrado en ese rincón inexistente mas expuesto a todo, el pasotismo más descarnado, la vacación total, el ocio más profundo, el estoicismo felino, la ecuanimidad en presente, por encima de todos los inviernos y todos los veranos, el nirvana.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Hasta la vista señor Utzon.

Y gracias por todo, maestro. Solo lamento poder ya ver llegar el día en que me echaras de tu casa trabuco en mano para llenarme el culo de perdigones (así es como yo lo imagino cómico y legendario, no te ofendas). Habría sido como el día en que tomamos a hurtadillas la pequeña casa experimental de Muratsalo y atravesando agazapados los bosques descubrimos el Nemo Propheta In Patria oculto en su dique; o los días que pasamos vagando por el monasterio la Tourette armado con una llave maestra y acabamos fumando trocolines en el confesionario porque en el resto del edificio hacía un frío espantoso… Mientras, se hacía de noche y la capilla se iba quedando a oscuras, las troneras de colores iban muriendo y la iglesia volvía a ser una iglesia más, indistinta en la noche del mundo. Son esas cosas las que hacen de un edificio algo más que una obra singular: una anécdota, un trozo de vida. Quizá lo que valga la pena sea esa distorsión al acercarse a ellos, sea por un obstáculo o por una ventaja inesperada, pero que le obliga a uno a tomar un posición propia, a actuar.
Mi ilusión era que me largaras de esa casa cuya ubicación permanece en secreto “por petición del autor”. Ni siquiera me habrías echado tu mismo, lo se, pero a mi me gusta imaginarte, compañero, bien cabreado y con esos huevazos de quien puede llegar apartarse de su obra más grande y proteger recelossamente el más pequeño tesoro.
Ah, y gracias por el dibujo. Lo voy a poner en mi tabla de surf, el día en que pueda costearme una nueva y pueda ponerle un dibujo.
Un abrazo al más allá.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Al principio éramos simples mensajes en botellas. Cosecha de tal o cual año. Mensajes que leíamos ávidamente, disfrutando de lo que contaban pero también inquietos por lo que traían detrás, en alguna parte. Aquello fue el germen de una curiosidad creciente. Poco a poco, comenzamos a leer rastreando a la vez, perfilando a través de las palabras… para hacernos una idea del otro, tratando de hacerlo más y más real. Nos costó ir desdibujando los dibujos para encontrar a los dibujantes.
Con el tiempo fuimos ciertos, los mensajes perdieron su sentido, las claves ya no alcanzaban algo tan magnífico como la realidad, por dura o feliz que fuese. Pero ahí estaban como los buenos vinos y las puestas de sol en nuestra bahía. Nosotros fuimos al fin dos personas cuyas vidas que comienzan a engarzarse y escalar por la rugosidad del mundo. Un equipo, que es cuando llega un punto en que no hacen falta las palabras.
Al final el tiempo nos ha seguido desnudando, de personajes a personas y de personas a un par de almas sedientas de continuar su propio viaje.
La echaré de menos.
Nos encontraremos, supongo, en alguna fuente del camino.

lunes, 8 de septiembre de 2008

La talla de la ilusión

Por mi cumpleaños me regalé un medidor digital. Es un aparato cuadrado, del tamaño de una cámara de fotos, que tiene un laser y una pantalla. Cuando disparas el laser la pantalla dice que distancia hay desde el aparato hasta el punto en el que el laser rebota. También puede hacer algunos cálculos con medidas, de modo que con dos tiros te mide una superficie, y con tres, el volumen de una habitación. El artefacto incluso aplica Pitágoras, y con dos medidas te saca la distancia entre dos puntos separados por un obstáculo (por ejemplo una cornisa, un puesto de chucherías o esa bruja que te echa maldiciones si no le das una moneda y que cualquiera intenta soltarle eso de buenos días señora, ¿podría dejarme sitio? Estoy trabajando). Es tan increíble, que cuando meto las manos en el bolsillo para sacarlo, me siento como un verdadero Doraemon de la vida: me dan ganas de levantarlo y gritar su nombre asombrando al personal en medio de la obra. Medidor digital laser.

También recibí un paquete, unos días antes de mi cumpleaños, con una inscripción: No abrir hasta el dia 2 de Julio. Aquello estaba claro… pero no había ninguna nota que dijese que no podía medirlo ni hacerme una idea de lo que había en su interior. Lo vapuleé un poco para ver cómo sonaba, pero temí que algo se rompiera.

A primera vista, era poco más grande que una caja de zapatos. Sin embargo, cuando ibas a medirlo, el aparato decía que la distancia superaba su rango, que es de 50 metros. Dos piscinas de natación 25 metros -me dije para mi mismo-, la virgen, esto es imposible. Suelo medir en piscinas de natación para hacerme una idea de la distancias, porque es una medida que conozco físicamente, es decir, desde la experiencia, desde que en el colegio tuve que convivir con una. No, no se haga nadie ilusiones: apenas la usé, y cuando lo hice tragué mucha agua, agua caliente y llena de cloro, que parecía densa y plastosa. Odiaba esas clases. Nunca he nadado bien… Aún así, el monitor me propuso una vez que ingresara en el equipo, por mi percha (inigualable) y mi delgadez (elegantísima, sin duda). Yo, que estaba acomplejadísimo, me puse contentísimo, y me imaginé luciendo unas bellas espaldas como las de mis compañeros del equipo (por cierto, todos rubios y con el pelo rizado al poco de ingresar en el equipo), pero la verdad es que también me acordé de cuando en primero de básica regresaba a mi casa lleno de agua, macizo y pesado como un tentetieso y no conseguía comer. No, gracias. Rechacé la oferta y me fui de aquel despacho con mi mejor sonrisa.

Volviendo sobre el paquete. No. No podía medir tanto. Probé el aparato con mi propia habitación. Correcto. Probé con el pasillo más el fondo del cuarto de baño, 7 +2.30, perfecto. Qué aparato tan mágico, oye. Repetí la operación con la caja. Nada. Error. Fuera de rango. Así que decidí hacerlo a la antigua.

Palmo a palmo intenté recorrer sus aristas… 1, 2, 3, 4, 5… joder, mi mano parecía no avanzar, estiraba cuidadosamente los dedos sobre el cartón, no parecía ni acercarse a la otra esquina, cualquiera que fuese y por más vueltas que le di.

Fui a buscar mi cinta métrica (25 metros, una piscina: a pasos, unos 30, a nado, un suplicio y una carrera perdida mientras mi amigo Manolo se tira por un extremo y sale por el otro como un delfín -rubio y con el pelo rizado, por supuesto-). Estiro la cinta. Estiro, estiro, el carrete gira que te gira… Y tac, se acaba la cinta.
¿Pero qué cojones está pasando?. Mientras doy vueltas por la habitación pensando una respuesta por poco me caigo al suelo enredado en la madeja de cinta. El paquete sigue en el suelo, vuelto hacia su interior, ausente, casi burlón.

Pasé la tarde del uno de Julio sometiendo al paquete a todo tipo de sistemas de medida. Incluso le hice fotos al lado de mi vara de medir fachadas, antecesora del medidor digital laser. El aparato, consiste en una simple vara de 2.5 metros, pintada de blanco o rojo cada medio metro, que aguantas cual Quijote delante de una fachada mientras te hacen una foto a cierta distancia y... Flop, ya está: ya tienes una escala gráfica en la foto sobre la que apoyarte para medir… Si, tiene algunas carencias: necesita un buen aporte de sentido común, ojímetro y un colega. Pero si los tienes, funciona bastante bien. Nada. Cuando intentaba sacar las proporciones sobre la imagen algo fallaba y los cálculos se disparaban.

Mmmm. Quizá sea lo que hay dentro esperando. Por un momento temí que hubiese un gran objeto muy comprimido ahí dentro, y me fuera a deslegar en la cara a abrirlo. Pero no: sus regalos son regalos pequeños, sencillos y cargados de significados, pequeños guiños, algunas señales de humo, metáfora y complicidad, simples y felices pruebas de que me conoce y sabe encajar la pieza de la ilusión de mi puzle sin final (Que en mi es un hueco pequeño y profundo, la escala doméstica de un acontecimiento feliz).

No tenía ni idea de qué podía contener el puto paquete, pero una cosa me ha quedó clara: ya sabía lo primero que iba a hacer el día de mi cumpleaños. Pensé que iba a subirlo a la azotea, por lo que fuera a pasar, pero al final preferí abrirlo directamente en el salón, aunque no sea grande y tenga cosas delicadas… Vaya, que siendo franco y dada la situación, a mí se me hacía mucho más divertido.

jueves, 19 de junio de 2008

Esa tragedia surfera del recuerdo.

Trataba de hundir mi tabla para pasar por debajo de un muro de espuma blanca. Al emerger de nuevo al viento de levante y al sol, pensé que olvidarme de ti un instante sería como remar contra las olas del mar.

Entonces ya se levantaba la siguiente sobre mi, la pared comenzaba a formarse, potente y refrescante, como una invitación verdeazulada. Saboreando la magia del mar que ya no encuentra más agua que lo detenga, me dí la vuelta y me eché a remar como loco. Su velocidad tomó por fin el relevo de mi propio peso en el agua... y partimos...

En estos momentos se suspende todo: desde el viento de levante y el sol, a toda esa interminable cadena de pensamientos sobre la vida, esas conversaciones conmigo mismo que se hilan en mi cabeza cada vez que hago deporte. Todo.

...Luego vuelvo a ser yo, yo y mis circunstancias, bañándonos en el Palmar.

sábado, 14 de junio de 2008

Jesus si existe

Tu al menos tienes los cojones de desaparecer.
Gracias por la lección: saber liar fantásticos y sencillos pitotes con esa maestría.
...por algunas lecciones de dibujo...
Tu y yo sabemos que no nos hemos leído siempre. Tus reseñas de eventos culturales me marean un poco.
Pero uno siempre vuelve, como el gato, a los lugares que consideran su casa, o donde simplemente les dan alimento... Empezando por esos dibujillos.
Y gracias por cierto por uno de ellos, que cuelga en estos momentos mal que bien en mi cuarto , donde la mudanza se ha estancado en el barro del habitar feliz una casa. Otra casa.
Ay, qué vicio.
Uno más, qué gusto da la vida.
A que si.

Un abrazo, señor B.

martes, 29 de abril de 2008

Feliz Lunes

      Me despierta un ruido de coches en crescendo, mucho antes de que el despertador suene. Primero son unos pocos, fugaces, shiuuuuhhh….
      Shiuuuuuhhh.
      Cuando empiezan a coger un tímido ritmo me despierto; el cielo está azul oscuro, la calle dorada por los últimos rayos de las farolas. Bebo agua, tengo una erección. La acaricio un momento, la agarro. La saludo. Es tan agradable tener la polla tiesa y dura. Me recorren escalofríos. Los coches siguen pasando en el silencio. Me doy la vuelta, aparto las almohadas y me echo todo lo largo que soy en la diagonal del colchón, dispuesto a disfrutar del metro treinta de la cama los 40 minutazos que quedan. Lo hago así, teatralmente, dejo caer mi cabeza desde los 20 centímetros que la separan del colchón. Más abajo, aprieto mi erección contra él. La aplaco a la fuerza. Esa resistencia es una sensación muy agradable. Es sexual y no lo es. Es algo más, más primitivo, placer sin expresividad. Es como un círculo en el que el sexo pasa secante.
      A partir de aquí no duermo exactamente, dormito, tengo algún sueño ligero pero algo dentro de mi sigue el ritmo de los coches esperando a que el despertador suene. Cuando ha pasado a ser un zumbido continuo aderezado de claxons empiezo a pensármelo hasta que por fin me decido.
       Casi nunca llega a sonar el despertador.
      Me pongo en pie de un salto. Agarro el reloj (al otro lado de la habitación, me obligo a levantarme). Quedan 5 minutos. 10 minutos. 1 minuto. Depende del día, pero siempre queda poco. Relojes biológicos. Rutinas inofensivas. Este es todo el daño que pueden hacerme.
      Suspiro, pero no puedo asimilar esa tristeza de las mañanas, de los lunes sobre todo, de las que tanto se queja todo el mundo. Estoy algo cansado, tengo algo de sueño, pero estoy feliz. Simplemente y sin saber muy bien por qué. Quizá sea solo que me gusta el pasillo, me gusta la cocina, los cacharros, el café, la sensación de mis pies dentro de las zapatillas… me gusta Malasaña y me gustas tú, que en alguna parte de otra cuidad te levantas también y sigues tus propios rituales (pienso en la escala de tus cosas, la escalas que van desde la de tus bragas a la gran calle donde coges el autobús).
      Dejo que esta certeza me acompañe de la cocina al baño, al calentador, que me proteja del viento para encender una cerilla y acercarla al gas.
      Desayuno delante de un telediario, hablando solo, interrumpiéndome a mí mismo con recordatorios del día y pensamientos en alto. En el fondo deseo que fuese sábado y me prometo una vez más que el sábado me levantaré a la misma hora para ser igual de feliz. Cosa que no cumpliré.
      Hay un momento que no me gusta. Es cuando tengo que elegir la ropa… normalmente la tengo elegida desde la noche antes, cosa que no me libra de alguna duda o incluso un cambio de planes. Exploración con los cajones, conversación breve con mi imagen en el espejo. Dudas, un par de qué se jodan y la convicción de que en este país los hombres vestimos aburrido.
     Lo siguiente es no olvidar nada. Mientras me abrocho el cinturón corro por la casa. Llaves, cartera, tabaco, esos papeles que repletos de notas que guardo en el bolsillo…. Pero siempre olvido algo, siempre vuelvo a entrar en la casa. No falla. Es salir y algo aparece por fin en mi cabeza, para obligarme a volver a entrar. Temo que se convierta en un tic. Me pregunto si no valdría ponerle dos puertas a la casa. ¿Lo aceptará este duende cabrón? Si, lo confieso, lo de mi despiste me tiene algo traumatizado.
      Llega el momento de elegir el medio de transporte. Me acerco a la ventana. Los coches se agolpan en una torpe procesión.
      Avanzan unos metros: uno se despista: queda un vacío : l o s o t r os lo empujan. Como en una cola de escolares, pero infinitamente más aparatosa, torpe, tediosa.
      A veces tengo la impresión de que las ciudades del mundo forman un mismo ser los lunes por la mañana. Una misma materia dinámica, congestionada y humeante, viscosidad de chatarra y preocupaciones. La humanidad vuelve a su alienación por un río podrido de asfalto. Yo miro la luz caer y el mar de fondo sobre este espectáculo, y pienso cómo seguiría habiendo esta luz y este mar si nosotros no existiésemos, bañando la paz en el silencio. Siento esta luz sobre la chapa de los coches como un resto vivo de esa paz, una prueba omnipotente de que podría existir, de que somos nosotros los que hemos interpuesto nuestra fealdad en su trayectoria hacia la tierra.
      Creo que hoy iré en bus. Antes de salir hay que coger un par de libros. Hoy llegaré a trabajar después de una buena sesión de” lectura en espacios públicos.“ Esta mañana el bus, al final de la tarde quizá sea la terraza de un café. Lo que hay en medio es el día completo, mi bendita rutina. Que empieza cuando llego al estudio y saludo a todo el mundo, tan alegremente como si mañana mismo nos fuesen a dar las vacaciones (y más de uno pensará que parezco gilipollas, pero que se joda: es más amargo su pensamiento, de ese sabor no le va a salvar ser más listo y cínico que yo). Y acaba cuando me despido, hasta mañana… y si queda alguien, casi ni contesta. Salimos al mundo hermoso de la tarde mediterránea como si llegáramos muy tarde a una fiesta. Pero es temprano ahora para reflexiones sobre el horario de trabajo.
      Salgo de la casa. En el sexto escalón me acuerdo de algo. Vuelvo a entrar a cogerlo, entro y salgo. Salgo como cada día.
      Me agrada brutalmente el fresco recibimiento que te hace el mundo al salir al exterior. No. No es lo mismo que salir a una terraza, en una terraza está todavía el aliento de la casa. Al salir a la calle, es el aire fresco sin remisión, la luz y el arropo del paisaje, nuestra cuarta piel. Vestido completamente con el mundo, emprendo mi día, como una rata feliz entre la maleza.



domingo, 20 de abril de 2008

My stranger in the night.

Vuelvo a casa, tarde en la noche, como un sábado más… un casi domingo más. Hoy no vengo de los mismos antros, ni de la misma música.

En el coche el vaho empieza a curarse. Tus palabras escritas de advertencia desaparecen para acechar tras el vaho y aparecerseles a otras posibles amantes. El paraguas vuelve a ser un monoplaza, un simple instrumento y no una dulce excusa para apretarte contra mi.

Por el camino desde el aparcamiento las gotas de lluvia parecen ir disolviéndo toda esta historia. Y el chasqueo de los zapatos, en esta tierra de sequía, no colabora menos: es un ritmo alegre que me mece y vela lo demás. Cuando llego a la puerta del portal parezco ya muy lejos del momento en que te dejé, apenas diez minutos antes.

-Casi nada.

-Solo miles de años luz.

-Cuando me di la vuelta y crucé a oscuras el jardín por donde ya nunca paso, una vida anterior me observaba desde la penumbra. Al ladrón, parecían decir. Yo me alejaba. Aquí no ha pasado nada, mi amor. Que nos echen un galgo. Ya somos inalcanzables. Les daremos la vuelta a los bolsillos y reiremos con las manos en alto-


La lluvia arreciando sobre el parabrisas, una ambulancia al pasar como una oveja perdida, esta curva que ayer no parecía tan cerrada… minúsculas historias hacen el resto. La calle desierta hacia el portal.

Pero al entrar en casa, el viernes me habla aún. Un corillo de objetos murmura, canta bajito (¿y no es Sinatra?, esos cabrones), sábanas revueltas, mantas arrojadas, copas sucias de las que sube el olor a champán avinagrado al calor de una larga mañana, tazones de metal, algún grano de chocapic que cruje bajo mi suela húmeda, una fuente, profunda y vacía, con dos tenedores en su interior.

Un cansancio dulce me dice no recojas ahora, mañana ya fregaras... y lo harás silbando.

El lunes te preguntan siempre qué hiciste el fin de semana. Si yo les contara, tardaría tanto que antes de acabar un simple un resumen ya estarían intentando callarme de la envidia y la vergüenza… cortándome con cualquier comentario, desviando ese sentimiento de culpa que le da a uno en presencia de la libertad y del mundo del que Ikea, el pack de vacaciones, imagenio y esos enormes televisores comprados a plazos parecían protegernos a todos... Un mundo que ayer empecé oliendo tus hombros, sobre unos cojines.

Vuelvo a casa, tarde en la noche, como un sábado más…



martes, 1 de abril de 2008

Binta y yo

He vuelto de Senegal y he traído conmigo una tendinitis que me tiene la mano derecha impedida para escribir bien. Es igual: la verdad es que a la experiencia de Senegal le quedan cortas por ahora las palabras. Así que mientras digiero, maduro, todo este revuelo interior (una desconocida brisa de verano), creo que mejor echo mano de este precioso corto de Javier Fesser, llamado "Binta y la gran idea". Porque probablemente puede hablaros mucho mejor que yo de este país contradictorio y hechizante.
Una nota importante: todo lo que vais a ver y sentir, desde el polvo en la calle a las palabras, de los colores (de la ropa a las chapas de coches sin edad) al tiempo mismo (el narrativo, el de la luz y el de los relojes insidiosos, el ritmo de vida)… es cierto. Sucede allí, pasados Marruecos y Mauritania, abrazando Gambia con una sabana y miles de baobabs. No tan lejos de aquí.



(Gracias, Javier, eres un hacha)

viernes, 28 de marzo de 2008

Media patata

Mañana voy a la boda de Elena y será un día de fiesta.
Que sepas que iré la mitad de guapo, la mitad de elegante, la mitad de listo, la mitad de brillante, la mitad de encantador y, por supuesto, la mitad de porno de lo que iría si hubieses sido mi acompañante.
Pero no se puede tener todo.
Y está bien así.

martes, 1 de enero de 2008

Primeros pensamientos fluídos de 2008

Estrenar una azotea no es solo subir a tender la ropa. Hay que darle, además, un uso añadido, algo gratuito, no contemplado pero para lo que la azotea sirve de estupendo soporte. Es triste que una azotea quede como mero plano construido que impide que llueva sobre el último piso, sobre el que emerger las chimeneas, colocar las antenas, algunas instalaciones y los tendederos… No, no es suficiente, una azotea puede ser un Lugar además de un objeto.
Hoy uno de Enero he hecho lo que más he querido hacer desde que empezaron las vacaciones (las navidades es lo que tienen, no te dejan tranquilo entre familia, regalos, gente a la que ver…): he subido a leer a la azotea. No es una azotea como la de antes, no está en el barrio encantador, ni tiene una ciudad entera a sus pies, no forma parte de un ejército de tejados y azoteas privilegiadas a las que suben sus vecinos a contemplar el mundo desde arriba.
Es una azotea normal, bastante extensa, a 9 metros sobre el suelo y no creo que más de 20 sobre el nivel del mar, en un edificio bajo y feo, rodeado por casi todas partes de otros mayores y el resto de casas que sobreviven entre las arboledas de la calle. Está delante de una carretera nacional ruidosa y ancha… Tiene un murete alto, de modo que si quieres ver algo que no sean los edificios de alrededor tienes que estar de pié.
Pero tiene eso que tienen las azoteas y que se me hace irresistible, un trozo de espacio urbano encima y no al pie de los edificios, a cielo abierto y afortunadamente despreciado por sus vecinos en general. Algo de rebelde. Un escondite a la luz del día. ¿De qué?... No lo sé, pero todos hemos hecho escondites de pequeños sin saber de qué nos escondíamos. Yo creo que me escondo del vacío que me produce en el estómago una azotea abandonada a las antenas, las chimeneas y los depósitos de agua.

Los días uno de enero se me atragantan de esa solemnidad estúpida y preciosa que le damos a las cosas. Son días en que se ve todavía el año que se ha ido, algo lejos, llegando al horizonte antes de desaparecer para siempre… Y así visto de lejos empieza a verse en conjunto. Y me impresiona un poco.
El 1 de enero del 2008 es extraño, porque el 2007 lo fue…
Fue un año en que me fue bien y me ocurrieron cosas preciosas, vi la vida avanzar, luché y gané, también perdí bien y tampoco estuvo mal.
Pero en 2007 fue también un año en el que sucedieron cosas que no tenían por qué pasar y han pasado. Ahora se va y ahí nos las deja... y uno ve un año en que en teoría le fue bien y piensa: Joder.
Y en verdad no sabe qué más pensar.
Lugares como la azotea me hacen sentir vivo, fuerte y pequeño, me ayudan a relativizar la inquietud que me producen estos pensamientos.
Feliz 2008 a todos. No esperéis al 2009 para subir, no se lo dejéis todo a las antenas, las chimeneas, ni a los depósitos de agua abandonados. Luego además uno baja y hasta va y postea…
No es mal comienzo.

viernes, 21 de diciembre de 2007

De niebla y arroyos

Hoy ha amanecido el mar tranquilo y brumoso. Ayer igual dije un par de cosas que no quería decir. Pero no son cosas importantes.
Hoy ha amanecido el mar tranquilo y brumoso. Estas palabras se me quedan en la mente y resuenan deliciosas como el agua de un arroyo.


miércoles, 12 de diciembre de 2007

Aprovecha tu juventud (y II)

Historias de bragas y de casas sin armario

DCP_2795F


Cuando hice esta foto, no pensé en varias cosas:

-Que iba a darme calabazas.
-Que iba a robarme la bici.
-Que algún día iba a ver esta foto y contar los años que habían pasado.

Tomé la foto de aquello como se fotografía una escultura en un museo. Del mismo modo en que nadie se pregunta, cuando abre la enciclopedia, cuánto tiempo tiene la foto del Partenón o de una composición de Kandinsky.

Luego me marché de aquella casa con mi mejor cara de pringao y até la bici en la siguiente farola sin saber que al día siguiente iría a la escuela en autobús.

Lo cierto es que el tiempo sigue pasando, hoy tengo una bici que corre del doble y pesa la mitad. Y las bragas …¿para qué?… Total, para lo que te duran una vez que cruzas el umbral, mi amor, y te pregunto si quieres rioja o lambrusco.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Anotaciones misteriosas en un papel arrugado en el fondo mi caja...

1. Trazado desde el avión.

2. Existe, pero ni yo ni los mapas sabemos llegar.

3. ¿Qué es el paraíso?

4. Al paraíso le queda poco de vida (año que viene 'vs' cada mes)

5. Una enfermedad me impide ir a él. Mi bazo no debe hincharse y deshincharse.

6. No soy religioso, solo que experiencias así te hacen cuestionarte unas cuantas cosas.

7. Ojalá pase algo

8. Esta ciudad sería menos, mucho menos hermosa.

lunes, 19 de noviembre de 2007

La puerta del servicio

Quizá el haiku no era tan bueno,
O quizá lo fuese y te salvas.
Mejor no volver para comprobarlo... Esa era tu noche y basta.
Esa era tu noche, lo sabes y nadie lo iba a entender.
Ni siquiera tu lo entenderías si volvieses.
Tendrás que mear de espaldas a la puerta y que salir sin mirarla, el resto de tu vida.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Mejor Fatal

Hacer lo correcto.
¿Y qué es lo correcto?
¿Es que hemos hecho tú y yo lo correcto alguna vez?
¿Y nos ha ido mal?



14.nov 2007

viernes, 2 de noviembre de 2007

You can have it all, my empire of dirt

        Una vez un músico viejo cogió una canción de un músico joven, para expresar un dolor para el que sus palabras y su música, al parecer, no debían servirle. Era un buen músico, ambos lo eran. Aunque se doblaran en edad, aunque hubiese sido tipo orgulloso y conocedor de lo que es ser una estrella, el hombre se lanzó a buscar en otros territorios de la música hasta dar con la canción que le acompañara, le consolara, una canción en la que poder reflejarse, identificarse… en la que podía, al cantarla, recorrer como en un dibujo los contornos del hombre en que se había convertido. Si, como los jodidos labios del capítulo 7 de Rayuela, pero las heridas.
        Eso nos pasa mucho a todos... es uno mismo el que se mira en las cosas que le emocionan, ya sabéis: ese reflejo momentáneo que hace que algo se tense y te vibre por dentro.
        El músico joven era Trent Reznor, de los violentos y pasionales Nine Inch Nails. El músico viejo era el señor Johnny Cash, un mito más allá del country que tomó prestada la canción Hurt para dedicarsela en un video a su mujer, que acababa de morir. En él, mientras pasan un montón de imágenes de sus vidas, que no fueron fáciles, se sienta delante de la cámara a cantarla él mismo, y lo hace sin actuar, sin preocuparse de sus gestos, sin esa teatralidad exagerada de los videos musicales. La canta como él canta probablemente en intimidad, como quien se explica, como quien cuenta algo, como un sincero trovador. No se la esta cantando a un público que lo aclamaba, la esta cantando, más bien, a la profunda oscuridad del objetivo de la cámara, casi como se le escribe al papel, a solas y sin importarte si alguien lo irá a leer algún día. Es un video medido con la métrica de esa soledad, esa complicidad con uno mismo a partir de ese encuentro con la belleza que lo salva por un rato.
        Después de hacer aquel video para su mujer, solo le sobrevivió unos meses más. Y si hay cielo supongo que le valdría un cálido recibimiento.



        Me gusta este video porque deja ver, como pocas obras de arte en el mundo, el amor de cerca, sin cristal ni maquillajes, sin barreras, ni perímetro de seguridad… pastando en libertad como una gran vaca en la montaña, perdido en la estepa como un tigre desorientado y magnífico.
        Podría empezar por mil canciones, pero a diferencia del señor Cash yo no me decido. Y esa indecisión me reconforta porque siento que la mía es una herida joven. Demasiado como para encontrar la canción adecuada… Mi vaca será pués un ternero robusto y asustado al borde del camino, y mi tigre correrá buscándote en la noche.

sábado, 11 de agosto de 2007

Isabel



-¿Sabes qué?- Solía preguntarme todos los días en algún momento, bajando las escaleras, por ejemplo, o robándome el sobre de azucar del café (sería yo el que tuviese que levantarse a por otro).
-¿Qué?- Le contestaba yo, cada vez, saltando los últimos escalones o buscando los ojos de un camarero demasiado despistado por la modorra de la tarde.
-Mañana empieza una nueva vida.

viernes, 15 de junio de 2007

De pequeñillo piensa uno que la vida tiende a compactarse: tu trabajo, (qué serás de mayor)... el futuro de los otros que es como un aurilla invisible (yo bombero yo piloto yo cazador), tu casa, tu ciudad, una ciudad, una calle que ya es tu calle por fin, y no de los que te han criado, tus amigos, que por fin les ha aclarado el aura como un chaparrón y ahora son dentistas o diseñadores.... tu amor, que te acompaña a todas partes, que cuidas como un tesoro, salvas de mil peligros y compartes con el mundo como un superpoder que te hayan concedido... todo como ese amasijo duro y resistente de lo que un niño cree que es ser hombre.
Luego resulta que lejos de compactarse todo se dispersa. La gente viene y va desde siempre, eso se aprende pronto: que el mundo gira. Pero cuanto más grande te haces la fuerza centrífuga es mucho mayor y casi sin darte cuenta todo sale disparado: Todo se va por ahí y acabas echando de menos un porcentaje de amigos que puede resumirse como "casi todo el mundo". Y todos andamos por ahí, hechos y derechos, completos, complejos por fin... y dispersos, haciendo malabares con las relaciones como arañas espatarradas en la tela.

Esto era un comentario a otro blog, pero lo he traído hasta aquí porque es una cuestión que desde entonces no me he podido quitar de la cabeza.

viernes, 8 de junio de 2007

El mono de golfo

Yo trabajo como un mono que se quita las pulgas: sobre cosas pequeñas, con atención y cuidado, con mimo y tesón, casi sin importarme el tiempo que me lleve si puedo cumplir con mi aspiración. Así diseño y así escribo, como si me quitara malas pulgas (algunas las dejo, me caen bien, soy puntilloso, pero no pulcro, dios me salve), las malas líneas, los malos hábitos, los tiempos muertos sobre la piel de mi vida.
Terminé y ya parece lejos el tiempo en que todo esto de la Arquitectura era un juego sin más consecuencias que el aprobar o suspender, que el quedarse dentro de la universidad un año más o ser por fin un apto y que lo echen a uno a la calle a estamparse con la realidad de mundo brutal de la construcción. Tanta mediocridad y salvajismo territorial… pero bueno, si todos fuésemos Velazquez o Picasso, el mundo sería una plasta de oleo formas más o menos concisas más o menos geniales que nos aplastaría bastante antes que el horror que hoy impera. Al menos el horror es humano: Una materia que se puede calentar con braseros, cunas, poster cogidos de la calle, o una noche follando, algo de rock and roll y una botella de vino.
En medio de esto vengo a ocupar un lugar que podía haber ocupado cualquier otro y me dicen: Piensa, chaval, haz algo que nosotros ya veremos… pero no hagas lo que todos hacemos que para eso te mandamos a otra parte (aquí hay trabajo para aplastar 6 lanchas de green peace). Yo lo flipo y me siento, no saben a quién han sentado, al mono de golfo, ahí es nada, y me pongo a quitar pulgas, a buscar y buscar maneras de mejorar esto o lo otro. A replantearlo todo, temiéndome que me mandarán a la mierda y me dirán deja de quitar pulgas, niñato insolente, y produce. Mis compañeros se ríen por dentro (lo noto). Un cachorro, un cachorro sin decepciones, un imbécil que cree que algo puede cambiar. Alguno me llama artistilla. Pero yo odio a los artistillas. No visto de alguna manera, no me cuido, no hablo con nombres propios ni con palabras que no necesite, no puedo presumir de nada, no dejo de admirar a todo el que me rodea, a confiar en que ellos si saben donde meter las manos para arreglar el motor. Ni siquiera creo en la Arquitetura (esa que venden en el EPS y en la mayoría de las Escuelas), simplemente confío en que el espacio humano tiene una posibilidad de ser humano un poco antes de ser habitado, de esperar con los brazos abiertos, de guardar algo de luz y de orden, de aire y simpatía, de pequeños mensajes y acontecimientos más allá del simple “insert living”, “insert bathroom” del diseño automático inmobiliario.
No pedía mucho y resulta que me lo han dado, o eso parece… De vez en cuando miro el blog, pero de refilón. En verdad no levanto las manos de la piel de este elefante y sigo arrancando los bichillos que encuentro y comiéndomelos distraídamente. Unos crujen y saben dulce, otros los tengo que escupir. El tiempo pasa y solo me doy cuenta por el calendario. Pero ¿para qué quieres el calendario cuando andas suelto por la jungla?

sábado, 21 de abril de 2007

El arquitecto



mirador planta alta
-¿Y dices que el arquitecto tiene un blog?
-Ahá
-¿Y quién es?
-Ni idea...

martes, 17 de abril de 2007

Perrera neuronal, enésimo aplazamiento o, simplemente, debería darme vergüenza (pero no me da)

Hace ya 17 dias que entregué y 3 para saber la nota. ¿Entretanto? Pues entre tanto me he dedicado a descansar, disfrutar, y hacer el ocioso hasta hartarme (si, yo me harto pronto de no tener nada que hacer)… pero sobre todo a volver a tener una vida normal, en la que, por ejemplo, eres capaz de tener una charla con los demás y dejarte llevar por ella y ver donde llega… Increíble ¿eh? Si, eso mismo: escuchar sin mirar el reloj, ni repasar mentalmente mis ideas del espacio, detalles constructivos, cálculos de cualquier tipo o debatirte en secreto si merece la pena hacer una maqueta o vasta con unos dibujos a plumilla… Llegar a compartir mi tiempo con mis compañeros de especie sin tener ir cortando mis propios pensamientos como quien se abre paso a través de la selva, para seguir el curso de la realidad cotidiana.Luego han venido muchas más cosas aparte de simplemente dejar de ser un puto egoísta que incapaz de dejar de pensar en su proyecto. Cosas que más de una vez me han pegado el campanazo en la sesera, al reverberante sonido de POOOOOOOST. Pequeños encuentros, cálidos acontecimientos, curiosidades, exploraciones, accidentes, equivocaciones, miserias, penitencias, y también momentos luminosos, voces en segunda persona, las cosas que uno se calla porque, joder, no vas a interrumpirla ahora que ha encontrado las piezas rojas… situaciones que generarían bellísimos post.
Pero la verdad es que el gasto neuronal del proyecto parece haberme consumido todo el cupo de creatividad reservada para unos meses. Vaya, que no me queda ni puñetera gana de escribir. Tampoco puedo quejarme: a cambio, el viernes tendrán que asumir que he diseñado un edificio precioso o... prefiero no pensar en eso.
De cualquier manera, estos días son ya otros, escucho relajadamente y tomo nota de los campanazos mientras espero a que a mis neuronas de les pasen las agujetas. Y quien sabe, si quizá, podría volver a buscarlos donde los dejé.

martes, 20 de febrero de 2007

40 días más de trabajo y un mes de incertidumbre

Bueno, venga, os contaré qué es lo que ocurre. No posteo desde hace mucho, y más que tardaré en volver a postear, porque desde hace mese mi vida gira alrededor de un solo objeto.
Tengo en el sótano un cuarto con las paredes llenas de dibujos de ese objeto, tengo montañas de papeles enrollados o tendidos en los respaldos de las sillas, en los cabeceros de la cama; por todos los rincones dibujos y más dibujos, anotaciones, recordatorios, notas, esbozos de nuevas ideas, rescates de otras viejas que vuelven después de haberlas desechado. De todos los tamaños, del post-it al A0.
Todos los días me levanto temprano por este objeto y bajo al sótano a continuar dibujando y pensando en él. Terminándolo, detallándolo, repasándolo una y otra vez.
Tengo una maqueta que hice para ese objeto, que representa el lugar del mundo donde estaría… si fuese a existir alguna vez. La hice cuando ni siquiera sabía que forma tendría aquel objeto. Por eso le reservé un hueco donde hoy cuatro maquetas distintas encajan, y donde otra, de madera, encajará, dentro de unos días.
Tengo en el ordenador 10 gigas dedicados a ese objeto: Fotografías, collages, más dibujos, planos, volúmenes, perspectivas, descripciones constructivas cómo armarlo y desarmarlo, textos que intentan explicar porqué y cálculos que intentan explicar cómo.
Tengo estudios:
sobre sus proporciones,
su escala,
la estructura que lo mantendrá en pie
y la piel que hará de él un lugar feliz y le dará sentido entre las demás estructuras y pieles que lo rodearían.
Estudios sobre esas otras pieles, esas otras estructuras, esos otros lugares felices de los que no he aprendido poco.
Estudios sobre cómo será recibido en el terreno, en el barrio, en la ciudad, entre los vecinos.
Y de cómo él recibirá, más sencillamente, a quien se le acerque y llame la puerta.
Toc toc.
Estudios sobre cómo le dará la luz, sobre cómo la atrapará y la llevará por su interior. Estudios sobre cómo se verá, de lejos en el paisaje y cómo el paisaje se verá desde su interior…
Estudios sobre topografía: planos, levantamientos, secciones…
Imágenes de la ciudad cortada como un trozo de carne viva.
E imágenes, mucho mucho más cercanas, de las tripas bajo la piel (ahí donde estará oscuro porque no llega la luz), que repaso amarrando de un órgano a otro, solucionando la continuidad como un puzzle que algún día pueda ser levantado.
Estudios sobre sus funciones y sobre su inutilidad también… Confieso que hay partes que solo puedo justificar por lo que tiene de hermoso y divertido, pero que bien visto no se ni cómo llamarlas. Rincones sin nombre. Los promotores me matarían.
Hace ya tiempo que no me preocupa.
Y así paso los días.
Hasta que, no muy tarde, pensando en él, me voy a dormir…
A veces, incluso sueño con él.
Podría odiarlo, por haberse instalado en mi vida como una suerte de obsesión. Pero siendo francos, no es una obsesión, es simplemente mi proyecto de fin de carrera… la herramienta con la que no me queda más que intentar demostrar lo que sería capaz de hacer, si me diesen la licencia, de una vez por todas, para el curioso ejercicio de la Arquitectura.

jueves, 11 de enero de 2007

Pérdidas beta


        Las cosas que más quieres son las que al final perderás de manera más estúpida. Esta frase, tan fatal y categórica, no es una cita filosófica, ni sentencia del oráculo, ni un mal de ojo, ni siquiera es un lamento de una canción gótica adolescente save-me-from-the-dark-I-am-falling-I-am falling. No: Es una verdad como un templo. Las cosas que más quieres son las cosas a las que más prestas atención, así que si algún día las pierdes, no podrá ser sino de las formas más inesperadas.

        Yo tenía una mochila militar, una bolsa de mierda, un zurrón verde oscuro, de lona dura, de esos que hay ahora tan de moda. Pero el mio era de verdad. Lo había comprado en un rastrillo de Burdeos. Y supe que era auténtico cuando pasé por un museo del Dia D y vi que todos los maniquíes tenían la misma bolsa que yo… Me alegré mucho, me sentí muy especial… pero tuve que acortar mi visita y salir por patas rezando porque los guardas no empezaran a sospechar. Si, ya se que era inocente, pero a ver cómo los convencía.
        La bolsa iba conmigo a todas partes, tenía un montón de correas y pasadores de chapa metálica que tintineaban al caminar… cliclicli… allá donde fuera. Hasta que di a parar a un piso compartido con una pareja de rusos mafiosos y enamoradísimos (lo primero oculto tras lo segundo) que me robaron el odenador portátil, para lo cual necesitaron una bolsa con la que sacarlo de mi cuarto. Adivinen cual.
        Supongo que se nota que me dolió más que me robaran la bolsa y su tintineo que el ordenador mismo. No era un buen ordenador, a decir verdad era una chatarra, su valor estaba en las toneladas de cosas que había escrito y se habían llevado con él. Eso si me dolió, pero la verdad era que si todo había salido de mi cabeza siempre podía volverlo a sacar. La bolsa, sin embargo, venía de otra parte. Puede haber otra guerra mundial y pasar 40 años o, simplemente, puedo buscarme cualquier otra bolsa militar… pero no era la bolsa en si lo que yo apreciaba, sino el viaje que tuvo que hacer hasta que yo la comprara en un mercado de chatarra. Una historia desconocida pero que yo no podría sustituir y que hacía de esa bolsa una bolsa única en el mundo.

        Mi amigo Manolo es un gran cocinero. Creativo como él solo. De esos que habla de la cocina como un pintor de la pintura. Pero entiéndase: Un pintor que pinta, que tiene oficio, que se ha peleado unas cuantas veces con los colores, con la línea, con la mancha y con la luz. Un artista que sabe algo más de lo que dicen los manuales.
        Manolo tenía una libreta donde apuntaba sus recetas. Siempre la llevaba consigo. Yo esa libreta me la imagino como un tesoro: llena de fórmulas secretas y pensamientos de cocinero. Un día Manolo se sentó en un banco al sol en el Parq Güell, escribió algo en su libreta y se relajó un momento. Cuando una hora más tarde se bajaba del metro se dió cuenta de que se había dejado la libreta en el banco. Volvió al parque pero ya no estaba allí.

        María compraba todos los años el mismo número de lotería de navidad. Todos. Un día María tenía que hacer la compra para la gran cena. Pasó por la lotería pero vió que si compraba el número no podría hacer la compra que quería hacer, ni, en consecuencia, la cena que había pensado para su familia. Bueno, pues nada, pensó, ya lo compraré el año que viene.
        El número tocó aquellas navidades.
        A mi me lo contó mamá. Yo nunca me he atrevido a preguntarle a María sobre aquella historia. Supongo que María tuvo que seguir apartando un poco cada año para comprar el número… si es que lo volvió a comprar. Aunque no creo que lo hiciese.

        Mi primera novia era una chica curiosa. Dulce. Tímida. Salía poco, leía bastante, le gustaba el teatro, las ciencias y pasar las noches viendo películas antiguas… o al menos eso decía (no digo esto porque no la creyese sino porque en verdad nunca pasé una noche con ella). También le gustaba escribir. Como salía poco, empezamos a llevar una especie de amistad por carta. Hasta entonces, yo no escribía realmente ni dejaba de hacerlo, como tampoco toco bien la guitarra aunque nunca he dejado de hacerlo… Pero la paya ejercía tal magnetismo sobre mi que me eché a escribir y a leer locamente no solo por impresionarla sino porque me hacía sentir más cerca de su mundo. Escribimos mucho los pocos meses que salimos y casi más los dos años que había tardado en conquistarla (leyendo ávidamente y escribiendo para ella cada semana). Nos gustaban muchísimo los doble sentidos, los absurdos y la tragedia nihilista que implicaban. El amor no existe, decíamos todo enamorados. Las contradicciones transcendían las palabras y a nosotros nos parecía que con eso rompíamos reglas y nos hacían libres. Parecíamos gilipollas, aquello era un idilio de verdad.
        Y tanto nos gustaron esos dobles sentidos que cuando se marchó a Londres en un viaje de verano y le escribí una carta toda amorosa, ella no tuvo otra que entender justo lo contrario de lo que yo quería decirle. No pude reprochárselo. Bien pudo ella dejarme explicárselo… pero le había dado tan duro que cualquier acercamiento era como intentar escalar un muro de vidrio. Además, habría sido inútil: a esas alturas casi hablábamos dos idiomas al mismo tiempo… Sé que parece bastante estúpico pero habíamos perdido la habilidad de decir simplemente “te quiero y si me dejas ahora me romperás el corazón y pasaré un montón de años intentando olvidarte”.

        Los dos escritores se separaron así. Hicieron por no verse y lo consiguieron. Yo por mi parte no dejé de escribir. Para mi no solo era un placer necesario sino una verdadera terapia. Me ayudo a sacarme la mierda de las tripas y a comprender incluso que no me había ido con las manos vacías: ahora podía escribir.
        Diez años pasaron… hasta que una mañana, no hace mucho, recibí un email de ella contándome que me había encontrado por el blog y que no le parecía justo que ignorase que lo estaba leyendo. Le contesté en seguida, la llamé y en poco tiempo concertamos un desayuno juntos. Me alegré mucho de verla. Al principio hablábamos de tonterías. Luego ya vinieron las cosas importantes: el pasado, el futuro… Por el segundo me interesé especialmente porque sabiendo qué quería de la vida podía saber quien era ella hoy, en qué se había convertido. Por el pasado también me interesé… pero fui con cautela: No quería agobiarla con el típico interrogatorio del Lobo López tras diez años de no verse ni por casualidad.
        Cuando por fin le pregunté por el temazo de la escritura ella se encogió de hombros y me dijo que lo había dejado en la misma época en que cortó conmigo. Yo le pregunté por qué, con lo bien que lo hacía… que hasta yo me había puesto a escribir de puro admirarla… blablabla… un poco sorprendido, algo triste, la verdad (la chica escribía de miedo) y algo orgulloso también, ante la perspectiva de que no hubiese podido seguir porque le recordaba a mi (confirmando maliciosamente que no era yo el único que había sufrido con la cosa). Nada de eso: No había una razón. Simplemente entre el COU, la universidad, y los entresijos de la vida cotidiana, perdió la costumbre de hacerlo. De alguna manera, aunque en realidad no nos hubiésemos visto en todos esos años, aquello me hizo sentir un poco solo. La chica había perdido en pocas semanas el impulso de una fuerza que, diez años después, a mi todavía me mantiene en órbita.
Hablamos de algunas cosa más, de trabajo, de vivienda, de independencia, de viajes, de la pareja, que no del amor ni del desamor... en fin, de esas cosas que se hablan a los ventilargos.

        Igual alguien pensaba que iba a relatar un precioso reencuentro y resurgimiento triunfal del amor sobre el tiempo pero este post es un post sobre la pérdida.

        Ahora venía la parte en la que contaba cómo todos mis posts anteriores habían desaparecido al cambiar de dirección. Confieso que tenía unas ganas locas de decir que esos 4 años acumulando casi 200 posts entre textos, fotos y collagges, se perderían en los archivos de blogger como lágrimas en la lluvia... (que es en verdad para lo que había empezado este post). Pero pasé a la versión beta esta misma mañana y tras el cambio he descubierto que están ahí otra vez. Después de varios meses desaparecidos, se me ha hecho extraño volver a verlos, ahí, como si nada.

        Cuiden sus tesoros. No los vigilen, que eso está feo: cuídenlos, que no es lo mismo.


martes, 26 de diciembre de 2006

Hiperpost

        A veces miro atrás y me admiro a mi mismo. Creo que he perdido la inocencia con esto de los blogs. Ya no escribo como antes. Pero no es solo la inocencia, muchas cosas han cambiado. Una de ellas, sin ir más lejos, es que creo que mi padre lo lee (anda papa, échate un comment y sáca a tu pequeño Kalel de las dudas, que esto es como mirar a través del plomo). Yo he intentado, más que menos, mantener el blog en un territorio semisecreto. Más que nada por preservarme algunas libertades de una inevitable autocensura.
        A veces miro atrás y me admiro a mi mismo. Suena presuntuoso. Lo diré de otra forma: a veces miro atrás y no me gusto a mi mismo. Por lo que soy ahora, por haber perdido ciertas habilidades, por haberlas descuidado.
        Seré sincero. Creo que más de uno sabe que yo quería ser escritor. No de esos que comen de la literatura –dios me salve-. Simplemente un escritor de esos que la gente sabe que escribe por que se lee, de esos que llevan el amor por las palabras como parte de si. Yo adoro las palabras y me gusta expresarlo. Y el que a la gente le llegue no es tanto que lo sepan, como que no me quede sólo con una afirmación más de tantas. No creo en absoluto en que se escriba para uno mismo. Bueno, igual tu si… pero yo no puedo escribir para mi mismo.
        Dije que sería sincero y ya os estoy mareando. ¿Por qué escribir tan pocos posts y tan insulsos?¿Por qué el Sindicato de Tamagochas Cabreadas me lanza un ultimatúm? No creáis que no me lo esperaba. Lo tengo bien merecido.
        Desde hace no más de un año, he estado metido en talleres de escritura y concretamente en talleres de relatos. Allí me ha sido revelada una pequeña verdad… Yo no escribo relatos. Ni cuentos. Nunca he escrito más de 14 páginas, pero ahora descubro que lo que escribo tampoco son relatos cortos. ¿La poesía? Arrumbada… como el scalextric en el altillo de muchos de vuestros armarios (por cierto, estoy loco por uno ¿qué me pedís por él?). Pero cuentos cortos no.
        ¿Qué escribo yo entonces?.. ¿Aparte de Cuadernos personales, memorias para algún proyecto de arquitectura… y… mmmmm… ¿POSTS?.
        No veáis si me dolió aquello. Menudo complejazo. Por que yo quería hacer lo mismo que tanta gente que admiro y de vez en cuando publican algún relatillo… en papel, que perdura, se puede tocar y pasa de mano en mano. Porque es bonito ver su trabajo, recibir la historia y pensar: mira, este payo ha buscado en su cabeza y ha salido este trozo de tiempo. Para mi la literatura es sobre todo eso: tiempo. Y el tiempo a solas… bueno, pues No Tanto, que me empacha, gracias.
        Me he pasado desde entonces intentando aprender (si aprendí algo no me toca a mi decirlo) a pensar como se piensan la historias de hoy, a someter la narración a las reglas del cuento moderno: personajes, narradores, cámaras, tiempos… me he quitado como un niño malo de mis horribles vicios que según esas reglas no me llevarán a ningún sitio como cuentista: mi mariposeo, mi adjetivación e intimismo epatante y vitalista, mi anulación del tiempo, mi manía por deshilar todo que puedo sacar de una acción que en verdad no os voy a contar en dos páginas al estilo magistral de Carver o Monzó… sino que me voy por las ramas como una ardilla. He repasado. Me he autocriticado. He agachado la cabeza ante la evidencia. Y todo esto ha afectado a los posts. He bajado la guardia. Me he quitado las energías. He echado leña a otro fuego, lo cual está muy bien… siempre que no te quites de tu propia leña, que no te amedrentes, que no te amanses.
        Un día, en una entrevista para entrar en un taller que estoy haciendo ahora, el tipo me peguntó qué escribía yo. Yo le dije que ya no estaba seguro, que relatos no eran, que quizá escenas… quizá posts... Vaya, que por lo que la gente me decía, sinceramente, no sabía lo que escribía. Me pidió que se lo describiera, que le contara, en vez de decírselo, qué escribía. Ah, me dijo al fin, ud. escribe escenas y anécdotas. O algo así… Yo, me quedé tranquilo. Al menos ya se lo que escribo, me dije, aunque me da a mi que hay que ser bueno de cojones para que a un mortal le publiquen su colección de anecdotillas en un librillo.
        Pero esa última reflexión fue como salir a flote asegurándose de haber dejado el ancla bien sujeta en el fondo.
        Hoy he estado repasando el blog desde el principio… Y me he visto y me he dicho hostias, que blog que tengo. Qué posts que escribía. ¿Y Qué tienen?... No mucho: la honestidad de haberlos sin más voluntad que ser lo que son. La sinceridad consigo. La humildad de no perseguir más que su lugar en el universo desde el mismo momento en que los empecé a escribir en casa para ser Post en una cosa llamada Blog que nadie puede tocar pero que está ahí, entre Mi Ciudad, desde de donde yo escribo, y California, donde creo que esta blogger. Y a la vez en tantos otros barios en otras ciudades, desde donde vosotros leéis. Ciudades que están en países. Países que están en continentes. Continentes que vagan lentamente por la tierra,
        Por la tierra que es un astro.
        …Y yo queriendo escribir cuentos. Seré gilipollas.

        Queridas, amadas, Tamagochas cabreadas, compañeras del STG. Queridos lectores. Si, si, tu también. Queridos todos. No voy a prometer nada, que ya nos conocemos. Pero voy a volver a empuñar este teclado, que un día cambié de estrangis por un teclado moderno en la universidad porque me había enamorado de su tacto de máquina vieja, tecleo de películas de los años ochenta, este teclado a caballo entre la primera caja registradora y el último teclado inalámbrico de Microsoft, este teclado en el que tantos posts os he escrito y en el que tantos espero escribir.
        Gracias por tan precioso tirón de orejas en mi cuarto año de bloguero y mi más enorme crisis cyberliteraria. Solo necesitaba esta bofetada en el culo. Después de todo, ¿a quien no le gusta una de vez en cuando? Digo humildemente ¡Ay! y seguimos la cabalgada.

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